Conspiraciones

Espías de Dios al servicio del Vaticano: la Santa Alianza

Espías de Dios… Así son conocidos los miembros del servicio secreto vaticano. Y puede ser cualquiera que forme parte de esta institución. Por eso, Australia ha sido el primer país en aprobar una ley para que cada sacerdote «descubra» su identidad de espía…

15 de Agosto de 2019 (11:00 CET)

Espías de Dios al servicio del Vaticano
Espías de Dios al servicio del Vaticano

Cuando hablamos de una institución tan antigua como la Iglesia Católica, es evidente que cualquier sacerdote o cualquier monja puede convertirse en un potencial informador. Y, como sabemos, los religiosos de esta institución están repartidos por todo el planeta, así que la red de informantes supera a la de cualquier otra agencia de inteligencia. En Australia se lo han debido de tomar muy en serio, ya que se ha presentado un proyecto que, bajo la denominación de «Ley de Transparencia de Influencia Extranjera», pretende que los mandatarios de la Iglesia Católica en el país se registren como espías del Vaticano, lo que ha provocado el rechazo de los obispos australianos, que ven detrás de esta maniobra un intento de silenciar su voz y de obviar su opinión en asuntos tan delicados como la ley de eutanasia. Y aún así nadie duda de que dicho servicio secreto, por mucho que lo nieguen, existe y, además, es uno de los más antiguos del mundo.

Cuentan las crónicas que, en el mes de febrero de 1939 y durante el ecuador de la II Guerra Mundial, el premier británico Wiston Churchill fue invitado a comer a casa del conde Coudenhove-Kalergi, que vivía en el número 112 de Eaton Square, en Londres. Allí, una vez terminada la cena, comenzó una interesante tertulia que se enfrió de repente cuando uno de los comensales aseguró que Hitler y Stalin estaban a punto de firmar un tratado. ¿Comunismo y fascismo de la mano? Parecía imposible. Por eso el comentario hizo que Churchill perdiera su habitual flema británica y soltase una sonora carcajada. A continuación preguntó de dónde procedía aquella estúpida afirmación, a lo que el conde Coudenhove-Kalergi contestó: «Del Vaticano, Señor». Entonces el primer ministro volvió a ponerse serio y murmuró: «¿El Vaticano? Entonces debe de ser cierto».

Y es que durante toda la II Guerra Mundial la Santa Sede activó su descomunal red de espionaje, logrando obtener información de donde ningún otro lo hacía. Ese es el poder de la Santa Alianza, el servicio secreto Vaticano, fundado en el siglo XVI por Pío V. En sus inicios el objetivo era frenar el avance del protestantismo encarnado en Isabel I de Inglaterra. De este modo, la Santa Sede firmó un acuerdo secreto con su mayor aliado en las islas: la reina católica escocesa María Estuardo. De ahí nació la Santa Alianza, cuyo objetivo era facilitar información a los reyes y reinas católicos de Europa contra los enemigos de la «fe verdadera».

Sus logros más recientes conocidos han sido la intervención junto a la CIA en Polonia para acabar con el comunismo, y se dice que estuvieron detrás de la misteriosa muerte de Juan Pablo I y de la renuncia al papado de Benedicto XVI…

Los siglos han dotado a la Santa Alianza de más medios, conocimiento y especialización, siendo el servicio de espionaje más veterano de la historia reciente. Tanto como para inclinar la balanza durante la II Guerra Mundial. Recordaba la periodista Janire Rámila, que fue tal el poder de la Santa Alianza que Stalin, Hitler y Mussolini intentaron acabar con ella, infiltrando espías en la Santa Sede. «El primero que lo consiguió fue Mussolini, quien ya desde finales de la década de los años veinte intentaba infiltrar topos en las dependencias papales. El más importante de ellos se llamó Enrico Pucci, perteneciente al mundo del periodismo. Pero la Santa Alianza comenzó a sospechar de la presencia de un espía en el Vaticano y pusieron en marcha su servicio de contraespionaje. Los agentes vaticanos idearon una trampa en la que cayó monseñor Enrico Pucci. Con él desapareció su red de agentes. No se volvió a saber nada de él».

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