Vieron, sin ojos, lo que pasaba tras la puerta cerrada
Dos personas describieron, a ciegas, lo que ocurría en una habitación a puerta cerrada durante un experimento científico de visión remota
Dos participantes de un experimento de visión remota se salieron del guion previsto por los científicos y empezaron a relatar, para su sorpresa, quién estaba sentado dónde y qué hacía cada investigador en la sala contigua, cerrada, a la que jamás habían accedido. Con detalle. Sin haberlos visto, como si su conciencia fuera extracorporea y se hubieran trasladado a la habitación contigua.
La responsable del estudio, Marina Weiler, neurocientífica brasileña de la División de Estudios Perceptivos (DOPS) de la Facultad de Medicina de la Universidad de Virginia, lo contó así a una televisión local: llamó a un colega y le dijo que no se iba a creer lo que acababa de escuchar. Dos personas le habían descrito, sin haberlos visto físicamente, quién de su equipo estaba escribiendo, quién leyendo y dónde se había sentado cada uno.
Si se demuestra que podemos obtener información precisa sin emplear los sentidos ordinarios, habría que reconsiderar algunas de nuestras suposiciones sobre la relación entre la conciencia, la percepción y el mundo físico. Por desgracia, esas observaciones espontáneas no formaban parte de las variables previstas en el diseño experimental, así que no pueden presentarse como prueba de percepción extracorporal. Pero tampoco las descartan. Al contrario: piden que se investiguen de forma sistemática. Es un gran paso.

Un examen que nadie ha aprobado nunca
Ahora vamos al experimento propiamente dicho, porque merece ser explicado con calma. Veintiuna personas vinculadas a un instituto especializado en entrenamiento de experiencias extracorporales (OBE, por sus siglas en inglés) se repartieron en un protocolo de tres salas. En la primera, cada participante se instalaba a su gusto —cama o sillón, luz y temperatura a su elección— conectado a un electroencefalógrafo. En la segunda, con la puerta cerrada, trabajaba el equipo de investigadores. En la tercera esperaba el objetivo: un ordenador portátil mostrando una imagen elegida al azar entre cien posibles, con la pantalla vuelta hacia la pared para que ni siquiera un vistazo accidental pudiera filtrar información.
Diez de los veintiún afirmaron haber tenido una experiencia extracorporal durante la prueba, y trece llegaron a aportar una descripción del objetivo. Para evitar la subjetividad de comparar "a ojo" esas descripciones con las imágenes reales, el equipo usó un modelo de lenguaje que convierte texto en vectores numéricos y mide su parecido semántico —la misma familia de herramientas que hoy sostiene a los chatbots— para calcular si cada descripción se acercaba más a su objetivo real que a los otros noventa y nueve posibles. Ni en un solo ensayo individual, ni en el conjunto de los trece, la correspondencia superó lo que cabría esperar por puro azar.
Dicho llanamente: el test que se proponían pasar, no lo pasaron.

Lo digo porque lo he vivido. Hace años participé como notario en un experimento casi idéntico realizado en Segovia por el Instituto Internacional de Proyecciología y Concienciología, con el mismo diseño: una imagen elegida al azar por un ordenador, oculta a la vista, y un grupo de experimentadores intentando "verla" fuera del cuerpo. El resultado fue el mismo que ahora firma Weiler: nadie acertó la imagen. Pero una odontóloga alicantina que participaba como experimentadora describía, sesión tras sesión, formas que no sabía nombrar. Cuando el ordenador mostró un helado de cucurucho, ella habló de "dos bolas y un triángulo". Cuando fue un barco, describió sus formas sin poder darle nombre al conjunto. No acertaba el objetivo. Pero tampoco fallaba del todo.
Se suele hablar de dos grandes familias. La espontánea aparece sin que la persona la busque: en situaciones de estrés extremo, anestesia, accidentes o el propio proceso de morir, alguien tiene la sensación de observarse a sí mismo desde fuera de su cuerpo. Las experiencias extracorporales que a veces se describen dentro de las experiencias cercanas a la muerte (ECM) entran en esta categoría: no son un fenómeno aparte, sino una de las formas en que la ECM puede manifestarse.

La lúcida o inducida es la que se entrena de forma deliberada, con técnicas de relajación, visualización o proyección astral, hasta lograr —según quienes la practican— separar la percepción del cuerpo físico a voluntad. Los participantes de este estudio pertenecían a esta segunda categoría: llevaban años entrenando la técnica en un instituto especializado.
Quién lo ha hecho, y por qué
Weiler no es una recién llegada al tema. Formada en Brasil (UNICAMP), con estancias postdoctorales en el NIH y la UCLA investigando los correlatos neurales de la conciencia, lleva años dedicada a poner bajo el microscopio fenómenos que la neurociencia convencional prefiere no tocar: percepción extracorporal, mediumnidad, visión remota. Trabaja en la DOPS, el departamento de la Universidad de Virginia fundado en 1967 que desde entonces investiga, con metodología académica, la relación entre mente y cuerpo y la posibilidad de que la conciencia sobreviva a la muerte física.
El estudio, realizado en Brasil, se ha publicado en la revista EXPLORE (volumen 22, número 6, Elsevier), y podéis consultar el artículo original titulado Assessing correspondence between subjective reports and visual targets during attempted out-of-body experiences.
Una pregunta mejor que una respuesta
Según los expertos, lo sucedido en esas dos sesiones experimentales apunta a que algunas personas podrían tener "visión remota extracorpórea". No hablamos de la capacidad de "acertar" un objetivo prefijado en un test de laboratorio, sino algo más difícil de encorsetar en un protocolo, que aparece precisamente cuando nadie lo está buscando. «Estos hallazgos inesperados -declaró a Daily Mail- nos ofrecen una nueva dirección potencialmente útil, pero también deben someterse a pruebas prospectivas y en condiciones rigurosas antes de que podamos saber qué significan».
Weiler es prudente, y hay que reconocérselo: no vende lo ocurrido como la prueba que la parapsicología lleva un siglo persiguiendo. Pero tampoco lo entierra. En sus propias palabras, «para mí, la conclusión más importante es que los hallazgos inesperados a veces pueden ayudarnos a formular mejores preguntas. Ahora tenemos una idea concreta que se puede poner a prueba en futuros experimentos, y eso es precisamente lo que debe hacer la ciencia».
Es, en el fondo, la paradoja de siempre con estos fenómenos: cuanto más se intenta encerrarlos en las condiciones perfectas de un experimento, más esquivos se vuelven. Y cuanto menos se les vigila, más se dejan ver.
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