Civilizaciones perdidas

Los túneles de los muertos (I)

Los túneles de los muertos se esconden bajo el Qoricancha, el antiguo templo del Sol de Cuzco. Y dicen que esconden un tesoro maldito…

7 de Octubre de 2019 (11:00 CET)

Los túneles de los muertos (I)
Los túneles de los muertos (I)

Fue el Templo de Sol inca. Decían que sus paredes estaban cubiertas de oro. Por eso cada vez que se abrían las puertas una potente luz reflectaba desde el interior. Y es aquí donde se encuentran los túneles que conducen al tesoro por el que varios aventureros han perdido la vida.

santo domingo tuneles muertos
 

He estado en Cuzco en varias ocasiones. Y no me canso. Es como atravesar una ciudad extremeña a más de tres mil metros de altura. Es el corazón del Tahuantinsuyo, el mil veces citado «ombligo del mundo» de este Valle Sagrado en el que se respira, en pleno siglo XXI, la embriagadora esencia del copal que el chamán del pasado usaba para poner en marcha su magia. Magia que se hacía efectiva en lugares como Ollantaytambo o Pisac, y por supuesto, en ciudadelas extraordinarias como Machu Picchu. Pero de momento nos quedamos en Cuzco, porque muy cerca de su Plaza de Armas se encuentra el Convento de Santo Domingo. No es un templo al uso, porque fue levantado, como suele ocurrir en estos casos, sobre un desmantelado Qoricancha, cuyas sólidas piedras sirvieron de cimientos para albergar la casa de la nueva religión. Asegura el viajero y explorador Juanjo Revenga que «Francisco de Pizarro ordenó a Pedro de Moguer, Martín Bueno y un tal Zárate que desmantelaran el templo. Y cómo sería que aseguran las crónicas que salieron setecientas planchas de oro, de dos centímetros de espesor». Y aún así, los incas lograron poner a salvo parte de este tesoro, para quienes la significación del mineral era únicamente sagrada.

Los españoles mordían el oro, lo que llevó a pensar a los incas que se lo comían.

Sea como fuere, lo cierto es que lograron poner a salvo gran parte del mismo, y cinco siglos después, esa parte del tesoro continúa siendo buscada. Especialmente cuando quienes lo hacen están convencidos de que en el marco de la leyenda hay elementos que son reales y que sirven para demostrar que la búsqueda tiene sentido. Y es que cuenta el mito que en la cercana fortaleza de Sacsahuamán, hay una piedra que tapa la entrada a un túnel que llega hasta el subsuelo del Qoricancha; la entrada del Chinkana Grande –«laberinto grande»–. Pero ese túnel existe, y en 1624, tres hombres, Francisco Rueda, Juan Hinojosa y Antonio Orúe, decidieron profanar esta laberíntica red de galerías, convencidos de que el tesoro del inca se encontraba dentro. Dicen que la codicia puede más que el miedo, porque fueron advertidos de que no lo hicieran. No en vano otros antes que ellos ya lo intentaron y desaparecieron o murieron en el intento. Asegura Revenga que «al cabo de diez días sin que hubiera noticias de ellos, cuando ya se les daba por muertos, el que respondía al nombre de Juan, apareció, de repente, justo detrás del altar mayor de la iglesia de Santo Domingo. Pero aquel hombre estaba medio loco, había perdido la cordura. Además mostraba un aspecto muy desaliñado; la ropa estaba destrozada y su barba había crecido muchísimo. Pero es que además sus ojos estaban perdidos y agarraba con fuerza una mazorca de oro puro. Sin poder explicar lo que había ocurrido, al poco tiempo murió». Historias así han llevado a buscadores de todas las épocas a recorrer los citados túneles, sin que se haya logrado dar con el objetivo. Pero desde hace años un equipo de científicos ha retomado las investigaciones, y sus resultados demuestran que, una vez más, la leyenda no es más que una excusa para ocultar un gran secreto... Los túneles de los muertos.

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