Historia oculta

Ocultura: El filósofo y los alienígenas

Según Immanuel Kant, el Universo obedece a una suerte de plan cuyo objetivo no es otro que alumbrar criaturas que alcancen el pensamiento racional.

Javier Sierra autor web

Periodista y escritor

28 de enero de 2021 (11:36 CET)

Ocultura: El filósofo y los alienígenas
Ocultura: El filósofo y los alienígenas
Nº 367, Febrero de 2021
Este artículo pertenece al Nº 367, Febrero de 2021

«Y ahora… ¡Kant!».

Todavía recuerdo el escalofrío cuando don Antonio, mi circunspecto profesor de filosofía en el Instituto, dejó atrás a Platón y Aristóteles y nos guio por las procelosas aguas de los pensadores de la Ilustración. Aún tengo clavada su sonrisa malévola en la retina. Nadie en clase estaba preparado para aquello. Ni sus explicaciones, ni la selección de documentales que nos proyectó en el salón de actos, ni los entusiastas debates que nos propuso, lograron prender nuestro interés por aquel teórico.

Quizá si nos hubiera dicho que Immanuel Kant, uno de los pensadores más influyentes de todos los tiempos, dedicó la primera de sus obras a reflexionar sobre la existencia de civilizaciones extraterrestres, todo habría cambiado. Pero don Antonio no jugó esa carta. No lo culpo. Es probable que él mismo desconociera que Kant se había ocupado de semejante asunto en un escrito de juventud que tituló Historia general y teoría del cielo (1755). Lo publicó mucho antes que su Crítica de la razón pura. Y lo hizo en plena expansión de la exploración del Cosmos, con un Universo que comenzaba a hacer las delicias de astrónomos profesionales en universidades y cortes de todo el continente. 

A mediados del siglo XVIII la pregunta de si estamos o no solos no era tan rara como pueda parecernos. Un siglo antes de Kant, Cyrano de Bergerac construyó su Historia cómica o viaje a la Luna (1656) solo para especular sobre cómo nos verían los habitantes de nuestro satélite. El suyo fue un recurso literario con el que ejercer la crítica política y social más descarnada. Los monos en la Luna, escribió, «visten igual que los españoles», y sus humanos son gigantes que caminan sobre cuatro patas. La obra se hizo tan popular que le salieron émulos por todas partes. Precisamente en España fueron sonados los escritos «extraterrestres» del abate sevillano Marchena o el muy ilustrado padre Feijoo, que imaginaron a sus propios vecinos galácticos.

Según Kant, el Universo obedece a una suerte de plan cuyo objetivo no es otro que alumbrar criaturas que alcancen el pensamiento racional

Pero lo de Kant fue distinto. Más serio. Él nunca quiso hacer ficción, sino pensamiento. De hecho, dedicó su vida a resolver preguntas de gran calado. Interrogantes como «¿qué puedo saber?», «¿qué debo hacer?» o «¿qué puedo esperar?» marcaron su trayectoria en el mundo de las ideas. A menudo decía que él no enseñaba filosofía, sino que enseñaba a filosofar. Esto es, a hacerse preguntas. Y a eso se entregó desde aquella pregunta seminal de si estamos solos en el Universo.

En el libro «olvidado» por don Antonio que el gran prusiano dedicó al asunto, se mostró «racionalmente seguro» de que nuestra humanidad no es un logro único de la Naturaleza. Según él, el Universo obedece a una suerte de plan cuyo objetivo no es otro que alumbrar criaturas que alcancen el pensamiento racional. Según él, la inteligencia forma parte intrínseca de la evolución de la vida. E incluso deduce de ello una ley general de lo más curiosa: en esos seres que hay ahí fuera «la elasticidad de sus fibras y al mismo tiempo la conformación de sus cuerpos será tanto más perfecta cuanto más alejados estén sus planetas del Sol». Para Kant, pues, a más calor más indolencia. A más frío, más necesidad de trabajo y, en consecuencia, más razón. Mejor inteligencia.

Ojalá mi profesor de filosofía me hubiera hablado de esas cábalas, acercándome a la visión kantiana de que ante la grandeza del Cosmos el narcisismo humano desaparece, ridiculizando nuestras miserables diferencias de pensamiento. Ahora creo que habría despertado mi interés por esa parte de la asignatura y me hubiera invitado a profundizar más en ella. Pero don Antonio no lo habría tenido fácil. La Teoría del cielo no estaba en imprenta en los años de mi bachillerato. De hecho, yo la descubrí hace solo unos meses, cuando una modesta editorial catalana extrajo ese texto del tomo general de las obras del filósofo alemán y lo editó bajo el título de Sobre els Extraterrestres (Reremús, 2020). Su pequeño formato, las ilustraciones de Rafater –un reconocido maestro en iluminar obras de ciencia-ficción– y el fascinante prólogo de Ramón Alcoberro que lo acompaña, me animaron a su lectura y a regresar a un pensador que había condenado al olvido desde los tiempos del examen de Selectividad.

Esa es la gran virtud de la Ocultura que defiendo, mes tras mes, desde esta columna: su capacidad de conectarnos con la gran cultura a través de lo misterioso. Y es que, en el fondo, todo es misterio. Hasta Kant.

Relacionados
Lo más leído

Comentarios

No hay comentarios ¿Te animas?

Nos interesa tu opinión

Revista

Nº 374, Septiembre de 2021

Nº 374, Septiembre de 2021