Misterios

Francmasones y templarios

La persecución inquisitorial iniciada en 1307 hizo los templarios huyeran a Escocia y a los reinos de España y Portugal, donde gozaron de inmunidad y tomaron otras denominaciones... ¿pudieron estos supervivientes convertirse en lo que posteriormente se conocería como masonería?

8 de Enero de 2019 (18:44 CET)

Francmasones y templarios
Francmasones y templarios

La persecución inquisitorial iniciada en 1307 por Felipe IV de Francia y el Papa Clemente V hizo que los templarios huyeran a Escocia y a los reinos de España y Portugal, donde gozaron de inmunidad y tomaron denominaciones como la Orden de Montesa, de Calatrava, de Alcántara y de Santiago de la Espada –en España– o la Orden de Cristo –en Portugal–.

Podría decirse que éstos tuvieron que asumir su propia herencia. "Incluso en Francia –asegura Michel Lamy– no todos los templarios fueron arrestados, algunos se escaparon y pudieron ser agentes de transmisión". Para este especialista galo, "si la Orden pudo sobrevivir de una forma u otra, sus mandatarios debieron, por lo menos, conocer el secreto" y de algún modo fusionarse o dar lugar a la francmasonería.

A primera vista choca. La francmasonería que estuvo detrás de la Revolución francesa o de la creación de los Estados Unidos perseguía ideales republicanos y les cuesta referirse a Dios, siempre presente bajo el eufemismo del Gran Arquitecto del Universo.

Pero, según mi buen amigo Eduardo R. Callaey, Gran Maestre de la logia Lautaro en Argentina y autor de El otro imperio cristiano: "la masonería mantuvo su impronta cristiana a lo largo de toda la historia, lo que ocurre es que en el siglo XVIII, cuando empiezan a gestarse las ideas de democracia y de libertad de pensamiento, la Iglesia y ningún estado monárquico podía permitir que se invirtiera la pirámide de poder".

La filiación de los templarios con la masonería es relativamente moderna y tuvo como objetivo conseguir el apoyo de la aristocracia también durante el siglo XVIII. Los promotores de las logias lograron con ello reclutar a personas que ejercían el poder político y económico. Es más, en su constitución, las logias británicas no hacen referencia a la antigua caballería de Cristo.

El artífice del establecimiento de la fracmasonería francesa y creador de las primeras logias en el reino fue Miguel de Ramsay, quien suscitó la vanidad de los aristócratas franceses asimilando su adhesión a las logias masónicas con la entrada en una Orden de caballería.

Ramsay había sospechado de la influencia templaria en la francmasonería pero fue Kart Gotthelf, el barón Von Hund, quien estableció su influencia dentro de la tradición masónica con la fundación del Rito de Observancia Estricta. Afirmaba que a principios del siglo XVIII se había fundado en Escocia una logia masónica que consiguió su carta fundacional de un capítulo templario que había sobrevivido en Bristol y que había sido operativo durante 400 años.

Pero junto a Von Hund había otra persona que reivindicaba la recuperación templaria en Alemania, Johan Augustus Starck.

Este profesor de lenguas se había topado con el templarismo masónico en San Petesburgo. Estaba convencido de que los templarios habían heredado sus conocimientos ocultos de Persia, Siria y Egipto y que se los habría transmitido a una sociedad secreta esenia que funcionaba en Oriente Medio durante las Cruzadas.

Su versión del neo-templarismo recibió el mecenazgo de los aristócratas europeos, logrando agrupar entre sus filas a numerosos duques, condes y príncipes. En Suecia, Gustavo III se convirtió en el mecenas de los neo-templarios porque creía que habían sido fundado por Carlos Estuardo y era un partidario de los pretendientes escoceses y los jacobitas.

Por supuesto, ninguna de las Órdenes posteriores vivió bajo las reglas monásticas del Temple ni poseyó, que se sepa, la llave de los conocimientos que, entre otras cosas, permitieron erigir las grandes catedrales góticas de Europa o el desarrollo de técnicas artesanales de forja o de cristal que rozaron la magia de la alquimia.

A pesar de esto, según me reconoció el medievalista Jesús Mestre, "hay gente honesta, grupos fraternos que se amparan en la magia del nombre templario para llevar a cabo acciones benéficas o solidarias".

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