Creencias

LOS DRUIDAS QUE CONQUISTARON LA IGLESIA DE ROMA

Miguel PedreroCuando el incipiente cristianismo «desembarcó» en los territorios de la península Ibérica, infinidad de seguidores del paganismo y el druidismo se convirtieron a la nueva nueva religión, pero conservando buena parte de sus antiguas costumbres. Una de las más comunes consistía en internarse largas temporadas en la naturaleza, forzando el cuerpo para llegar a un estado alterado de conciencia y contactar así con la divinidad. Estas hordas de ascetas terminaron dando lugar a las primeras órdenes monásticas, que acabaron controlando los resortes de la Iglesia.

24 de Septiembre de 2010 (07:55 CET)

LOS DRUIDAS QUE CONQUISTARON LA IGLESIA DE ROMA
LOS DRUIDAS QUE CONQUISTARON LA IGLESIA DE ROMA
Los primeros evangelizadores cristianos pisaron el norte de la península Ibérica alrededor del siglo IV, y enseguida se dieron cuenta de que sólo triunfarían en sus objetivos si actuaban con suma astucia. De este modo, se dedicaron a otorgar a santos y vírgenes los «milagros» que antes eran atribuidos a deidades paganas o a distintos elementos de la naturaleza, como aguas curativas, rocas con poderes adivinatorios, etc. En esa época, muchos sacerdotes de los pueblos celtas –los famosos druidas–, asentados en el norte de la península, se convirtieron a la nueva religión. Por supuesto, no sabían leer ni escribir, por lo que su fe era una mezcla entre ciertos dogmas cristianos y la tradición pagano-celta en la que habían nacido.

Es sabido que los druidas no realizaban sus ceremonias en templos ni construcciones de ninguna clase, sino en plena naturaleza, donde entraban en contacto con los dioses. Pasaban semanas y meses en el más absoluto silencio, en medio de los bosques, relacionándose con el mundo de los espíritus. La suya era una espiritualidad eminentemente individual, pues buscaban el contacto directo con sus divinidades. Con el paso de los siglos, un buen número de hombres y mujeres –aunque éstas en menor medida– que profesaban unas confusas creencias a medio camino entre el druidismo y el cristianismo, se convirtieron en los primeros anacoretas. Diversos lugares fueron tomados por estas incipientes comunidades de eremitas, aunque destacaba el Valle del Silencio, en las mágicas tierras del Bierzo. Allí se retiró en el siglo VII un noble godo conocido como san Fructuoso. Bajo su impulso y ejemplo, miles de personas, incluidas familias enteras, algunas incluso con sus siervos, se refugiaron en los montes de León con el fin de llevar una vida de ascetismo y oración… (Continúa en AÑO/CERO 242).

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