Vida alternativa
13/09/2022 (11:25 CET) Actualizado: 13/09/2022 (11:25 CET)

Mentir o no mentir, esa es la cuestión

A pesar de que la mentira tiene mala prensa, lo cierto es que todos mentimos de manera habitual, y si no fuera por ese comportamiento y por el arte del engaño muy probablemente no hubiéramos sobrevivido como especie

13/09/2022 (11:25 CET) Actualizado: 13/09/2022 (11:25 CET)
Mentir o no mentir, esa es la cuestión
Mentir o no mentir, esa es la cuestión

Pocos comportamientos del ser humano resultan tan contradictoriamente fascinantes como el de la mentira. Mientras la ética nos invita a contenerla a pesar de los indicios que apuntan a su ancestral e innata presencia en nuestra especie, todas las herramientas comunicativas de la globalización en la que estamos instalados, especialmente internet y las redes sociales, parecen estar hechas para amplificarla en el mundo actual. Gracias a esas ventanas tecnológicas, mentir –o al menos no decir toda la verdad– está al alcance de todos nosotros por medio de un simple, rápido y en apariencia inofensivo click.

El engaño adquiere muchas formas con escalas de gravedad diversas

De hecho, el uso indiscriminado de la mentira en un mundo sobresaturado de información nos conduce cada vez con mayor frecuencia a escenarios en los que somos incapaces de distinguir lo que es verdad de aquello que no lo es. Las fake news están a la orden del día modelando la realidad de muchas personas que no disponen de tiempo, interés o capacidades para evaluar su consistencia. Así se explica que esté en auge entre gobiernos, partidos políticos, poderes empresariales y medios de información el modelo de la posverdad, en el que no importa realmente cual es la verdad sino lo que la gente cree que es la verdad, un enfoque que apuesta por el más gélido pragmatismo.

Es cierto que hay mentiras y mentiras. El engaño adquiere muchas formas con escalas de gravedad diversas, que van desde la mentira piadosa a la calumnia, pasando por la hipocresía, el fraude, el uso de eufemismos para maquillar la verdad, la falsificación, el bulo, el plagio, la picaresca o la estafa. Muchas pueden ser inofensivas, distractoras, tal vez sin consecuencias y generadas a veces por simple entretenimiento.

ARMA DE DESTRUCCIÓN

Pero la verdad es que una mentira también puede ser letal, decantar la balanza hacia la vida o la muerte, hacia el triunfo o el fracaso, del lado de la felicidad o bien del de la amargura. Pensemos en las citadas fake news y en cómo, más allá del hilarante y distractor contenido de la mayoría, en tiempos recientes el triunfo de algunas de ellas –apuntalado en el llamado sesgo de la verdad ilusionaría que vincula repeticiones con credibilidad– ha podido ser un arma de destrucción masiva que ha conducido a comportamientos imprudentes en materia de salud, a contaminar procesos en apariencia democráticos como elecciones o a justificar una cruenta invasión militar.

Quizá la clave no está tanto en el acto de mentir, sino en la intencionalidad de quién miente

Obviamente estamos ante un comportamiento de luces y sombras, de opiniones contradictorias, que en función de las circunstancias puede ser beneficioso y hasta recomendable, ya no solo porque puede evitar un mal mayor, sino porque hay verdades que duelen innecesariamente. Incluso hay verdades que, endulzadas con un poco de mentira, la celebérrima media verdad, son menos lesivas. Quizá la clave no está tanto en el acto de mentir, sino en la intencionalidad de quién miente, de manera que por muy disonante que nos parezca, parece compatible llevar una vida honesta y mentir, decir la verdad para dañar, mentir pensando que somos sinceros y otras situaciones diversas.

No obstante, nuestra Real Academia Española deja algo claro: que todos tenemos perfectamente interiorizada la verdadera mentira, aquella que nos lleva a tildar a alguien de mentiroso, que se define como una «expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se piensa o se siente».

CARAS DE LA MISMA MONEDA

Miguel Catalán, uno de los mayores analistas europeos del engaño, en un texto que ya es un clásico, Antropología de la mentira, ahonda en la definición cuando escribe que la mentira «es una inadecuación entre aquello que se piensa y aquello que se dice, no entre aquello que se piensa y aquello que es el caso. En palabras de Agustín, miente quien tiene un pensamiento en su corazón (in pectore) y otro en sus labios (in lingua). Los hechos aquí no desempeñan papel alguno; lo que cuenta es el deseo de engañar (fallendi cupiditas) o la voluntad de engañar (voluntas fallendi)».

Es decir, debe haber intencionalidad, aunque no se valore si dicha intención persigue un objetivo perverso, ventajista o, por el contrario, positivo y benefactor. De esta manera no decir la verdad como producto de un error, o bien de un delirio que trastoca la realidad, no puede considerarse mentira.

Cualquier lector cuenta con experiencias propias que le pueden conducir a valoraciones opuestas del acto de mentir, situaciones en las que cabe reivindicar la verdad por encima de todo a pesar de las consecuencias, o bien otras que nos llevan a concluir que la verdad está sobrevalorada y mentir es la mejor elección.

Comenzamos a mentir de forma inocente hacia los cuatro años de edad, cuando emergen funciones cognitivas superiores

Esa ambivalencia dependiente de las circunstancias y el contexto lleva a la experta en análisis del comportamiento Priscila González a la reflexión de que «la verdad y la mentira son caras de la misma moneda. El engaño es muy tentador. Nos seduce para disfrazar la realidad, ocultar inseguridades, enmascarar carencias, impresionar a otros, ganar confianza o manipular según nuestros intereses. Pero también lo empleamos para protegernos o proteger a los demás, para facilitar las relaciones, agradar a los demás, ser aceptados, salvaguardar la intimidad o simplemente por cortesía». 

Tener claro que el engaño no es exclusivo del ser humano, sino que está presente en otras especies, también nos ayuda a tomar cierta perspectiva sobre este comportamiento desde el posicionamiento inicial del rechazo absoluto a la misma. Esa idea tiene que ver con la creencia en la pureza y divinidad del ser humano, así como en la de su consiguiente superioridad sobre cualquier otra especie. Como asevera Catalán, «la creencia común en virtud de la cual el engaño es un hábito exclusivo de la raza humana parte de la noción del hombre como degeneración y corrupción desde su esencia divina, pero no se compadece con las conclusiones de las de las ciencias de la conducta».

LOS ANIMALES TAMBIÉN MIENTEN

Efectivamente, los animales engañan, y ciertos engaños prosperan en su comportamiento como especie porque les brinda cierta ventaja evolutiva. El camuflaje es el mejor ejemplo y de eso saben mucho las sepias, criaturas en las que han prosperado sus cromatóforos para protegerlas de depredadores y sacar ventaja sexual.

También el mimetismo es habitual en el mundo animal, en base al cual una especie copia el aspecto o comportamiento de otra para disuadir a potenciales depredadores o atraer víctimas. Las hembras de la luciérnaga Photuris copian los destellos de otros géneros para atraer a sus machos y devorarlos en un ejercicio de mimetismo agresivo, mientras que los alcaudones emiten sus señales de alarma no solo para alertar de la presencia de depredadores, sino de manera engañosa cuando quieren alejar mediante el susto a otros ejemplares de la comida. El mono capuchino hace algo similar. Más elaborado es el engaño del chotacabras, un ave nocturna que literalmente finge estar herida para mostrarse como presa fácil y alejar a los depredadores del nido, aunque los engaños de perros y primates son proverbiales, especialmente los de estos últimos, archiconocidos maestros del fingimiento.

No es extraño, a la luz de lo fugazmente expuesto hasta ahora, que la ciencia se afane en desentrañar los secretos de la mentira, en conocer sus claves desde todas las vertientes posibles, subyaciendo posiblemente en todos esos esfuerzos el arcaico interés por detectarla y aprender a manejarla. Los trabajos profundos y pioneros del afamado psicólogo Paul Ekman son esenciales para comprender lo que nos delata al mentir y, de hecho, cada vez son más frecuentes y teóricamente precisas las tecnologías de detección de la mentira, que monitorizan las constantes vitales, la concordancia entre el lenguaje verbal y no verbal, y las delatoras microexpresiones faciales.

Los estudios sobre la mentira son inabarcables y han permitido saber que comenzamos a mentir de forma inocente hacia los cuatro años de edad, cuando emergen funciones cognitivas superiores, y que los hombres lo hacen más que las mujeres.

SESGO DE VERACIDAD

Finalmente, al igual que la mentira forma parte de nuestras habilidades como especie, la predisposición a ser engañados también parece tener su espacio evolutivo, ya sea por medio del sesgo de veracidad que describe la tendencia a creer que los demás son honestos, o su pariente más próxima, la teoría de la verdad por defecto formulada por el prestigioso profesor de comunicación Timothy R. Levine, según la cual en nuestras interacciones usaremos la verdad por defecto, pero si la misma se convierte en un problema para alguno de los interlocutores o en ambos, sin ninguna duda emergerá el engaño como una opción plausible para el logro de la meta perseguida.

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