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¿Conocemos Halloween?

La conocida como fiesta de Halloween goza hoy día de gran popularidad, principalmente en EEUU. Pero sus orígenes se pierden en la noche de los tiempos y poco tienen que ver con la actual visión consumista y profana que la caracteriza superficialmente. Sus raíces entroncan con la tradición druídica, en un trasfondo espiritual que aún hoy permanece oculto…

1 de diciembre de 2006 (00:00 CET)

¿Conocemos Halloween?
¿Conocemos Halloween?
Tradicionalmente Halloween se ha considerado simplemente una fiesta orientada a los jóvenes americanos, que disfrazados de brujas, vampiros, elfos o piratas, van llamando de puerta en puerta con su trick or treat –"trato o truco"–. Pero esta Halloween carnavalesca made in USA, que permite al alma americana liberarse por unas horas del yugo ultramodernista y puritano que le agobia sin descanso, recuerda más a las fiestas saturnales romanas o a la "Fiesta de los Locos" medieval que a la antigua festividad celta de Samhain, germanizada en Halloween y cristianizada después –en el año 835– como la de Todos los Santos. Sin embargo, como veremos, la tradición druídica tendrá una gran influencia en el origen de la fiesta actual.

Mas si Halloween viene del inglés Hallowis Day –Día de Todos los santos–, como propugnan algunos, en lugar de la Hallowed Even –tarde sagrada– que hace referencia a la noche del Samhain original, ¿por qué su celebración empieza la noche del 31 de octubre y no en la mañana del 1 de noviembre?¿Y si finalmente resultara que ambas festividades, la druídica o céltica y la cristiana, lejos de contraponerse mutuamente, tienen un venero espiritual común como es la Tradición Primordial? La respuesta, que sin duda es positiva, explicaría cómo esa circunstancia providencial permitió al cristianismo asimilar los contenidos nucleares o esotéricos y no meramente formales o exotéricos de la antiquísima tradición druídica.

Por otro lado, muchos de los relatos míticos celtas, transmitidos de forma oral, se hubieran perdido de no haber mediado la labor amanuense de los monjes irlandeses que los recogieron directamente de la boca de antiguos druidas. La historia de la cristianización de Irlanda, incluso con sus excesos proselitistas y sus trasvases hagiográficos, es un formidable ejemplo de lo que F. Schuon llamará "la unidad transcendente de las religiones". Hoy ya no se puede seguir reduciendo la tradición céltica a una religión agraria más o menos homogénea de creencias naturalistas, panteístas o politeístas y de cultos tópicos.

El origen de la tradición céltica

El origen nórdico de la tradición céltica está confirmado por dos hechos: el primero concierne a la organización del calendario irlandés –su mejor epígono– en torno a cuatro grandes fiestas religiosas: Samhain, Beltaine, Lugnasad e Imbolc; pero mientras que Lugnasad e Imbolc eran dos fiestas intermedias, Samhain y Beltaine constituían dos grandes polos temporales, cortando el año en dos estaciones: una –desde la fiesta de Todos los Santos a las hogueras de San Juan– sombría y fría, y la otra, clara y cálida, lo que sin duda no hace sino evocar las estaciones del Polo Norte.

El segundo hecho se refiere a la orientación. Se da la curiosa circunstancia polisémica de que una misma palabra: norte –ichtar– sirve para designar lo bajo y, por oposición recíproca, el sur –tuas– designa también lo alto. El norte está por tanto a la izquierda y el sur a la derecha, lo que explica también que los textos irlandeses confundan a veces el norte y el oeste como localización del "otro mundo". El mundo se encuentra pues, al igual que el tiempo, dividido en dos partes: una sombría y la otra clara. El espacio y el tiempo reencuentran aquí el simbolismo dual del dios druida, que, en cuanto tal, domina el tiempo atmosférico –los elementos– y cronológico, lo que reenvía a la descripción de Ogygie, o al sommoliento Kronos, gran divinidad soberana de rostro a la vez sombrío y luminoso. Ambas hipóstasis se acentuarán al llegar el Samhain, acercándose aquí la doctrina céltica a la doctrina védica según la cual el año –el inicio o la entrada en el tiempo de la manifestación cósmica– resulta de la tracción en el sentido de los opuestos, efectuada por las dos caras –como el Janus o Jano romano– o las dos hipóstasis de un Principio Supremo, uno luminoso y otro tenebroso: Ogme, el "dios bueno" y Elcmar, el "gran envidioso". Naturalmente el año humano celta no podía sino referirse al año divino a fin de preservar la armonía más perfecta posible.

Las grandes fiestas paganas no habían sido colocadas al azar, desde luego, en el calendario sino que estaban todas ligadas entre sí dentro del ciclo de las estaciones al tiempo que estaban todas separadas por periodos de cuarenta días –que los cristianos retomaron–, tiempo que corresponde a la duración necesaria para la expansión del espíritu y de la materia en un proceso de transformaciones que anunciaban el fin de un ciclo natural y el comienzo de otro.

Así, el calendario céltico –no olvidemos que las grandes fiestas tradicionales provienen de un fondo de cultura céltica recuperada por los cristianos– disponían sus cuatro fiestas principales del año separándolas cuarenta días de los equinocios y solsticios, lo que se corresponde con los pasos cíclicos de la ruta solar que van simultáneamente de la sombra a la luz, y tal como es concebida asimismo por el propio espíritu humano. Cada una de estas fiestas tenían una asignación temporal e incluso funcional –y espacial– concreta.

Cada fiesta marcaba una etapa de iniciación del ser personal de cada uno reencontrando al mismo tiempo en él sus ciclos naturales. Las fiestas paganas tenían por tanto un sentido –tanto teórico como práctico– muy preciso, mientras que las fiestas modernas no son más que meros pretextos para la evasión o para la práctica compulsiva del consumismo.

Samhain, la puerta de los ciclos

Samhain no era una fiesta aislada, sino que se inscribía en el "ciclo invernal", y no puede entenderse fuera de este contexto, al tiempo que constituía un "ciclo cósmico" de manera que todos los acontecimientos míticos se desarrollaban de un Samhain a otro quedando en el interin, o sea, en la propia noche de Samhain, el tiempo humano aniquilado, abriéndose una puerta hacia el "otro mundo".

No cabe duda de que sobre todo en Escandinavia la larga noche invernal tiene algo de infernal con su Sol negro viajando por los vericuetos subterráneos del reino de Orgos –el Orcus u ogro romano–, mientras criaturas octonianas –que el cristianismo asimilará a los demonios– vienen a invadir y a perturbar la Tierra. Aquí se situarían los relatos de Jack O'Lantern, las lavanderas de noche, el culto de las cabezas cortadas, el hombre-lobo… que serán narradas durante milenios en las célebres veladas de invierno. Pero será en esta experiencia de caos, soledad y muerte, donde el alma celta –y nórdica en general– se acendrará reafirmando su fe con un rito de paso fiel a su doctrina druídica que preconiza que "el ser surge del no-ser y no al contrario", de la misma manera que el día "germina" en la noche y no al revés. Nadie como el alma celta que apuesta por lo trascendente, sabe que sólo el Sol "es" eterno –semejante al Sol Invictus de los romanos– mientras que el frío y la nieve son delicuescentes, pasajeros, es decir, tan sólo una transitoria ausencia de calor; mientras, la tierra guarda en sus austeras entrañas germinaciones profundas que darán a luz en eclosión primaveral al recibir el primer beso de amor del astro solar –mito de la bella durmiente–, en la fiesta de Brandons, en la que los jóvenes buscaban pareja –hoy San Valentín–.

La fiesta del Jul

Pero todavía el Sol está en Samhain y su marcha será cada vez más lenta hasta llegar casi a pararse a la altura del solsticio –sol-stitium o Sol quieto–, del 21 al 25 de diciembre, de donde, a su vez, arrancará la fiesta principal de todos los pueblos nórdicos, la fiesta del Jul –rueda– o Yule, también llamada fiesta de los 12 días, que como los 12 meses del año, cerraba todo un ciclo y anunciaba el eterno y seguro retorno de la luz. De esta forma aquellos pueblos vivían al ritmo sagrado y natural de las estaciones hasta el punto de que numerosos monumentos megalíticos fueron levantados en función de los solsticios. Durante los 12 días del Jul –del 25 de diciembre al 6 de enero– las nornas –las tres hilanderas nórdicas del Wyrd o destino, equivalentes a las moiras o a las parcas de la tradición greco-romana– hilan así el destino del año venidero.

Qué fuerza misteriosa no tendrá el arcano del Samhain en Alemania y sobre todo en Gran Bretaña para que después de siglos de celebración navideña, coincidiendo con el tiempo de adviento, de pronto con el revival de Halloween consigue que cerca del 80% de los comercios y despachos se cierren para hacer coincidir el periodo navideño, inconscientemente, con el Jul –como cuando in illo tempore lo escogió la Iglesia para cristianizarlo–, es decir desde Navidad hasta Epifanía –antes día de Perchta–. El periodo de Samhain terminará la noche de Walpurgis –30 de abril– con el triunfo del luminoso Bel sobre la mentira, la muerte y las tinieblas –Beltain, primero de mayo– cuyas hogueras trasladará san Patricio a la fiesta de san Juan. Magia, magia y magia…
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