Civilizaciones perdidas

El apocalíptico legado de Isaac Newton

Indudablemente, los trabajos de Sir Isaac Newton abrieron un nuevo camino para el desarrollo científico moderno, gracias a la audacia de sus pensamientos. Junto al pensador lógico y racional, sin embargo, coexistió un "alter ego" que estudió obsesivamente la magia y el esoterismo. Sus descubrimientos en este terreno empiezan a desvelarse hoy con cuentagotas…

1 de Octubre de 2007 (00:00 CET)

El apocalíptico legado de Isaac Newton
El apocalíptico legado de Isaac Newton
Tardó 55 años en concretar la fecha, mediante complicados cálculos matemáticos y la fiel lectura de la Biblia: a finales de 2060, el Apocalipsis –en griego, revelación– vendrá justo antes de la llegada del cometa Halley, tras lo cual la civilización comenzará de nuevo. La autoría de este vaticinio, recién descifrado por la Royal Society perteneciese a Isaac Newton (1642-1727), sorprende y desconcierta a la vez, máxime cuando el científico lo mantuvo en secreto mientras vivió. Del genial sabio sobran las anécdotas referentes a su vida pública y académica. Gracias a ellas, se conoció ampliamente su carácter tímido y reservado, tanto, que tardó un par de décadas en publicar sus célebres "principia", asustado de provocar una revolución científica. Y ello, tras permitir que su amigo Sir Edmund Halley –descubridor del cometa antes citado– costeara la edición. En la misma línea cabría destacar su increíble facultad para asimilar conocimientos, lo que le permitió aprender latín, griego y hebreo en un tiempo récord. Idénticos comentarios mereció su capacidad para abstraerse del entorno alcanzando extraordinarias deducciones. Sólo así se entendió que sus principales descubrimientos los realizara antes de cumplir los 25 años, entre 1666 y 1667, periodo conocido como el annus miracilis. Aparte de la crucial Ley de la Gravitación Universal, Newton pasó a la historia por sus aportaciones al cálculo diferencial o fluxiones. Tampoco cabe olvidar sus experimentos de física, mediante los cuales pudo calcularse la velocidad de escape necesaria para que un vehículo espacial pudiera situarse en órbita sobre la Tierra. Menos conocida es su faceta como parlamentario e historiador y, a partir de 1796, director de la Casa de la Moneda, cargó que ejerció con férrea eficacia. Más discretas, aunque igualmente documentadas, fueron sus polémicas con otros científicos y pensadores del momento. De especial virulencia resultaron sus argumentaciones contra R. Hooke por cuestiones administrativas, sin olvidar el litigio que mantuvo con W. Leibnitz en relación a la paternidad de las fluxiones. Sus ataques contra el segundo no cejaron ni cuando éste falleció en 1716, recurriendo al extremo de falsificar cartas y lanzar acusaciones infundadas. El propio óbito de tan insigne personaje nada tuvo de agradable, padeciendo numerosos achaques que, se dijo, soportaba con enorme entereza. Sólo un leve detalle empañó el final de su ejemplar existencia, ya octogenario que no senil, al negarse a recibir la extremaunción. Un agónico Newton dio tales explicaciones para justificarse que los allí presentes enmudecieron de consternación, comprometiéndose a silenciarlas para siempre. Oscuro legado ¿Qué provocó aquella conmoción? Algunas fuentes señalan que confesó su nula fe en la religión vigente, señalando sus escritos personales. A tenor de este material, abrazaba el arrianismo, doctrina que, de entrada, negaba la Santísima Trinidad cuestionando el papel jugado por Cristo. La comunidad eclesiástica británica tildaba de herejía las referidas ideas por motivos más que sobrados. Otras fuentes, por el contrario, apuntan a que había anotado asombrosas revelaciones en la documentación que dejó. Según el historiador John Harrner, autor de una obra sobre la cuestión, la biblioteca privada de Newton albergaba 126 libros de matemáticas, 33 de astronomía y 31 de química, entre otras materias técnicas. Pero además, guardaba 138 volúmenes sobre alquimia y hasta 477 relacionados con teología, ritos paganos y nigromancia. "Newton fue el carácter más pusilánime, receloso y concentrado que jamás haya conocido", declaró al aceptarla el sucesor de su cátedra en Cambridge, el matemático William Whiston. "Si viviera aún ni me atrevería a refutarle porque temería que me asesinase", añadió también. Procedentes de alguien que además de amigo fue íntimo colaborador, dichas palabras resultaban extrañas, pero quizás cabría justificarlas al verse excluido del testamento y, sobre todo, de sus apuntes manuscritos, nada menos que millares de folios estrechamente relacionados con los libros antes reseñados. El finado legó una cuantiosa fortuna íntegramente a sus sobrinas, amén del contenido completo de su biblioteca. No obstante, una junta presidida por el propio presidente del Colegio de Físicos se adelantó a sus familiares requisando los volúmenes del sabio junto a la totalidad de sus notas. No resultó en absoluto una tarea fácil catalogarlas, pues reinaba un monumental desorden, sin olvidar la tediosa caligrafía del difunto, repleta de tachaduras y correcciones. Por si fuera poco, los manuscritos adolecían de un lenguaje repetitivo, que dificultaba sobremanera su lectura. "Fue deliberadamente confuso en sus escritos", advierte el periodista e investigador M. White en una de las últimas biografías aparecidas sobre el célebre personaje: "Sentía pánico a que alguien le pudiera robar sus investigaciones". Resumiendo, los doctos miembros de la comisión purgaron buena parte de los documentos, cuando no "reinterpretaron" sus contenidos. Tras un amago de litigio, los herederos legales recuperaron el conjunto, aunque –aseguraron– de manera "muy desvirtuada". El legado pasó de padres a hijos hasta 1872, momento en el que los descendientes decidieron donar el material a la biblioteca de Cambridge. Otra comisión dictaminó que una fracción se encontraba muy dañada por el fuego y la humedad, y el resto apenas poseía valor. El verano de 1936 se subastó públicamente en Sotheby's. Bajo el epígrafe "manuscritos sobre alquimia, 650.000 palabras que tienen más en común con el misticismo", 38 personas pujaron por su adquisición, entre ellos el célebre economista J. M. Keynes. Dejando a un lado posteriores vicisitudes, en la actualidad el legado se reparte mayoritariamente entre el Instituto de Tecnología de Massachussets, la antes referida Universidad de Cambridge y su homóloga de Jerusalén. ¿Aprendiz de brujo? En una época donde ciencia, ocultismo y religión aún iban unidas de la mano, no debe extrañarnos el interés de Newton por ciertas disciplinas esotéricas. La cuestión radica en cuándo se inició en ellas, habida cuenta que la práctica pública de la alquimia y similares se consideraba anatema por parte de los estamentos oficiales. En ese sentido, ni sus papeles aclaran gran cosa, ni tampoco los primeros biógrafos quisieron ahondar en tan controvertido asunto. Sus experimentos iniciales con la alquimia suelen situarse hacia el comienzo de 1669, convertido ya en catedrático. Riguroso a la hora de recabar conocimientos, se supone que Newton consultó volumen tras volumen de alquimia que caía en sus manos con fanático fervor. Al mismo tiempo, aprovechó para cartearse con diversos expertos, comenzando por el famoso químico Robert Boyle, al que se consideró el mayor alquimista de aquel periodo. Paralelamente, entraba a formar parte de su cerrado círculo de amistades la enigmática figura de John Wilkins, quien se convirtió en ayudante suyo durante dos décadas. Por motivos especificados más adelante, su importancia pasó desapercibida entre las cuitas del sabio soportando sus crecientes manías. A modo de ejemplo, Newton le ordenó decorar las habitaciones y mobiliario de color carmesí, llegando al extremo de adoptar la misma tonalidad para su atuendo. Obviando el simbolismo alquímico del aludido color, existen pruebas de los diferentes experimentos que ambos llevaron a cabo. Así, en la colección Babson –de Boston– se conservan diferentes manuscritos donde se describen varias operaciones de refinado, métodos prácticos y estudios con respecto a la obtención de la Piedra Filosofal. Asimismo, en la Royal Society inglesa se custodian sus notas relativas a las investigaciones con el mercurio. Este metal líquido revistió de un particular interés para nuestro protagonista, dado que le dedicó sendos textos escritos bajo el pseudónimo de "Jehová Sanctus Unus" –un único Dios sagrado–. Una epístola fechada en 1972 ya advierte que había sintetizado una "misteriosa sustancia que mejoraría los espejos y lentes para los telescopios", posiblemente basada en el citado elemento. De paso, dejaba patente que había elaborado cerca de 47 axiomas alquímicos para su inmediata aplicación. Por desgracia, en 1678 se desató un incendio de origen desconocido en su sala de trabajo destruyendo una notoria cantidad de papeles, particularmente aquellos dedicados a la alquimia. Por un azar del destino, los manuscritos restantes que detallaban con "pruebas matemáticas los principios de un nuevo y misterioso arte", en palabras del propio Newton, fueron destruidos por un segundo incendio poco antes de ser ofrecidos a Cambridge, casi 200 años después. Oficialmente, este sabio abandonó sus experiencias con la alquimia a partir de 1680, al aceptar cargos de mayor relevancia social. La decisión coincidió con una etapa de su vida que las crónicas tachan de "afectada por una extrema debilidad mental a causa del gran esfuerzo practicado". No en vano, dos forenses británicos, P. Sprangue y A. Pounds, examinaron restos de sus cabellos en 1970, detectando concentraciones harto elevadas de plomo y mercurio. Buscando a Dios Es posible que las imprudentes condiciones de experimentación con las que trabajaba envenenaran su organismo, dañando a una personalidad ya de por sí compleja. Afectado o no por la toxicidad, los estudios de Newton sobre la alquimia empalidecen ante una insistente inquietud que se manifestó desde temprana edad: la teología. La antedicha piedra filosofal significaba para él un puente a través del cual hermanarse con Cristo, y el estudio de la religión, una vía evolutiva para hallar explicaciones sobre la existencia divina. De nuevo, se sumergió con ahínco en la lectura de las Sagradas Escrituras y obras afines, cabe imaginar, una vez abandonada la etapa alquímica. Apenas tardó en denunciar la falsedad de la tradición y los engaños de la Iglesia, condenándolos severamente. A partir del siglo IV de nuestra era, consideraba, se perpetraron fraudes inaceptables que desvirtuaron las creencias, y pretendió demostrarlo mediante la publicación de obras que al morir dejó inacabadas. Esas observaciones fueron las primeras en ser purgadas por la comisión del Colegio de Físicos. "Al recurrir a las parábolas y al lenguaje mítico –anotó Newton– se pretendían expresar verdades sólo para analfabetos". Su método de trabajo mezclaba alegremente ciencia, esoterismo y tradición para concluir de forma rotunda. Dios era omnipotente y eterno, al igual que el Universo, compartiendo, quizás, las mismas leyes e identidad. Notoriamente censurada, su teoría acabó traducida en el opúsculo Cronología comentada de los reinos antiguos (1728), mientras permanecían inéditas sus tesis más comprometidas. Bastante agresiva en su planteamiento, mostraba una sucesión de fechas y comentarios al respecto, empezando por el retorno hacia el 500 a. de C. de los judíos a Jerusalén. Luego, pasaba a describir el auge de la Iglesia católica hacia el 600 d. de C. –la "meretriz babilónica", en su opinión–. Convencido del declive de dicha institución desde 1638, preveía un retorno del pueblo judío a sus tierras ancestrales para 1899, y el final de sus tribulaciones en 1944. Cuatro años después, vaticinaba la segunda venida de Cristo y habría que esperar hasta el s. XXIV para empezar un milenio de paz y prosperidad, al término del cual se produciría la siguiente resurrección de Cristo y el final de la era católica. Hoy por hoy, restan por divulgar aún docenas de predicciones de carácter comprometido. Más directo en su argumentación, con el manuscrito de El templo de Salomón –nº434 de la colección Babson– pretendía dar otro paso adelante teorizando acerca de esta famosa edificación. Las dimensiones de sus muros, ubicación y funciones eran descritas minuciosamente al considerar que representaba la unidad entre Dios y la Tierra. Por añadidura, nadie se animó a publicarlo temiendo las represalias. "Newton se esforzó en el manuscrito al creer que contenía la clave del significado oculto de la Biblia", escribió la filóloga Ciríaca Morano en una monografía presentada por el CSIC en el 2003. Un dictamen parecido defendió en 1982 el autor David Castillejo a propósito de un tercer manuscrito, los Prolegómenos del léxico de las profecías. La clave sobre las profecías de libro de Daniel y de las revelaciones, apuntaba en el libro La fuerza expansiva en el cosmos de Newton –Ed. De Arte–, se guarda celosamente en Jerusalén, a salvo de los profanos. Álex Muniente
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