Arqueología
10/03/2023 (08:00 CET) Actualizado: 10/03/2023 (08:00 CET)

En busca de las tumbas perdidas

Durante su vida conquistaron grandes imperios o cambiaron el rumbo de la historia. Sin embargo, su muerte dejó tras ellos un rastro de enigmas que, aún hoy, siguen intrigando a los historiadores.

Javier Garcia Blanco

Periodista y fotógrafo

10/03/2023 (08:00 CET) Actualizado: 10/03/2023 (08:00 CET)
En busca de las tumbas perdidas, un desafío para la arqueología moderna
En busca de las tumbas perdidas, un desafío para la arqueología moderna

La historia está llena de personajes que marcaron el destino de la humanidad con sus hazañas, sus descubrimientos, sus obras o sus enseñanzas. Sin embargo, el paradero de la tumba de muchos de ellos constituye un auténtico enigma para arqueólogos e historiadores. Sus tumbas se han perdido en el tiempo, en el olvido o en el misterio. ¿Qué pasó con las sepulturas de Alejandro Magno, Gengis Kan, Nefertiti, o el primer emperador chino? ¿Dónde se encuentran? ¿Qué secretos guardan? En este artículo vamos a explorar algunas de las tumbas perdidas más famosas de la historia y las posibles pistas que podrían revelar su ubicación.

alejandro magno
alejandro magno

1. ALEJANDRO MAGNO: LA TUMBA DEL “HIJO DE AMÓN”

A su repentina muerte en el 323 a.C. –contaba con sólo 32 años–, Alejandro Magno controlaba un vasto imperio cuyos límites se extendían por buena parte del mundo conocido. Su fama como estratega y gobernante iban a la par, y su figura alcanzó el estatus de dios en la antigüedad. No es de extrañar, por tanto, que su tumba se convirtiera durante siglos en lugar de peregrinación, y que hoy su paradero constituya un desafío para los arqueólogos. Los primeros enigmas surgen ya con las causas de su muerte, que le sorprendió en Babilonia. Tras un repentino desmayo y varios días de fuertes fiebres, Alejandro se fue debilitando hasta morir. Unos síntomas que podrían deberse a la malaria, aunque no han faltado hipótesis sobre un posible envenenamiento.

El rey macedonio Alejandro Magno alcanzó estatus de dios en la antigüedad

Al parecer, Alejandro había manifestado sus deseos de ser enterrado en el santuario del dios Amón en el oasis de Siwa, pues el oráculo le había proclamado hijo del dios. Sin embargo, ninguno de sus generales parecía interesado en satisfacer sus deseos. Y las razones no eran banales: Aristrando –el adivino del séquito de Alejandro–, había vaticinado que la nación en la que estuviera enterrado el cuerpo nunca sería derrotada y, por otra parte, el gesto de inhumar el cadáver era un derecho que correspondía al legítimo sucesor. Finalmente, se dispuso que la momia de Alejandro fuera trasladada hasta Egas, para ser enterrado junto al resto de reyes macedonios. Sin embargo, la comitiva fúnebre tardó dos años en partir y, cuando lo hizo, nunca llegó a su destino. Ptolomeo, uno de los generales, alcanzó al cortejo en Damasco y logró desviar su rumbo hasta Egipto.

Todo parece indicar que Ptolomeo aprovechó una tumba sin usar, cerca del serapeum de Saqqara, en la necrópolis de Menfis, para depositar los restos del macedonio. En cualquier caso, ese no iba a ser su lugar de descanso definitivo, pues pocos años después se ordenó su traslado a Alejandría. Allí se levantó un santuario conocido como Sema Alexandros, en el centro de la ciudad, y pronto se convirtió en uno de los santuarios más importantes de la Antigüedad, al que muchos acudían para venerar al gran Alejandro. Precisamente, la mayor parte de los textos que mencionan la tumba en aquellos siglos lo hacen para rememorar las ilustres visitas de grandes mandatarios. Entre ellos destacan varios emperadores romanos, como Julio César, que acudió en el año 48 a.C., Augusto o Caracalla. En época de este último, en el siglo III d.C., comienzan a enturbiarse las noticias sobre la tumba. Durante el reinado de Aureliano, en el año 270 d.C., Alejandría se vio aquejada por graves revueltas políticas durante las cuales la tumba pudo resultar dañada. Casi un siglo después, en el año 365, se produjo un fuerte terremoto y un temible tsunami que afectaron a la ciudad y a la tumba.

Algunos años después, un texto de Libanio de Antioquía aseguraba que la momia estaba todavía expuesta, pero será por poco tiempo. Cuando el emperador Teodosio emite sus decretos prohibiendo el culto a los dioses paganos –Alejandro es considerado como tal–, la tumba desaparece envuelta en el misterio. Un siglo después nadie en la ciudad conoce su paradero. Desde entonces, cientos de expediciones han intentado localizar, sin éxito, los restos de Alejandro.

En el centro de la ciudad de Alejandría se levantó un santuario conocido como Sema Alexandros en honor al rey Macedonio

En las últimas décadas, al menos tres grupos han intentado localizarla. El primero de ellos, un equipo del Centro Polaco de Arqueología excavó en la zona de Kom el Dikka –en el corazón de Alejandría– en 1960, sin hallar restos de interés. Más recientemente, en 1991, fue la Universidad de Al Azhar quien decidió probar suerte, aunque de nuevo con resultado negativo. Tampoco han faltado grupos de investigadores amateurs y cazadores de tesoros que han perseguido la célebre tumba o que incluso aseguran haberla encontrado. Es el caso de Liani Souvaltzi y su marido, dos aficionados griegos que, ignorando las evidencias que sitúan la tumba en Alejandría, se empeñaron en buscarla en el oasis de Siwa. A finales de los años 80, los Souvaltzi aseguraron haber encontrado allí la tumba, al desenterrar los restos de un templo de estilo dórico. Aunque algunos medios se hicieron eco del hallazgo, las críticas no tardaron en llegar desde el mundo académico, pues la supuesta tumba era un edificio conocido desde el siglo XIX. Pese al varapalo, el matrimonio siguió insistiendo, y poco después anunciaron otro descubrimiento: el de tres tablillas que supuestamente citaban el traslado de la tumba a Siwa. De nuevo, el “logro” fue rápidamente desechado por los especialistas.

La tumba de Alejandro Magno, ¿en Venecia?

Además de estas hipótesis, desde hace algunos años ha circulado otra teoría, no exenta de polémica, que sitúa los restos del macedonio en Venecia, y más concretamente en la basílica de San Marcos. Allí, desde hace siglos, los fieles veneran una momia que la tradición identifica con el evangelista Marcos, y que fue llevada a la ciudad por dos mercaderes que la “rescataron” de Alejandría cuando la urbe cayó bajo el dominio árabe. La tradición que vincula a la momia con el evangelista tiene sus raíces en el siglo IV, época en la que el cristianismo se impuso en la ciudad y en la que se pierde –curiosamente–, la pista a la momia de Alejandro. Para el historiador británico Andrew Chugg –autor de la hipótesis– esta coincidencia es motivo suficiente para sospechar que la momia custodiada en Venecia es la de Alejandro Magno.

La teoría de Chugg, no obstante, ha despertado reacciones enfrentadas. Para estudiosos como Robin Lane, profesor de la Universidad de Oxford y experto en la figura de Alejandro, «la hipótesis es bonita, pero resulta trasnochada». Por el contrario, otro especialista, el profesor de Cambridge, Paul Cartledge, cree que la hipótesis no es descabellada. «Podría tener visos de realidad, pues hay una laguna histórica que es necesario aclarar. Es curioso que en el siglo IV se pierda la pista a la momia de Alejandro, y al mismo tiempo triunfe el cristianismo en la ciudad». En cualquier caso, la hipótesis de Chugg, por fascinante que resulte, parece difícil de demostrar, al menos mientras la Iglesia no permita analizar los restos de la momia.

Qin Shi Huang
Qin Shi Huang

2. QIN SHI HUANGDI: EL EMPERADOR INMORTAL

Poco más de cien años después de que Alejandro Magno expirara su último aliento, a miles de kilómetros de allí, en la lejana China, otro gran conquistador  perdía la vida. En el año 210 a.C., Qin Shi Huangdi, el primer emperador, que había logrado unificar todos los territorios del país, fallecía víctima de uno de los bebedizos que supuestamente debían concederle la inmortalidad. Más de 2.000 años después, en 1974, varios campesinos que construían un pozo a pocos kilómetros de la ciudad de Xian realizaron sin querer un inesperado hallazgo. Ante sus ojos aparecieron varias cabezas de hombres realizadas en terracota. Habían descubierto el mausoleo del emperador. Tras treinta años de trabajo, los arqueólogos chinos han desenterrado más de ocho mil figuras de terracota que representan a otros tantos soldados, oficiales y sirvientes del emperador. Un auténtico ejército que hoy se ha convertido en uno de los principales atractivos turísticos del país.

La tumba del primer emperador chino se encuentra a escasa distancia de su magnífico ejército de terracota, pero nadie ha entrado

A diferencia de lo que sucede con Alejandro Magno, cuyos restos podrían haberse perdido para siempre, todo parece indicar que la tumba del primer emperador se encuentra a escasa distancia de su magnífico ejército, bajo un montículo llamado Li. Sin embargo, las autoridades chinas, temiendo dañar su contenido o, como explicabamos recientemente, por miedo a un texto antiguo, todavía no se han atrevido a iniciar la excavación. Pese a todo, contamos con una antigua fuente que podría aclararnos lo que hay en su interior. Unos 200 años después de la muerte de Qin, el historiador Sima Qian describió en sus Memorias históricas los tesoros custodiados en la tumba del emperador. Según el texto, el mausoleo fue construido con el esfuerzo de 700.000 obreros, que levantaron una gigantesca tumba que recreaba todos sus dominios en miniatura. Así, el techo estaría decorado con las constelaciones celestes, mientras que el suelo representaría fielmente los dominios terrenales del emperador. Qian asegura que incluso se representaron los grandes ríos del país, utilizando mercurio para ello. Actualmente, y mientras las autoridades no se deciden a iniciar la excavación definitiva, es imposible aventurar hasta que punto son correctas las aparentemente exageradas descripciones de Qian. De hecho, es posible que los supuestos tesoros ya no existan, rapiñados hace siglos por los saqueadores. Sin embargo, una cosa es segura: con la magnífica “antesala” que constituyen los guerreros de terracota, si solo un uno por ciento de lo relatado por Qian resulta ser verdad, en la colina Li aguarda uno de los tesoros arqueológicos más fascinantes de la historia…

Prisciliano
Prisciliano

3. PRISCILIANO: LA TUMBA DE UN HEREJE

En la segunda mitad del siglo IV d.C. el cristianismo –legalizado años atrás–, se afianzaba por las distintas provincias del Imperio Romano. En aquellos años, su principal enemigo se encontraba en las numerosas herejías que discutían el camino marcado por la ortodoxia. En ese peculiar escenario histórico y religioso hace aparición Prisciliano, un asceta nacido en el noroeste de la península ibérica (en Gallaecia según unos autores, o en la Lusitania según otros). Parece ser que en su juventud se interesó por la magia y la astrología, prácticas que abandonó tras su bautismo, y ya adulto viajó a Burdigala (actual Burdeos), donde se incorporó a una comunidad cristiana rigorista. Algunos años después regresó al noroeste peninsular, donde su fama fue aumentando con rapidez, despertando los recelos y la antipatía de parte del clero.

Tras un concilio, el de Zaragoza, en el que se pretendía condenar sus ideas, dos obispos que le seguían decidieron nombrarlo obispo de Ávila, a pesar de que Prisciliano era un laico. A partir de ese momento, y mientras las ideas priscilianistas van calando con notable éxito por buena parte de las provincias hispanas, las críticas y condenas del clero más contrario al ascetismo se recrudecen. El clero antipriscilianista le recrimina –entre otras cosas– sus críticas a los excesos de la jerarquía, su apertura a las mujeres –a quienes permite participar en las lecturas de la Biblia–, o su costumbre de no consumir de inmediato las especies de la eucaristía. No faltan tampoco claras alusiones a que sus doctrinas poseen un cierto tono herético.

En el año 385, Prisciliano y varios de sus seguidores son ejecutados en Tréveris acusados de practicar la magia

Hoy resulta difícil saber cuáles de estas acusaciones estaban fundamentadas en motivos reales y cuáles buscaban únicamente dañar al popular asceta. De un modo u otro, y tras un nuevo concilio en Burdeos, finalmente los enemigos de Prisciliano logran su propósito y, en el año 385, el “hereje” y varios de sus seguidores son ejecutados en Tréveris (actual Alemania), acusados de practicar la magia. Tras su ejecución, tal y como recordaría apenas quince años después Sulpicio Severo, los cadáveres fueron llevados de vuelta a la península. Por desgracia, ni Severo ni ninguna otra fuente especifican a qué lugar en concreto. De lo que no hay duda es que tras la muerte de Prisciliano, sus ideas se extienden por el noroeste con mayor éxito que antes y su tumba se convierte en un importante destino de peregrinación. Las ideas priscilianistas pervivirán todavía hasta bien entrado el siglo VI, pero poco a poco se van diluyendo, al igual que el recuerdo sobre la ubicación de su tumba. Un interrogante para el que no han faltado hipótesis.

En opinión de monseñor Guerra Campos, la ubicación más plausible se corresponde con un lugar conocido como Os Martores, en la parroquia pontevedresa de San Miguel de Valga. El hecho de que allí hayan aparecido unos sarcófagos antropomorfos que podrían datar del siglo IV, junto a la toponimia del lugar (Os Martores sería una alusión a “Los mártires”, como se conocía a Prisciliano y sus seguidores) ha hecho pensar a Guerra que ese es el lugar correcto. Por otra parte, el literato Celestino Fernández de la Vega aventuró hace algunas décadas la posibilidad de que el “hereje” estuviera enterrado en la antigua construcción existente en la localidad lucense de Santa Eulalia de Bóveda (AÑO/CERO, 219), aunque hoy los expertos tienden a creer que el edificio fue un ninfeo romano. Junto a estas dos propuestas, destaca una tercera que ha gozado de mayor popularidad, sin duda por lo polémico de su planteamiento. A comienzos del siglo XX, el reputado historiador francés Louis Duchesne planteó una sugerente hipótesis: la tumba de Prisciliano esta “a la vista” de todos, en el lugar que según la tradición ocupa el apóstol Santiago, en la catedral compostelana. Si bien la propuesta no ha podido ser demostrada, lo cierto es que no resulta más improbable que la tradición sobre el apóstol, sobre el que no hay una sola evidencia –más bien todo lo contrario– de que pisara jamás la península, ni antes ni después de muerto.

En cualquier caso, las excavaciones arqueológicas realizadas en el subsuelo de la catedral han sacado a la luz la existencia de una antigua necrópolis muy anterior a la aparición de la tradición jacobea. ¿Es Prisciliano quien allí descansa? Como señala el historiador Claudio Sánchez Albornoz en una de sus obras, «nada lo garantiza ni lo contradice».

Gengis Kan
Gengis Kan

EL SECRETO DEL GRAN KAN

Corría el mes de agosto de 1227 cuando el poderoso Gengis Kan se vio sorprendido por la muerte en medio de una campaña militar. Poco después, la ubicación de sus restos mortales se convirtió en un secreto inviolable. Según algunos textos, el celo de sus hombres llegó hasta el punto de que las tropas ejecutaron a todo aquel que se cruzó con la comitiva fúnebre. Después la tumba fue pisoteada por mil caballos, e incluso se alteró el curso de un río para ocultar cualquier pista de su paradero.

Hoy los historiadores barajan dos posibilidades. La primera apunta a la región china de la Mongolia interior, cerca de donde murió, pues en opinión de los arqueólogos chinos es poco probable que sus tropas decidieran realizar el largo viaje hasta Mongolia, teniendo en cuenta el calor del verano y la putrefacción del cadáver. Además, a escasos cien kilómetros de allí se encuentra el mausoleo dedicado a su memoria, donde se veneraron algunas de sus reliquias. Por otra parte, la mayor parte de los historiadores sugiere una segunda localización, en este caso en la región de Mongolia donde Gengis Kan creció, en la provincia de Henti. Sin embargo, el lugar exacto no está claro: podría ser cerca del río Onon o, por el contrario, en una montaña –aún sin identificar– conocida como Burkan Jardun. Tras los problemas sufridos por los arqueólogos para excavar durante la época comunista, algunas expediciones se han animado a buscar los restos del Kan. La última de estas investigaciones arrancó en 2008, cuando un equipo de la Universidad de San Diego (EE UU) anunció sus planes de emplear la tecnología más avanzada –fotografías vía satélite de alta resolución y aparatos de inducción electromagnética–, con la finalidad de hallar la tumba de una vez por todas. Si la expedición, todavía en marcha, tiene resultados positivos, es posible que pronto podamos descubrir los secretos y tesoros que han acompañado al Gran Kan durante casi ocho siglos.

Sobre el autor
Javier Garcia Blanco

Periodista y fotógrafo especializado en temas de arte, historia y viajes. Ha publicado sus trabajos en medios como El Mundo, GEO, Lonely Planet, Condé Nast Traveler Destinos, entre otros. Autor de varios libros, como Historia negra de los Papas, Ars Secreta o Héroes y villanos. Fue jefe de edición de Año/Cero, y actualmente dirige el magazine de viajes y cultura Wanderer.es

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