Historia oculta

Ocultura: El Presidente y la piedra de la Luna

En la exploración del espacio no solo se juega la superioridad tecnológica y económica del mundo, sino también nuestro futuro como especie.

Javier Sierra autor web

Periodista y escritor

3 de marzo de 2021 (10:01 CET)

Ocultura: El Presidente y la piedra de la Luna
Ocultura: El Presidente y la piedra de la Luna
Nº 368, Marzo de 2021
Este artículo pertenece al Nº 368, Marzo de 2021

Cuando el pasado 20 de enero el nuevo presidente de los Estados Unidos tomó posesión de su cargo, los medios de comunicación se apresuraron a airear los cambios de decoración que Joe Biden había pedido para el Despacho Oval. Esa estancia es el símbolo del poder del país. Hasta su alfombra es elegida con intención. Durante la Segunda Guerra Mundial, el águila bordada en el Gran Sello aparecía con la cabeza girada hacia la garra que sostenía las flechas. Fue Harry Truman –el presidente de la bomba atómica, de la fundación de la CIA, el Majestic-12 y los platillos volantes– el que pidió que volvieran a bordarla vuelta hacia la otra garra, la de la rama de olivo. Su Ejército había ganado a las potencias del Eje y había impuesto la «pax americana» con la fuerza de sus nuevas armas. Era lógico que su alfombra lo recogiera.

La anécdota me sirve para reafirmar una vieja conclusión: el poder se vale de los símbolos para impartir su doctrina. Por eso, un cambio en la decoración del Despacho Oval nunca debería ser interpretado en clave de chascarrillo. Si Donald Trump aprobó durante su mandato –y al dejar su cargo presumió de ello como su «gran logro»– la creación de una nueva rama del Ejército, la «Fuerza Espacial», y ahora Joe Biden ha colocado en las estanterías de su nueva oficina una roca lunar traída en 1972 por las misiones Apolo… eso debe querer decirnos algo. La piedra –un fragmento de 332 gramos y 3.900 millones de años de antigüedad– fue interpretada por la prensa como «un guiño que esta Administración quiere dar a la ciencia». Pero, como es habitual en los medios generalistas, creo que esa mirada se quedó solo en lo superficial.

Desde la irrupción de China en el juego de la exploración extraterrestre, los órdagos por ver quién regresará antes a la Luna no han cesado

No es a la ciencia, en abstracto, a lo que remite esa roca. Es a la propia carrera espacial. Desde la irrupción de China en el juego de la exploración extraterrestre, los órdagos por ver quién regresará antes a la Luna no han cesado. El anterior vicepresidente, Mike Pence, anunció que, «sí o sí», una pareja de astronautas norteamericanos –hombre y mujer– pondrán sus pies en el Polo Sur selenita en 2024. Los chinos ya enviaron en 2013 su primer rover justo a ese lugar; en 2018 colocaron un satélite para vigilar su cara oculta y en 2019 tenían otro rover en el cráter Aitkin buscando agua. Ellos también quieren llevar a sus taikonautas cuanto antes allá arriba. Ambas naciones buscan, en definitiva, lo mismo: encontrar un lugar en el que asentar la primera colonia humana fuera del planeta desde la que lanzarse a la conquista de Marte y sus recursos naturales.

La roca lunar que Biden ha pedido prestada a la NASA para su despacho le recordará a diario que esa carrera está en marcha, y que de ella depende en buena medida el futuro de su liderazgo en el mundo. Ya no se trata de poner una nueva bandera en suelo no terrestre –un gesto, por cierto, copiado por los chinos en sus misiones–, sino de marcar, como los buhoneros del far west, las tierras que se van a explotar desde un punto de vista mineralógico. Queda por ver qué harán estas superpotencias con el Tratado de Naciones Unidas sobre el Espacio Ultraterrestre que firmaron 103 naciones en 1967 y que prohibía instalar armas nucleares en la Luna o que un país pudiera apropiarse de sus riquezas. Nuestro satélite, decía aquel documento no sin una insultante arrogancia antropocentrista, «es patrimonio común de la Humanidad».

Es evidente que Europa, Rusia, Japón, India o Israel –con sus respectivos programas espaciales– no van a quedarse tampoco de brazos cruzados ante esta situación. Todos recibieron en tiempos del presidente Nixon, encapsuladas en una bolita de metacrilato adherida a una metopa, una «piedra lunar de buena voluntad» recuperada por las Apolo. En aquel entonces, la mayoría de países guardaron aquel regalo americano en un cajón, indiferentes a su tremendo valor simbólico. Doscientos setenta fragmentos lunares se repartieron a otras tantas naciones y estados de EE UU. De ellos, ciento ochenta y cuatro están hoy en paradero desconocido. Y eso también es un símbolo: el de la necedad de la mayoría de naciones por no ver que en la exploración del espacio no solo se juega la superioridad tecnológica y económica del mundo, sino también nuestro futuro como especie. Un porvenir que ahora está en manos de un presidente con una piedra extraterrestre junto a su escritorio.

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