Civilizaciones perdidas

El misterio de Isla de Pascua (I)

Viajamos a Isla de Pascua para ver qué explicaciones se han planteado en los últimos años para dar con la solución del enigma de los moais… y para salvarlos de su desaparición.

5 de Agosto de 2019 (11:00 CET)

El misterio de Isla de Pascua (I)
El misterio de Isla de Pascua (I)

Es un misterio único; el pasado que no conocemos y que tampoco somos capaces de interpretar. Y no será por falta de vestigios. Baste decir que hace un tiempo varios periódicos chilenos aseguraban que un equipo internacional de investigadores, dirigidos por el espeleólogo Jabier Les, miembro de la «Sociedad de Ciencias Espeleológicas Alfonso Antxia», había descubierto 45 cuevas con evidencias arqueológicas. Y cartografiaron más de 6 kilómetros de galerías subterráneas, en lo que sin duda es uno de los sistemas de cuevas más grandes del planeta. En el interior de las mismas hallaron restos de pinturas y petroglifos que desvelan que allí se celebraban ritos, que fueron lugar de refugio para algunas tribus durante el periodo de guerras entre los diferentes clanes que habitaban esta tierra rodeada de aguas, que existen petroglifos con representaciones de su misterioso dios Make Make, prueba más de la sacralización del lugar, y que durante un tiempo fueron exploradas pues se pensaba que eran algo así como una suerte de cueva de Aladino.

Pese a la cantidad de vestigios arqueológicos que salen cada año, aún no sabemos la procedencia de los primeros pascuenses, o por qué se dieron a la labor desenfrenada de levantar más de mil moais en la pequeña isla.

Los ancianos aseguran que estos asombrosos monumentos tienen un origen extraño. Al principio de los tiempos, cuando los primeros habitantes llegaron a esta nueva tierra encabezados por el rey Hotu Matua, su artesano real soñó con su padre muerto durante la travesía. Éste se le aparecía en sueños, no permitiendo el descanso de su hijo. El deterioro físico y mental del artesano fue en aumento, por lo que decidió acudir al consejo de Haumaka, el hechicero, quien le dijo que trabajase una piedra para modelar el rostro su padre. De este modo el «fantasma» le dejaría en paz. Las reglas de la magia ancestral de las viejas civilizaciones afirman que cuando poseemos la figura de aquello que nos molesta, logramos dominarlo. Siguiendo esta tesis, el artesano labró el rostro en lava volcánica y lo colocó frente a la puerta de su casa. A partir de ese momento pudo vivir tranquilo.

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Sus vecinos, supersticiosos como eran, comenzaron a imitarle y construyeron estatuas de familiares ya desaparecidos para que sus almas no les molestasen. Así se creó el primero de los moais. Eso dice el mito, lo que nos lleva a pensar que si el tamaño de estas esculturas es acorde a aquello de lo que te quieres proteger, ¿de qué gigantesco agresor se trata cuando hablamos de esculturas de más de diez metros? La explicación ortodoxa, que además es a la que con mayor fuerza se agarran los actuales rapanui, es que se trata de centros ceremoniales funerarios para caciques y mandatarios, lo que para el célebre doctor Fernando Jiménez el Oso es impensable: «Si visitamos la cantera donde se tallaban los moais, en la ladera del volcán Rano Raraku, hará falta mucho más que buena voluntad para seguir admitiéndolo. Allí, en diferentes fases de fabricación, hay cerca de 400 esculturas, algunas de ellas prácticamente terminadas, esperando en la parte baja de la ladera a ser trasladadas a su emplazamiento definitivo. ¿Acababan de morirse 400 caciques? No parece lógico. Empeñados en sustentar esta teoría, imaginemos que hubiesen muerto víctimas de una extraña epidemia a la que los escultores eran inmunes y que se hubieran limitado a encargar su estatua para cuando llegase el momento de su óbito; la deducción inmediata es que, habida cuenta de la capacidad demográfica de la isla –en buenos tiempos algo más de 5.000 habitantes–, a cada cacique le correspondían como mucho diez o doce súbditos, lo que, por mucha imaginación que le echemos al asunto, resulta un disparate». Disparate o no, lo cierto es que los moais podrían estar iniciando desde hace décadas una lenta pero imparable desaparición. Así lo dicen al menos los responsables de la empresa CyArk. El CEO de la misma, John Ristevksi, ha asegurado que «si bien han perdurado desde el siglo XII, se encuentran en peligro por la acción de las fuerzas de la naturaleza, las inclemencias medioambientales y el paso del tiempo». Por eso se ha puesto en marcha un proyecto para preservarlos. De ello os hablaremos en una siguiente nota.

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