Historia oculta

El proceso de los venenos: misas negras y crímenes rituales

En la Francia del siglo XVII, bajo el cetro del Rey Sol, tuvo lugar uno de los casos más espeluznantes de la historia moderna: varias personas fueron detenidas por infanticidio, magia y misas negras y múltiples envenenamientos en palacio.

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Periodista

6 de Febrero de 2020 (16:45 CET)

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Uno de los personajes más pérfidos de la historia de Francia fue La Voisin, cuyo interrogatorio –utilizando, eso sí, la tortura– reveló una oscura trama de envenenamientos, magia negra, infanticidios y crímenes sexuales con la intención de crear pociones mágicas y ganarse el favor del rey. A pesar de la devoción que La Voisin mostraba en público, como tapadera, la hechicera ocultaba en su privacidad un terrible secreto: practicaba abortos, realizaba ungüentos venenosos, y misas sacrílegas en las que se sacrificaban nada menos que niños recién nacidos. Cuando sometida al tormento La Voisin comienza a hablar, los responsables del proceso no dan crédito a lo que escuchan. La Reynie, horrorizado, acabaría confesando que había perdido la fe en la naturaleza humana.

Los nombres que empiezan a salir de la boca de la hechicera torturada son de tal magnitud, que la Cámara Ardiente tiembla, y con ella los mismos cimientos del todopoderoso reinado de Luis XIV. La corte, cuya sede sería trasladada una década después a la esplendorosa Versalles, entonces en construcción, era un auténtico nido de víboras, un conventículo de intereses creados, complots y guerras intestinas. Al parecer, en el caso de los envenenamientos, estaban involucrados, según las declaraciones, personajes de la altura de la duquesa de Angulema –nada menos que prima de Luis XIV–, la condesa de Gramont, la condesa de Roure, la vizcondesa Madame de Polignac, que al parecer quería envenenar a Louise de La Vallière –que había sido también amante del rey, que las coleccionaba– y también hombres: el conde de Cessac, el de Clermont-Tonnerre… y así un largo etcétera de individuos cercanos al monarca que al parecer habían hecho uso de todo tipo de magia y adivinación para lograr los más enrevesados propósitos.

La Condesa de Soissons
La Condesa de Soissons

Conforme se torturaba más y más a Madame Bosse, a la Vigoreaux y a La Voisin –y se las encaraba para que declararan– y a los lacayos de estas, los nombres de sospechosos seguían fluyendo: la duquesa de Vivonne… y lo más increíble, damas de la alta sociedad que mantenían un contacto íntimo con el Rey Sol y que ¡habían compartido su cama!: las hermanas Mancini, Ana María, duquesa de Bouillon, y Olimpia, condesa viuda de Soissons, antigua favorita del rey y cuyo esposo había fallecido en extrañas circunstancias tiempo atrás. Olimpia Mancini era gran amiga y protegida del monarca solar, y aquello a La Reynie y sus hombres les hacía temblar; pero lo peor estaba por llegar…. 

En los interrogatorios se descubrieron hechos atroces; La Reynie había dictado orden de arresto contra los cómplices del trío de hechiceras: la Lepère, una comadrona amiga de La Voisin que, acusada de efectuar numerosos abortos, jurará bajo tormento que “centenares de niños sacrificados han sido encontrados en el jardín de Villeneuve, el de La Voisin”; El jefe de policía, estremecido, manda comprobar dicha declaración. El agente Desgrez descubre en el lugar citado huesos carbonizados en un horno y varios esqueletos de niños pequeños. Además de los abortos, tienen lugar terribles crímenes. La Voisin declara el nombre de cinco cómplices: dos mujeres, la Trianon y la Dode y tres personajes vinculados con el ocultismo, algunos incluso sacerdotes: el citado Lesage, el cura Mariette y un tal Davot. Detenidos, todos empiezan a contar lo sucedido durante un largo tiempo. Los interrogadores están estremecidos ante lo que escuchan.

La casa de los horrores

La hechicera también confiesa que había construido un horno en su casa –el que halló Desgrez–, donde quemaría diferentes cosas… los restos de sus repugnantes ungüentos y los cadáveres de los fetos de aquellas mujeres a las que había provocado el aborto; parece que había incinerado allí ¡más de dos mil cuerpos! El grado de depravación que alcanza el proceso no tiene parangón con nada escuchado hasta entonces por los hombres del rey. Pero sería con la declaración de Lesage y la posterior detención de la hija de La Voisin, Marguerite Deshayes, cuando se conocería la supuesta implicación de la Montespan y los crímenes rituales; Deshayes confiesa que su progenitora compra niños recién nacidos a las prostitutas de los bajos fondos para después entregárselos a tres sacerdotes que habían renegado de su fe y que utilizarían como sacrificio en misas negras: el abad Guibourg, el abad Guignard –párroco de Bourges– y el abad Sebault, y al parecer también aparecería en escena un cuarto sacerdote, el abad Bartolomé Lemeignan, de la iglesia de San Eustaquio, quien parece ser que degolló a un par de niños. Una compleja de red de envenenadores, ocultistas, hechiceros, conspiradores y estafadores que se le escapaba de control a la Cámara Ardiente por sus ramificaciones. ¡Parecía como si todo París estuviera involucrado en los envenenamientos!

Cuando todas las pesquisas comenzaron a apuntar que La Montespan estaba involucrada, el mismísimo La Reynie temía que fuera peligroso seguir con la investigación. Y aunque el rey, que quería dar carpetazo al asunto por protegerla, acabaría pidiendo que las investigaciones no siguieran por ese cauce, como enseguida veremos, el comisario de policía, fiel a sus convicciones, no cejó en su empeño por saber hasta dónde llegaba la verdad.

Esta contó a La Reynie que había visto cómo su madre, en compañía de Guibourg, había realizado misas negras en su domicilio. La que debía ser beneficiaria de aquel ritual sacrílego era nada menos que Madame de Monstespán. Nunca sabremos a ciencia cierta si aquello fue verdad, pero lo cierto es que fue involucrada como una de las principales participantes en aquellas siniestras ceremonias. Al parecer, la Montespan, para no perder el favor del rey, administra a este pastas “para el amor” compuestas por La Voisin; lo cierto es que en varias ocasiones Luis XIV sufriría fuertes nauseas cuyos médicos achacaban a sus abusos gastronómicos.

Oscuros ceremoniales

Los hechos se remontan a años atrás. Profundamente celosa por las nuevas aventuras del soberano, recurre a la hechicería. El mago Lesage y el clérigo Mariette declaran a La Reynie que en 1669 les entregó dos corazones de paloma para realizar una ceremonia y ganar de nuevo la atención del monarca solar. La ceremonia sobre estos órganos se realizaría en Saint-Séverin; más tarde, en la habitación de Mariette, los dos corazones serían colocados en una pequeña caja de plata dorada entregada por la marquesa que además contenía un conjuro escrito, el Evangelio de los Reyes, ciertos versículos de un cántico sagrado y una estrella fabricada por Lesage.

Más tarde entrará en escena el citado abate Étienne Guibourg, de sesenta y seis años, según el historiador Michel Honorin, “un loco asesino” que “degüella a sus propios hijos que ha tenido con una amante, la Chanfrain, celebrando misas negras”. Según las actas procesales, dirá tres misas, según lo requiere el ritual mágico, para la Montespan. La primera en el palacio de Villebousin, una aldea de Mesnil, donde se sacrificará a un infante, por el que, según anotaciones de La Reynie, “Guibourg ha pagado un escudo”. En el expediente puede leerse el estremecedor textos del conjuro, una auténtica invocación satánica: “Astaroth, Asmodeo, príncipes de la amistad, os conjuro a aceptar el sacrificio que os ofrezco de este niño para las cosas que os pido, que son que la amistad del rey, de monseñor el Delfín, me sea conservada” –al parecer era la Montespan la que hablaba–. Para la ocasión, se decoraba la estancia con un colchón, un altar, dos cirios negros con forma serpenteante –que según Guibourg habían sido confeccionados con grasa de ahorcados que le proporcionaba el verdugo de París–, una gran cruz blanca con los brazos invertidos que se alzaba sobre un tabernáculo de plata, mientras el abate se cubría con un amplio manto por lo general negro y una capucha que ocultaba su rostro.

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La segunda misa, sobre el cuerpo desnudo de la marquesa, tuvo lugar quince días después, en Saint-Denis, en una casa medio derruida, un lúgubre escenario para un macabro espectáculo sacrílego, y la tercera en una casa de París a la que el oficiante ­–según declararía­–, fue llevado con los ojos vendados. Desnuda, La Montespan accede a que el sacerdote degüelle a un niño sobre su vientre mientras el mismo, afirmando estar guiado así por los deseos de Luis XIV, practica con la favorita contactos carnales de todo tipo. Como el Rey Sol vuelve a acercarse a la cortesana, su confianza en la hechicería se incrementa; la hija de La Voisin declararía que vio a Guibourg, ataviado con una casulla blanca salpicada de motas negras, realizar estos ritos sobre el vientre desnudo de la marquesa, prácticas que proseguirían a intervalos hasta 1676.

Cuando La Reynie tuvo redactada la confesión completa de la hija de La Monvoisin, acudió a ver a Louvois; no podía seguir ocultándole aquella información al rey. Un documento comprometedor en el que se la acusaba formalmente, a pesar de que la hechicera, su madre, nunca hubiese dado el nombre de la cortesana –lo que ha hecho que algunos historiadores duden de su implicación en los hechos–.

Luis XIV, que en un principio se mostró inflexible con la trama urdida por los envenenadores y exigió contundencia a la Cámara Ardiente, una vez que conoció nombres tan comprometidos, empezó a echarse atrás. Por ejemplo, al firmar la orden de busca y captura de Olimpia Mancini, su antigua amante y amiga, la puso sobre aviso antes de que acudieran a detenerla, lo que permitió a la cortesana huir a Bruselas y gozar de la protección española. Años después viajaría a España, donde sería acusada –sin pruebas– de haber envenado a la reina María Luisa de Orleáns.

Al conocer la acusación contra la Montespan, la favorita más célebre de su corte, el rey empalidece; pide que se prosiga con la investigación, se realice el juicio y se dicte sentencia, pero que se omita todo lo relacionado con su amante. Él, a pesar de sentirse una víctima de las artes oscuras, sigue amando a aquella mujer, y cual soberano absoluto, puede eludir los cauces de la justicia si se le antoja.

Madame de Montespan
Madame de Montespan

El 13 de julio de 1709, el marqués D’Argenson, Canciller de un ya decrépito Luis XIV, se reúne con él, solos, en la Cámara del Consejo del Palacio del Louvre. D’Argenson lleva bajo el brazo un cofre de cuero negro que contiene un paquete de hojas amarillentas, escritas con renglones apretados y fechadas entre 1679 y 1680; eran las actas del proceso por envenenamiento más importante y truculento de la historia. Tras leer los documentos, el Rey Sol va arrojando uno a uno al fuego hasta que se consumen. No quiere que trascienda para el futuro aquel turbio asunto de su reinado. Lo que no sabe Su Majestad es que el jefe de policía, el locuaz La Reynie, que hizo personalmente todos los interrogatorios, tomó notas e hizo un borrador con lo más esencial del caso. Aunque ya había fallecido por aquel entonces, aquellos documentos serían guardados y hoy forman parte de la Biblioteca Nacional de París. Gracias a sus notas, conocemos los pormenores del que acabaría conociéndose como el “Asunto de los Venenos”.

Las penas de los inculpados

La Montespan se libró de toda acusación gracias a la protección del hombre más poderoso del reino, pero no todos los implicados corrieron la misma suerte. No obstante, muchos personajes de renombre se libraron de las penas; la Cámara Ardiente estaba siendo finalmente tan relajada con las penas de los acusados de alto abolengo como el propio Parlamento. No era de extrañar, teniendo en cuenta por ejemplo que una de las sospechosas, Madame Dreux, era prima del señor d’Ormesson, presidente del consejo extraordinario.  Luis XIV había dictado una Lettre de cachet –cara sellada por el propio soberano en la que se ordenaba prisión sin juicio a los acusados–, librando así a 147 personas probablemente culpables de terribles delitos de que escaparan a la hoguera.

La Cámara Ardiente echó el cerrojo en 1682, con un balance total de 442 sospechosos; 367 órdenes de arresto. De los condenados, 36 fueron ejecutados, 5 sentenciados a galeras y 23 al exilio. Los que fueron presos pasarían el resto de sus vidas encerradas e incomunicadas en calabozos de varias prisiones francesas. Luis XIV parece que siempre creyó en la inocencia de La Montespan, pues la mantuvo en Versalles, en medio de todos los lujos, diez años más, aunque la envió al primer piso del puntoso palacio.

Peor suerte habían corrido La Brinvilliers, como vimos al comienzo; La Voisin, María Bosse y Vigoreaux fueron condenadas a muerte. Esta última falleció durante las sesiones de tortura, mientras que las otras dos fueron quemadas vivas. El boticario de La Voisin, Esteban de Vray, también corrió la misma suerte. Sus huesos se consumieron en el fuego.

Con el cierre de las puertas de la Cámara Ardiente y la quema de los documentos comprometedores, Luis XIV creyó haber acabado con un asunto tan turbio. Se fue a la tumba el 1 de septiembre de 1715, a la longeva edad de 77 años, sin saber que en el futuro serían conocidos por todos los envenenamientos masivos, las hechicerías, los ungüentos indescriptibles y los sacrificios de infantes que tuvieron lugar en la Francia absolutista, una época de esplendor en las artes, de brillo y de lujo a los ojos del mundo, pero de tremenda oscuridad entre bambalinas. 

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