Ocultismo

Los templarios y el Santo Grial

Los templarios hallaron en Jerusalén un tesoro de un incalculable valor espiritual: lo que las distintas tradiciones denominan Santo Grial. Pero, ¿qué es en realidad el Santo Grial?

7 de Abril de 2020 (12:30 CET)

Los templarios y el Santo Grial
Los templarios y el Santo Grial

En 1118, el fundador de la Orden del Temple, Hugo de Payns, decidió abandonar a su familia, tomar los hábitos y recluirse en una de las dependencias del palacio del rey Balduino I, la mezquita Al-Aqsa, en Jerusalén, la cual anteriormente había pertenecido a las caballerizas del Templo de Salomón. Al cabo de algunos meses, Hugo de Payns reuniría a ocho caballeros más para fundar la Militia Templi y, con la excusa de proteger a los peregrinos que venían a visitar los santos lugares, pidió al nuevo rey, Balduino II, que les concediera instalarse permanentemente en las dependencias ubicadas dentro de lo que fue el Templo. No obstante, los nueve caballeros templarios no salieron de allí en nueve años, impidiendo incluso el acceso a quienes pretendían pasar por los alrededores.

No podemos saber qué es lo que buscaron aquellos primeros hidalgos excavando en el subsuelo de la Explanada de las Mezquitas, pero de lo que podemos estar seguros es de que encontraron algo… Y es precisamente ese abanico de posibilidades lo que resulta tan inquietante. ¿El Santo Grial?

El tesoro espiritual del Temple

Que los pobres caballeros de Cristo se dedicaron a amasar una gran fortuna es algo innegable, pero que el auténtico tesoro templario consistiese única y exclusivamente en riquezas materiales no tiene mucho sentido. ¿Qué encontraron realmente aquellos nueve caballeros debajo del sancta sanctorum del Templo de Salomón? ¿Más dinero? ¡No lo creo! Sabemos que todos y cada uno de ellos, desde Hugo de Payns hasta André de Montbard, pariente de Bernardo de Claraval, dejaron su fortuna en Francia para embarcarse en esta nueva aventura. Por consiguiente, no parece plausible que abandonaran sus riquezas para ir en busca de más riquezas. Con el regreso de Hugo de Payns a Europa aparecerán puntuales referencias al Arca de la Alianza en algunos monumentos góticos, aunque el símbolo que más se repetirá será el de la copa que contuvo la sangre de Cristo, el Santo Grial. Pero, ¿qué es el Grial?

Tanto el Antiguo Testamento como los Evangelios están llenos de metáforas, símbolos y analogías que pretenden esconder una verdad superior. La interpretación literal de los textos sagrados propició que los sacerdotes de Israel, teniendo al Mesías enfrente, no lo reconocieran, ya que no encajaba con lo que ellos pensaban que debía ser. De la misma manera, la interpretación literal de los documentos cristianos desembocó en una espiritualidad que dejaba a un lado la búsqueda de la sabiduría para conformarse con la vacuidad del rito, el cual se convertirá en el eje central de la cosmovisión católica.

Herederos de un conocimiento ancestral

Cuando el Temple comience a hacerse visible, veremos aparecer extraños símbolos que se repartirán a modo de tallas y vidrieras en todos y cada uno de sus edificios. Un sutil arte basado en insignias que solo los iniciados en los secretos de la Orden podían interpretar. En consecuencia, cabría preguntarse si los templarios no llegaron a convertirse en los herederos de un antiguo conocimiento que habría permanecido escondido durante milenios bajo el subsuelo de Jerusalén. Siguiendo esta línea de investigación, como detallo en mi libro El Grial de la Alianza (Ediciones Almuzara), el Santo Grial, más que un objeto físico, sería la imagen arquetípica de la sabiduría sagrada; algo que podemos deducir por los primeros poemas donde aparece, en los cuales a veces se asemeja a una copa, otras a una bandeja, e incluso en otros relatos es una piedra extraída de la frente de Lucifer que cayó a la tierra, siendo sus custodios los caballeros blancos de la Orden del Templo.   

Era un arte sutil basado en insignias que solo los iniciados en los secretos de la Orden podían interpretar

Como sumun del ser humano que se ha fundido con el Logos Eterno estaría la figura de Jesucristo, quien conseguirá convertirse en hijo de Dios no por la herencia dinástica del rey David, sino por su encuentro en el Jordán con el Espíritu Santo –una alegoría de la sabiduría divina–, cuya sangre salvífica se convertirá, a partir de entonces, en otro símbolo del conocimiento. La sabiduría era la única cualidad capaz de salvar a la humanidad de su propia perdición. El «nuevo cristianismo templario» romperá las barreras y los dogmas preexistentes, por lo que no creerá conveniente luchar contra los musulmanes como hicieron el resto de órdenes guerreras. La meta de todo buen caballero era encontrar el santo Grial; es decir, la sabiduría que pudiera salvarle, y salvarnos a todos, de caer en los mismos extremismos que habían llevado a sus coetáneos a matarse entre sí por un trozo de tierra supuestamente sagrada o por una religión u otra. No obstante, esa sabiduría debería ser preservada, buscada y vuelta a encontrar por las siguientes generaciones. Solo de esa manera, los nuevos miembros del Temple estarían a salvo de creer en las verdades impuestas por sus antecesores y se embarcarían en su propia cruzada para encontrar el Grial. 

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