El perro, especialmente si es negro, se ha asociado siempre a la oscuridad. Baste echar un vistazo al antiguo Egipto para comprobar que tras la apariencia de un chacal de este mismo color, con las orejas muy puntiagudas, se encuentra el dios Anubis, señor de los mundos inferiores, gobernante de aquello que hay más allá de esta vida. Pero hay más. Asegura el historiador Mariano F. Urresti que «durante la construcción del monasterio del Escorial, la obra culmen del rey Felipe II, los obreros aseguraron que entre los andamios se paseaba, especialmente caída la noche, un perro negro de gran tamaño al que muchos vinculaban con el mismísimo demonio. Y no es extraño, porque al parecer el monarca levantó el citado monasterio en este mismo lugar para tapar una de las entradas al infierno».

En las Islas Canarias están las tibicenas, enormes perros de no menos descomunales fauces que realizan prodigios imposibles y que se aparecen al testigo como protectores de los lugares sagrados de la antigua etnia guanche.

Por tanto, cuando se repite en diferentes tradiciones y en épocas igualmente distintas, es que algo hay. Algo que desde hace siglos forma parte de las regiones del este y del sur de Holanda, y que cada cierto tiempo se manifiesta, siempre a decir de los testigos. Lo llaman helhond –o «perro infernal»– y su aparición siempre viene acompañada de malos augurios para quienes lo ven. Asegura el divulgador Jorge Gallego, que «su impacto en la sociedad es tal que por ejemplo poblaciones como De Lutte, en la Baja Sajonia, donde ha sido visto en los alrededores del cementerio y donde ha causado alguna muerte, su imagen ha sido colocada en la bandera de la localidad y se ha hecho una estatua en recuerdo a este ser demoniaco». Y es curioso porque sabido es que no es un animal para homenajear. Para los habitantes de estas regiones es más bien un ser al que olvidar, ya que se asegura que con sólo oír su ladrido es motivo más que suficiente para que al poco alguien cercano fallezca. Algo que matemáticamente ocurre si nos lo encontramos frente a frente. Testigos como Stefan Veerle, vecino de Groningen, afirma que «aquel perro tenía los ojos iluminados, como si tuviera llamas dentro. Poco después un primo muy querido murió, de repente. Pero no sólo lo hemos visto. A veces lo hemos oído». Es el sonido de la cadena que parece llevar amarrada al cuello, y que actúa igualmente como precursor de la muerte cuando alguien la escucha.

Los vecinos de esta poblaciones, especialmente con la llegada de los fríos del invierno, prefieren no merodear por las calles ya que en ese tiempo es cuando más apariciones del helhond, el perro de la muerte, se producen. Porque para estas gentes, lejos de ser una superstición se trata de una criatura real; una criatura que al parecer ya se ha cobrado muchas vidas…

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Portada Año Cero Diciembre 2019

Nº 353, Diciembre de 2019

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