Roanoke, Virginia, sur de EEUU, 1897. En las oficinas de la compañía ferroviaria Norfolk & Western el empleado Clayton Hart realizaba copias de un documento que le había pasado un compañero. En ese momento, vio que en los papeles había columnas de números sin sentido aparente. Entonces su colega le dijo que aquellas series numéricas podían revelar el paradero de un tesoro oculto. El oficinista hizo copias de las páginas con los números y viajó hasta Lynchburg, Virginia, donde había oído hablar de la existencia de un panfleto publicado diez años antes, en 1885, por un tal James B. Ward.
Lo que encontró en la biblioteca local fue un folleto que, además de reproducir los mismos números, incluía una carta firmada por el puño y letra de un tal Thomas J. Beale que narraba una sorprendente historia: en 1812, Beale partió junto a un grupo de 30 hombres al oeste para cazar búfalos. Viajaron atravesando los EEUU hasta las Montañas Rocosas, en Colorado y, mientras exploraban el terreno, uno de ellos realizó un sorprendente hallazgo: se topó con una mina de oro.
Según la experta en criptografía Elonka Dunin, dedicaron 18 incansables meses a extraer todo el preciado metal. Clayton Hart leyó en la misiva que Bill y sus hombres decidieron llevarse sus riquezas a Virginia, y en St. Louis cambiaron el oro y la plata por monedas, lingotes y joyas aderezadas con piedras preciosas. Transportaron su botín en dos viajes: uno en 1819 y otro en 1821. Puesto que los bancos no ofrecían la seguridad actual, decidieron esconder el mismo en un lugar secreto en las montañas Blood en Virginia. El folleto explicaba que Beale había codificado el lugar exacto en un mensaje cifrado. Después, viajó al pequeño hotel Washington en la misma Lynchburg, donde se registró con su nombre. Se alojó un par de meses y se marchó. Regresó dos años más tarde con una pesada caja de hierro cuya llave confió al dueño del hotel, Robert Morriss, y partió de nuevo.
Unos meses más tarde, Morriss recibió una carta de Beale desde St. Louis en la que le confiaba el secreto que guardaba la caja de caudales: diversos papeles cifrados; a la vez que señalaba que la clave para comprender el texto la tenía un amigo suyo, con la orden de entregársela pasados diez años.
Una década después, el dueño del hotel parece que no recibió noticias ni de Beale ni de su misterioso amigo y 23 años más tarde, en 1845, se decidió por fin a abrir la cerradura. En el interior de la caja había tres hojas llenas de una serie de números separados por comas y una nota en inglés donde Beale explicaba la historia que hemos narrado y que llegaría con el tiempo a manos de Hart. En ella apuntaba que de esa forma, si les sucedía algo a él o a sus socios, los herederos podrían recibir su parte del botín. En 1862, con 84 años, Morriss, incapaz de averiguar la clave, decidió contarle el secreto a un conocido suyo, que probó a utilizar la Declaración de Independencia de los EEUU para descifrarlo, empleando un sistema basado en la sustitución de letras del alfabeto contenidas en la Carta Magna por la serie de números; así, logró decodificar el "papel número 2", donde se señalaba que el montante del botín se elevaba a una cantidad que hoy correspondería a 30 millones de euros. Ahí es nada.
En el papel se indicaba también que el tesoro se hallaba depositado "…en el condado de Bedford, a cuatro millas de Buford, en un sótano o una excavación, a 6 pies –1,8 metros– bajo tierra, los siguientes artículos –detalla las joyas, el oro y la plata– que pertenecen a las partes cuyos nombres figuran en el número 3 (…). Todo lo antes mencionado está empaquetado de forma segura en recipientes de hierro. La cámara está más o menos revestida de piedras, así como los recipientes. El papel número 1 describe la localización exacta de la bóveda, para que no haya dificultad alguna en encontrarla".
A pesar de las expectativas, la Declaración de Independencia no era el texto de cifra que servía para los otros dos papeles. En 1885, frustrado, Morriss decidió publicar en un folleto todo lo que sabía a través de su agente, un tal James B. Ward.
La historia, no obstante, tenía muchos puntos oscuros, como quién ayudó a Beale a transportar una carga tal de metales preciosos, un camino de varios miles de kilómetros no exento de riesgos en tiempos de forajidos e indios poco amigables.
Tras el descubrimiento, Clayton Hart intentó encontrar el tesoro recurriendo incluso a los servicios de un médium que le llevó a través de sus supuestas "visiones" hasta una zona de Virginia donde él y su hermano George cavarían sin descanso… y sin éxito. Cuatro años después, Hart decidió descubrir quién era el editor James B. Ward. y tras reunirse con él en 1903, éste le dijo que la historia era verdadera pero no pudo –o no quiso– facilitarle pista alguna.
Muchos creyeron que los "papeles de Beale" se trataban de una ingeniosa falsificación del director del periódico The Lynchburg Virginian y folletista John William Sherman, quien tenía que afrontar graves pérdidas al frente del rotativo. Curiosamente, James B. Ward, el responsable de publicar el folleto, era su primo hermano… Para muchos no cabía duda de que no habían existido ni Beale ni su tesoro.
A pesar de ello, los hermanos George y Clayton Hart siguieron convencidos de que eran auténticos, y dedicaron varias décadas a desvelar el misterio, sin éxito, al igual que Hiram Herbert Jr., quien 50 años más tarde se dio por vencido. Pero los papeles, falsos o no, despertaron el interés de otras personas notables. A lo largo del siglo XX serían muchos los que intentarían descifrar los papeles de Beale, entre ellos, el célebre criptógrafo estadounidense Herbert O. Yardley o el coronel William Friedman, la figura más relevante de los "rompedores de códigos" –codebreakings– americanos en la primera mitad del siglo pasado.
En los años 60 lo intentó Carl Hammer, uno de los pioneros del descifrado computerizados. Y cuentan que en 1983 una mujer excavó en el cementerio Mountain View convencida de que el tesoro se encontraba allí. Desde entonces, fueron muchas las personas detenidas por excavar sin permiso fincas del condado de Bedford. Hoy por hoy, nadie sabe si el oro de Beale fue real o si todo se trató de una historia inventada para vender periódicos… Eso sí, fabulosamente escrita.
Hay muchos más tesoros perdidos y "malditos": el botín de El Álamo; los huevos de Fabergè; el oro de León Trabuco; las joyas de Juan Sin Tierra; el botín de Victorio Peak; el tesoro de Yamashita; los cofres de la costarricense Isla del Coco…
En vista de los numerosos pecios que se hallan en el fondo de nuestros océanos –y que han generado más de un litigio entre empresas como la Odyssey Marine Exploration y gobiernos como el español–; los muchos mapas que, verdaderos o falsos, siguen trayendo de cabeza a soñadores y aventureros; o laa miles de joyas y obras de arte que fueron expoliadas y desaparecieron en distintos conflictos… cualquiera, en el momento más inesperado, puede toparse con un botín largamente olvidado, o tener más suerte que el explorador Percy Fawcett a la hora de hallar un lugar legendario, mapa y brújula en mano, cuando fue en busca de la Ciudad Perdida de Z. Como sucede con la lotería, nunca hay que perder la esperanza.







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