Lugares mágicos
01/10/2006 (00:00 CET) Actualizado: 06/11/2014 (09:58 CET)

Las catacumbas de Lima

Tras su apariencia vetusta y monumental, la fachada del convento de San Francisco de Asís en Lima (Perú) alberga un inquietante cementerio. Apiñadas en un pasillo angosto, que nada tiene que envidiar a los paisajes del averno, se hallan más de setenta mil calaveras.

01/10/2006 (00:00 CET) Actualizado: 06/11/2014 (09:58 CET)
Las catacumbas de Lima
Las catacumbas de Lima
La mayoría de ellas pertenecen a los primeros pobladores de la ciudad, fundada en el año 1535 por Francisco Pizarro. La luz blanquecina, que el flash de la cámara arranca al insólito osario, sería suficiente para poner los pelos de punta al sorprendido peregrino de estas catacumbas limeñas, pero el contacto con el mundo de ultratumba no acaba para algunos aquí. Según cuentan los monjes del convento, un misterioso personaje, translúcido y silencioso, deambula a su gusto por los angostos túneles, para sorpresa e inquietud de quienes se topan con él. Enterado de algunas de las historias extraordinarias que acontecen en el interior de estas paredes, me dispuse a atravesar el portal de piedra oscura del monumental edificio, uno de los tres conventos más grandes de América, cuya construcción data de los siglos XVI y XVII cuando, coincidiendo casi con la fundación de la capital de Perú, la Orden Franciscana recibió un solar sobre el que se levantó primero una modesta capilla. Los cimientos de la pequeña iglesia fallaron durante las siguientes décadas y el edificio se derrumbó, perdiéndose entre los escombros incalculables riquezas artísticas. Más tarde, y bajo la dirección del arquitecto portugués Constantino de Vasconcellos, se erigió un nuevo templo en la misma ubicación, que fue inaugurado el 3 de octubre de 1672.

El descanso de los muertos

Los cinco soles que vale la entrada al monumento incluyen una visita guiada por las diferentes salas del edificio, algunas de las cuales sorprenden con su depurado estilo mudéjar, de inspiración islámica y que tiene su origen en el Sur de España. Pero ya sea por interés histórico o por puro morbo el lugar más visitado del recinto son sus criptas, llamadas popularmente «catacumbas» por su similitud con los enterramientos romanos. Este inusitado interés ha llevado a que determinadas zonas subterráneas hayan sido habilitadas y adaptadas para la llegada masiva de turistas los cuales disfrutan de un espectáculo ciertamente singular al pasearse entre los estrechos conductos.

A lo largo de un kilómetro de penumbras, y acompañado por un olor rancio y penetrante, el visitante se adentra bajo techos abovedados unidos por arcos de medio punto, y rodeado por miles de huesos custodiados en largas cajoneras dispuestas a uno y otro lado del sendero. Asimismo se encuentra con numerosos osarios y pozos de más diez metros de profundidad, que no sólo sirven como fosa común, sino también para absorber las ondas sísmicas frecuentes en la cordillera andina. Las piezas óseas aparecen separadas por tipología. Tibias, peronés, costillas, fémures, cráneos pulcramente ordenados se hallan al alcance de quien se adentra en las entrañas del sepulcral convento monumental. Y para aumentar el efecto de miedo en el espectador, en algunas fosas las calaveras y huesos se han colocado formando espeluznantes figuras geométricas.

Las «catacumbas» de Lima dejaron de ser utilizadas con fines funerarios a principios del siglo XIX. Hasta entonces se dio sepultura bajo la iglesia a miembros de diferentes cofradías y hermandades religiosas de la ciudad, de modo que llegaron a albergar decenas de miles de cadáveres. Siguiendo una curiosa costumbre de la época, los sepulcros rectangulares eran excavados a gran profundidad, y en ellos eran introducidos numerosos féretros, uno encima de otro, separados por una determinada cantidad de cal que aceleraba el proceso de descomposición y evitaba malos olores y epidemias.

Los túneles fueron finalmente cegados, para no ser reabiertos hasta más de un siglo después, en 1947. A partir de entonces se llevaron a cabo los oportunos trabajos de excavación, limpieza e instalación eléctrica que mediante la rotura de muros y pasadizosconvirtieron las criptas originales, reducidas e independientes, en la laberíntica red actual de fosas llenas de calaveras y huesos, abierta al público desde 1950.

Algunas de las criptas pertenecen a personajes populares. Es el caso de la conocida como la «de los Venerables», donde reposan los restos del abad Fray Juan Gómez, a quién inmortalizó Ricardo Palma en sus Tradiciones Peruanas. Junto a él se hallan asimismo los cuerpos de otros insignes hermanos como Fray Ramón Tagle y Bracho, hijo de los Marqueses de Torre Tagle, o los de Fray Andrés Corso, fundador del Convento de los Descalzos, y el Padre Fray José Mojica, que fue un famoso cantante de ópera.

Laberinto de leyendas

Tras numerosas conversaciones con los encargados del edificio con la intención de obtener permiso para una visita en solitario, tuve la suerte de poder entrar en contacto con los pocos monjes franciscanos que aún realizan sus labores religiosas como antaño. Tan sólo una decena de estos hombres de fe habitan en el templo, viviendo a la antigua usanza. Uno de ellos, Simón, habría de ser mi guía. Me recibió ataviado con el hábito tosco propio de la orden. Apareció sigiloso, como queriendo impresionarme, surgiendo de un lateral del templo, con la capucha cubriendo su cabeza y su rostro apenas visible dada la escasa iluminación. Al llegar a mi lado se descubrió la cara y me encontré ante un monje de mediana edad, con facciones amables. Nos presentamos con un fuerte apretón de manos, e inmediatamente iniciamos una conversación sobre el entorno histórico y cultural que nos rodeaba.

Comenzamos la ruta por las «catacumbas». Los primeros tramos mostraban unas celdas con barrotes metálicos, y tras ellos se apreciaban diversas osamentas repartidas por el suelo. Al verme usar mi cámara de fotos de manera desenfrenada, Simón me advirtió: «no las hagas todas ahora. Guarda alguna para después, que nos espera lo más impresionante».

El franciscano tenía razón. Según íbamos internándonos por aquellos conductos, en una visita excepcional fuera del horario de turistas, nos tropezábamos con más montañas de huesos. Resultaban especialmente tétricos los innumerables cráneos que, colocados en uno de los enormes pozos de manera concéntrica, simulaban un espectral mandala.

Un kilómetro después nos encontrábamos en la parte más profunda del complejo mortuorio. Una zona en la que algunos de los conductos estaban acordonados, acompañados por la advertencia «No pasar».
«Muchos de estos pasadizos prohibidos llevan a otras zonas de la ciudad, a través de una impresionante red. Sabemos con certeza que algunos de los túneles se unen con la estación de los Desamparados y con el Palacio de Gobierno», me explicó Simón. Pero, por desgracia, la mayor parte de las galerías están cegadas por los derrumbes, y es muy peligroso adentrarse en ellas».

El punto más alejado de las «catacumbas» consiste en un amplio pasillo que termina en una pared, con una cruz enorme en primer término. De un lado a otro del pasaje, impidiendo continuar al caminante, aparecían distribuidos tres grandes candelabros de madera. Eran objetos fuera de lugar, y extrañado, pregunté a Simón al respecto. «Aquí comienza siempre su viaje el fantasma», respondió el religioso con la mirada fija en el estandarte cristiano.

El alma del viejo monje

Allí mismo, y por boca de Simón, me enteré de que los franciscanos llevan muchas décadas conviviendo con un singular inquilino. La historia es bien conocida por todos, pero sólo creen en ella quienes han tenido la oportunidad de toparse con él. «Se trata de un extraño personaje ataviado con indumentarias monacales, que ha sido visto en numerosas ocasiones por algunos hermanos», me explicó Simón y ante mi asombro continuó: «aparece y desaparece de manera espontánea y, según quienes le han visto, es de materia semitransparente. Creemos que es uno de los antiguos monjes franciscanos de este convento. Aunque no sabemos por qué razón su espíritu ha quedado encerrado entre estos muros. Sea un ente inteligente o no, tengo claro que el testimonio de mis compañeros es real, y no se debe a la sugestión», sentenció Simón, convencido de la existencia del fantasma.

El misterioso paseante no manifestó actividad alguna con ocasión de mi visita, aunque –según Simon– siempre elige el punto más alejado de las «catacumbas», justo aquel en el cual me relató la historia, para iniciar su eterno y errante recorrido, que termina en las estancias de la superficie. Seguimos sus supuestos pasos, hasta volver al lugar por el que habíamos penetrado, donde el aire volvía a ser fresco y respirable. Para finalizar la visita, recorrimos el resto del edificio, estancias con artesonados y cúpulas, así como pinturas de los maestros Francisco de Zurbarán y José Ribera. O la biblioteca, también frecuentada por el fantasma, y dotada con más 25.000 volúmenes, entre ellos incunables y raras ediciones como la primera edición del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española; o la Biblia Regia, editada en Amberes en 1579.

Me despedí de Simón agradeciéndole su hospitalidad. Minutos después dejaba atrás la imponente fachada del edificio con sus dos torres y el frontispicio de veinte metros de altura, donde resaltan las llaves y la tiara papales que Clemente X mandó grabar como símbolo de su propiedad . Un exterior majestuoso que en nada presagia el tenebroso interior que aguarda a quienes acudan curiosos a visitarlo.
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