Civilizaciones perdidas

La joya del Wadi Rum

Durante siglos Petra fue la ciudad escondida, una leyenda más del desierto, hasta que John Lewis Burckhardt, en el curso de una apasionante aventura, la sacó del olvido en 1812. Hoy es un lugar frecuentado por turistas, pero no por ello ha perdido un ápice de su romanticismo y misterio…

1 de Octubre de 2004 (00:00 CET)

La joya del Wadi Rum
La joya del Wadi Rum
Petra, Arke, Sela, Jozkil, Reqem… Ni su nombre ni su origen están claros. Estrabón se refirió a ella como "la grandiosa capital de los nabateos", aquellos primeros árabes descendientes de Nabaioth, el primogénito de Ismael, ese hijo que tuvo Abraham con la esclava egipcia Agar antes de que Sara, su esposa, quedase encinta de Isaac y al que expulsó para que no le hiciera sombra a éste. Es tierra de desheredados, porque en ella vivieron también los descendientes de Esaú, víctima del engaño urdido por su hermano Jacob y su madre Rebeca. Un apócrifo del Antiguo Testamento dice que Jacob acabó matándolo y que su cadáver fue enterrado en las montañas de Seir. Tal vez ese sea el auténtico origen de Petra, como lugar elegido por los edomitas, su pueblo, para ser enterrados.

Asombrado por la espectacularidad de las tumbas labradas en la piedra, el viajero no repara en que Petra fue, además de singular cementerio, ciudad organizada, capital de un vasto territorio, la Arabia Pétrea, en la que el agua resultaba el bien más preciado. Canales, túneles, presas y cisternas, constituyen la otra Petra, la menos ensalzada, desconocida para muchos. Sin embargo son el mejor monumento al ingenio y la tenacidad de aquellas gentes. Sin ese agua, las caravanas procedentes de China, de la India y de la península Arábiga no se habrían detenido allí y la ciudad no habría prosperado hasta convertirse en el centro más rico e importante de aquella parte del mundo. Gracias a los ingenieros edomitas y nabateos, Petra está ahí, deslumbrante, con sus centenares de tumbas de grandiosas fachadas y sobrios interiores, con sus columnas de aire heleno, con sus obeliscos "egipcios", con sus hornacinas votivas, con sus toscos bloques cúbicos representando al misterioso dios lunar Dushara, con sus viviendas excavadas en esa mágica piedra irisada que llena las estancias de sugestivos colores y de la que le viene a Petra su antiguo nombre, Reqem, que quiere decir "tela de muchos colores…".
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