Conspiraciones

Lo saben todo de ti

El Coronel Pedro Baños desvela en su último libro, 'El dominio mental' (Ariel, 2020) –del que extractamos el siguiente artículo–, de qué manera servicios de inteligencia y las más poderosas corporaciones del mundo conocen todos los aspectos de la vida de cada uno de nosotros; información que luego utilizan para mantener el control social y manipularnos comercial y políticamente.

22 de octubre de 2021 (10:15 CET)

Lo saben todo de ti
Lo saben todo de ti
Nº 366, Enero de 2021
Este artículo pertenece al Nº 366, Enero de 2021

Hoy en día nos han convencido de la necesidad de estar permanentemente controlados y vigilados. De que no pasa nada porque aportemos nuestros datos. Y lo hacemos incluso en momentos y situaciones que nos parecen inofensivos. Por ejemplo, con las tarjetas de puntos y descuentos de supermercados, grandes almacenes y otros comercios, ¡hasta farmacias! Estamos entregando muy valiosa información sobre nuestra dieta, capacidad de consumo, para cuánta gente compramos y con qué regularidad, además de datos básicos como nuestro domicilio o teléfono. Con estos datos es fácil deducir qué tipo de vida llevamos, cuánto dinero ganamos e, incluso, cuándo nos vamos de vacaciones. Y con ellos se crean bases de datos muy completas, con información que es vendida sin nuestro consentimiento a terceros, que las emplearán con fines comerciales, entre los que se incluye el envío de publicidad personalizada.

Cualquiera que se empeñe en entrar en nuestro móvil u ordenador, antes o después lo hará

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Con los datos que damos por Internet se crean bases de datos muy completas, con información que es vendida sin nuestro consentimiento a terceros

Sin duda, esta situación, la facilidad con la que se adquiere información sobre una persona, es una gran ventaja para la inteligencia (las personas que tienen como misión la obtención de información ajena para su transformación en inteligencia útil), pero una verdadera pesadilla para la contrainteligencia (aquellos que actúan para proteger la información propia). No significa que la importancia de la inteligencia humana haya desaparecido, ni vaya a hacerlo. Aunque es obvio que muchas de las operaciones de recogida de información, en algunos casos muy arriesgadas, se han convertido en innecesarias, o al menos en secundarias. Es más, en no pocas ocasiones, el espiado aporta voluntaria e inadvertidamente más información de la que se buscaba. Y hay un aspecto que no se debe olvidar: cualquiera que, con los medios técnicos convenientes –incluidos programas tan sofisticados como caros–, se empeñe en entrar en nuestro móvil u ordenador, antes o después lo hará. Es decir, además de los datos que de por sí aportamos de forma constante al utilizar cualquier dispositivo conectado a Internet, alguien puede entrar en él para terminar de hacerse con cualquier otra información que desee, quedando completamente a su merced las aplicaciones y funciones que tengamos instaladas.

PSICOPROGRAMA GLOBAL

Estamos inmersos en lo que se ha dado en llamar «sociedad de la información». Interconectada las veinticuatro horas del día a través de Internet, lo que significa que nuestras vidas están siendo monitorizadas y registradas de forma constante, en ella todo es medible y cuantificable. 

Es posible conocer los secretos más íntimos de las personas tan solo analizando sus búsquedas en Internet

La ingente cantidad de datos que se generan de forma constante e incesante recibe el nombre de big data, los macrodatos. En una sociedad que produce cantidades colosales de datos, voluntaria o inconscientemente, las empresas ya no precisan realizar encuestas personales sobre, por ejemplo, preferencias de consumo o gasto en general. Somos los propios individuos quienes aportamos esa información de manera masiva. Nuestro comportamiento es monitorizado cada vez que nos aproximamos a un aparato conectado a Internet. Y las decisiones, las preferencias y los hábitos son datos mucho más valiosos que las opiniones que pudiésemos dar en una encuesta a pie de calle, en la que las respuestas pueden estar condicionadas artificialmente por el entorno, la situación, el clima, las propias preguntas o incluso la actitud del encuestador. 

Los datos recopilados de Internet proporcionan una imagen mucho más fiable de cómo nos comportamos frente a determinados estímulos. Nuestra relación con el dispositivo recopilador de datos es más íntima que la que podamos establecer con un encuestador desconocido. Una vez que se conocen esos factores personales, es fácil manipular la toma de decisiones.

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A través del análisis de los datos que proporcionamos, es fácil manipular nuestra toma de decisiones

Por si fuera poco, es posible conocer los secretos más íntimos de las personas tan solo analizando sus búsquedas en Internet. Se suele citar como ejemplo el caso de un padre que se enteró del embarazo de su hija adolescente porque le llegó a casa una oferta de descuentos de productos para embarazadas. El envío procedía de un supermercado que había utilizado un algoritmo para conocer el estado de la joven por sus búsquedas en la página web del establecimiento. De un modo más filosófico, según filósofo Byung-Chul Han, a partir del big data es posible construir no solo el psicoprograma individual, sino también el psicoprograma colectivo, y quizá incluso el psicoprograma de lo inconsciente.

Los datos personales se han convertido en un negocio multimillonario. Algunos los llaman el petróleo del siglo XXI

ALQUIMISTAS DE LOS DATOS

Las grandes empresas tecnológicas recopilan datos de millones de individuos, que luego proporcionan a terceros. Los datos personales se han convertido en un negocio multimillonario; de hecho, algunos los llaman el petróleo del siglo XXI. De él se benefician compañías que, en realidad, no son las verdaderas propietarias del producto que venden. Un negocio aparentemente tan disparatado que son los usuarios los que pagan por «trabajar» en la aportación de sus propios datos.

Los datos obtenidos, muchas veces de manera ilegal, o cuando menos alegal, acaban en manos de los data brokers, corredores de información que hacen las veces de intermediarios en el proceso de recopilar datos para luego venderlos a terceros. Estos «lavan» los datos para aparentar una procedencia legítima y legal. Finalmente, esos datos llegarán a políticos, a comerciales o a los estrategas de campañas de influencia de todo tipo. Analizar estos datos es mucho más efectivo que el mejor de los discursos políticos o eslóganes comerciales. Y las redes sociales son el primer proveedor de mercancía para los data brokers. Podríamos resumirlo así: este negocio se basa en el enriquecimiento de unos pocos a costa del empobrecimiento de la privacidad de todos.

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La minería de datos consiste en transformar en conocimiento los datos brutos del big data

El gigantesco volumen de datos que analizar ha creado una nueva especialización dentro del negocio del big data: la minería de datos, el conjunto de técnicas empleadas para conseguir transformarlos en conocimiento. Se puede decir que existen cuatro actores en la minería de datos: el proveedor, el recolector, el minero y quien toma las decisiones. Los proveedores somos nosotros, los sufridos e inocentes usuarios. Los mineros de datos son los «alquimistas», los que transforman en conocimiento los datos brutos del big data. Al serles imposible operar con esas descomunales cantidades de datos mediante un único dispositivo, los mineros de datos optan por externalizar el trabajo. Con frecuencia, lo hacen utilizando nuestro propio dispositivo a través de tecnologías de procesamiento múltiple simétrico, sistemas que conectan varios procesadores de ordenadores diferentes.

La posibilidad de medir y cuantificar todas las facetas del ser humano mediante los datos genera el riesgo de que esa información sea empleada para dirigir las decisiones de las personas

Una de las grandes cuestiones es cómo se han recopilado esos datos. En no pocas ocasiones entran en conflicto la ética y la legalidad, que llegan a quedar desfiguradas. Sucede, sin ir más lejos, cuando se obtienen datos de geolocalización de los teléfonos móviles mediante wifi o bluetooth, que permiten conocer hasta los aspectos más íntimos de la vida de una persona. Tener la posibilidad de medir y cuantificar todas las facetas del ser humano (salud física y mental, solvencia económica, posición social, relaciones, preferencias…) genera el riesgo de que esa información sea empleada para dirigir las decisiones de las personas, como individuos y como sociedad. De lo que se puede inferir que el poder que concede el big data es un peligro para los principios y valores democráticos, y más en concreto para el libre albedrío de las personas.

En estos tiempos, cuando se miden los patrones de comportamiento y se anticipan las decisiones de los individuos, el ejercicio de la libertad queda subyugado y dirigido por la voluntad de quienes controlan los macrodatos y tienen capacidad para aplicarlos en transformar la sociedad. Aunque nos convenzan de lo contrario, lo que consideramos nuestras convicciones, fruto de la propia reflexión en torno a los conocimientos voluntariamente adquiridos, serán cada vez menos nuestras, comenzando porque esos mismos conocimientos serán impuestos intencionadamente, con gran habilidad y astucia.

Google recopiló los datos de salud de millones de estadounidenses sin su consentimiento ni el de sus facultativos

En noviembre de 2019, los medios de comunicación se hicieron eco de una noticia inicialmente aparecida en The Wall Street Journal sobre el denominado Proyecto Nightingale (Ruiseñor) que Google estaba llevando a cabo en EE UU. Esta iniciativa consistía en recopilar los datos de salud de millones de estadounidenses sin su consentimiento ni el de sus facultativos. Lo hizo en connivencia con Ascension –la segunda mayor red norteamericana de servicios de salud, con 2.600 hospitales–, que habría estado pasando los datos de sus pacientes a Google desde el verano anterior. La información cedida sería completa: datos personales de los pacientes, pruebas de laboratorio, hospitalizaciones, diagnósticos, tratamientos, etcétera.

CONOCEN NUESTRO ESTADO DE SALUD

Según la investigación periodística realizada, ya se habrían subido a la nube de Google los datos de más de veinte millones de pacientes, estando previsto subir los de otros treinta millones antes de seis meses. No debemos olvidar que estos datos son valiosísimos, por lo que alguno de los más de ciento cincuenta empleados de Google que tendrían acceso a ellos podría caer en la tentación, o ser presionado, para venderlos a terceros. Pero el caso no es único, ni mucho menos. En 2008, Google ya había lanzado Google Health, pero lo tuvo que cerrar cuatro años después al no haber persuadido a suficientes usuarios para que proporcionaran voluntariamente sus datos sanitarios, pues dudaban del interés real de la compañía en hacerse con información tan delicada.

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Según la investigación realizada, ya se habrían subido a la nube de Google los datos de más de veinte millones de pacientes

Más tarde, en septiembre de 2018, Google se asoció con la Clínica Mayo para proporcionarle servicios en la nube y análisis de datos durante un decenio. Lo que daba a Google acceso a los historiales del millón de pacientes que anualmente pasan por la clínica. Por otro lado, pocos meses antes de que trascendiera el Proyecto Nightingale, Google y el Centro Médico de la Universidad de Chicago fueron demandados por haber proporcionado este centro al buscador los registros médicos de cientos de miles de pacientes sin «anonimizar». Por si fuera poco, no se descarta que Google empleara estos datos para completar el diseño de un software de inteligencia artificial (IA) avanzada y aprendizaje automático para introducir cambios en los protocolos de atención médica.

Conocer las compras que hacemos o si vamos al gimnasio con regularidad permite elaborar nuestro perfil médico

REGALANDO NUESTRO ADN

Hay otros datos muy golosos, aunque bastante desconocidos por el gran público, que son los denominados «datos médicos emergentes» (DME), aquellos que proporcionan información sobre el estado de salud de una persona, deducidos, mediante algoritmos, de su comportamiento habitual. Al interactuar con cualquier dispositivo enlazado con el ciberespacio, dejamos un rastro que ofrece datos sobre toda nuestra vida, y los relacionados con la salud son unos de ellos. Así, conocer las compras que hacemos –sea en un supermercado o en la farmacia– o si vamos al gimnasio con regularidad, permite elaborar nuestro perfil médico, que puede incluir prácticamente cualquier aspecto: edad, lugar de residencia, posición económica, estado de salud, empleo, familia o aficiones.

Todo esto se complementa con las búsquedas que realizamos en Internet relacionadas con enfermedades o lesiones, pues lo lógico es pensar que nos afectan, o así lo supondríamos, directamente a nosotros o a personas de nuestro entorno. Obviamente, como es habitual, las empresas que llevan a cabo la recopilación de estos DME alegan que lo hacen por el bien de la humanidad, pues así pueden diagnosticar enfermedades con antelación o mejorar los tratamientos. Tanto Google como Facebook desarrollan programas de IA para saber, por ejemplo, si sus usuarios tienen tendencia al suicidio, sufren trastornos por elevado consumo de estupefacientes o están empezando a padecer la enfermedad de Alzheimer.

Hay quien comparte libremente su ADN en diferentes aplicaciones con la idea de saber sus orígenes o encontrar a parientes desconocidos 

En plataformas como MyHeritage, GEDmatch, MyTrueAncestry y Genomelink10 hay quien comparte libremente su ADN, con la idea de saber sus orígenes o encontrar a parientes desconocidos o con los que se ha perdido el contacto. Incluso hay padres que comparten en internet los datos genéticos de sus hijos. Y no solo con familiares y amigos, sino también en grupos de redes sociales en los que nunca se puede saber con certeza quién está detrás. Regalamos así –o, en ocasiones, incluso pagamos por hacerlo– datos sumamente sensibles que es imposible saber en qué manos terminarán, desde compañías de seguros a entidades gubernamentales, pasando por industrias farmacéuticas.

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Los datos que los usuarios proporcionamos sobre nuestra vida a través de las pulseras conectados a Internet son muy variados

A principios de noviembre de 2019, Google compró –por casi 1.900 millones de dólares– la compañía que fabricaba los dispositivos Fitbit, destinados al seguimiento del estado físico. En ese momento, Fitbit contaba con unos veintiocho millones de usuarios activos. Los datos que los usuarios proporcionamos sobre nuestra vida a través de las pulseras conectados a Internet son muy variados: desde los pasos que damos a diario, qué deporte practicamos y con qué asiduidad, hasta cuánto tiempo invertimos en esa actividad o nuestro ritmo cardíaco. Y muchos de esos usuarios incluso llegan a vincular estos dispositivos con sus archivos médicos. A tales pulseras se une la revolución de los relojes inteligentes (smartwatches) que controlan desde nuestra interacción social a cada uno de nuestros pasos, literalmente. Ni que decir tiene que si una empresa realiza semejante desembolso es porque piensa rentabilizarlo con creces. Y no precisamente vendiendo dispositivos, sino haciéndose con los datos de los usuarios.

La información médica es de gran utilidad a las compañías de seguros de vida y salud para establecer las primas a sus clientes

CONTROL SOCIAL ABSOLUTO

Estos son ejemplos manifiestos de la vulnerabilidad de nuestros datos, por más que nos ofrezcan la máxima seguridad y confidencialidad. Hasta de los más sagrados, como son los relacionados con la salud. Hemos de tener en cuenta que la información médica es de gran utilidad a las compañías de seguros de vida y salud para establecer las primas a sus clientes. Además, puede afectar a la hora de conseguir un empleo e incluso de entrar en un país.

Por ejemplo, si se conocen los nombres de las personas con seguro médico y sus problemas de salud, se pueden establecer patrones con algoritmos, tanto generales como por áreas geográficas concretas. De este modo, luego se pueden enviar mensajes personalizados a otras personas de perfil similar ofreciéndoles un seguro. Igualmente, podrían servir para ofrecer productos personalizados a las personas presuntamente afectadas por enfermedades, o para prevenir que lo puedan llegar a estar. Si, como se dice, en la era de Internet los datos son oro, los relacionados con la salud son un diamante en bruto. El valor de dichos datos también queda reflejado en que los ciberdelincuentes han puesto en su punto de mira las instalaciones (hospitales, clínicas...) y las compañías del sector de la salud, que, precisamente por la sensibilidad de la información que guardan, deben estar especialmente protegidas. 

XKEYSCORE, un buscador capaz de penetrar en todo lo que se mueva por el ciberespacio: correos, chats, fotos, historiales, sesiones de Skype y mucho más 

La periodista Marta Peirano, especializada en seguridad y privacidad en internet, nos ofrece importantes pistas sobre una de las compañías más controvertidas de Silicon Valley, Palantir. Cofinanciada por la CIA a través de su fondo de capital riesgo In-Q-Tel, su propósito es hacer minería de datos para el control de la población, habiendo conseguido que cualquier dispositivo conectado a Internet también lo esté con sus ordenadores. El primer trabajo de Palantir para la Agencia de Seguridad Nacional de EE UU (NSA, por sus siglas en inglés) fue XKEYSCORE, un buscador capaz de penetrar en todo lo que se mueva por el ciberespacio (correos electrónicos, chats, historiales de navegación, fotos, documentos, webcams, sesiones de Skype, contenido multimedia o geolocalización). De este modo, puede monitorizar a distancia a cualquier persona, organización o sistema tirando de cualquier hilo: un nombre, un lugar, un número de teléfono, una matrícula de coche o una tarjeta bancaria. Se dice que Palantir tiene más información sobre los ciudadanos estadounidenses que las agencias de seguridad e inteligencia del país.

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TAMBIÉN SABEN LO QUE CALLAMOS

Por más que la eliminación se ofrezca como una solución definitiva para borrar la información digital innecesaria o perjudicial, la realidad es que nada se elimina nunca del todo. Edward Snowden así lo afirma con rotundidad. La eliminación nunca ha existido tecnológicamente. Es solo una treta, una fantasía, una ficción pública, una mentira piadosa para tranquilizarnos. Aunque aparentemente hayan desaparecido, los datos siguen existiendo en algún sitio. Solo hará falta disponer de los medios adecuados para encontrarlos. Únicamente están ocultos, no eliminados de forma definitiva. Sin duda, un sueño para el vigilante y una pesadilla para el vigilado. 

Incluso lo que no hemos llegado a publicar queda registrado en algún sitio. Según Peirano, como Facebook se dio cuenta de que los usuarios se arrepentían del 71 % de los mensajes que escribían, decidió guardarlos en una carpeta a la que puso el nombre de Cosas que quiso decir y no tuvo agallas.

Sin título 1
Portada de El dominio mental (Ariel, 2020), del coronel Pedro Baños

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