Civilizaciones perdidas

El país de los vetones

Me llevaron hasta el valle con la condición de que jamás desvelaría el lugar exacto donde se encontraba. Oculta en las profundidades de Ávila se halla una tierra virgen y desconocida que fue mudo testigo, durante siglos, del paso del tiempo, de los hombres y de las diferentes culturas que forjaron un pueblo y su historia: la historia de los vetones, linaje de guerreros celtas que adoraban al Sol y la Luna. Sus restos, casi desconocidos, son el vivo testimonio de que muy cerca de nosotros se escribió un pasado enigmático…

1 de Octubre de 2004 (00:00 CET)

El país de los vetones
El país de los vetones
La sorpresa y el misterio, en muchas ocasiones, están mucho más cerca de nosotros de lo que nos imaginamos. Lo sentiría de nuevo en aquel viaje. A pocos kilómetros de nuestra casa, oculto por el tiempo, iba a descubrir un enclave en donde se acumulaban antiquísimos restos desconocidos por la mayoría de los mortales.

Un halo de misterio cubría las ruinas, como si hubieran sido puestas allí en tiempos pretéritos para proteger el lugar de la mano de quienes siglos después hollarían sus caminos.

Era media tarde y Quercus, mi guía, me condujo por una senda de tierra que ascendía y se introducía en lo más oculto de la montaña. Nada hacía presagiar que en aquel lugar hubiera tanta historia enterrada y desconocida. Los restos que visitaba se sitúan probablemente en la Edad del Cobre, hace unos 5.000 años. Viviendas circulares, silos para el grano, basureros y fosas sembraban el lugar. Era una clara huella de la presencia de humanos, que fue constante desde entonces.

Los pobladores de la zona se dedicaban principalmente a la agricultura y a la ganadería. Cazaban conejos, liebres, jabalíes, ciervos, linces, gatos monteses… Criaban cerdos, un animal sagrado para ellos, y tenían también domesticadas a ovejas, cabras, caballos, y disponían de perros.

Dejamos atrás el fértil valle regado con frescas fuentes y un pequeño río. Nada más bajar del vehículo había algo en la zona que impactaba. Era el propio peso de una historia cuyo recuerdo había permanecido mudo. Para comprobarlo bastaba excavar un poco… Y esa historia aparecía: puntas de fecha, lanzas, hachas pulimentadas, o fragmentos de cerámica salían a la luz por doquier. Eran los restos de los antiguos pobladores de la zona, seres que en los albores de la historia habían construido castros fortificados en los que vivían alrededor de cien personas junto a sus animales.

No resultaba fácil caminar. Aquel lugar, que en tiempos había sido un poderoso asentamiento, estaba cubierto de matojos y jaras. Sólo los senderos abiertos por jabalíes y vacas en busca del mejor bocado hacían más fácil el paso. Era tal la maraña de matorrales que apenas podía apreciar restos de la muralla y algunas de sus casas de planta circular.

No hay muchas referencias históricas que hagan alusión a este enclave, a excepción de la expuesta por Diodoro de Sicilia, un historiador que conoció la zona un siglo antes del nacimiento de Cristo y que, en referencia a sus pobladores, escribió: "Los más fuertes de los iberos son los lusitanos; consideran las rocosidades y asperezas de las sierras como su patria y en ellas van a buscar refugio por ser impracticables para los ejércitos grandes y pesados".Sin embargo, su aislamiento fue lo que hizo que pasaran desapercibidos para las hordas invasoras y pudieran resistir a los ataques de los más aguerridos conquistadores.

Estrabón, hacia el año 30 d. de C., describió a aquellos hombres de esta forma: "Todos los habitantes de las montañas son sobrios: no beben sino agua, duermen en el suelo y llevan cabellos largos al modo femenino, aunque para combatir se ciñen la frente con una banda… Como ofrenda al dios Ares sacrifican cabrones y también cultivo y caballos… Practican luchas gymnicas e hípicas, ejercitándose para el pugilato. Beben vino en grandes festines familiares y comen sentados sobre bancos construidos alrededor de las paredes…".

Y añade Estrabón: "Los hombres van vestidos de negro: la mayoría lleva ';sagos', con los cuales duermen en sus lechos de paja. Las mujeres llevan vestidos con adornos florales… A los criminales se les despeña y a los parricidas se les lapida, sacándoles fuera de los límites de su ciudad".

El Sol comenzaba a ocultarse tras la zona de viviendas; eran de una sola altura, rodeadas por un muro circular de piedra que sorportaba una techumbre de forma cónica hecha con ramas y hojas… Escuchaba las viejas costumbres y, mientras lo hacía, comencé un viaje en el tiempo para imaginar cómo era la vida en ese lugar mágico y desconocido.

Erase una vez el país de los vetones
Aquella tarde estaba paseando, sin darme cuenta, entre los restos de un país poderoso, el de los vetones, un pueblo celta que vivía de la ganadería y cuyos miembros se preparaban para ser soldados de postín. Celebraban ritos iniciáticos para los futuros guerreros en saunas excavadas en la roca y adoraban a las fuerzas de la naturaleza, celebrando sacrificios animales y humanos en altares rupestres.

Su industria era poderosa. En las fraguas se hicieron las mejores espadas de la época; ni siquiera los romanos fueron capaces de imitarlas. También era expléndida la producción artesana de los fundidores y tejedores de lana.

Aquel pueblo mágico y desconocido hasta entonces para mí, me fue desvelando sus secretos a medida que caminaba por aquel lugar. Sus restos se iban haciendo evidentes y me aclaraban su forma de vida y sus costumbres, por ejemplo, las funerarias.

En los prados se vislumbraban algunas tumbas. Según los datos históricos, incineraban a sus muertos. Era un ritual céltico cuyo origen se puede encontrar en el corazón de Europa, en la cultura de los Campos de Umas.

Colocaban al difunto vestido sobre una pira que ardía más de un día, tiempo durante el cual arrojaban a la hoguera sus pertenencias más significativas. Luego depositaban sus restos en la tumba acompañados de ofrendas. Los más poderosos guerreros se llevaban a la tumba su ajuar, quemado en una pira frente a todos los presentes, tras estar en un altar de piedra, esperando a que las aves psicopompas se llevaran sus restos hasta la otra vida.

Pude ver los santuarios que utilizaban; estaban al aire libre, labrados en la misma roca del terreno sagrado o "nemeton". Era curioso porque todas aquellas tumbas se situaban fuera de lo que había sido el poblado cercano al río que regaba sus tierras. Por todos lados pisabas restos de aquel poderoso pueblo que despertaba ante mis ojos…
Mientras Quercus me guiaba por el monte pude ver altares en los que realizaban sacrificios de animales, e incluso, de humanos. Los vetones eran politeístas, adoraban a los elementos de la naturaleza y sobre todo a un poderoso dios que llamaban Xalama. Para ellos, y no era extraño contemplando el paraje que visitaba, las fuerzas de la naturaleza eran sagradas, así como el misterio de la lluvia, de los ríos, la energía del Sol y la Luna, la fuerza pétrea y el poder de los animales. Todo aquello era objeto de culto, algo sagrado para aquellos hombres que dieron los primeros pasos de la historia humana.

Sus dioses estaban cerca de ellos y se comunicaban con los vivos a través de los antepasados, adquiriendo formas animales o humanas. Algunos vivían en la esfera celeste y otros en el mundo subterráneo.

La piedra mágica
Quercus disfrutaba mientras me enseñaba algunos de sus secretos y de los tesoros que había descubierto durante años de paseos solitarios por la zona. Me vio tan entusiasmado con lo que veía que quiso mostrarme algunos restos sorprendentes que él mismo había localizado. Con tal propósito regresamos al pueblo, famoso por sus piedras mágicas, sobre las que el padre Coria escribió en el año 1608: "En el pueblo hay piedras cuasi milagrosas, medicinales y de grande consideración y maravilla… Estas piedras son de mucho valor y estima porque son muy medicinales y se hallan en ellas virtud y remedio eficaz contra la esterilidad y falta de leche en los pechos de las mujeres que crían, proveyéndolas en semejantes necesidades, trayéndolas puestas al cuello… Otras piedras de estas sirven y son grandísimas como provecho contra el flujo de la sangre, las cuales puestas también al cuello la detienen".

No lo imaginaba, pero estaba a punto de poder sentir una de esas piedras… Quercus me llevó hasta su casa y allí me enseñó su colección de monedas y restos arqueológicos, todos ellos encontrados en la zona. Su propósito era montar un pequeño museo para que todos pudieran admirar los restos de ese pasado tan rico y, a la vez, llamar la atención de los responsables de velar por el patrimonio para que den valor a una zona tan desconocida y rica.

Nada más entrar me topé con la más llamativa de todas las piedras de la colección. Se hallaba a la entrada de su casa; presidía la exposición. Es una especie de menhir de algo más de un metro de altura con extrañas marcas en su parte frontal y forma de "misil".
"Muchos son los que creen que esta piedra, un símbolo fálico, tiene mágicas propiedades que ayudarían a curar la esterilidad y otras dolencias. Si posas tus palmas sobre ella podrás percibir su energía", relataba mi interlocutor.

Efectivamente, así lo hice… Y, de nuevo, el chisporroteo familiar de la energía mágica recorrió mi cuerpo. Y es que allí lo inexplicable estaba cercano y resultaba cotidiano.

La serpiente mágica
Parecía mentira que pueblos desconocidos que han forjado nuestra propia historia tuvieran un acervo tan grande y tan rico de creencias. Aquel valle estaba repleto de muestras de ello, como pude comprobar en mi siguiente incursión en la ciudad de los vetones de la mano de Quercus.

Me encontré con santuarios rupestres que, antaño, habían sido el lugar en donde se realizaban rituales de purificación muy similares a los que yo mismo había vivido en el Temascal de los guerreros mexicas, a miles de kilómetros de ese lugar.

Visitamos también algunas de las tumbas excavadas en la roca; son, en realidad, perfectos trabajos de cantería. En su interior el cadáver no incinerado fue enterrado junto a todas sus pertenencias. Quizá, como las otras tumbas de la zona, pertenecían a la nobleza. Eran piezas de una belleza inigualable que brillaban iluminadas con los rayos del Sol. Pude ver más de una decena; estaban como dormidas, esperando para despertar del largísimo letargo.

Pero había más y más piedras extrañas. La que resultaba más llamativa era conocida como "La Paparronca", a la que accedimos después de caminar entre la maleza virginal de un paraje que irradiaba una energía especial y que lo llenaba todo. Se trataba de una mole con una extraña forma. Tenía forma de serpiente enrrollada. ¿Acaso era la representación de alguna deidad? Sin duda –no importa el tiempo transcurrido– "La Paparronca" aún seguía viva. Estaba semienterrada en la tierra, en una ubicación no desvelada aún por Quercus; posiblemente, soy el primero que da a conocer la existencia de ésta.

A veces, el investigar y conocer parajes como el que visitaba te impele a formular más preguntas que respuestas. Y eso me ocurría de nuevo. Allí estaba, frente a la citada "Paparronca", algo que intuía importante, con un valor simbólico y mágico impresionante; no tenía respuestas. ¿Para qué había servido aquella figura de serpiente enrollada –similar a las dejadas por los pueblos precolombinos en América–? Su cuerpo y su cabeza eran perfectamente visibles, a pesar del tiempo y de la erosión. Quercus, orgulloso de su descubrimiento, me miró y se encogió de hombros ante las preguntas que sin cesar le inquiría, con una expresión de asombro como pocas veces he tenido.
"El Púlpito…". ¿Sala de mandos?
Seguimos camino y vi que todo el campo estaba sembrado de grandes piedras. Según los estudios históricos, estas marcas indicaban la existencia de corrientes de agua subterránea o buenos lugares de pasto que, incluso, servían para obstaculizar el paso de la caballería en caso de conflicto. De hecho, son muchas las culturas que han adorado a los astros y que incluso han reflejado mapas celestes sobre las tierras en las que se asentaron a modo de planisferios.

Estaba casi anocheciendo cuando Quercus me llevó a uno de los lugares más sorprendentes de la zona. Le llaman "El Púlpito".

Situado en una especie de promontorio, se trataba de una piedra tallada con una intención clara. Resultaba tan extraña, tan fuera de lugar que llamaba poderosamente la atención. Y lo que más me asombró es que estuviera allí, a la intemperie, sin que nadie hubiese reparado en ella, sin que nadie hubiese dado una explicación.

Existen diversos lugares en el planeta que tienen la facultad de transportar a los que los visitan a otros planos fuera del tiempo y del espacio. Ya había visitado algunos de ellos en otros lugares del mundo, pero no tenía la menor idea de que existiese uno tan cerca.

Quercus me llevó hasta él. Se trataba de una antigua iglesia en ruinas. A su alrededor había restos de otros altares rupestres aún más antiguos: una prueba de que la institución eclesiástica siempre se ha apropiado de lugares de poder utilizados por otras civilizaciones en tiempos pasados.

A escasos metros de las ruinas se encontraba un pequeño altar prehistórico oculto entre las rocas y una entrada a la Madre Tierra, una especie de oquedad donde, con seguridad, los antiguos hacían sus ofrendas a los dioses de la naturaleza.

A su alrededor, los árboles del bosque autóctono mediterráneo completaban su vestido. Las nuevas hojas hacían verdear todo el terreno.

Al fondo del valle, la luz del Sol bañaba con un suave color brillante toda la escena. En ese momento sentí una oleada intensa de aire frío. Me senté en unas rocas mientras contemplaba plácidamente el paisaje. Todo aquello que parecía muerto hace siglos volvió a la vida.

Como sacados de un cuadro que se había mantenido congelado en el tiempo, figuras y personajes comenzaron a regresar del pasado. Hombres ataviados con trajes de guerra, mujeres, niños, ancianos y druidas empezaron a desfilar dando inicio a un ritual mágico como los de antaño. Todo era tan real que me sentí inmerso en la escena que se revivía ante mí. Era como si pudiera estar viendo una película y al mismo tiempo formar parte de ella. En aquel instante el tiempo se detuvo y el silencio lo llenó todo.

De repente, al fondo, al pie de un viejo árbol sagrado, todos los seres que habían aparecido, despertado de un largo sueño, se detuvieron. Era un grupo grande, coloreado, brillante. Allí, todos juntos, ofrendaron animales, frutos, flores…

Escenas del pasado
Todo transcurría a cámara lenta, como si no fuese de este mundo, pero con mucho color y realismo. No había ruidos; solo sentía pasar las imágenes ante mí. Parecía tan natural, tan real, que en un momento me pregunté qué significaba todo aquello. ¿Estaba ante una puerta dimensional que se había abierto casualmente ante mis ojos?
La escena duro un tiempo eterno que no supe precisar. De pronto, entre las hojas recién abiertas de los árboles, se colaron unos rayos de luz del Sol que ya se ocultaba… Y volvió el sonido del ambiente. Todo desapareció; cerré mis ojos y guardé la imagen en mi corazón. Me levante y fui a buscar a Quercus que, con razón, había bautizado aquel lugar como "el valle de los ancestros".

Mientras descendíamos hacia el mismo miré hacia atrás. Allí, en aquella montaña quedaban la historia y sus pobladores. Un tiempo pasado que sentí que seguía vivo esperando al viajero que, de nuevo, quisiera abrir su corazón a los antepasados que siguen atados a aquellas tierras, a aquellas piedras, a sus rocas, a su magia…
Ahora, con la distancia, sé y siento que todo sigue allí, incluso las almas de los ancestros. Parece que habían sido olvidados, pero continúan reclamando de nuestra memoria que no se les condene al olvido en medio de las ruinas, de las rocas que un día fueron su morada. Porque… recordar es dar vida.
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