El enigma sin resolver de Casas del Turuñuelo
Un carro votivo emerge de un edificio destruido y sepultado por sus propios habitantes hace 2.500 años. Ni víctimas, ni saqueo. Solo un banquete, un sacrificio masivo y un silencio que la arqueología todavía no sabe explicar.
La octava campaña de excavaciones en Casas del Turuñuelo, el yacimiento tartésico situado en Guareña (Badajoz), acaba de entregar su hallazgo más deslumbrante hasta la fecha: un carro votivo de bronce de 62 centímetros, decorado con grifos, atlantes y una figura híbrida identificada como Aqueloo (el que ahuyenta el pesar), que según los propios investigadores no tiene paralelo conocido en ninguna civilización de la época. La pieza, hallada en el llamado pasillo S3, junto a la sala del banquete ritual, fue trasladada de urgencia a Madrid para frenar su deterioro por la humedad y la exposición al aire.
La noticia, fue presentada en rueda de prensa por Esther Rodríguez y Sebastián Celestino, codirectores de la excavación e investigadores del Instituto de Arqueología de Mérida (IAM-CSIC), centro mixto del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Junta de Extremadura.
Un carro votivo emerge de una casa destruida y sepultada por sus propios habitantes hace 2500 años. Ni víctimas, ni saqueo. Solo un banquete, un sacrificio masivo y un silencio que la arqueología todavía no sabe explicar. El enigma de Casas de Turuñuelo 👇https://t.co/sUgjd3Tho6 pic.twitter.com/DkVMukYV1Q
— Josep Guijarro (@josepguijarro) July 2, 2026
Pero el carro es solo la última pieza de un rompecabezas mucho más inquietante. Porque Casas del Turuñuelo no es un yacimiento que se descubre por accidente, ni un edificio que cayó en el olvido tras un abandono progresivo. Es, según coinciden los propios arqueólogos que lo excavan desde 2014, un edificio que sus habitantes destruyeron a conciencia, sepultaron bajo un túmulo artificial de 90 metros de diámetro y 6 de altura, y abandonaron para siempre. Y nadie sabe todavía por qué.
Un banquete, un sacrificio y un entierro voluntario
El episodio final de Casas del Turuñuelo, fechado a finales del siglo V a.C., sigue una secuencia que los arqueólogos han reconstruido con precisión creciente. Antes de destruir el edificio, sus habitantes celebraron un banquete ritual y sacrificaron a un mínimo de 52 animales, en su mayoría caballos, en lo que constituye la mayor hecatombe documentada hasta ahora en el contexto mediterráneo occidental. Un estudio zooarqueológico publicado en 2023 en la revista PLOS ONE por un equipo dirigido por Celestino y Rodríguez concluyó que aquellos sacrificios se desarrollaron en al menos tres fases sucesivas a lo largo de varios años, justo antes de que el edificio fuera sellado de forma intencionada.

Después del sacrificio llegó la destrucción. No un derrumbe accidental ni el resultado de un incendio descontrolado: los investigadores han documentado cómo los propios habitantes golpearon estatuas, rompieron piletas rituales y prendieron fuego a las estructuras antes de cubrirlo todo con una gruesa capa de tierra y escombros, transformando el palacio o santuario en la colina artificial que hoy conocemos. Y no fue un caso aislado. El mismo patrón de sellado ritual, entre finales del siglo V y comienzos del IV a.C., se repite en otros grandes edificios tartésicos del valle medio del Guadiana, como el santuario de Cancho Roano, en la vecina Zalamea de la Serena, o el yacimiento de La Mata, en Campanario. ¿Por qué? ¿Qué razones habría para ello?
- Una civilización, no una leyenda. Tartessos (o Tarteso) fue una cultura de la Edad del Hierro que se desarrolló entre los siglos IX y IV a.C. en el suroeste de la Península Ibérica, entre Andalucía occidental y Extremadura.
- La primera de Occidente. Autores griegos y romanos ya hablaban de Tartessos como un reino legendario, rico en metales, gobernado por el mítico rey Argantonio y situado en los confines conocidos del mundo.
- Del mito a la arqueología. Durante décadas se dudó incluso de su existencia real. Yacimientos como Casas del Turuñuelo, Cancho Roano o la necrópolis de Medellín, todos en el valle del Guadiana, han ido devolviéndole entidad histórica documentada.
- Un final abrupto. Hacia finales del siglo V a.C., varios de sus grandes edificios monumentales fueron destruidos y sellados ritualmente por sus propios habitantes, casi al mismo tiempo. Ese final sigue sin explicación definitiva.
Tres hipótesis sobre la mesa
La ausencia de violencia es precisamente lo que convierte el final de Casas del Turuñuelo en un misterio arqueológico de primer orden. Si sus habitantes no huyeron de un enemigo con las armas en la mano, ¿qué les llevó a destruir voluntariamente el edificio más importante de su comunidad? Los propios equipos de excavación manejan varias hipótesis, ninguna confirmada de forma definitiva.
- Invasión celta o cartaginesa. Una amenaza militar exterior que habría llevado a la comunidad a "cerrar" ritualmente su edificio sagrado antes de dispersarse, aunque no hay evidencia material directa de un conflicto armado en el propio yacimiento.
- Crisis climática. Un episodio de sequía o de inundaciones que habría hecho insostenible la vida en el valle del Guadiana, forzando a la población a buscar territorios más fértiles.
- Epidemia. Una enfermedad que habría diezmado a la comunidad, motivando el abandono y la clausura ritual del espacio como medida de purificación.
A estas hipótesis se suma un dato de contexto que los investigadores consideran relevante: el análisis de la cultura tartésica muestra que, a finales del siglo VI a.C., su núcleo original en el valle del Guadalquivir atravesó una crisis que coincidió, paradójicamente, con un momento de esplendor en territorios más alejados, como el propio valle del Guadiana donde se asienta Turuñuelo. Es decir, el ocaso de Turuñuelo podría no ser un hecho aislado, sino la última fase de una transformación más amplia de toda la civilización tartésica.

Lo que ningún arqueólogo ha logrado explicar de forma convincente es por qué, en un contexto de amenaza —sea bélica, climática o sanitaria—, una comunidad en fuga habría dedicado el tiempo y los recursos necesarios para organizar un banquete, sacrificar a decenas de animales de gran valor económico y sellar minuciosamente su edificio más importante en lugar de limitarse a huir. Ese comportamiento, ritual y deliberado, recuerda a otro de los grandes enigmas de la arqueología mundial: el enterramiento intencionado de Göbekli Tepe, el complejo megalítico neolítico de Anatolia (Turquía), cuyos recintos fueron rellenados y sepultados por sus propios constructores por razones que la ciencia tampoco ha logrado esclarecer del todo.
Primer sondeo estratigráfico en el túmulo, conocido desde los años noventa. Confirma la potencia arqueológica del enclave y da inicio al proyecto "Construyendo Tarteso" del Instituto de Arqueología de Mérida (IAM-CSIC).
Arranca la excavación sistemática del sector sur del edificio. Aparece la Estancia 100, de 70 m², con un altar de adobe en forma de piel de toro y una bañera-sarcófago de mortero de cal sin orificios.
Se excava el vestíbulo y la Estancia S-1, identificada como la sala del banquete ritual que precedió al sellado final del edificio.
Campaña de tres meses de duración. Sale a la luz el rico ajuar del banquete —bronces, hierros y cerámica de importación— y una escalinata monumental de casi tres metros y once peldaños.
Las campañas siguientes documentan el patio del edificio y la hecatombe animal: los huesos de 52 caballos y otros animales sacrificados ritualmente antes del abandono.

El conjunto arqueológico de Casas del Turuñuelo es declarado Bien de Interés Cultural (BIC) por la Junta de Extremadura.
Se documenta una nueva escalera de adobe en el edificio, que sigue revelando una arquitectura sin parangón en la cultura tartésica.
Hallazgo de los primeros rostros humanos de Tartessos: cinco bustos antropomorfos, dos de ellos femeninos, que obligan a revisar la idea de una religión tartésica sin representación humana. Meses después, la revista PLOS ONE publica el estudio zooarqueológico completo del sacrificio de animales.
Aparece una tablilla de pizarra grabada con un abecedario paleohispánico hasta entonces desconocido, prueba de que en el Turuñuelo se conocía y usaba la escritura.

Desarrollada entre abril y mayo, saca a la luz el carro votivo de bronce, además de nuevas habitaciones, dos braseros y un caldero de bronce en el sector norte del túmulo.
📢💣 ¡Hallan un carro votivo de bronce en Casas del Turuñuelo!
— César Dorado 🏺🏛️ (@CDorado75) June 24, 2026
Ojo porque la VIII campaña de excavación del yacimiento tartésico ha sacado a la luz un impresionante carro ritual de bronce del s. VI a.C. ¡Un hallazgo sin precedentes en la Península Ibérica!
📹 Ayto. de Guareña pic.twitter.com/JGE7dcyUWR
Tartessos, la Atlántida y la tentación del mito
La riqueza simbólica de la nueva pieza —con sus atlantes, sus grifos guardianes y su Aqueloo con rasgos de gorgona— ha reavivado una de las hipótesis más sugerentes que rodean a Tartessos: su posible vínculo con la Atlántida platónica. No es una idea nueva. Desde hace décadas, autores como Adolf Schulten situaron la Atlántida en el suroeste peninsular, y algunos investigadores heterodoxos han ido más allá al leer determinados motivos metalúrgicos de Cancho Roano —el gran santuario tartésico hermano de Turuñuelo, en la vecina Zalamea de la Serena— como un eco directo de la tradición atlante que describió Platón: un pueblo próspero, dueño de metales y grandes construcciones, que desaparece de forma súbita y catastrófica.

El paralelismo es tentador y el propio final de Turuñuelo lo alimenta: una civilización opulenta, conectada por mar con medio Mediterráneo —la pieza recién hallada será sometida a un análisis isotópico de plomo para determinar su procedencia exacta, con la orfebrería etrusca como principal candidata—, que en cuestión de generaciones decide borrarse a sí misma del mapa. La arqueología oficial, representada por Celestino y Rodríguez, prefiere hablar de Tartessos como una cultura histórica plenamente documentada antes que como resto de un continente hundido. Pero el hecho de que la ciencia todavía no tenga una explicación cerrada para el final de Turuñuelo es, precisamente, lo que mantiene viva la puerta abierta a estas lecturas: mientras no sepamos con certeza qué empujó a los tartesios a sepultar su propio templo, el mito de la Atlántida seguirá encontrando aquí un terreno fértil en el que crecer.
Con cada campaña de excavación —y solo se ha explorado en torno a un 30% del yacimiento— Casas del Turuñuelo entrega más respuestas sobre cómo vivían los tartesios. Sobre por qué decidieron dejar de hacerlo, de momento, sigue sin haber una sola. Y esa es, quizá, la mejor noticia para quienes seguimos de cerca este yacimiento: el misterio, por ahora, sigue intacto bajo la tierra.









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