Historia oculta

Hidrofobia: del hombre lobo a los brotes de rabia

El desconocimiento de la enfermedad de la rabia generó mitos y miedos irracionales durante siglos.

31 de mayo de 2021 (13:00 CET)

Hidrofobia: del hombre lobo a los brotes de rabia
Hidrofobia: del hombre lobo a los brotes de rabia

Os ofrecemos un extracto de Asesinos microscópicos (OBERON, 2021), el nuevo libro del veterinario Fernando Adam Fresno, especialista en patologías infecciosas. En él, entre otros muchos asuntos, analiza cómo el desconocimiento hacia la enfermedad de la rabia llevó a la población medieval a recurrir a la magia y los mitos para hacerle frente y a las matanzas sistemáticas de perros en fechas más recientes.

En la Edad Media los problemas de salud se enmarcaban en una mezcla de conocimientos científicos y religiosos, incluyendo principios astrológicos y magia. La forma de tratar las enfermedades era mediante penitencias e invocación de santos y oraciones. Durante esta época, uno de los grandes protectores de la rabia era San Humberto. Basado en la protección que este santo ofrecía, se aplicaba un hierro caliente en los perros mordidos por animales rabiosos. Las peregrinaciones a San Humberto, en Bélgica, también eran muy habituales y, hasta el siglo IX, fueron muy extendidas entre los campesinos. En esta época también se cauterizaban las heridas y se aplicaban cataplasmas de extractos vegetales en los enfermos.

Con los brotes de rabia durante la Edad Media, el mito del hombre lobo se acrecentó

Frente a la incapacidad de cirujanos, galenos, boticarios y otros representantes de la medicina tradicional, aparecieron los curanderos y hechiceros, cuya actividad principal era la curación de la rabia. Estos atribuían sus poderes curativos a Santa Quiteria, virgen y mártir, que también fue venerada como protectora contra la rabia, pues se decía que infundía serenidad y dulzura a los que padecían esta enfermedad. En muchas regiones se tomó como costumbre lanzar a los perros rabiosos pan empapado con aceite de una lámpara que ardiese ante su imagen y llevar amuletos protectores contra las mordeduras de perros rabiosos entonando plegaras y rezos: «Santa Quiteria pasó por aquí, perro rabioso no me muerde a mí». La Iglesia tenía su propio ritual para curar la rabia, similar a un exorcismo, que consistía en llevar a la persona rabiosa ante el sacerdote que, equipado con una cruz y agua bendita, la conjuraba con gran devoción.

El primer gran brote de rabia documentado en Europa ocurrió en el año 1271 en una villa francesa que fue atacada por una jauría de lobos rabiosos. Ante el terror y la histeria colectiva que provocaba la aparición de un animal rabioso en los ambientes rurales se comenzaron a desarrollar cuentos y leyendas en torno a la enfermedad. De hecho, en la Europa medieval el mito del hombre lobo vivió su máximo auge. Hoy sabemos que algunos de los síntomas asociados con la rabia, como la agresividad, el insomnio y la fotofobia junto con la forma de transmitirse por las mordeduras encajan con la creación de este folclore, siendo el resto aderezado con algo de imaginación.

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Grabado realizado por Lucas Cranach el Viejo en 1512 donde se muestra a un hombre lobo (Wikipedia)

LAS GRANDES CIUDADES SE CONTAGIAN

Durante el Renacimiento hubo muchos experimentos y avances en el conocimiento de la enfermedad. Con el mayor desarrollo de la medicina, surgieron nuevas propuestas en cuanto al tratamiento de la rabia, la mayoría de ellas incluían la limpieza en profundidad de la herida y la posterior cauterización con un hierro caliente o la aplicación de productos químicos como el mercurio. Dos procedimientos que en nuestros días tienen sentido, puesto que la limpieza de la herida y la aplicación de un producto para impedir la difusión del virus son efectivos.

A partir del siglo XVI aumentaron los brotes epidémicos en las grandes ciudades

Durante esta etapa, el médico renacentista italiano Girolamo Frascatoro (1478-1553), en su libro De contagione et contagiosis morbis, describió por primera vez todas las enfermedades que en ese momento podían calificarse como contagiosas, incluyendo la rabia, en una detallada descripción tanto de sus síntomas como de su forma de contagio.

A partir del siglo XVI aumentaron los brotes epidémicos en las grandes ciudades de España, Francia, Gran Bretaña, así como en Europa Central y Turquía. Estas ciudades sufrieron frecuentes epidemias, entre ellas la de París en 1614 o la de Londres en 1752. Como consecuencia de estos brotes, se ordenaba el sacrificio de todos los perros callejeros, incluso se daba una recompensa por cada animal abatido, lo que originó auténticas masacres. Estas prácticas fueron generalizadas en las grandes ciudades europeas y en algunas localidades, como en Madrid, se llegaron a matar a casi un millar de perros en un solo día.

Las personas mordidas por un perro rabioso llegaban a suicidarse o a pedir ser sacrificadas

La época colonial, junto con la creciente explotación del transporte marítimo y comercial, hizo que la rabia apareciese en el continente americano a partir del siglo XVI, primero en las Islas Barbados y después en México, extendiéndose de Norte a Sur por todo el continente hasta convertirse en un virus omnipresente. A pesar de ello, los datos históricos y las crónicas durante el siglo XVI señalan que la rabia ya existía en murciélagos hematófagos en América antes de la llegada de los colonizadores europeos. El problema se agravaría cuando estos pisaron las costas del nuevo mundo acompañados de sus animales infectados, particularmente perros.

El aumento de la población de perros, como consecuencia del crecimiento de las ciudades, originó la propagación de la enfermedad en los siglos XVII y XVIII. El miedo a la rabia, debido a su modo de transmisión y a la ausencia de un tratamiento eficaz, se había vuelto irracional y era muy frecuente que las personas mordidas por un perro rabioso se suicidaran o pidieran ser sacrificadas para evitar el sufrimiento posterior.

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Grabado de la época advirtiendo del peligro de contagio de rabia (hidrofobia) (Laguillermie, Frederic, 1880)

A principios del siglo XIX las investigaciones del médico alemán Georg Gottfried Zinke (1771-1813) revelaron la naturaleza infecciosa de la enfermedad, cuando demostró que esta se podía transmitir a perros sanos por inoculación de saliva de animales rabiosos. Fue en este siglo cuando la rabia paso a conocerse como hidrofobia.

Los perros callejeros quedaron fuera de la ley y fueron perseguidos y exterminados por temor a la enfermedad

Los brotes no cesaban, y en 1874, la ciudad de Nueva York sufrió una epidemia de rabia cuyas consecuencias padeció toda la población de perros de la ciudad. Si bien los refugios para perros de hoy tienen procesos de cuarentena para capturar y vigilar a los perros callejeros, esta no era una práctica común a finales del siglo XIX. En aquella época el método habitual para solucionar los problemas asociados a un brote de rabia seguía siendo la eliminación de toda la población canina, y eso es exactamente lo que sucedió en Nueva York. Los perros callejeros quedaron fuera de la ley y fueron perseguidos y exterminados por temor a la enfermedad. Incluso la policía de Brooklyn se vio involucrada con una ordenanza que les obligaba a matarlos.

El miedo a las epidemias de rabia favoreció la creación de nuevas disposiciones como la obligación de llevar a los perros con correa en la vía pública y el uso de bozales de rejilla. Además, todo aquel perro infectado debía ser sacrificado de inmediato por su dueño o por la autoridad correspondiente, incluso los transeúntes tenían el derecho de acabar con la vida de cualquier perro que les atacase en las calles. En las parroquias municipales era frecuente la presencia de guardias armados para controlar a la población canina y, en su caso, abatir a cualquier animal sobre el que existiera la sospecha de hidrofobia.

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Portada del libro Asesinos microscópicos (OBERON, 2021), del veterinario Fernando Adam Fresno, del que hemos extractado este artículo

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