Civilizaciones perdidas

Faraones Hombres, dioses y herejes

Gobernaron el Antiguo Egipto durante más de 3.000 años y fueron considerados como auténticos dioses sobre la Tierra, ostentando un poder que cualquier rey posterior envidiaría. Todavía hoy son muchos los misterios que rodean a la figura del faraón. ¿Quién era? ¿Cuál fue su principal cometido? Adentrémonos juntos en su enigmático mundo… .

1 de Marzo de 2006 (00:00 CET)

Faraones
Hombres, dioses y herejes
Faraones Hombres, dioses y herejes
Si tuviéramos que hacer un repaso por la historia de los faraones desde sus orígenes hasta la etapa final tolemaica, habría que empezar precisamente por eso, por sus orígenes, que no son nada claros y ofrecen cifras mareantes. Menos mal que para eso está la egiptología oficial, para poner las cosas en su sitio y decir a qué años corresponde cada dinastía y en qué dinastía hay que colocar a cada faraón.
¿Y el primero de todos? Difícil pregunta. Muchos creerán que el rey Escorpión sólo es el protagonista de una película, un guerrero egipcio de hace 5.000 años. Y efectivamente, así es. Pero también fue un personaje –histórico y legendario a la vez– que reinó en buena parte del país de los faraones sobre el 3.000 a. de C. Egipto entonces estaba sumido en la inestabilidad, con diversos jefes de clanes que se sucedían sin dejar huella en la historia. De repente, apareció un personaje impresionante con la corona blanca del Alto Egipto que ya no era un simple jefe de un clan, sino todo un monarca con una corona que ostentaba el jeroglífico del escorpión –por esta razón se le llamó, para simplificar, el rey Escorpión–. Nos encontramos ante un monarca misterioso con magnitud nacional que, sin embargo, era dueño solamente del Alto Egipto. ¿Cuánto tiempo duró este periodo predinástico? Se cree que este rey vivió hacia el 3100 a. de C. y que la I Dinastía empezó hacia el 2950. Algunos investigadores creen que el periodo que precede a Menes sólo comprendía dos reyes: el citado Escorpión y otro llamado Ka.

Menes, el primero

Y así llegó Menes al poder y con él la reunión de las Dos Tierras, el Alto y Bajo Egipto. De este hecho fundamental nos informa la paleta del rey Narmer, encontrada en el emplazamiento de Hieracómpolis. Este pequeño objeto de una altura de 63 cm y hecho de pizarra de esquisto reviste una gran importancia, puesto que los temas representados nos dan a conocer la existencia de la I Dinastía. Todo parece indicar que Narmer ha recogido la obra del rey Escorpión y la ha llevado a término; pero aquí nos surge una duda: si las listas reales empiezan con un faraón llamado Menes, ¿quién es este otro llamado Narmer? Tras largos debates, se admite actualmente que Menes y Narmer fueron probablemente la misma persona, heredera del rey Escorpión.

Una leyenda cuenta que el soberano, perseguido por sus perros en la zona del lago Moeris, se vio obligado a entrar en el agua y fue salvado por un cocodrilo, relato que hay que considerar puramente simbólico, ya que el dios de aquella región era Sobek, que tenía la cabeza del citado reptil. De hecho, en la tradición griega existe una leyenda que asegura que Menes creó la ciudad de Cocodrilópolis, capital de Fayum, una urbe salida de las aguas.

Se asegura que la esposa de Menes, en sus ratos libres –que eran muchos–, habría inventado una eficaz loción capilar. Menes por su parte instaló en varios puntos clave del curso del Nilo unos nilómetros que permitían anotar, cada año, la altura alcanzada por la crecida del río. Se le atribuye también la invención de la escritura jeroglífica, hecho históricamente inexacto.

Cuentan que fue muerto nada menos que por un hipopótamo y falleció a la edad de 62 años. Un faraón mítico del que apenas sabemos nada, y que, sin embargo, lo hizo todo…

Las tres pirámides de Esnofru

Dashur es un compendio de misterio. Según la arqueología oficial, allí se empezaron a edificar las verdaderas pirámides. Tras las tentativas de Imhotep y su famosa pirámide escalonada dedicada a su rey, Zoser, las construcciones realizadas por el faraón Esnofru, fundador de la lV Dinastía, fueron las primeras en tener sus caras rectas.

Es imposible que en tan sólo 25 años los arquitectos egipcios pasasen de las elementales construcciones de la III Dinastía a dominar la piedra de forma tan especializada. Es impensable también que 25 años después del reinado de Micerinos se les olvidara cómo edificar. No se entiende por qué de las doce pirámides que se levantan en Dashur, de cinco no se tenga el más mínimo dato que señale su procedencia. Esnofru, el teórico constructor de la pirámide de Meidum y de las dos pirámides de Dashur, debería estar en el Libro Guinness de los Récords, pues en sus sólo 24 años de reinado manejó de forma tan extraordinaria la cantidad de doce millones de metros cúbicos de piedra. Lo que no se concibe es cómo el faraón Esnofru eligió el árido desierto de Dashur para edificar sus dos pirámides, dejando libre la maravillosa meseta de Gizeh, que domina el delta del Nilo. Enigmas sin respuesta… de momento.

Pero si ya de por sí es misterioso el enclave, lo es mucho más por una especie de leyenda urbana que viene difundiéndose desde hace 25 años y que han alimentado algunos investigadores del fenómeno OVNI, como el mexicano Jaime Maussán. Según él, la presencia de una base militar egipcia en un lugar tan apartado se debe a un suceso ufológico que ocurrió en el año 1978, similar al acaecido en Roswell, Nuevo México, en 1947; es decir, que un OVNI se estrellase en Dashur. Y esa nave estaría precisamente debajo de la gran pirámide de Esnofru, que se encuentra a 40 km al sur de El Cairo, también llamada la "pirámide roja", por la particular coloración que poseen sus bloques de piedra.

El tirano Kefrén

Esnofru es el que inaugura la IV Dinastía, pero este periodo tiene a otros miembros cualificados como Kefrén, que no sucedió directamente a Keops. Entre estos dos grandes faraones se sitúa el reinado de Djedefre –2528-2520 a. de C.– quien, inexplicablemente, hizo construir su pirámide en Abu Roach, al noroeste de Gizeh, y no en la llanura donde se alzaba la Gran Pirámide. Según Manetón, el faraón Kefrén, cuyo nombre egipcio significa "Ra-cuando-se-levanta", reinó 66 años, aunque los especialistas actuales le otorgan tan sólo 26. Buena diferencia…
A Kefrén se le atribuye la construcción de la Esfinge, pero los textos silencian el dato y ninguna inscripción del Imperio Nuevo se refiere a ella; tan sólo la identifican con el dios Harmakis, cuyo nombre significa "Horus en el horizonte".

Anthony West presenta en su libro Serpent in the Sky una tabla respecto a las épocas en que la Esfinge estuvo enterrada en la arena –un total de 3.300 años– anotando que desde Kefrén a Tutmosis IV fueron unos 1.000 años; desde Tutmosis IV hasta los Ptolomeos, permaneció oculta unos 800 años; desde estas dinastías hasta que surgió el cristianismo estuvo visible y desde este último periodo hasta el siglo XVIII volvió a estar enterrada durante unos 1.500 años. En la época de Kefrén, la región era un desierto. La única explicación posible hay que buscarla en un clima especialmente húmedo entre el año 5000 y el 7000 a. de C. En la obra de Robert Schoch Escrito en las Rocas, se dice que la Esfinge fue construida en dos secuencias: primero fue esculpida en la piedra pero no terminada, y luego se remodeló y remató en tiempos de Kefrén. Fue esta "protoesfinge" la que se erosionó por las grandes precipitaciones de esa época que, según cálculos de Schoch, debieron ocurrir en el 5000 a. de C. o quizá antes. Así que menos méritos para Kefrén.

Hatsepsut y el País de Punt

De la Dinastía IV pasamos a la XVIII, que también fue conflictiva. Ha habido muy pocas faraonas en Egipto, pero una de las de mayor temple y personalidad fue Hatsepsut –1503-1482 a. de C.–, también llamada Ma'atkara, hija del faraón Tutmosis I y de la reina Ahmose.

Su hermanastro, Tutmosis II, hijo de una concubina, legitimó su propio poder casándose con Hatshepsut, pero a la muerte de su marido, la reina viuda asumió el poder en el año 1490 a. de C. mediante un golpe de estado y se proclamó faraona de Egipto, relegando a un segundo término a su sobrino, hijastro y yerno Tutmosis III, de quien se declararía regente. Durante su reinado, que duró 22 años, Hatsepsut impulsó la cultura con gran dedicación.

Era, sin duda, la mujer más poderosa del mundo, hecho extraño en esa época y en aquella cultura que, en 3.000 años tan sólo conoce otros tres casos de mujeres que llegaron a reinar: Nitocris –Imperio Antiguo–, Sobeknefrure y Cleopatra.

Uno de los enigmas del antiguo Egipto es determinar cuál era el País de Punt, esa tierra con la que comerciaban y que los faraones tenían en gran estima. Fue la reina Hatsepsut la que organizó la expedición más famosa y fastuosa hacia aquel lugar y, según las crónicas, la que mayor éxito tuvo. Ocurrió en el año 1493 a. de C. y lo sabemos, principalmente, por los relieves que aparecen en su templo funerario de Deir el Bahari. "Contemplarlo –afirmaban los egipcios– es lo más grande del mundo".

Mucho se ha especulado sobre la ubicación de este país y de sus habitantes, aunque hoy la mayoría de los egiptólogos están de acuerdo en considerar que estas expediciones egipcias se dirigían hacia la actual costa de Somalia, cerca de Eritrea. Los egipcios conocían este país al menos desde la V Dinastía. Durante la XII Dinastía, el mayordomo jefe Henenu, dirigió una expedición de 3.000 hombres que abriría la ruta, utilizada posteriormente durante el Impero Medio y el Nuevo.

Hatsepsut ordenó un viaje a esta misteriosa tierra para que trajeran cosas que no había en Egipto: árboles de mirra, marfil, panteras, babuinos, plata, oro y sobre todo, incienso. Aprovisionarse de esta olorosa especia era el fin último para honrar debidamente al dios Amón. Tras varios meses de navegación, llegaron a la tierra de Punt donde fueron recibidos por el rey de este país, llamado Perehu –hombre bajito con la pierna derecha cubierta de aros de bronce–, junto a su deforme esposa y sus tres hijos. ¿Fue la desconocida tierra de Ofir el mismo lugar que los egipcios identificaban con el "Dorado Punt"? Un misterio más que añadir a la lista…
Cuando murió Hatshepsut en 1484 a. de C. el vengativo Tutmosis III, nada más subir al trono, proscribió su memoria, haciendo raspar y borrar los cartuchos con su nombre en las antiguas listas reales. Se trata de la damnatio memoriae de los egipcios, expresión de origen latino que viene a significar "condena de la memoria", la supresión del recuerdo público de un personaje concreto. Igual suerte correría años después el faraón hereje Akenatón.

Tutmosis IV y la estela del sueño
Este faraón debe el trono a la Esfinge de Gizeh. Hoy se puede ver entre las patas de la misma un bloque de granito que nos cuenta un suceso acaecido a un faraón que por entonces era príncipe del Imperio Nuevo. Me refiero al futuro Tutmosis IV que, tras regresar de una cacería, se quedó dormido a la sombra de la Esfinge y el león se le apareció en sueños anunciándole que reinaría en un futuro próximo. Tutmosis en aquel momento no tenía muchas posibilidades de llegar a ser faraón, pues había otros candidatos mejor situados que él. Durante el sueño, el espíritu de la Esfinge le pidió que la liberara de la arena del desierto que la cubría y la restaurara. Así lo hizo y llegó a ser coronado, cumpliéndose así las profecías. Entonces, Tutmosis mandó erigir esta estela, reutilizando para ello un dintel del antiguo templo de Kefrén, para rememorar aquel sueño; de ahí que se denomine a esta inscripción como "la estela del sueño".

¿Akenatón, Abraham o Moisés?

Y seguimos en la Dinastía XVIII. Según cuenta la leyenda, durante una cacería del león el faraón Amenofis IV –1364-1347 a. de C., según la cronología de Christian Jacq y de Josep Padró– tuvo un encuentro con un "disco solar resplandeciente", posado sobre una roca. Éste latía como el corazón del faraón y su brillo era como oro y púrpura, según reza un papiro atribuido al mismo Amenofis, en su Canto IV al dios Atón. El faraón se postró de rodillas ante el disco, quedó traspuesto y empezó una Nueva Era, una nueva religión... Se cambió el nombre por el de Akenatón y fundó una nueva ciudad y una nueva capital del reino con el nombre de Aketatón. La herejía estaba en marcha…
¿Y si la historia no fuera como nos la han contado? Hay investigadores heterodoxos que ofrecen una reinterpretación de este periodo histórico basándose en la revolución monoteísta y en la cronología. Unos dicen que Akenatón fue en realidad ¡el patriarca Abraham! Esa es la tesis de dos hermanos e investigadores franceses, Roger y Messod Sabbat, expuesta a finales del año 2000 en su libro Los secretos del Éxodo. Para ellos, el famoso episodio bíblico corresponde a la expulsión de Egipto de los habitantes monoteístas de la ciudad de Aketatón. Cuando el faraón Ay sucede a Tutankamón –que reinó de 1331 al 1326 a. de C. como un furibundo politeísta–, decide dar la orden de expulsar del país a los seguidores de Akenatón –Abraham– hacia Canaán, provincia situada a diez días de marcha desde el valle del Nilo. No se llamaban hebreos, sino yahuds –adoradores del faraón– y, años después, fundaron el reino de Yahuda –Judea–. El protagonista del Éxodo, según los hermanos Sabbat, fue el general egipcio Mose –Ramesu–, que después se convertiría en Ramsés I, quien iniciaría la Dinastía XIX. Una nueva identidad para el camaleónico Moisés…

La vitalidad de Ramsés II

Es el tercer faraón de la XIX dinastía, hijo del famoso faraón Seti I y de la esposa real Tuy. Ramsés II –1300-1224 a. de C.– participó en campañas militares y sirvió como regente hasta el momento en que su padre falleció y tomó el trono acompañado de su amada esposa Nefertari. La obra de Ramsés se basó en ampliar territorios y recuperar aquellos que un día perdieron. Lo de hacer Egipto más grande tiene su doble sentido, puesto que él mismo contribuyó a aumentar la población. Entre esposas y las concubinas de su harén dicen que Ramsés II engendró nada menos que ¡160 hijos e hijas!, muchos de los cuales murieron antes que el faraón, que reinó 67 años. A la edad de 92 años, el incombustible rey fallecía debido a la infección sanguínea que le provocó una caries del maxilar superior. Una muerte indigna para un gran faraón.

El mundo esférico

Entre los logros del gobierno de Tolomeo III se cuenta el ser uno de los impulsores de la primera vuelta al mundo, un planeta que él sabía que era esférico.

No hay muchos datos, pero la historia nos dice que este faraón se propuso circunnavegar la Tierra, cuya esfericidad conocía gracias a los cálculos de su bibliotecario, Eratóstenes de Cirene, quien determinó que tenía un diámetro de 40.000 kilómetros –y acertó–. Se organizó una expedición para ampliar las fronteras del mundo conocido, continuando la labor de sus antepasados tolemaicos, ya que los faraones del Imperio Antiguo no tenían ninguna curiosidad por realizar estas largas travesías, salvo ir al País de Punt. Este viaje es el que ha hecho suponer que los egipcios visitaron lejanas tierras y que incluso llegaron hasta el estrecho de Sonda, en Indonesia, que comunica el mar de Java con el océano Índico. El escritor Antonio Ribera expone la tesis –en su libro Operación Rapa Nui– de que también llegaron a la isla de Pascua y que su presencia se puede apreciar tanto en los restos arqueológicos –por ejemplo, un moai con perilla faraónica– como en la filología y la toponimia –la palabra Sol es designada por los nativos como Raa–.

Ribera se apoya en las investigaciones realizadas por un profesor de Harvard, el doctor Barry Fell, cuya tesis se basa en el estudio de las pinturas y los jeroglíficos que se encuentran en una cueva llamada "La Casa Pintada", en Chile. Para Fell, Tolomeo organizó esta expedición al mando del capitán Rata y el navegante Mawi sobre el año 232 a. de C. Tras una estancia más o menos larga en el país –y de tomar posesión de aquellas tierras–, regresaron a Egipto para contar sus hazañas. Una de las pruebas que presentan los defensores de la hipótesis de esta circunnavegación del globo, es una inscripción polinesia en escritura libia en las costas occidentales de América, en esta citada cueva de Chile.

De ser cierto todo esto, se demostraría que la navegación oceánica en la antigüedad fue toda una realidad, que estos navegantes contaban con instrumentos muy sofisticados –como el torquetum– y que conocían el planeta Tierra mucho mejor de lo que sospechamos. Para que vean…

Cleopatra y el baño de leche de burra

Las mujeres coquetas de tiempos de Cleopatra, incluida la propia soberana, utilizaban para acicalarse todo tipo de desodorantes, mascarillas faciales, suavizantes, pomadas, baños… y los principales llevaban leche de burra para rejuvenecer la piel. Litros y litros de leche de burra con dudosos resultados, siendo Cleopatra una de las principales consumidoras. Y es que su vida está llena de tópicos y no es tan conocida como suponemos. ¿Sabían que era una arpía obsesionada por el sexo? Así lo demuestra el historiador Juan Eslava Galán en su libro Cleopatra, la serpiente del Nilo. Por de pronto, hubo varias Cleopatras. La que todo el mundo conoce es la VII –de 69 a 30 a. de C.–, hija de Tolomeo XI Auletes. Además, no fue egipcia sino que nació en Macedonia. Lo que sí sabemos es que su actividad amorosa fue bastante intensa. Se inició en el arte amatorio a los 12 años y, como era costumbre entre los faraones, se casó con dos de sus hermanos: Tolomeo XII Dionisio y Tolomeo XIII, y fue amante de Julio César y de Marco Antonio. Su éxito con los hombres no es ningún secreto. Sus artes las puso en práctica en el Ninfeo, el más afamado burdel de Alejandría. Se afirma que, como Mesalina, era capaz de acostarse con cien hombres en una sola noche y a todos los dejaba rendidos.

En el año 30 a. de C., a la edad de 39 años, murió Cleopatra, la última reina de Egipto. Sobre su muerte hay muchas leyendas porque su cuerpo no se ha encontrado, por lo que los expertos no han podido estudiar su causa. La última hipótesis es que Cleopatra no murió por picadura de áspid, ni tampoco sus dos fieles criadas, ya que el áspid o cobra africana mide más de dos metros y no se puede esconder en una cestita de higos.

Qué triste final para un gran imperio.
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