Civilizaciones perdidas

UN PSÍQUICO TRAS EL MITO DE LA ATLÁNTIDA

Desconocida para muchos, la fascinante civilización tartésica, que ocupó buena parte del suroeste de la Península Ibérica, vuelve a estar de actualidad gracias a unas excavaciones del Centro Superior de Investigaciones científicas (CSIC) y a las investigaciones de un ingeniero onubense.

23 de Noviembre de 2007 (08:52 CET)

UN PSÍQUICO TRAS EL MITO DE LA ATLÁNTIDA
UN PSÍQUICO TRAS EL MITO DE LA ATLÁNTIDA
En 1979, Manuel Riquelme impartía la asignatura de Prospección Geofísica en la Escuela de Ingeniería de Minas de Huelva. Hacía poco que se habían construido los puentes que unían su querida Punta Umbría con la capital, Huelva, cuando, en su mente, renacieron la palabras del célebre arqueólogo e hispanista alemán Adolf Schulten. En los años cuarenta, el estudioso germano afirmó que los tartesios habían habitado Huelva capital, la isla Saltés y lo que hoy es Doñana. Por este motivo, Riquelme decidió aplicar sus conocimientos en prospecciones –de agua subterránea, petróleo, gas y rocas– para hallar evidencias de dicha presencia mediante una «calicata eléctrica», un método de exploración del subsuelo. Aquel estudio ayudó a encontrar cuarenta yacimientos, entre ellos una factoría romana de salazones en Punta Umbría.
Ya en la década de los 90, Riquelme descubrió el bioelectromagnetismo de la mano del Padre Pilón y, a partir de entonces, decidió aplicar sus nuevos conocimientos a la sanación, así como a la arqueología. Según explica: «toda materia, sea orgánica o inorgánica, emite radiaciones de una frecuencia determinada, ';ondas de forma' diferenciadas, que pueden ser cuantificadas por medio de un índice y un instrumento radiónico. En otras palabras, se puede medir el valor vibratorio de cualquier objeto y expresarlo mediante un valor o código numérico». En opinión de Riquelme, «cada yacimiento tiene su propia identificación energética».
A partir de ahí, Riquelme continuó aplicando las cuadrículas y perfiles de calicata sobre mapas de prospección geofísica, pero ahora realiza la prospección mediante aparatos radiónicos y a distancia. «Los más sencillos constan de tres o más diales para determinar los índices, un pozo para testigos y un detector táctil». Eso sí, Riquelme destaca que «la capacidad de percepción extrasensorial es necesaria; se debe trabajar en estado ';alfa', con la mente concentrada, para una perfecta sintonía entre la mente y lo que se está investigando».
Utilizando este inusual método, en el verano del 2004 realizó la cartografía de la factoría romana de salazones, que se encuentra en los límites del casco urbano de Punta Umbría, junto a la ría, enterrada a escasos 2,5 metros de profundidad. Tras el excepcional descubrimiento comenzó a interesarse por la cultura tartésica y, unos meses después, elaboró su propia cartografía de «los límites de la civilización de Tartessos». Los más de 300 yacimientos cartografiados delimitan con claridad muchos de los ya conocidos y permiten atisbar que el misterioso reino de Tartessos sirvió de base a culturas posteriores.
Esta cultura perdida comprendería las provincias andaluzas, sur de Badajoz, Ciudad Real, Albacete y Murcia, parte del sureste de Alicante y el norte de Marruecos. Localidades como Valdepeñas, Utrera, Jerez, San Fernando, Córdoba, Estepona, Málaga o Granada son sólo algunas donde se encuentran los restos más importantes.
Según Riquelme, en Punta Umbría se ubicó una gran ciudad del reino tartésico. La abundancia de yacimientos en esa zona se explica porque las marismas la han mantenido aislada de la «furia» constructiva del exterior; hasta que se hicieron los puentes citados, sólo se podía llegar a la localidad en barca: la carretera llegó hace poco tiempo.
EL CSIC INVESTIGA El interés por la civilización tartésica se ha renovado con fuerza como consecuencia de los avances tecnológicos. Gracias a unas imágenes tomadas mediante satélite, los científicos alemanes W. Wickbolt y R. W. Kühne descubrieron hace apenas tres años (AÑO/CERO, 172) unas extrañas formas circulares en la marisma de Hinojos, en el corazón del Parque Natural de Doñana. Dichas estructuras, en opinión de los estudiosos alemanes, pertenecerían al reino de Tartessos, pero dejaron la puerta abierta a una posible relación con la Atlántida. Aquellas imágenes venían a corroborar otras realizadas anteriormente, tomadas desde 100 metros de altura, y que mostraban formas circulares de 200 metros de diámetro. También se apreciaban en ellas figuras rectangulares, lo que confirmaría su origen artificial.
En la actualidad los historiadores no han podido datar con seguridad la civilización tartésica, aunque se cree que se desarrolló entre los siglos X y VI a. C. El santuario de Coria del Río (Sevilla), una necrópolis onubense y el santuario de Cancho Roano (Badajoz), son algunas de las estructuras de esta cultura descubiertas hasta el momento.
A los mencionados estudios de Wickbolt y Kühne hay que sumar también los esfuerzos de un grupo del CSIC (Centro Superior de Investigaciones Científicas). Este equipo de científicos españoles no se atreve a afirmar con rotundidad que las huellas de Tartessos estén efectivamente en Doñana, pero están realizando excavaciones en busca de restos de asentamientos humanos. En verano del año 2006 tomaron muestras del subsuelo que arrojaron resultados más que interesantes: «donde tenía que haber sólo arcilla, hay dos capas que pueden tener un metro de concentración de arena», explicó el profesor de la Universidad de Huelva, Antonio Rodríguez. Esta anomalía podría estar indicando la existencia de yacimientos. Rodríguez explicó que en la zona hay evidencias geológicas de dos episodios violentos, probablemente tsunamis. Uno de ellos dataría del 1500 a. C. y el otro del siglo II de nuestra era. De confirmarse que en la zona se produjo un cataclismo, «cuadraría perfectamente con la teoría de una ciudad prerromana borrada del mapa», explicó Rodríguez. Un hipotético escenario que recuerda inevitablemente al mito de la Atlántida.
Curiosamente, Manuel Riquelme ha llegado a conclusiones similares, a pesar de que desconocía estas investigaciones. En 2005 el estudioso onubense decidió dar un paso más en sus pesquisas e intentó localizar la Atlántida utilizando cartas marinas de una amplia zona del océano Atlántico, al oeste de África y España.
En su opinión, «la Atlántida era un archipiélago, una de cuyas islas habría estado entre Portugal y la ensenada de Huelva. Habría otra en el Mar de Alborán». Las islas Canarias serían, según él, la parte más alta de otra isla de la Atlántida –con una extensión como la de Andalucía– que se habría hundido.
Continuando con sus trabajos en los alrededores de Huelva, Riquelme descubrió un yacimiento en la ría de Punta Umbría junto a los ya mencionados, con forma de fortaleza amurallada. Riquelme no vacila en afirmar que a sólo nueve metros bajo tierra hay un yacimiento atlante…
IMPERIO IBERO-MAURETANO
Todos estos datos se unen a los de otros «heterodoxos». El polémico investigador Georgeos Díaz es uno de los que ha apoyado las teorías de los autores alemanes en relación a la validez de la Atlántida de Platón, definiéndola como un «Imperio Íbero-Mauretano de la Edad del Bronce». Apoyando su teoría se han descubierto pilares, murallas y losas bajo el mar en las costas onubense y gaditana. Díaz ha estudiado los textos originales de Platón, encontrando malinterpretaciones de su texto sobre la Atlántida, lo que daría nuevas claves para dar con su paradero. Para el investigador de origen cubano, la desaparición de la Atlántida, según el Critias de Platón, habría tenido lugar entre el 1500 y el 3000 a. C.
En el Timeo, Platón describe cómo la potencia unida de los reinos atlantes trató de esclavizar todo el Mediterráneo oriental. Pero Platón no inventó la historia de la Atlántida, sino que la tomó de un texto anterior, de los tiempos de Solón, volcándola posteriormente en Critias y en parte del Timeo. A su vez, Solón escuchó esta historia a unos sacerdotes egipcios, que le contaron cómo «los reinos Atlantes trataron de invadir ambas regiones: la nuestra y la vuestra». Ciertamente, en torno al siglo XIII a. C. el oriente mediterráneo sufrió una invasión masiva de consecuencias devastadoras a manos de una confederación de reinos de origen incierto, denominados como «Los pueblos del Mar». En un periodo muy corto de tiempo, el imperio hitita y la civilización micénica sucumbieron ante ellos, y el Egipto de Ramsés III logró frenar la invasión, aunque no sin dificultades.
Con estos datos, Díaz sitúa la desaparición de la civilización atlante al final de la edad de Bronce o en el periodo Micénico, por lo que podría coincidir con los tartésicos. Para él, Platón nunca habló de la Atlántida como un enorme continente, sino como nhsos, es decir, como una «isla o península» y la situó precediendo la boca de los Pilares de Hércules: Gibraltar.
¿NACIÓ LA CIVILIZACIÓN EN IBERIA?
El filólogo vallisoletano Jorge María Ribero Meneses, que sostiene desde hace décadas que la civilización nació en Iberia, ha reunido numerosas evidencias de todo tipo. También cree que los tartessos fueron un puente entre los atlantes y la civilización íbera y que Hespéridas y Atlántida eran una misma cosa. Su fuente principal es Dionisio Periegeta, poeta griego del siglo II, quien afirmó: «las Hespéridas, patria del estaño, estaban habitadas por la rica nación de los nobles íberos». Ribero Meneses cree ver en el río Ebro el origen del gentilicio «íbero» y, por tanto, de la palabra «Iberia».
Estas palabras de Diodoro de Sevilla apoyan su tesis de una proximidad atlante a los territorios ibéricos: «los Atlantes habitaban el litoral del Océano Atlántico, en un país muy fértil, montañoso y de gran belleza que estaba situado en el extremo de la Tierra y en el que el aire era tan templado que los frutos de los árboles y otros productos crecían allí en abundancia la mayor parte del año. Su territorio se extendía por el Norte y por el Occidente del país».
Bartolomé de la Hera y Barra, en su Repertorio del Mundo (1584), afirmaba: «En España llamaron Hércules a Noé, y así le veneraban en su famoso templo que hubo en Cádiz, donde dicen que fue sepultado y después visitado en romerías de todas las naciones». Meneses asegura que el culto al dios Neptuno (Poseidón) nació en Iberia. Plutarco lo confirma al afimar: «los romanos recibieron de los Iberos el culto a Neptuno». Meneses deduce que si este culto tuvo su origen en Iberia y éste fue el dios supremo de la Atlántida, entonces el mítico «continente» floreció cerca de Iberia.
EL FUNDAMENTAL RELATO DE PLATÓN
Platón, en su Critias, relata lo siguiente: «Habiendo dividido la Atlántida en diez partes, dio al primogénito de la primera pareja la mansión de su madre Klito con la vasta y rica compañía que la rodeaba. Hízole rey además, con poder sobre sus hermanos, aunque cada uno de ellos tuviese autoridad sobre su propio país. Y a todos les impuso nombres. Al mayor, al que fue primer rey de este imperio, le llamó Atlas, y de él tomó su nombre la isla entera, así como el mar que la rodeaba, que fue llamado Atlántico. Su hermano gemelo tuvo como feudo el extremo del país que estaba más próximo a las columnas de Hércules. Éste se llamaba en la lengua de su país, ';Hespero' o ';Gadiriko'. Y a causa de él, su país recibió el nombre de Gadira». «Gadira» es identificada con Cádiz, a un paso de Huelva, como conocen nuestros lectores.
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