La puerta sellada de Sacsayhuamán: ¿acceso al inframundo inca?
Jorge Calero encuentra la “cabeza de serpiente” que abre paso a los túneles descritos por cronistas del siglo XVI y temidos por los lugareños.
Cusco, el “ombligo del mundo” para los incas, es hoy la capital arqueológica de América y uno de los destinos más visitados del planeta. Sus calles coloniales se levantan sobre muros ciclópeos que desafían la lógica: bloques de piedra unidos con precisión milimétrica, sin argamasa, que encajan como un rompecabezas imposible. Pero lo más intrigante de la antigua capital inca no se encuentra en la superficie, sino bajo sus pies.
Desde hace siglos circulan relatos sobre túneles secretos —las chinkanas— que conectarían el Templo del Sol o Coricancha con la fortaleza de Sacsayhuamán, a más de dos kilómetros de distancia. El jesuita Giovanni Anello Oliva ya los mencionaba en 1625, atribuyéndolos a Huayna Cápac, y fray Martín de Murúa describía en 1590 una entrada en forma de boca de serpiente que permitía acceder al laberinto subterráneo.

Hallan la entrada a los túneles
En un reciente viaje a Cuzco tuve la oportunidad de conversar con el arqueólogo Jorge Calero, quien dirige las excavaciones y asegura haber hallado la misteriosa “boca” en la Chinkana Grande de Sacsayhuamán.
Las chinkanas, según la tradición oral, no eran simples pasadizos. Eran corredores interminables, protegidos por trampas, donde muchos exploradores se perdieron para siempre. Historias como la del joven hallado decrépito en Santo Domingo, aferrado a un choclo de oro tras meses de vagar bajo tierra, alimentan el mito de un inframundo donde aún habitan los descendientes de los incas, en comunión con la Pachamama.

Hoy, la arqueología empieza a confirmar que bajo Cuzco existe una red de galerías y estructuras que podrían tener más de lo que admiten los libros oficiales. La reciente identificación de la entrada en Sacsayhuamán por parte de Calero abre un nuevo capítulo en este misterio.
“Aquí está la cabeza de la serpiente”, explica mientras señala una piedra tallada. “Se le nota el ojo, la mandíbula… Fue destruida con explosivos, quizá en tiempos coloniales. Al romperla, la boca quedó aplastada. Pero el acceso está ahí. Lo hemos seguido excavando: bajo estas piedras se esconde una recámara, una cueva dentro de otra cueva” -señala.
¿Estamos ante simples obras defensivas, escondrijos o almacenes rituales? ¿O acaso los incas —o quienes les precedieron— construyeron una red subterránea destinada a proteger un conocimiento prohibido?
Calero explica que el general San Román ordenó tapiar el acceso en el siglo XIX para evitar más muertes, después de que tres jóvenes se perdieran sin retorno, confirmando de este modo las leyendas locales.

Alineaciones estelares
Para Calero, las chinkanas no son simples pasajes, sino un templo femenino dedicado a la Pachamama, alineado con los equinoccios y solsticios. En su interior, asegura, existe un “estelario” donde se proyectan constelaciones como las Pléyades, la Lira o la Corona Boreal. “Es una metáfora de fertilidad cósmica”, dice. “Las estrellas entran como si fecundaran el espacio. Para los incas, la Vía Láctea era el reflejo de su río sagrado, el Vilcanota. En ella veían animales, dioses… y también la morada de Viracocha”.

El dios creador, representado como un huevo cósmico por Juan Santa Cruz Pachacuti junto al sol, la luna, Venus y Marte. Un símbolo casi universal que resuena con el Quetzalcóatl azteca y el Kukulkán maya. Todos, al fin, hablan de dioses que modelaron al ser humano, que se disgustaron y mandaron un diluvio, y que prometieron regresar.









Comentarios
Nos interesa tu opinión