Civilizaciones perdidas

Ángeles y demonios

El best seller de Dan Brown ha proyectado hacia una fama mediática sin precedentes a una sociedad secreta del siglo XVIII que los teóricos de la conspiración ya habían transformado en el rostro oculto del mal. Pero, ¿es verdad que esta Orden legendaria ha tenido un papel decisivo en el proceso histórico y en las intrigas del poder que están culminando hoy con la configuración del Nuevo Orden Mundial?

1 de Mayo de 2005 (00:00 CET)

Ángeles y demonios
Ángeles y demonios
¿Son los Illuminati la mano que mueve los hilos de la historia de Occidente? Los conspiranoicos sostienen que ellos están detrás de todos los hitos que han tejido la trama del poder mundial desde el siglo XVIII hasta hoy. La independencia de EE UU, la revolución francesa, el entramado del gran capital financiero internacional, los movimientos radicales del siglo XIX –carbonarios, marxismo, anarquismo, etc–, la revolución bolchevique de 1917 en Rusia, e incluso el satanismo, no serían sino las manifestaciones visibles de un plan diabólico impulsado por ellos para hacerse con el control del planeta.

En el fondo, estamos ante una de las visiones de la historia más antiguas y persistentes, según la cual ésta es el resultado de una batalla escatológica que se libra en otro nivel. La Luz contra las Tinieblas, el Cielo contra el Infierno, los ángeles contra los demonios, simbolizan a las dos fuerzas sobrenaturales en pugna. Mircea Eliade ha puesto en evidencia que este modelo explicativo también subyace en las concepciones más materialistas, como la de Carlos Marx, en la cual la burguesía asume el papel demoníaco y el proletariado el papel mesiánico, salvífico y redentor, al que Marx asigna la tarea de ser el sepulturero del «diablo capitalista». También en este esquema se observa el mito de una batalla definitiva que debe culminar con la victoria de un poder benéfico, cuya misión consiste en fundar una nueva Edad de Oro (el comunismo sin estado).

Cambian los nombres de los ángeles y de los diablos, pero la idea es la misma. La única diferencia es que, en la visión materialista y revolucionaria del siglo XIX, el espíritu es una superstición a superar. Mijail Bakunin –el gran teórico anarquista– lo expresaba claramente en su libro La revolución y el estado: «el día de la victoria, lo primero que debe hacer la revolución es cerrar todas las tabernas y todas las iglesias». Marx lo definió en términos análogos: «la religión es el opio de los pueblos». Se ha afirmado que ideas muy similares sustentaba en el último tercio del siglo XVIII el verdadero fundador de los Iluminados de Baviera que Brown evoca en su novela: «la religión es un invento del poder», «no hay Dios, hay el hombre». Pero existe una enorme diferencia: el marxismo es ateo y niega la existencia del espíritu, mientras que Weishaupt era un gnóstico deísta y expresaba con esas frases su convicción de que la identidad profunda del ser humano es lo divino. Según Aleister Crowley, el gran precursor y teórico del satanismo del siglo XX, los Illuminati recogían el legado secreto de la Orden del Temple, acusada de rendir culto blasfemo al demonio y disuelta por una bula papal en el siglo XIV. Dicha herencia habría sido transmitida a través del templarismo ocultista y del escocismo masónico, supuestamente fundados por caballeros templarios refugiados en Escocia tras la condena del Temple. Estas corrientes integraron en su tradición un inquietante componente luciferino.

Asalto al poder

En 1776, Adam Weishaupt –un joven profesor de Derecho Canónico de la Universidad de Ingolstadt (Baviera)– fundó la Orden de los Illuminati en esta ciudad alemana. El perfil de su organización correspondía al de una sociedad iniciática que reclutaba a sus miembros entre las elites, seleccionando a aquellos individuos que se caracterizaban por demostrar sensibilidad social, afán de adquirir conocimientos y perfección espiritual, valor para oponerse al sistema y capacidad para mantenerse inquebrantables en la adversidad. Al parecer, Weishaupt recibió su iniciación de un misterioso personaje que habría estado difundiendo el legado del templarismo ocultista y también habría iniciado a Cagliostro (AÑO/CERO, 154).

En lo político, los Illuminati se declararon antimonárquicos, republicanos e internacionalistas; en lo social, promovían el igualitarismo y el amor libre, rechazando el matrimonio; en el ámbito religioso y cultural fueron partidarios de un laicismo radical. El anticatolicismo era una seña de identidad fundamental de esta sociedad secreta, que también integraba la Gnosis precristiana o pagana, los antiguos misterios de Eleusis y de Mitra, el dualismo persa y el culto al fuego
Desde el punto de vista táctico adoptaron el modelo jesuita de obediencia estricta a la jerarquía, así como su búsqueda del mayor control posible en el ámbito de la educación y, por lo tanto, en la formación de los futuros dirigentes. También intentaron situarse en los círculos del poder, con el objetivo de influir en la toma de decisiones.

Al parecer, Weishaupt estaba fascinado por la eficacia de los jesuitas y concibió la Orden como una anti-Compañía de Jesús –en la cual él mismo se formó–, para convertirla en su imagen invertida, diseñada para combatirla. Entre 1777 y 1781, consiguió introducir a sus Illuminati en la masonería alemana gracias al barón Adolph von Knigge, un masón que se encargó de diseñar los ritos ceremoniales de la Orden. No obstante, muy pronto estalló un grave conflicto entre Weishaupt y Knigge, que culminó con la retirada de la sociedad del barón y de muchos masones. Estos ex-miembros denunciaron los planes de los Illuminati a las autoridades y, en 1785, el Elector de Baviera decretó la disolución de su Orden bajo la acusación de pretender destruir el cristianismo, promover los placeres de la carne, justificar el suicidio, rechazar el patriotismo y condenar la propiedad privada.

Pero estas señas de identidad no eran una exclusiva de los Illuminati. Están en la base del amplio movimiento prerromántico y romántico y fueron compartidas por las más variadas corrientes del siglo XVIII, deslumbradas con el redescubrimiento del mundo pagano de la antigüedad clásica y de la tradición mágica europea (druidismo, mitología nórdica, religión de la naturaleza y tradición brujeril). La modernidad emergente fue, en buena medida, el resultado de este sincretismo entre racionalismo, materialismo e iluminismo deísta.

La mayor parte de lo poco que ha podido documentarse de la Orden Illuminati proviene de los papeles confiscados por la policía bávara en sus actuaciones, que habrían descubierto la supuesta pertenencia a ésta de numerosos miembros de las elites: desde escritores como Johann W. Goethe y filósofos como Herder, hasta abogados, políticos, aristócratas, altos funcionarios y miembros de la Cámara Imperial.

Weishaupt fue destituido de su cátedra y condenado al destierro. Pero consiguió refugiarse en Gotha, bajo la protección del duque Ernesto –otro destacado dirigente de su sociedad secreta–, quien le nombró su consejero en 1789.
¿Sobrevivieron en secreto estos sectarios a su disolución? Es muy probable, dada la prominente posición social, relaciones al más alto nivel y recursos de muchos de sus miembros. Algunos sostienen que, poco antes de la disolución, Weishaupt habría entregado al conde de Cagliostro una suma importante de dinero para financiar la infiltración de la masonería francesa y la diseminación de un entramado ocultista en ese país. Otros aseguran que también hubo una operación similar en EE UU. George Washington, Thomas Jefferson, Thomas Paine y otros notables masones que protagonizaron la independencia de ese país, simpatizaron con los Illuminati y defendieron su secretismo como una medida de protección necesaria contra el despotismo europeo.

Leyendas conspiranoicas

Entre los antecedentes históricos de esta sociedad secreta suele mencionarse a la secta musulmana de «los asesinos», una orden de guerreros fundada por Hassan ben Sabbah en el siglo XI, en la actual Siria, y a diversos movimientos iniciáticos y místicos del más variado signo: los iluminados de Montano (corriente herética cristiana hacia el siglo II), los iluminados de Bayezid Ansari (dedicados a la magia en las montañas afganas en el siglo XVI), los alumbrados españoles (místicos cristianos heterodoxos del siglo XVI), los iluminados de Avignon (astrólogos y alquimistas del siglo XVIII), entre otros muchos movimientos.

Sin embargo, estos grupos no parecen tener un legado común ni compartir algo más allá del nombre, y no se ve cómo ni en qué pudieron inspirar a Weishaupt. Con frecuencia, los autores conspiranoicos basan la conjetura de estos vínculos en coincidencias anecdóticas que no prueban nada. Lo único que puede afirmarse es algo obvio: Weishaupt no inventó ni descubrió la iluminación, ni la idea de desarrollar técnicas para alcanzarla. Estamos ante un legado milenario y universal del esoterismo de Oriente y Occidente que surge de forma espontánea en los más variados contextos culturales.

Brown aprovecha con oportunismo esta leyenda, como también hace con otra orden mítica –el Priorato de Sión– en El código Da Vinci, para conferir a su ficción el enorme atractivo que ejerce el mundo de las sociedades secretas y las conspiraciones. También aprovecha estas hipotéticas fuentes de inspiración para establecer una conexión entre la orden de Weishaupt y la secta de los asesinos islamistas que tuvo su sede en la fortaleza de Alamut. Sobre esta base conspiranoica genera un suspense de alto voltaje, al plantear un inesperado desafío de los Illuminati a su gran enemigo: la Iglesia. Detrás de la acción novelesca se proyecta así el escenario de una organización ocultista que dirige la historia desde la sombra.

Pero, ¿hay algo de cierto en esta presunta conjura? La mayor parte de las supuestas evidencias de un control Illuminati sobre los círculos del poder en EE UU se apoyan en fuentes misteriosas cuya existencia real resulta inconfirmable. La teoría que ve a esta Orden detrás de la revolución francesa tampoco ha sido documentada sólidamente. En los dos casos, el ideario Illuminati pudo ser una fuente subsidiaria de inspiración, o algunos antiguos miembros de dicha sociedad pudieron participar en diversas logias revolucionarias, pero poco más. Las logias –también las había contrarrevolucionarias y monárquicas– eran la forma más extendida de organización y actuación política en esta época y fueron la matriz de los modernos partidos políticos.

En buena medida, esta leyenda fue creada por el jesuita Agustín Barruel, obsesionado con la conjura judeomasónica, que llegó a acusar a los famosos banqueros Rothschild de financiar revoluciones, citando como fuente a un misterioso «capitán Simonini», próximo a Guillermo de Hesse, una de las grandes fortunas de su época. Barruel fue uno de los activistas impulsores del Congreso de Viena (1804), del que nació la Santa Alianza contra Napoleón, lo que no ha sido obstáculo para que los conspiranoicos también atribuyan a los Illuminati la promoción de dicho Congreso, enemigo jurado del legado revolucionario francés supuestamente impulsado por ellos mismos.

Entre la historia y la leyenda

La hipótesis de que esta sociedad pudo financiar o promover a los grandes teóricos de la revolución durante el siglo XIX –Marx, Bakunin, Kropotkin, etc–, exige admitir que el entramado financiero de los grandes banqueros se dedicó a impulsar una subversión que pretendía acabar con la propiedad privada y con su propio poder, sobre la base de que ellos creían en una teoría Illuminati del cambio histórico y decidieron aplicarla llegar al actual Nuevo Orden Mundial al cabo de más de dos siglos. Para actuar así deberían haber renunciado a la racionalidad más elemental para incurrir en una apuesta insensata que no habría suscrito ni el más temerario de los aventureros.

No obstante, ello no significa que, por consideraciones tácticas y coyunturales, el poder financiero no promueva y dote de recursos a algunas emergencias revolucionarias puntuales. En el caso de la revolución rusa, por ejemplo, está bien documentada la financiación y el apoyo logístico de instancias tan poco sospechosas de izquierdistas como el Imperio alemán, por «razones de estado». Lenin entró en Rusia en un tren fletado y protegido por el Estado Mayor del Kaiser, interesado en que estallara el levantamiento contra el Zar. Desde el comienzo, los bolcheviques actuaron para retirar a Rusia de la guerra, favoreciendo objetivamente los intereses alemanes en la I Guerra Mundial.

Es sabido que «la política hace extraños compañeros de viaje». Pero el apoyo del gran capital de EE UU y Occidente a la emergente URSS se explica fácilmente por conveniencias tácticas, estrategias de mercado, geopolítica, expectativas de rentabilidad y progresivo deslizamiento al capitalismo del sistema soviético, sin necesidad de recurrir a la hipótesis de que la cúpula del poder financiero internacional sostuvo una fe tan ciega en una teoría, promovida desde la sombra por los Illuminati para desembocar en el Nuevo Orden Mundial, como para diseñar toda su actuación para los siglos venideros sobre semejante base.

Sin embargo, no cabe duda de que la sociedad de Weishaupt ejerció una profunda influencia en el todo el ocultismo posterior, hasta nuestros días. Sociedades como la famosa Skull and Bones –el grupo o Club que recluta a sus miembros entre las elites de Yale y a la que pertenecen los Bush y otros destacados miembros de las elites de EE UU, también conocido como La Tumba–, atesorarían en su seno una «iniciación Illuminati». Otro tanto puede afirmarse de todas las derivaciones actuales de la Ordo Templi Orienti (OTO), que incluyen órdenes internas con grados iniciáticos superiores supuestamente Illuminati, especialmente secretos.

Aleister Crowley afirmó que la sociedad de Weishaupt había recogido el testigo luciferino de los caballeros templarios (el culto a Baphomet), diseminado tras la disolución del Temple en un entramado de sociedades ocultistas de signo gnóstico, rosacruz, paramasónico e iluminista, que convergerían, a comienzos del siglo XX, en la Orden de los Templarios Orientales (OTO), fundada por el adepto austriaco Karl Kellner, y de la cual Crowley fue el máximo líder mundial desde 1921 hasta su muerte, en 1947.

Pero esto no indica que existiera una transmisión orgánica. Los historiadores más cualificados y mejor docuementados del ocultismo, como Francis V. King, son escépticos. Este autor afirma que no existe ninguna evidencia de que la última reorganización Illuminati (la OTO fundada por Karl Kellner, antes mencionada) recogiera realmente el legado de Weishaupt, ni tampoco de que las diversas OTO del siglo XX, surgidas de esta matriz siguiendo un proceso de atomización clásico en el ocultismo, hayan conservado y transmitido la misma tradición de la Orden fundada por Kellner.

En este caso, estamos ante un tópico de la tradición legendaria del esoterismo. No hay corriente ni sociedad secreta que no reivindique un origen antiquísimo para dar lustre a sus pretensiones. La supuesta herencia Illuminati de la OTO sólo se basa en la existencia de diversas sociedades secretas del siglo XIX que reivindicaron el legado de Weishaupt, como la Hermandad Hermética de la Luz o la Liga de los Iluminados, fundada por Thedor Reuss y Leopold Engel, quienes con Franz Hartmann –también implicado en la Sociedad Teosófica de Blavatsky–, acabarían convergiendo en la OTO de Kellner a comienzos del siglo XX. Pero no existen pruebas de que estemos ante una continuidad orgánica. Lo mismo puede decirse sobre los Illuminati actuales, que también reivindican la condición de herederos de Weishaupt. Cualquiera puede hacerse con una iniciación masónica o paramasónica, comprar alguna patente o carta supuestamente legitimadora y fundar una orden nueva, asignándole a ésta un nombre legendario y atribuyéndose a sí mismo la condición de auténtico guardián de dicha tradición. Esto es lo más frecuente.

Lo que sí cuenta es el poder movilizador del mito. Y esta es la clave de la intriga de Ángeles y demonios que aprovecha Dan Brown para conferir verosimilitud a la trama de su ficción. No importa si la secta islamista de los asesinos, los supuestos iluminados italianos o los Illuminati bávaros sólo son historia pasada. Como sucede en esta novela, alguien con suficiente información, y con recursos para hacer creíble su impostura, puede valerse de esa leyenda para dar forma a una conspiración real. Y esto no sólo sucede con mayor frecuencia de lo que pueda pensarse, sino que incluso puede estar ocurriendo en este mismo momento. Después de todo, no cabe duda de que las conspiraciones ocultistas existen y de que influyen sobre la historia humana.
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