Misterios

Ocultura: No hay maldición que me frene

Los ecos de un posible maleficio, por la decisión de las autoridades egipcias de mover los cuerpos de sus reyes en un desfile, están tomando las redes sociales.

Javier Sierra autor web

Periodista y escritor

17 de Mayo de 2021 (17:14 CET)

Ocultura: No hay maldición que me frene
Ocultura: No hay maldición que me frene

Una semana antes de que veintidós momias faraónicas del Imperio Nuevo abandonaran el Museo de El Cairo rumbo a su nuevo emplazamiento al sur de la ciudad, varios dramas encadenados conmocionaron Egipto. A 460 kilómetros de la plaza de Tahrir un pasajero aún no identificado accionó el freno de emergencia del tren en el que viajaba. El convoy que iba justo detrás no se dio cuenta de la maniobra y se empotró contra sus últimos vagones, reduciéndolos a chatarra. Más de treinta muertos y casi doscientos heridos se clavaron en la retina de una nación que ha sufrido ¡once mil! accidentes en su red viaria desde 2011! Al día siguiente, con el desastre retratado en las portadas de todos los diarios, un edificio cairota de diez plantas se desplomó en mitad de la noche tragándose a la mayoría de sus vecinos. Veinticinco personas más fallecieron. Un bebé de seis meses fue rescatado in extremis entre los escombros junto a los cadáveres de sus padres y de una tía. Y todo mientras el mundo contenía la respiración por los malos datos de la pandemia de covid 19 y por la suerte del supercarguero Ever Green, que llevaba por esas fechas cuatro jornadas atascado en el canal de Suez bloqueando una de las más concurridas arterias marítimas del mundo.

A alguien se le escapó entonces una idea peregrina: ¿y si todo aquello era el fruto de una maldición? ¿Acaso estaban encadenándose las desgracias porque las autoridades del país habían decidido mover los cuerpos embalsamados de sus reyes y organizado una ceremonia fastuosa para unos días más tarde?

El aplaudido «desfile dorado» faraónico tuvo lugar el pasado sábado santo, 4 de abril, en medio de estrictas medidas de seguridad. Egipto todavía lloraba a sus muertos. Ese día no solo se cortó el tráfico del centro de El Cairo para que procesionaran sus antiguos reyes –lo hicieron precedidos por 60 motoristas, bailarinas, carruajes, una orquesta sinfónica y hasta un coro–, sino que se prohibió a los ciudadanos asomarse a las calles, ofreciéndose a través de las cámaras una visión única, limpia y silenciosa de la capital egipcia. La ceremonia fue transmitida por más de trescientas televisiones –ninguna española– y, evidentemente, en ese contexto a nadie se le ocurrió pronunciar la temida idea… Aunque se hizo después.

¿Se estaba volviendo a hablar de maldiciones dada la proximidad del centenario del descubrimiento de la tumba de Tutankamon?

Desde aquel día hasta hoy se han abierto varios debates alrededor del «desfile dorado». ¿Deben convertirse los restos mortales de sus reyes en atracción turística? ¿Por qué Europa o Estados Unidos, por ejemplo, no exhiben en vitrinas los cuerpos de Carlos V o de Abraham Lincoln? Y otro más: ¿se estaba volviendo a hablar de maldiciones dada la proximidad del centenario del descubrimiento de la tumba de Tutankamon (1922-2022)?

Casi no hace falta recordar que hace casi un siglo exacto ese último término ayudó a vender millones de periódicos en todo el mundo. Egipto se convirtió entonces en el ombligo del mundo. La muerte inesperada de varias personas cercanas al hallazgo de la tumba de Tut –entre ellas el mentor de las excavaciones, lord Carnarvon– levantó airadas especulaciones. A la «fuerza misteriosa» enterrada junto al «faraón niño» se le cargaron incluso los cortes de suministro eléctrico que por aquellos días sufrió El Cairo. La maldición se convirtió en la explicación recurrente para lo que no funcionaba en el país. Y aunque lo sensato hubiera sido ver en aquellas cábalas una expresión de superstición e incultura popular, las autoridades no hicieron demasiados esfuerzos por zanjarla. Buena o mala, la maldición aumentaba el halo de misterio alrededor de Egipto… y su fascinación internacional. Ahora vuelve a repetirse el hechizo. Aunque los ecos de un maleficio se toman a chanza aquí y allá, ya corren por redes sociales como la pólvora. A Egipto –como sucedió antaño– esto no le vendrá mal. El país se prepara para reforzar su imagen como destino turístico de primer orden. Lo vimos durante la retransmisión del «desfile dorado». Imágenes de sus mejores templos, de sus museos más recientes y de las iglesias, sinagogas y mezquitas salvadas de la decadencia que impone el desierto, mostraron un país que lucha por salir de las cenizas en las que nos ha enterrado la pandemia.

A mí, me convencieron. Y es que, con maldición o sin ella, pienso regresar a Egipto en cuanto sea posible. Ya no tengo edad para que ninguna superstición frene mis deseos de volver a abrazar a mi «madre». Porque eso, y no otra cosa, es el país del Nilo. Y a una madre no se le niega nada.

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