Ocultismo

La catedral de Sevilla, morada filosofal

Es el mayor templo gótico de la Cristiandad y alberga en sus muros una rica simbología vinculada con la práctica alquímica. Secretos sólo accesibles a un selecto grupo de adeptos capaces de interpretar el mensaje grabado en la piedra para ser transmitido a través de los siglos. Visitamos uno de esos enclaves europeos cuyo alfabeto oculto iluminó el más famoso de los alquimistas del siglo XX: el misterioso Fulcanelli.

1 de Enero de 2005 (00:00 CET)

La catedral de Sevilla, morada filosofal
La catedral de Sevilla, morada filosofal
En 1248 la ciudad de Sevilla es tomada por Fernando III «el Santo», quien decide transformar la gran mezquita, erigida hacía poco más de cincuenta años, en un lugar de culto cristiano. Un siglo y medio después, el Cabildo Catedralicio acuerda iniciar las obras, expresando su decisión con una famosa frase que ha pasado a los anales de la ciudad: «hagamos un templo tal que los que vengan detrás nos tomen por locos». Comenzaba así la construcción del mayor monumento gótico de la Cristiandad.

Según las enseñanzas del legendario Fulcanelli, el arte gótico es la fuente de conocimientos alquímicos más importante en la historia de la humanidad, entendiendo la Gran Obra desde su vertiente interior, como el trabajo del alma orientado a conseguir la elevación espiritual. En este concepto, las catedrales góticas son libros abiertos en los cuales podemos leer un mensaje alquímico cifrado, elaborado por los constructores medievales. Incluso en aquellas catedrales con el ábside orientado hacia Occidente, y no hacia el Este –como es habitual para que el itinerario del feligrés se dirija desde las sombras a la luz matinal–, se alude a los tres colores emblemáticos de la Gran Obra: Nigredo (la obra al negro), la primera fase alquímica, que representa la muerte iniciática del adepto, simbólicamente relacionada con la oscuridad temporal que experimentan los ojos del visitante al entrar en una catedral; Albedo (la obra al blanco), recorrido que debe seguir el alquimista para la obtención de la Piedra Filosofal y que puede asimilarse al peregrinaje a través de las catorce estaciones del Via Crucis, dado que dicha Piedra también es un símbolo de Cristo; y Rubedo (la obra al rojo), el renacimiento de la materia purificada, representado por el rito eucarístico y por los rayos rojos del sol, que entran en el recinto desde Occidente.

Todas estas características, comunes a muchas de las catedrales góticas europeas, se ven acrecentadas con figuras concretas vinculadas al universo de la imaginería alquímica, repartidas en capiteles, tímpanos, esculturas y pinturas, a lo largo y ancho del templo. Así sucede también en el caso que nos ocupa.

Un nacimiento diferente

Entre los muchos artífices que trabajaron en la construcción de la catedral sevillana, sobresale el enigmático Lorenzo Mercadante de Bretaña, autor de destacadas esculturas repartidas por todo el templo, entre las cuales destacan las portadas abiertas en la fachada principal, llamadas «del Bautismo» y «del Nacimiento», por las escenas que aparecen en sus tímpanos.

Especial interés tiene la portada del Nacimiento, alejada de las representaciones tradicionales de este episodio trascendental en la cultura cristiana, pues no aparecen los Magos de Oriente ni los pastores, mientras que el buey y la mula, situados habitualmente cerca del pesebre para dar calor con su aliento al Niño Dios, están encerrados en un establo. Frente a ausencias tan notables como las señaladas, puede observarse la presencia de una figura atípica en la Natividad, que algunos estudiosos definen como una ofrendante, además de diez angelitos sobre el habitáculo donde reposa el Niño. El análisis detallado de esta portada nos habla de símbolos alquímicos, cuyo significado sólo penetran los expertos en la materia.

En ella se conjugan los elementos clave de la alquimia occidental, tal como fue entendida por los adeptos medievales y transmitida a lo largo de los siglos. Así, vemos el azufre, símbolo del alma, de lo fijo, estable y masculino, representado en un San José tocado por el gorro frigio propio de los adeptos. También aparece el mercurio, signo del espíritu, lo fluido, dinámico, femenino y dual, personificado en la figura de la Virgen María. Entre ambos elementos –el azufre y el mercurio personificados en San José y la Virgen–, se encuentra el atanor, el horno de fusión, lugar donde se va a llevar a cabo la Gran Obra para obtener el oro, representado por el Niño Dios, recogido dentro de un habitáculo muy similar a los hornos filosóficos utilizados por los alquimistas de todas las épocas. Azufre y mercurio necesitan la sal, moderador y estabilizador de ambas tendencias opuestas, representada en la figura enigmática de la ofrendante, que lleva en sus manos dos recipientes, uno abierto y otro cerrado, indicando así los elementos primordiales para conseguir la Gran Obra: el fijo y el volátil.

Pero no son éstos los únicos elementos de la portada del Nacimiento que personifican los principios operativos de dicha Obra. Sobre el pesebre-atanor vemos a diez angelitos, una representación sutil de los diez Sephiroth, el núcleo de la Cábala hebraica, que se corresponden con las diez emanaciones divinas que dan lugar a la Creación.

En conjunto, el tímpano del Nacimiento muestra cierto paralelismo con algunas planchas del Libro Mudo (La Rochelle, 1677), uno de los textos emblemáticos de la alquimia europea, cuyo nombre alude a su característica esencial: la falta de texto que acompaña a las quince ilustraciones que describen el proceso alquímico.

Esta simbología no se reduce al exterior de la Catedral. En el brazo sur del crucero, en el lateral del Altar de la Piedad, se encuentra una monumental pintura al fresco con la imagen de San Cristóbal. Este lugar es uno de los más fotografiados del templo, pues allí también se encuentra ubicado el cenotafio de Cristóbal Colón. Pese a ello, son pocos los que reparan en la impresionante pintura, quizás más atentos al catafalco del descubridor oficial de América.

El portador del oro

San Cristóbal es uno de los personajes más mitológicos del santoral cristiano y se le atribuye una biografía ciertamente legendaria. Se le cree de origen cananeo, residente en Licia, donde habría vivido hacia el año 250 a.C. Cuenta la leyenda que se trataba de un sirviente del monarca de Licia, de aspecto temible y poseedor de una estatura colosal que rondaba los doce codos de altura. No contento con servir a su rey, Cristóbal decidió partir en busca del príncipe más poderoso de la tierra, con la intención de ponerse a su servicio. Tras buscar infructuosamente, encontró a un eremita, quien le aconsejó que dedicase su vida al servicio de los demás, ayudando a todos aquellos viajeros que quisiesen atravesar un peligroso río, aprovechando su colosal constitución. Desde aquel día el gigante trasladó su morada cerca del río y, sirviéndose del tronco de un árbol a modo de bastón, se dedicó a ayudar a atravesar el caudaloso río a todas las personas que deseasen pasar a la otra orilla, transportándolos sobre sus hombros. Cierta noche, el gigante recibió la visita de un niño, quien le pidió que le ayudase a atravesar el río. Le subió a sus espaldas, recogió su bastón y se metió en el río dispuesto a dejar a la criatura en la otra orilla. En un momento dado, cuando estaba cruzando el río, comenzó a darse cuenta de que el río crecía y que el pequeño viajero se hacía cada vez más pesado. Pese a temer por su vida y la del pequeño logró atravesarlo y dejar al niño en la otra orilla sano y salvo. Una vez en tierra el gigante dijo al pequeño: «Niño, me has metido en un gran peligro; pesabas tanto sobre mí, que si hubiera tenido que cargar al mundo entero, no tendría la espalda tan oprimida». A ello, el niño contestó: «No te sorprendas, has cargado sobre tus hombros no sólo al mundo entero, sino a Aquél que lo ha creado. Yo soy Cristo, amo al que tú sirves. Como señal de que mi palabra es verdad, planta tu bastón en la tierra, junto a tu choza: mañana lo verás lleno de flores y frutos». El gigante plantó su enorme bastón y pudo comprobar a la mañana siguiente que éste se había transformado en una enorme palmera cargada de frutos y flores. Desde entonces, y una vez bautizado, el gigante pasó a llamarse Cristóbal o Cristóforo, nombre que significa «el portador de Cristo».

En su obra El secreto de las catedrales, Fulcanelli reinterpreta la historia de San Cristóbal desde la perspectiva alquímica. El nombre del santo procedería del griego «Crisóforos», cuyo significado es «el que porta el oro». Desde esta perspectiva, San Cristóbal atesora un simbolismo capital, merced a la analogía existente entre el gigante que transporta a Cristo y la materia de la cual se obtiene el oro.

Zoología alquímica

Entre las numerosas alegorías empleadas para describir todo el proceso de la Gran Obra, juega un papel fundamental el uso de jardines, en los cuales aparecen árboles, animales y fuentes que simbolizan procesos y operaciones realizadas por el alquimista en su búsqueda de la Piedra Filosofal. La tradición de emplear enigmas zoológicos como representación de diversos secretos alquímicos se remonta a los egipcios. La primera distinción que debemos hacer radica en el origen terrestre o aéreo del animal. En general, todos los animales alados representan el principio volátil, mientras que los animales terrestres simbolizan un principio fijo. El combate entre un animal alado y uno terrestre ilustra la lucha alquímica entre los principios volátil y fijo y su correspondencia espiritual: la pugna entre el alma y el cuerpo. Para desentrañar este enigmático lenguaje hay que conocer las características de las figuras y reflexionar sobre ellas.

Entre los animales terrestres destacan el perro, símbolo del azufre o del oro metálico; el cordero, o materia empleada en la obtención de la Piedra; el conejo, guía del alquimista en su viaje al centro de la tierra; el león rojo, representación del oro filosofal; el sapo y el cuervo, o la putrefacción; el león verde o mercurio filosofal… Entre las aves tenemos el águila, símbolo de Hermes; el pelícano, representación de la Piedra Filosofal que puede multiplicarse extrayendo su fuerza de ella misma, igual que este pájaro alimenta a sus crías con su propia sangre; el Fénix, pájaro mítico consagrado al Sol que renace de sus cenizas, utilizado como símbolo de la piedra roja; y el pavo real, que representa las diversas tonalidades que se manifiestan en el curso de las operaciones.

Puerta de la Concepción

Esta rica simbología alquímica también está presente en la catedral de Sevilla. En concreto, en la llamada Puerta de la Concepción, una de las varias que comunican el Patio de los Naranjos con el interior del templo, aparecen seis capiteles de hornacinas vacías, ornamentados con relieves animales claramente vinculados a la tradición alquímica: el pelícano dando sangre a sus polluelos, el enfrentamiento entre leones alados o la lucha entre un ave y un animal terrestre. Todos ellos aluden a las diversas fases de la Obra, ilustradas mediante alegorías zoológicas accesibles a quienes hablan el idioma de los adeptos al arte sagrado.

Desde que vieran la luz los escritos del misterioso alquimista francés Fulcanelli, son muchos los que se han aproximado a las catedrales europeas en busca de mensajes simbólicos semejantes a los descritos por él para las catedrales francesas. Surgía así el concepto de morada filosofal, entendida como el soporte simbólico de la verdad hermética. Dado que ya no existen las razones que obligaban a los adeptos a mantener en secreto sus actividades, y que hay abundante información disponible, quien esté interesado cuenta con todas las facilidades para aprender el idioma secreto y leer estos maravillosos libros de piedra.
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