Creencias

Los santuarios del Arcángel San Miguel

Según cuenta la leyenda, en el año 709 el arcángel San Miguel se apareció en un sueño a san Auberto, obispo de Avranches y le ordenó que la primera de sus iglesias fuera construida en la cima de un islote rocoso situado en la desembocadura del Couesnon, entre Normandía y Bretaña.

1 de Abril de 2007 (00:00 CET)

Los santuarios del Arcángel San Miguel
Los santuarios del Arcángel San Miguel
Cuando el religioso ignoró sus instrucciones, el arcángel marcó la frente del obispo con un dedo en señal de que quería ver cumplidos sus deseos.

San Auberto encontró el sitio idóneo con la ayuda de un toro amarrado, que había aplastado la hierba en un círculo sobre la cima del monte. Sin embargo, antes de que pudiera construirse una iglesia había que retirar dos grandes menhires paganos. Tal proeza la llevó a cabo un campesino de la localidad con sus doce hijos. Desde entonces, el Monte Saint-Michel –cuyo nombre primitivo era Monte Tumba– se convirtió en uno de los mayores centros de peregrinaje de la cristiandad. Sobre todo a partir del año 966, cuando se estableció allí un monasterio benedictino con una estatua dorada del arcángel que, situada en el pináculo de la iglesia, podía verse en la distancia. La cercanía del nuevo milenio exacerbó los miedos y olas de peregrinos centraron en Saint-Michel sus esperanzas milenaristas. El culto al arcángel se hizo tan importante que en época carolingia se le proclamó «protector y príncipe del imperio galo».

Este mítico enclave, visitado anualmente por más de tres millones de personas, se ha puesto de actualidad por los sedimentos marinos que amenazan con convertirlo en parte del continente y hacerle desaparecer como islote rocoso, uno de los mayores atractivos que posee. Diversas instituciones han decidido financiar un ambicioso proyecto para que el Monte Saint-Michel siga siendo una isla. Recuperar el espíritu del lugar, roto por el turismo, ya no será posible, pero existen otros santuarios de características similares, menos frecuentados y, en ciertos aspectos, igualmente mágicos. Santuarios romano-celtas Antes de que el Monte Saint-Michel recibiera tal nombre, se cree que había sido uno de los grandes santuarios de Belenus, el dios Apolo romano-celta, cuyo nombre es una reminiscencia de Baal, adorado en el Monte Carmelo. No se trataba, por tanto, de un centro religioso aislado. Desde tiempo inmemorial aparece conectado con otros lugares de peregrinación semejantes, todos ellos dedicados a este arcángel tras el proceso de cristianización.

Estos enclaves eran rocas sagradas en colinas isleñas, donde se enterraba a personajes importantes y se celebraban iniciaciones tribales bajo la guía de sacerdotes que invocaban los poderes de la tierra. John Michell y Christine Rhone lo explican así en uno de sus trabajos: «El espíritu de la tierra, simbolizado por la serpiente mercurial, se identificó en tiempos de Apolo con Satán, bajo la forma de un dragón o reptil venenoso. Al clavar una lanza en su cabeza, el héroe solar frena su fluido maligno y establece sus energías en un punto. La imagen es alquímica en origen, anterior a la Cristiandad, y estuvo probablemente asociada con el Monte Saint-Michel y otros lugares semejantes cuando el Apolo celta los rigió». Ese dios del Sol transmitió muchos de sus atributos a San Miguel. Así, el arcángel triunfó en los altos santuarios donde aparece emplazado para combatir a demonios, dragones y monstruos terrestres, además de ser el guía de los misterios de la muerte y del inframundo.

Por otra parte, autores como Jean y Lucien Richer han sugerido que esos lugares sagrados paganos, dedicados a Apolo o algún equivalente local, y que luego se convirtieron en santuarios dedicados al arcángel, formaban una línea que llamaron el «eje Apolo-Miguel». Las teorías sobre las conexiones geográficas entre los santuarios abrieron una nueva dimensión en la arqueología y la historia antigua. Según exponía Lucien Richer en un artículo titulado El eje de San Miguel y Apolo, los santuarios dedicados a Apolo se extienden siguiendo una línea que va en dirección sur-este hasta el Monte Carmelo, mientras que en la otra dirección, en un ángulo de aproximadamente 60º al oeste, el eje atraviesa los principales santuarios europeos dedicados al arcángel Miguel.

Desde el Monte Gargano (Italia), lugar donde se produjo en el año 492 la primera aparición del arcángel en Europa occidental al obispo Laurent, se observa una secuencia lineal de apariciones similares, a través del Monte Saint-Michel en la costa normando-bretona y su islote hermano –el monte del mismo nombre en la costa opuesta de Cornualles–, hasta los santuarios más remotos, como la isla sagrada de Skellig Michael en la costa oeste de Kerry (Irlanda).

En resumen, los santuarios erigidos en esta alineación poseen una serie de características que reflejan los atributos comunes del Apolo pagano y del arcángel cristiano: todos ellos son lugares tradicionales de apariciones del arcángel, pero anteriormente regidos por Apolo; se erigieron en lugares altos y rocosos, preferiblemente islotes; en ellos había un manantial y una caverna mística. Los templos de Apolo Delphinus, amigo del delfín, también se erigieron en promontorios junto al mar como en el islote de Delos. Además, tanto San Miguel como Apolo eran símbolos de renacimiento espiritual: ambos mataban dragones. Lugares de transformación No todo el mundo comparte la visión de Richer –y de seguidores suyos como John Michel– con respecto al eje Apolo-Miguel o similares. En su obra Misterios de la Tierra, Philip Heselton destaca que estas líneas no son más que ideas, ya que no parecen apoyarse en hechos topográficos. Sin embargo, él mismo recalca que «como estímulos para la imaginación, podrían ayudarnos a obtener una visión más profunda en la verdadera naturaleza de nuestra relación con la tierra viviente». Heselton añade que «estaría bien saber si estamos tratando de accidentes objetivos del terreno o con algo interno del perceptor que ha sido proyectado en el paisaje». Sin embargo, lo cierto es que en los santuarios del arcángel muchas personas tienen intensas experiencias transformadoras. Por ejemplo, Jean Dubuis, que fundó «Los filósofos de la naturaleza» (LPN) en Francia en 1979, experimentó a la edad de doce años un profundo despertar de su conciencia en el Monte Saint-Michel, lo que le llevó a estudiar alquimia y mística. Tampoco son infrecuentes las visiones en la cima de dicho monte de luces extrañas. Una de las observaciones más espectaculares se produjo en 1270, cuando la abadía dio la impresión de estar rodeada por llamas. Estas llamaradas se deben a un fenómeno natural, pero para muchos creyentes es una manifestación de la fuerza espiritual que emana del lugar, al igual que en los otros montes de su mismo nombre. No en vano, fueron durante siglos algo más que lugares de peregrinaje y plegaria: fueron también lugares de «Alta Ciencia» en una época en que el hermetismo brillaba en Europa.
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