Civilizaciones perdidas

La cultura que surgió del tiempo

Egipto es un desafío a la vista de todos, una cultura cuyo halo de misterio se sumerge en el alba de los tiempos, provocando maravilla y asombro en el hombre actual. Pero, ¿qué tuvo este pueblo de especial? Más aún, ¿de qué "fenómeno maravilloso" fue testigo para realizar semejantes obras y marcar además el comienzo de la civilización tal y como hoy la conocemos?

1 de Agosto de 2004 (00:00 CET)

La cultura que surgió del tiempo
La cultura que surgió del tiempo
Hasta ahora, la egiptología oficial nos ha querido hacer creer que un pueblo de pastores cambió, de la noche a la mañana, el curso de la historia. Están convencidos de que gentes que vivían rozando la miseria crearon de repente la civilización más grande de cuantas hayan existido. Una cultura que duró más de tres mil años y que albergó todos los saberes de la antigüedad, surgiendo de las entrañas de una tierra inhóspita con conocimientos en medicina, arquitectura, matemáticas, filosofía… e incluso con una escritura compleja y desarrollada. Y es que lo que más miedo da a los eruditos es reconocer la falta de respuestas, siendo mucho más cómodo "fabular" tesis.

Los inicios…
Hoy en día, más que una hipótesis es un hecho comprobado que en el Sahara se desarrolló hace miles de años un substrato cultural común, adaptado a un entorno que era muy diferente a como lo vemos ahora. Para comprobarlo basta con estudiar las pinturas rupestres del sur de Argelia, donde aparece "fotografiada" aquella tierra como fue hace diez milenios. En los citados murales aparecen hipopótamos, jirafas, elefantes, y toda una variedad de animales y rica vegetación que propició, a los diferentes pueblos que allí moraron, comida en abundancia. Pero hace siete mil años el clima comenzó a modificar aquel paraje fértil, y los diferentes grupos étnicos que convivían en la región emigraron buscando tierras mejores. Por aquel entonces, las zonas aledañas al Nilo eran pantanosas y prácticamente inhabitables. Sin embargo, el lento proceso de desertificación las fue desecando y, paradójicamente, las convirtió en el vergel que hoy conocemos. Éste no fue paulatino, sino que se produjo alternando periodos de abundancia y de sequía, en el transcurso de los cuales pequeños grupos de colonos venidos de diversas y lejanas tierras otorgaron a la cultura egipcia su carácter único.

Sobre este extremo existe una gran polémica desde hace años; los egiptólogos ortodoxos niegan este origen externo de la cultura faraónica, mientras que los africanistas, en un congreso de la UNESCO celebrado en 1974, establecieron que no hay otra posibilidad de explicar la historia. Lo que es inexplicable desde todo punto de vista es defender que la cultura egipcia surgió de la noche a la mañana porque sí, ya que ésta, desde su nacimiento, tiene una religión perfectamente configurada y de gran complejidad, una escritura definida, consumados maestros en diferentes artes como la escultura y la construcción, y desde el punto de vista científico, grandes conocimientos en filosofía, matemáticas, medicina, etc. Obviamente, jamás se ha dado un caso similar; una civilización tan compleja y desarrollada necesita una evolución de siglos e incluso milenios para florecer hasta un grado semejante.

Desde el punto de vista religioso, la utilización de dioses con cabezas de animales, tal y como hicieron los primitivos habitantes de las orillas del Nilo, tiene un reflejo miles de años atrás en las pinturas rupestres de Libia y Argelia. Ésto, junto a las leyendas egipcias que nos dicen que Osiris –el Dios que trae la civilización y las ciencias– provenía del Occidente, hacen suponer que la génesis de la civilización egipcia debe buscarse en la cultura beréber. Además, podemos sumar otros dos datos clarificadores, por no decir definitivos: por una parte, en el Egipto actual, concretamente en el Oasis de Siwa, todavía se habla tamazigh, la lengua beréber. Y de otro, en las pinturas rupestres de Tassili, al sur de Argelia, existe una representación pictórica con el mismo estilo –de perfil– y tratamiento cromático que más tarde se utilizaría en Egipto. Plasmación que a todas luces refleja a la diosa Isis, antes de que ésta se venerase en los templos que rodean a las pirámides. Sin mencionar que hasta las barcas saharianas, hechas de juncos, son idénticas a las que surcarán el Nilo, hechas de papiro.

Sin embargo, y aunque esta pista sea bastante sólida, hay otros datos que suman un mayor desconcierto al enigma del origen de Egipto. De un lado en Qostul, Sudán, aparece una representación de la corona del Alto Egipto en el año cuatro mil antes de Cristo, mientras que la cultura egipcia clásica surge en el tres mil ciento cincuenta de la misma era. Además, en esta ciudad sudanesa podemos encontrar también la figura del dios Horus, con cabeza de halcón. Y si queremos asombrarnos aún más, basta comparar la fachada de cualquier palacio real egipcio con un Serek, las casas de los jefes de la etnia dogón en Mali. Por no hablar de que el antiguo egipcio es muy parecido a la lengua peul y a la haal –pulaar–, idiomas ambos del África occidental.

Por lo tanto no se tiene certeza absoluta de los orígenes exactos de la cultura egipcia. Es algo que a día de hoy continúa siendo un enigma.

El dulce llanto de la diosa
Hombres, mujeres y niños impacientes en la orilla del gran río, el Nilo. El nerviosismo se hacía más patente a la vez que el Sol apuntaba a su ocaso, y al comenzar la noche, todos miraban al cielo esperando el gran milagro. No importaba el calor ni las insidiosas picaduras provocadas por las nubes de mosquitos. Todos querían ver el renacer de la diosa, que puntual acudía desde tiempo inmemorial a su sagrada cita. Y así, ante la mirada de un pueblo fervoroso y expectante, hacía su mágica aparición en el horizonte, brillando con más fuerza que el resto de las estrellas del firmamento. Isis, la gran diosa madre, por fin había surgido, y sus dulces lágrimas provocarían de nuevo la crecida del Nilo. Una vez más la cosecha estaba asegurada, no sólo para Egipto, sino para todas las bocas que existían en la antigüedad. No en vano los romanos llamaron al valle del Nilo "el granero del mundo"; si había problemas con la cosecha, el hambre sería un castigo para toda la humanidad.

No podemos entender el nacimiento de la civilización egipcia sin comprender el estrecho vínculo que unía al río sagrado, el Nilo, con el pueblo que habitaba a sus orillas. Y es que el esplendor del país de los faraones surge en gran medida cuando se alcanza el control de las inundaciones que acontecían cada año. Logro que se consiguió de una forma bastante curiosa: mirando al firmamento. Sirio, la estrella más brillante de la bóveda celeste, desaparecía incomprensiblemente ante la mirada atónita de los astrónomos durante setenta días, periodo tras el cual volvía a aparecer –sobre el 15 de junio–, marcando la crecida de las aguas del Nilo. Los griegos llamaban a esta estrella Serios y los egipcios Sopte, aunque una mala traducción de aquella época nos haya hecho pensar que su verdadero nombre, para los habitantes de las riberas del río, era Sotis. Para los antiguos egipcios, Sopte era la representación ni más ni menos que de la diosa Isis.

Fue clave para el desarrollo de tamaña cultura este hecho, pues al controlar las crecidas podían determinar el tiempo de la siembra, haciendo que sus tierras fueran las más fértiles del planeta. Ello era provocado no sólo por la abundancia de agua, sino también –y aún más importante–, por el limo negro que traía la subida. Por eso la aparición de la deslumbrante estrella no sólo marcaba el devenir de las tareas cotidianas, sino que también determinó las pautas para la creación de su calendario. El día en que Sopte aparecía de nuevo en el firmamento era para los egipcios el primero del año. Gracias a ello la cultura de los faraones fue la primera en dividir el año en doce partes de treinta días cada una, más cinco días. Éstos últimos, conocidos como los días de Anubis, el Dios con cabeza de chacal, eran unas jornadas terribles donde la gente se quedaba encerrada en casa sin salir. Jornadas señaladas de las que hoy proviene nuestra conocida expresión "un día de perros", en referencia, aunque se haya perdido en el recuerdo, a los días en los que los egipcios no salían de sus casas por mandato divino.

El calendario fue el más perfecto de los conocidos en el mundo antiguo. Se dividía en tres estaciones con cuatro meses cada una de ellas. La primera ankit, la época de la inundación; la segunda perit, que marcaba las labores agrícolas, y la tercera semu, el verano, donde se llevaba a cabo la recolección. De este modo, el ritmo de vida de los egipcios era marcado por el Nilo y por la aparición de Sopte en el horizonte. No obstante los egiptólogos ortodoxos olvidan un detalle muy importante en cuanto a la formación de la cultura faraónica y su estrecha relación con ésta, y es la existencia de un pueblo africano anteriormente mencionado, los dogones de Mali, que al igual que los egipcios, mantenían una relación muy especial con la citada estrella. Gran parte de los conocimientos que tienen los dogón están estrechamente ligados al culto que la etnia procesa a Sopte, igual que los egipcios, cuyos saberes parten del control del río Nilo, gracias a las observaciones que hacen de la misma estrella.

De la misma manera, los palacios reales egipcios y los serek dogones, las casas de sus jefes, presentan unas similitudes desconcertantes. Si las coincidencias en lo sagrado y en lo arquitectónico son tan importantes, ¿por qué no pensar que existieron entre ambos pueblos lazos muy estrechos? Sin embargo, aunque parezca evidente, quizás la respuesta no esté aquí y se encuentre en otro lugar más lejano. Un país del que nos hablan las leyendas y del que pudo partir el famoso sustrato cultural común del Sahara.

Charlas con Platón
Aquel hombre sabio era de curiosidad insaciable. Recorría los templos deteniéndose hasta en sus más mínimos detalles; parlamentaba con los escribas e interrogaba en cuanto tenía ocasión a los filósofos y los sacerdotes. Nadie sabe por qué fue hasta tierras tan lejanas, pero tras escuchar a los seguidores de Sais su vida cambió, pues comprendió que su civilización no había sido la más sabia y poderosa de cuantas habían existido. En aquel recóndito enclave donde se guardaban los conocimientos más antiguos del mundo, el sabio heleno fue consciente de que la historia era más mucho más antigua de lo que él hasta ahora había pensado.

Si existe un hombre que haya marcado la ciencia y el conocimiento occidental en sus orígenes, ese es sin duda, Platón, que demostró en sus obras ser un visionario y formó las bases para que el conocimiento y la ciencia pudieran continuar desarrollándose. No obstante el citarlo en este artículo se debe a motivos muy distintos. El intrépido filósofo griego viajó, entre otros muchos lugares, a Egipto, donde conversó con los sacerdotes de Sais, los valedores de las antiguas ciencias que habían surgido en este país. Y de aquella fructífera entrevista Platón sacó material jugoso como para escribir dos libros, Timeo y Critias, donde describió con todo detalle una civilización muy anterior a la egipcia. La Atlántida es para muchos historiadores y científicos una simple superchería; sin embargo, su existencia daría explicación a una buena parte de las controversias que surgen a la hora de indagar sobre el origen de Egipto.

Platón describe aquel lugar como una isla fabulosa rodeada de imponentes murallas, habitada por hombres cuya ciencia no tenía parangón. No es cuestión ahora de ver hasta qué punto puede ser real la existencia de un lugar de tales características; lo importante es que el filósofo heleno recogió de primera mano la constancia de que había existido una civilización más antigua que la egipcia. En definitiva, una cultura madre de la humanidad, cuya disgregación explicaría entre otras cosas, las similitudes culturales que existen entre puntos tan apartados del Sahara. A bote pronto, pudiera parecerles una afirmación arriesgada y con poco fundamento, pero son cada día más los hombres de ciencia que también están convencidos sobre este extremo. Valga como ejemplo que, en estos años, una expedición británica auspiciada por varias universidades está buscando los restos de dicha cultura madre en Bolivia, muy cerca del lago Titicaca ¿Locura colectiva o evidencia de que algo falla en la visión que hasta ahora tenemos de nuestra historia? Yo diría más bien sensatez tardía ante tanta incongruencia demostrada.

Sin introducirnos en las evidencias que sobre esta primera civilización desconocida existen en diferentes lugares y pueblos, vayamos directos a la tradición egipcia. Según nos relatan los antiguos textos, los primeros egipcios, aquellos que portaban los saberes que les hicieron ser más grandes que el resto de pueblos del planeta, venían de una tierra llamada Aha Men Ptha, el país de los antepasados. La traducción literal de esta expresión sería "corazón primigenio de Ptha". Éste era el Dios egipcio equivalente al Demiurgo, la energía creadora de todas las cosas. Así, la palabra faraón viene de la expresión pher aon, que significa "descendiente del primogénito". En conclusión, el primer rey, pero de otro país, lugar que sus tradiciones afirman se hundió por un gran cataclismo. Así fue cómo los supervivientes llegaron a vivir hasta ath ka Ptah, las tierras de Egipto, cuya traducción literal es "el segundo corazón de Ptah".

Estos primeros egipcios no sólo tenían conocimiento de aquella nueva tierra, sino de otras lejanas en las que ya habían estado, afirmación que se demuestra de una forma muy sencilla: desde el primer día de nacimiento de la cultura faraónica sus habitantes utilizan materiales traídos de lugares lejanos, como es el caso del lapislázuli, fundamental para la confección de amuletos, que era recogido en Afganistán. En la primera capital egipcia, Tinis, desde el momento de su formación existe una escritura ya desarrollada y conocimientos de arquitectura, medicina… que nada tenían que ver con la cultura de un pueblo primitivo.

El enigma está pues servido, ¿quienes fueron estas primeras tribus llegadas de lejos? Los anu, según la tradición egipcia. La ciencia todavía no ha sabido respondernos, pero es posible que encontremos algo de claridad rebuscando entre la historia de los primeros faraones -ver cuadro-.

Oscuro como la noche, misterioso como la niebla, así es en verdad el origen de la civilización más grande de cuantas hayan existido. Un pasado que nos lleva a un tiempo en el que un hombre podía llegar a ser rey por méritos propios. Un hombre, sea Escorpión, Menes o Aha que cambió para siempre la historia. Quizás a los egiptólogos oficiales, revestidos por sus tediosas casullas de ciencia no les guste reconocerlo, pero la verdad es que la leyenda en el pasado, fue real… o
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