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06/10/2026 (08:09 CET) Actualizado: 06/10/2026 (08:09 CET)

Ordenadores con neuronas humanas

Ya se puede comprar un ordenador cuyo procesador está hecho de neuronas humanas vivas. Funciona con un sistema operativo propio y sus células duran, con suerte, seis meses. La pregunta que nadie ha sabido contestar todavía es hasta qué punto esa «máquina» es solo una máquina.

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Una empresa diseña un procesador con neuronas humanas
Una empresa diseña un procesador con neuronas humanas

El aparato se llama CL1 y lo fabrica Cortical Labs, una start-up biotecnológica con sede en Melbourne (Australia) fundada en 2019 por Hon Weng Chong, hoy su consejero delegado. La empresa presentó su dispositivo en Barcelona, en marzo de 2025, como el primer «ordenador biológico» comercial del mundo: un chip de silicio con una matriz de electrodos sobre la que crece una capa de neuronas humanas cultivadas en laboratorio. El sistema envía señales eléctricas a las células, estas responden, y el software interpreta esa respuesta.

Cómo funciona un ordenador con neuronas

Las neuronas no proceden de un cerebro. Se obtienen a partir de células de la piel o de la sangre de donantes adultos que se reprograman hasta convertirlas en células madre pluripotentes inducidas (iPSC, por sus siglas en inglés), capaces de transformarse en casi cualquier tipo celular, y que después se dirigen para que se conviertan en neuronas. Cada unidad aloja varios cientos de miles de ellas, unas 800.000 según las cifras difundidas por la compañía.

Página web de Cortical Labs
Página web de Cortical Labs

La vida de esas células depende de un sistema de soporte vital integrado en el propio equipo, que regula la temperatura, la mezcla de gases, los nutrientes y la filtración de residuos. Cortical Labs lo gestiona con un sistema operativo propio, biOS, que según la empresa simula un mundo y envía esa información directamente a las neuronas. Brett Kagan, director científico de Cortical Labs, ha explicado que el montaje permite observar cómo reaccionan los circuitos neuronales a distintos estímulos, entre ellos fármacos o lesiones simuladas.

Ficha técnica
Equipo: CL1, de Cortical Labs (Melbourne, Australia)
Precio: unos 35.000 dólares
Núcleo: neuronas humanas derivadas de células de piel o sangre sobre un chip de silicio
Vida útil de las células: hasta unos seis meses
Acceso remoto: Cortical Cloud, alquiler «wetware como servicio»

Del Pong al Doom

Conviene matizar el espectáculo. Los propios medios que han cubierto el experimento del Doom señalan que el sistema sigue apoyándose en mucho software de silicio convencional. Las neuronas no «ven» el juego: reciben patrones de estimulación eléctrica y su respuesta se traduce en acciones. Pero lo relevante no es el videojuego, sino que células humanas vivas aprenden a modificar su comportamiento en función de lo que reciben.

Cortical Labs tampoco está sola. La empresa suiza FinalSpark ofrece acceso remoto a su Neuroplatform, con 16 organoides cerebrales (agregados tridimensionales de neuronas cultivadas) que suman unas 160.000 neuronas humanas, y presume de consumir un millón de veces menos energía que un chip digital.

Ventajas
Investigación biomédica. Probar fármacos sobre tejido neuronal humano real, no sobre modelos animales ni simulaciones, podría acelerar el estudio de enfermedades como el alzhéimer o el párkinson. La propia empresa lo presenta como una alternativa éticamente superior a la experimentación con animales.

Eficiencia energética. El cerebro humano funciona con una potencia similar a la de una bombilla pequeña. Si los centros de datos de la inteligencia artificial devoran cada vez más electricidad, un procesamiento biológico que gaste una fracción resulta tentador.

Aprendizaje intrínseco. Las neuronas se adaptan por sí solas, sin entrenamientos masivos. Quienes defienden la llamada «inteligencia biológica sintética» sostienen que algún día podría superar a la inteligencia artificial tradicional.

Acceso democratizado. Gracias a la nube de la compañía, un laboratorio pequeño puede alquilar tiempo de cálculo biológico sin comprar el equipo.
Inconvenientes
Vida corta y coste elevado. Seis meses de vida útil y 35.000 dólares de entrada limitan hoy su uso a laboratorios especializados.

Escala diminuta. Unas cientos de miles de neuronas están a años luz de los cerca de 86.000 millones de un cerebro humano. Hoy sirven para tareas muy simples.

Opacidad. Nadie entiende del todo cómo una red de neuronas cultivadas «decide» algo, de modo que fiarse de ella para tareas críticas sería un salto al vacío.

Un negocio sin marco claro. Se alquilan «neuronas como servicio» sin que exista todavía un consenso internacional sobre qué se puede hacer con tejido neuronal humano que computa.

La frontera que nadie ha cruzado

Un procesador de silicio no sufre; una colección de neuronas humanas vivas, conectadas entre sí, que aprende a evitar un estímulo y a buscar otro, plantea una pregunta que la neurociencia no sabe cerrar: ¿a partir de qué punto un tejido que procesa información empieza a experimentar algo?

La comunidad científica es prácticamente unánime en que sistemas de este tamaño no tienen nada parecido a conciencia. Pero también lo es en que no existe una prueba definitiva de conciencia, ni en máquinas ni en tejidos, y eso deja el umbral sin dibujar.

El problema no es que hoy una de estas máquinas sienta. El problema es que no tenemos ningún instrumento para saber cuándo lo hará

Esa es la primera frontera ética: la del estatus moral. Si algún día un cultivo neuronal alcanzase cierta complejidad, ¿se le podría «apagar» al cabo de seis meses y sustituirlo por otro, como quien cambia una pieza? Hoy se trata las neuronas como consumibles. La pregunta es cuándo deja de ser razonable hacerlo, y quién lo decidirá.

La segunda es el consentimiento de los donantes. Las células de partida proceden de personas que en su día cedieron sangre o piel. ¿Sabían que acabarían convertidas en la base de un producto informático comercial y alquilable? El consentimiento informado clásico no se pensó para esto.

La tercera es la mercantilización. Cuando el tejido neuronal se convierte en un servicio en la nube, las neuronas pasan a ser un recurso más, con precio por hora. Es otra forma de plantear el viejo debate sobre qué partes del cuerpo humano pueden tener valor de mercado.

El CL1
El CL1

La cuarta es la más especulativa, y la señalo como tal: la de la escalada. Si esta tecnología funciona y se abarata, la tentación de crecer, de pasar de cientos de miles de neuronas a millones, y de millones a organoides cada vez más complejos, será enorme. Nadie en el sector sostiene hoy que eso vaya a producir una mente, pero tampoco existe un acuerdo sobre qué tamaño o qué arquitectura obligaría a detenerse. En Espacio Misterio llevamos tiempo siguiendo el debate sobre la naturaleza de la conciencia y sus límites, y este es uno de esos casos en que la ciencia ortodoxa y las preguntas más heterodoxas acaban sentándose a la misma mesa.

Una pregunta abierta

La ciencia convencional insiste, con razón, en que el CL1 es una herramienta de laboratorio y no un cerebro en una caja. Es la lectura prudente y la más probable. Pero la historia de la tecnología enseña que las fronteras éticas rara vez se discuten antes de cruzarlas: se discuten cuando alguien las ha cruzado sin darse cuenta. Un ordenador que aprende con células humanas vivas obliga a plantearse la pregunta ahora, mientras todavía es una cuestión teórica y no un hecho consumado.

Mientras tanto, la línea que separa la máquina del ser vivo, tan nítida hasta hace poco, se ha vuelto algo más borrosa, y se vende en un catálogo.

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