Historia oculta

Experimentos con humanos

Experimentos con humanos… Suena terrible, pero es aún peor. A comienzos de 2018 varias compañías automovilísticas alemanas reconocieron haber experimentado con monos y humanos los efectos prolongados de gases tóxicos como el dióxido de nitrógeno… Ahora, las nuevas investigaciones descubren una conspiración vergonzosa, porque ha habido más casos…

19 de Agosto de 2019 (11:00 CET)

Experimentos con humanos
Experimentos con humanos

El asunto de los automóviles alemanes llevó al portavoz de la cancillería Steffen Seibert a convocar una rueda de prensa, dada la conmoción internacional, y a asegurar que «esos experimentos no tienen ninguna justificación ética ni científica, lo que nos obliga a formular preguntas críticas a todos los responsables. Lo que tienen que hacer los fabricantes de automóviles con las emisiones es reducirlas y no pretender demostrar que no son dañinas mediante experimentos con monos y hasta seres humanos».

La indignación fue tan grande como la sorpresa al conocer cómo transcurrieron los experimentos. En una sala cerrada se situaban 25 individuos, tanto personas que no tenían dolencia alguna como otras que sí las tenían, y durante cinco horas, gracias a un conducto que introducía en la sala las emisiones de un vehículo situado en el exterior, se lograba que los participantes llenaran sus pulmones de dióxido de nitrógeno. El objetivo era saber el grado de afectación o nocividad de este gas en sus organismos. Un disparate. Pero esto ya viene de antiguo. Normalmente, y siempre en el dudoso nombre del avance científico, se ha experimentado con los estratos más frágiles de la sociedad. Y, aunque parezca mentira, en esta categoría se encuentran los presos. Asegura el historiador Juan José Sánchez, que «uno de los macacos más cotizados en la investigación biomédica, la variedad Rhesus de la India, ya no puede importarse de ese país. En consecuencia, esta escasez de primates ha sido parcialmente compensada con los residentes en penitenciarías».

Pero hay más. El escritor y periodista Gregory Dober afirma en un extenso artículo en la publicación Prison Legal News que es «preocupante que los requisitos reglamentarios para trabajar con animales de laboratorio sean aparentemente más onerosos y costosos que la experimentación con presos». ¿A qué se refiere? ¿La realidad es así de atroz? Pues una vez más debemos de hacer uso del viejo adagio que asegura que la realidad supera con creces a la ficción, porque «la nómina de ensayos efectuados durante la segundad mitad del siglo XX no conoce límites –asegura Sánchez–. En los años 60 y 70 la Comisión de Energía Atómica aplicó radiación nuclear en los testículos de reclusos para comprobar sus efectos en la reproducción humana a cambio de gratificarles con un puñado de dólares». En 1995 salió a la luz este asunto, y la administración Clinton se vio obligada a emitir un comunicado pidiendo disculpas por lo ocurrido. Pero es que además se supo que los implicados sufrieron dolorosas quemaduras, amputaciones y enfermedades de las que nadie les advirtió en el documento que firmaron; nadie les habló de efectos secundarios. Se experimentó con ellos, sin más. Del mismo modo que hizo la Universidad de Stanford en 1997, al aplicar a reclusos de entre 14 y 18 años medicamentos contra la epilepsia. En la nota de consentimiento que hicieron llegar a sus padres, advirtieron que si en el margen de un mes no contestaban rubricando la misma daban por afirmativa su respuesta.

En febrero de 2018 el psicólogo evolutivo de la Universidad de Albany en Nueva York, Gordon Gallup, declaró a The Sun que en 1920 se logró crear un híbrido tras fecundar a una hembra primate con el semen de un donante desconocido.

Un último ejemplo. En 2011, los responsables del Centro de Detección del Sheriff de Castaic, en California, probaron sobre los presos un arma de última generación que lanza potentísimos haces de calor. Las consecuencias sobre las víctimas se traducían en un terrible dolor, como si literalmente estuvieran ardiendo. Por tanto vemos que ocurre, que se experimenta con seres humanos y que no forma parte de una imaginativa conspiración. Pero no nos enteramos; y cuando lo hacemos, ya es tarde…

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