Lugares mágicos

POTOSÍ: VIAJE A LAS MINAS DEL INFIERNO

Por Pablo VillarrubiaEn 1545, un pastor quechua encontró por casualidad unas vetas de plata en un cerro de la región de Potosí, en pleno corazón del actual territorio boliviano. En ese mismo año, los colonos españoles empezaron a explotar el Cerro Rico. Desde entonces, miles de hombres perdieron sus vidas en estas minas que, según creen los trabajadores y los habitantes de las localidades cercanas, están habitadas por espíritus, entre los que destaca el «Tío» o «Supay», una entidad fantasmal.

20 de Agosto de 2013 (12:05 CET)

POTOSÍ: VIAJE A LAS MINAS DEL INFIERNO
POTOSÍ: VIAJE A LAS MINAS DEL INFIERNO
La montaña tenía 5.183 metros de altura y, a lo largo de casi cinco siglos, ha disminuido a 4.850, lo que muestra la desenfrenada explotación de sus riquezas. Pese al agotamiento de las vetas, los mineros del Potosí aún intentan sacar algo de plata y otros metales. Trabajan prácticamente en las mismas condiciones de hace cuatro siglos, a pico y pala. Ocasionalmente emplean dinamita para abrir nuevos corredores en las que denominan «minas del infierno». Como pudimos comprobar in situ, en su interior el aire es irrespirable y el calor insoportable. Descendimos a las aterradoras profundidades de dos de las minas más antiguas del cerro, para ver de cerca cómo viven aquellos hombres y cómo se escudan en antiguos ritos para proteger sus vidas y sus almas.

Nuestra misión era realizar un reportaje televisivo para el programa Cuarto Milenio (Cuatro TV). El operador de cámara, el experimentado Marcos Macarro, su ayudante Carlos Cabanillas y el que escribe tuvimos que soportar el terrible «soroche» o mal de altura. No en vano, Potosí se encuentra a casi 4.000 metros sobre el nivel del mar y es una de las ciudades más altas del mundo. Cualquier movimiento se transforma en una penosa actividad dentro de las minas, y aún más para los forasteros como nosotros.

DOLOR Y SUFRIMIENTO
Las húmedas paredes de piedra encierran más que dolor y sufrimiento: miedo y reverencia ante la muerte. En realidad, el nombre de la montaña es Sumaj Orcko (Supremo Hacedor), pues los indígenas la consideraban la gran achachila, es decir, la morada de los espíritus tutelares que protegían a las comunidades indígenas cercanas. En su cima existía un templete o adoratorio, y los habitantes tradicionales de la zona, los kara kara, nunca extrajeron de la misma plata para comerciar, pues se trata de una montaña sagrada.

Según nos contó Benito Castro –minero y delegado de la Mina Candelaria–, su día a día consiste en subir a la bocamina a las ocho de la mañana y «pichar»: mascar hoja de coca con algún alcaloide a fin de obtener fuerzas suficientes para enfrentar la primera etapa de trabajo, que dura hasta la una de la tarde. Descansan durante una hora y terminan su jornada laboral a las cinco. Antes de entrar a las galerías, los mineros se encomiendan en una capilla que alberga una pequeña imagen de la Virgen y otra de Tata-Catcho: un Jesucristo crucificado con un brazo ensangrentado del que cuelga una pala.
«Rezamos para que nos protejan en nuestra labor diaria en la mina», nos cuenta Alipio Mamani, uno de los sufridos mineros. Al igual que sus compañeros, callados y con miradas tristes, masca hojas de coca antes de penetrar en los corredores. En el pasado, las bocaminas eran denominadas punku (puertas) y consideradas sagradas, pues representaban la «zona media» entre nuestro mundo y el subterráneo. Era el lugar donde se rezaba, se sanaba y se realizaban diversas actividades relacionadas con la adoración a las fuerzas que dominan las galerías excavadas por los hombres.

Un exminero, Oscar Torres Villapuna, nos contó que el Tata-Catcho –esa extraña deidad sincrética entre Jesucristo y algún dios ancestral de los incas– procura mantener al misterioso Tío dentro de las entrañas de la montaña. «Si él se va de la mina, se lleva todos los minerales», asegura mi informante mientras saluda a sus antiguos compañeros. Pero, ¿quién este enigmático personaje? «Para nosotros el Tío o Supay es un dios que vive dentro del cerro –afirma Villapuna–. Se parece a la Pachamama o Madre Tierra, pero es varón. No es el demonio como nos dicen algunos sacerdotes católicos. Si lo cuidamos bien, nos puede ayudar a encontrar nuevas vetas de mineral»… (Continúa en AÑO/CERO 277).

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