Civilizaciones perdidas
01/02/2005 (00:00 CET) Actualizado: 06/11/2014 (09:58 CET)

Un siglo sin Julio Verne

El próximo día 24 se conmemorará el centenario de la muerte del escritor galo Julio Verne, con diversos actos que tendrán lugar en la ciudad de Amiens. Las numerosas e inexplicables lagunas que aún hoy pueblan su biografía, sin embargo, impiden conocer con detalle a una de las personalidades más apasionantes y misteriosas del s. XIX. Intentar desentrañarlas supone el reto que sus admiradores y detractores del presente acometen por igual.

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Un siglo sin Julio Verne
Un siglo sin Julio Verne
De haber seguido los consejos de su padre, jurista de profesión, la carrera de Julio Gabriel Verne Allotte (1828-1905) pasaría inadvertida en los anales de la historia. Pero siendo un rebelde en potencia, pronto cargó en contra de los designios paternos, dejando a un lado la abogacía en favor de su pasión por el mar. Prueba de ello fue su intento de fuga a los catorce años con la intención de embarcar como grumete en una goleta.

Siempre contraviniendo a su progenitor, consumió la juventud ejerciendo como guionista de sainetes y comedias teatrales, entre otras actividades artísticas. Al mismo tiempo, alternó aquella faceta creativa trabajando de secretario, agente bursátil y, sobre todo, buscador de dotes. En ese último aspecto, consumó un matrimonio de conveniencia que en nada le satisfizo.

Una vez más, su nombre jamás habría sobresalido de no mediar cierto encuentro en París con el editor Jules Hetzel a mediados de 1862. De enconadas convicciones republicanas, y afiliado a una hermandad iniciática –La Niebla–, se sintió proclive a rechazar los proyectos de aquel aspirante a escritor. Con todo, el literato Alejandro Dumas –padre– y el aeronauta G. Nadar, miembros también de la misma sociedad, le convencieron de lo contrario.

Tras entrevistarse con Verne y evaluar su potencial, ambos establecieron un peculiar pacto. Por un lado, el editor le pulió estilísticamente hablando, tras inculcarle la receta mágica para idear lo que luego se denominaron "viajes extraordinarios". Por el otro, el propio escritor ponía a disposición del primero sus fértiles ideas, comprometiéndose a entregarle un mínimo de tres novelas anuales.

Acción y ciencia puntera se aunaban para ofrecer relatos inauditos, sin parangón en la oferta literaria aparecida hasta entonces. Bajo la férrea batuta de Hetzel, salieron a la luz obras del tipo Cinco semanas en globo o La vuelta al mundo en 80 días, bien conocidas hoy. Nada menos que 64 libros editados –o conocidos– podrían confirmar su mutua asociación. El resto, como suele decirse, es la historia… oficial.

Meticulosidad premonitoria
Si el referido editor guió los pasos de Verne, éste desplegó sus recursos escritos sobre una tríada fundamental. En primer lugar, permanecía al acecho de cuantas informaciones insólitas aparecieran en la prensa, archivándolas concienzudamente. No en vano, así surgió 20.000 leguas de viaje submarino en 1864, tras releer la crónica relacionada con la colisión entre un velero y un objeto sumergido de origen desconocido.

Al mismo tiempo, invirtió una desproporcionada cantidad de tiempo y esfuerzo estudiando diversas disciplinas científicas, convirtiéndose en un ávido lector de biblioteca. Fruto de tanta pasión detallista fueron los cálculos matemáticos que encargó a un familiar para que la obra De la Tierra a la Luna pareciera más verídica. La velocidad de escape del vehículo –una bala de cañón–, o la trayectoria curva seguida tras el despegue, supondrían una muestra de su metódico temperamento.

Hasta tal extremo llegó con aquella manía que se hicieron célebres a finales de siglo sus disputas dialécticas con el escritor norteamericano H. G. Wells. "¡Él desprecia olímpicamente la ciencia!", apostillaba Verne. "¡Yo la utilizo; ese yanqui la inventa!". Críticas similares mereció el también estadounidense Edgar A. Poe, a quien jamás "perdonó" que en una de sus novelas alguien viajara a nuestro satélite en globo.

Referirse al periplo sideral expuesto en párrafos anteriores no es casualidad, pues permite mostrar el tercer elemento que caracterizó la obra verniana: sus ideas visionarias. Así, el terreno de lanzamiento lo ubicó muy cerca de la actual base espacial de Cabo Kennedy, en Florida, a fin de aprovechar el efecto gravitatorio. Al final del relato el proyectil ameriza en el océano Pacífico, casualmente próximo al lugar donde descendió el Apolo XI tras el primer descenso lunar.
"Aquello que una persona soñó, otras podrán hacerlo realidad", explicaba el propio escritor en una carta a su padre. Paradigmas de tales premoniciones constituirían el esbozo de un carro de combate descrito en La casa de Vapor (1880), o la cinematografía en El castillo de los Cárpatos (1892). Algunos de sus más apasionados admiradores, incluso han llegado a afirmar que preconizó, entre otros, el rayo láser o las armas atómicas, dejando constancia de ello en su libro Ante la bandera (1896).

En honor a la verdad, convendría advertir que muchas de las invenciones a las que aludía ya venían poniéndose en práctica, como la navegación submarina o la aerostación, sin olvidar la electricidad. Mas quedan en el aire ciertas situaciones, verbigracia la expuesta en los 500 millones de la Begún (1879), donde el escritor presenta a Herr Schultze, un dictador de origen germánico que ansía dominar el mundo… ¿Les suena?

Facetas esotéricas
"La perfección de su letra me hace suponer que, además de otras facultades, este autor disfrutaba de cualidades paranormales", declaraba años atrás el grafólogo Ignacio Mendieta. Junto al Verne científico y racionalista a ultranza, se admite que coexistió una segunda personalidad de corte netamente ocultista. Al margen de disfrutar o no del don de la profecía, cuestión que todavía hoy se debate, fueron innegables sus devaneos con el mundo de lo insólito.

Ante todo, se complacía introduciendo siempre que pudo anagramas y claves criptográficas, a imitación del otrora referido Poe. El Dr. Ox, científico excéntrico que da nombre a una novela editada en 1874, se hacía acompañar por su ayudante Ygène, a quien instruía en los arcanos del saber. Obviando la palabra formada al unir ambos sustantivos, repitió la jugada con el personaje del profesor Michael Ardan en la citada De la Tierra a la Luna. El apellido conforma el anagrama de Nadar, recuérdese, uno de sus principales benefactores.

Complementando dicho hábito, el literato persistía además en describir personalidades harto peculiares. El arquetipo del sabio solitario, arrogante y de turbio pasado, poseedor de extraordinarios conocimientos, caracterizó buena parte de sus relatos. E invariablemente, pasaban a compartir sus cuitas con el protagonista, cual a modo de iniciado, era testigo de sus logros técnicos.

De esa forma podían entenderse las relaciones entre Uncle Prudent y Robur –"Poderoso", en latín– el conquistador en la obra del mismo título. O la del profesor Aronnax con el Capitán Nemo –"Nadie", también en latín– de la celebérrima 20.000 leguas… (1870). Y cuando no había mentes enloquecidas, hacían acto de presencia entidades sociales del tipo Reformist Club, uno de cuyos miembros más destacados era el viajero Philleas Phogg –"Hijo de la niebla", mezclando las lenguas de Virgilio y Shakespeare–.

Las mencionadas relaciones lingüísticas nos llevan de cabeza hacia una de las más controvertidas cuestiones biográficas: su posible afiliación con sociedades secretas. La tesis central del libro Verne: iniciador e iniciado (1984), del investigador M. Lamy, sostiene que el escritor mantuvo estrechos contactos con la masonería o los Rosacruz a lo largo de su vida, llegando a plasmarlos en numerosos escritos. Según este experto, Las indias negras (1877) representaría una oda a tales grupos.

Un segundo investigador, el francés Charles-Noël Martín, sugirió en uno de los boletines de la parisina "Sociedad Julio Verne" que en el ensayo Castillos de California aparecían rituales masónicos. "Solo un miembro de una sociedad secreta podría concebir una obra como la suya", sentenció en su momento el estudioso Manuel Larrazábal. De lo que nadie duda, empero, es que en cada una de sus historias siempre hay una clave oculta resistiéndose a ser descifrada.

Esta tesis, sin embargo, no es compartida por otros estamentos: "No existe ninguna prueba que sustente dicha afirmación", advierten fuentes consultadas del museo Verne de Amiens. "Él era católico romano, y por tanto, fiel a sus principios religiosos". En tanto que oriundo de la Bretaña, se asume en nuestro país vecino que el escritor poseía un credo personal basado en el cristianismo, olvidando que la región fue un núcleo céltico y druídico de primer orden.

Legado encriptado
Antes de fallecer, el escritor se confesó ante un periodista que se sentía "el más incomprendido de todos los hombres". Para agravar el panorama, llegó al extremo de quemar 20.000 tarjetas conteniendo todo tipo de datos, incluso aquellos que podrían desvelar no pocas incógnitas acerca de sus actividades. El vacío documental generado sólo ha servido para crear dos corrientes opuestas de admiradores, llevando ya cien años de encendidos debates.

La figura del literato visionario es rechazada de plano por un sector más académico, que aboga por las dotes literarias del escritor a la hora de novelar la ciencia del periodo que le tocó vivir. "Existen muchos puntos oscuros en su vida personal y probablemente nunca se sepa la historia completa", nos advierte el estudioso Ariel Pérez, responsable de un serio trabajo de investigación divulgado desde Internet. Ambas tendencias discutirán sobre Verne en el certamen mundial que se celebrará en la villa en la que falleció el universal escritor galo.

En palabras del editor Domingo Santos, Verne fue el profeta de nuestro mundo mecanizado actual, si bien fue constreñido por su editor. Hace exactamente un decenio, se localizó entre sus cartas el manuscrito París en el s. XX, todo un canto anticipativo a la moderna tecnología de las comunicaciones. Se sabe, no obstante, que este trabajo fue censurado por Hetzel, entre otros todavía inéditos, alegando razones comerciales.

Y mientras la literatura espera el siguiente best-seller de este francés insigne, si se encuentra, queda por desentrañar el enigma póstumo que nos legó, a saber, el epitafio de su tumba. "Hacia la inmortalidad y la eterna juventud", reza en su lápida, orientada hacia el Este. Para el cabalista Marc Satz, el enclave al completo configura una síntesis de símbolos esotéricos donde la alquimia y las teorías pitagóricas, amén de varias más, componen un mensaje iniciático de singular trascendencia.

Para sus lectores mundanos, por el contrario, simplemente queda una pregunta en el aire. Si Julio Verne viviera en el s. XXI… ¿qué audaces predicciones ofrecería? Tal vez aportaría impensables sorpresas.o
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