Civilizaciones perdidas

Plantagenet, los elegidos del rey Arturo

En 1129, una boda en Le Mans inició la historia de una de las casas reales más enigmáticas de la historia de Europa.

1 de Noviembre de 2007 (00:00 CET)

Plantagenet, los elegidos del rey Arturo
Plantagenet, los elegidos del rey Arturo
Parece imposible comprender la historia de Europa sin saber qué pasó en 1129 en esta bella ciudad, desconocida, a la que sus carreras de coches han dado fama internacional y en la que sus calles guardan el peso del pasado. La vieja ciudad, Plantagenet, como la conocen allí, es la cuna de una de las dinastías monárquicas más importantes del medievo. El nombre de la antigua urbe es el mismo que el de los monarcas. Y es que su primer mentor, el conde Godofredo V El Hermoso era aficionado a cazar por las landas de Le Mans mientras lucía en su peinado una ramita de hiniesta. Desde entonces los habitantes de Le Mans llamaron a la estirpe los Plantagenet –planta hiniesta–. Pero, ¿quiénes fueron estos personajes? Si la respuesta la damos nombre a nombre, basta con nombrar a Ricardo Corazón de León, su hermano, Juan sin Tierra, y su madre, Leonor de Aquitania para comprender la mística que rodea a esta familia. Reyes franceses, germanos, ingleses y españoles forman parte de su árbol genealógico. Pero aún hay un dato más: entre sus personajes ilustres figura quizás el monarca más famoso de todos los tiempos: el rey Arturo. El mito surgió del esfuerzo por inventar un pasado glorioso para la familia. No quedó ahí el ilustre pasado familiar. El misterio envuelve a los miembros de este clan. Parece que son descendientes directos del linaje davídico. Si esto fuera verdad, los Plantagenet tendrían como antepasado común al propio Jesucristo. Un misterio más de esta gran familia. Un misterio, eso sí, que comparten con otros importantes linajes reales europeos. ¿Son los Plantagenet merovingios y portadores del secreto del Grial, en forma de sangre de Cristo? Los seguidores de esta creencia y del supuesto linaje del rey David y de Jesucristo con María Magdalena afirman que así puede ser, aunque todo se diluye entre el complicado árbol genealógico de esta familia. La ciudad podría ofrecer alguna de las respuestas, aunque sobre esta teoría es imposible encontrar siquiera preguntas. Le Mans es una sorpresa de la que apenas tengo referencias. Una vez atravesada la mítica e interminable recta del circuito de las 24 horas de Le Mans –es parte de una carretera abierta al tráfico– llegamos a la ciudad. Pequeña y coqueta, he de andar desde el hotel menos de un kilómetro para enfrentarme a la ciudad vieja –Plantagenet–. Tras subir unas decenas de escalones, llego al entramado de calles empedradas que guardan su sabor añejo. Desde el río se contempla la impoluta muralla romana y sobre sus hombros los tejados de las casas y las torres de su catedral. ¿Un lugar detenido en el tiempo? Parece anclado en la Francia medieval, me dice Olivier, uno de los guías que me acompañará durante el viaje. A simple vista parece demasiado ornamentada para ser una simple villa del centro de la Galia. No es una simple villa; es la cuna que vio nacer en 1129 –volvamos al principio del texto– al linaje Plantagenet. Se casaron entonces allí, en Le Mans, el conde Godofredo y Matilde, hija del rey inglés Enrique I. Nace en ese instante una casa real que cambiará la historia de Europa. No es la única dinastía francesa que surgió entre esos muros; también los Valois tienen en Le Mans el inicio de su estirpe. El mensaje de Arturo El mito del rey Arturo y los caballeros de la Tabla Redonda forma parte de la mitología popular de casi todo el planeta. Un monarca justo que se une a un grupo de valerosos caballeros para mantener el orden y la justicia. Magia blanca y magia negra, traiciones, amores desgarrados, espadas y lagos, apuestos caballeros, búsquedas imposibles, el Santo Grial… Toda una historia entrelazada en la que se mezclan los ingredientes de las novelas de los trovadores, de sus pasiones, de los conceptos más básicos: la lucha del bien contra el mal. Un rey ¿real?, gloria de un pueblo poco avanzado, y en el que cimentar la fortaleza de una casa real incipiente. Si Arturo existió, sus descendientes están más que legitimados para reclamar el trono inglés, y tras él, el de toda Europa. Es allí donde Enrique II Plantagenet, nacido en Le Mans, y su esposa, quizá la mujer más destacada de las monarquías europeas medievales, Leonor de Aquitania, aprovechan la figura mítica de Arturo. Dicen que el monarca anglonormando hizo escribir una misiva en la que Arturo le redactaba desde el mítico Avalon una carta en la que le encomendaba a preservar Gran Bretaña como tierra "artúrica", y éste le contestaba que cumpliría su objetivo. A esta misiva, conocida como Draco Normanicus –y que es obra de Etienne de Rouen–, fechada en 1169, se le dio especial notoriedad desde la casa Plantagenet. Un documento desde el que construir toda una fábula para navegar hasta Gran Bretaña y reclamar un trono que se disputaban distintas facciones. Además, los Plantagenet conseguían crear un vínculo con el linaje real más querido por los ingleses: el de su más justo héroe y rey. ¿Quién fue en realidad Arturo? Las teorías son dispares: algunos hablan de que fue un jefe de bandidos, otros un noble y otros un invento. Ni siquiera se sabe con exactitud si era un celta que luchó contra los anglosajones o un romano. No se sabe si fue un rey o el jefe de unos bandoleros. Para esta historia ya habrá ocasión en otro número de la revista de volver a desmenuzar la figura del mito; lo importante es incidir en el uso que la nueva casa real hace de su figura. No en vano hasta ahora hemos hablado de Enrique, pero es su mujer, Leonor, un personaje mucho más complejo, interesante y revolucionario que su marido, la que intervino decididamente en esta estrategia. Su amor por el amor, por la belleza de las palabras de los trovadores y por su propia figura, parece que inspiraron a que los juglares fueran introduciendo nuevos personajes. Ginebra podría estar inspirada en la propia Leonor de Aquitania. Si esto es verdad, Leonor es, en realidad, la amante en la ficción y la madre en la realidad del Arturo que hoy conocemos. La gran Leonor "Se puede decir que, sin Leonor de Aquitania, no habría literatura cortés, por lo menos en lengua francesa y que la mayoría de las leyendas celtas relativas al amor serían completamente ignoradas en la Europa cultivada del siglo XII", dijo Jean Markale, uno de los mayores investigadores del ciclo artúrico en el último siglo. Sobre esta premisa, podemos entender la influencia de la reina en el mito de la Tabla Redonda tal y como hoy lo conocemos. Presto especial atención a los trovadores franceses y los bardos bretones, pues de ambos fue reina y contribuyó con su apoyo a la creación de buena parte de las obras medievales europeas más reconocidas. Tristan, Isolda, Merlín, Lancelot, Yvain, Morgana… De todas éstas, la historia de Arturo fue la que más trascendencia tuvo. Ella y su marido supieron rentabilizarla. La reina vivió en sus carnes las novelas de amor que tanto amaba. Dos infidelidades en sus respectivos matrimonios marcaron su vida. Leonor fue una gran reina. En 1137 recibió en herencia el ducado de Aquitania y contrajo matrimonio con Luis VII de Francia, convirtiéndose en reina consorte. Era entonces tiempo de Cruzadas y ella, una mujer muy avanzada para su época, acompañó a su marido a Tierra Santa. Dos leyendas persiguen a la reina durante su periplo por Oriente: una dice que fue amante del sultán de Egipto, Saladino, del que aseguran que se enamoró y pensó en huir con él. El propio Luis VII tuvo que ir a recuperar a su esposa a la fuerza. A pesar de lo enrevesado –y por tanto atrayente–, de este rumor histórico, es casi imposible que fuera real, ya que el caudillo musulmán no tenía más de trece años durante la Segunda Cruzada. La siguiente leyenda habla de que Leonor capitaneó un ejército de más de 1.000 amazonas que lucharon contra los infieles turcos, apoyando a su tío Raimundo, noble aquitano. Aquí parece que la confusión puede venir del número elevado de esposas y criadas que acompañaron a sus nobles maridos en su periplo por Tierra Santa. Lo que sí es verdad, a tenor de los documentos, es que la reina cometió adulterio durante el viaje, se dice que con su propio tío Raimundo, lo que junto a la falta de descendencia de varones –tuvieron dos hijas– provocó que el matrimonio se disolviera. No se sabe a ciencia cierta, pero parece que fue la propia Leonor la que pidió la separación al Papa, algo inaudito en la época. A pesar de los intentos del Sumo Pontífice, el matrimonio fue anulado en 1152. Pocos meses después contrajo matrimonio con el rey de Inglaterra. Junto a EnriqueII –Plantagenet–, su siguiente marido, se convierte en reina de la pérfida albión. Los ingleses dominan ahora dos tercios de Francia. Pero otra vez una infidelidad se cruza en su vida. Dicen que Leonor hizo a elegir a la más importante amante de Enrique, Rosamunda, morir envenenada o apuñalada. Las diferencias con su esposo se hicieron grandes. Leonor intentó que sus hijos heredaran sus posesiones y le concedió a Ricardo –el futuro Corazón de León– las posesiones suyas en Aquitania. La revuelta fue de madre e hijos contra esposo. Venció el padre, que perdonó a sus vástagos y encerró a su esposa durante quince años en diversas torres. Cuentan que en su encierro de Winchester montó una academia de artes amatorias por las que pasaban muchos jóvenes. Fue mujer de numerosos amantes, y dicen que ella era una experta en la cama que dejaba a los hombres muy satisfechos. A la muerte de Enrique, Leonor volvió a ejercer de reina, en este caso de madre del rey, el gran Ricardo Corazón de León. El rey perdido Ricardo, otro de los grandes emblemas de la monarquía inglesa, fue el favorito de la gran Leonor. Su historia va unida a la de su madre y su estirpe real. Intervino en la Tercera Cruzada, donde adquirió fama de gran guerrero –las madres musulmanas, siglos después, les decían a sus hijos que se portaran bien o vendría Ricardo–. Su historia merece un capítulo aparte, pero su leyenda entronca con personajes ¿reales? o literarios como Robin Hood o Ivanhoe. Todo, parece, fruto de la imaginación de los bardos bretones. Preso a su vuelta de las Cruzadas por uno de sus grandes enemigos, Leopoldo V de Austria, fue su madre la que pagó una gran cantidad de dinero para conseguir su libertad. Una leyenda cuenta que fue su sirviente el que le encontró después de recorrer media Europa tarareando una canción que sólo ellos dos conocían. Bajo una torre encontró respuesta a sus cánticos y pudo señalar dónde estaba cautivo el gran rey. Tras su regreso a Inglaterra y la ocupación legítima de su trono, que hasta entonces ocupaba su hermano, Juan sin Tierra. Éste, el rey impostor, cedió la corona tras recibir un mensaje de su aliado el monarca francés, Felipe II, en el que le decía: "Cuídate, el Diablo anda suelto". La figura de Ricardo es controvertida. Parece que pudo tener relaciones homosexuales con Sancho VII, hermano de su mujer, Berenguela de Navarra, así como con otros hombres. También se atestigua que fue acusado de violar a varias mujeres, aunque la mayoría de historiadores apuntan que fue homosexual y que por eso no tuvo descendencia. Algunos lo veían como un peligroso criminal, con exceso de codicia; otros como un gran rey y un gran militar. Su final fue impredecible: una flecha envenenada lanzada por un niño fue lo que le mató. Murió en brazos de su madre. Tras su muerte, empezó la lenta decadencia de la familia. Los Plantagenet, los reyes franceses que gobernaron Inglaterra –y que incluso varios de ellos no llegaron nunca a aprender el idioma–, mantuvieron las posesiones a ambos lados del Canal de La Mancha y el reinado de Gran Bretaña hasta la derrota en la batalla de Bosworth en 1485 de Ricardo III. El afrancesado linaje que comenzó con una boda en Le Mans tocaba a su fin. Arturo, Robin Hood, Ivanhoe y la propia espada de Excálibur, de la que cuentan que llegó a empuñar Ricardo Corazón de León, son parte de su vida y su muerte. La mística persigue a esta estirpe, entroncada, quizá, con el propio Jesucristo. Francisco J. B. Manzano
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