Civilizaciones perdidas
01/09/2005 (00:00 CET) Actualizado: 06/11/2014 (09:58 CET)

Enigmas de la Edad Media

Los historiadores sitúan la Edad Media cronológicamente entre la Antigua y la Moderna, estableciendo como mojones fronterizos la caída del Imperio Romano –476 d. de C.– y el descubrimiento de América (1492), o la toma de Constantinopla por parte de los turcos (1453). Pero eso, como toda generalización, se nos antoja infantil.

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Enigmas de la Edad Media
Enigmas de la Edad Media
Es infantil pensar que el mundo mitológico antiguo no prendiera en los campos del medievo a través de tratados polvorientos custodiados en el scriptorium de cualquier monasterio. Y es infantil creer que las escuelas de magia renacentistas en las que bebieron Marsilio Ficino o Pico della Mirandola no debían mucho a los nigromantes e iniciados medievales. Es tan tonto como pensar que los actuales custodios del saber secreto no están en deuda con la Edad Media.

Y es que a esa época oscura pero seductora le debemos muchas cosas.
"Los europeos vivimos en naciones que se constituyeron en los tiempos medievales, hablamos idiomas que nacieron en aquella época y nos regimos por instituciones políticas cuya génesis se remonta asimismo al Medievo", ha escrito Julio Valdeón, uno de los mayores medievalistas de nuestro país. Y tiene razón al añadir que parece que haya dos caras en la moneda de la Edad Media. Una nos acerca y nos hace herederos de aquella época; la otra, nos aleja. Pero lo cierto es que, tal y como él escribe, "aún pueden encontrarse, particularmente en núcleos rurales aislados, hábitos de comportamiento, actitudes mentales o ritmos reguladores del vivir diario que apenas difieren de los que informaban a las gentes de la Edad Media".

Vamos a transitar por un mundo duro, descarnado, de fuertes olores, donde los hombres están expuestos brutalmente al humor del clima. Un mundo en el que el hombre y la tierra forman un centauro de cabeza humana y patas de terrones y cereales. El hombre vive en la tierra y de la tierra. Nada ocurre que no tenga que ver con ella: la economía, las luchas políticas, las hambrunas, las bonanzas, los partos, las muertes… y también el sentido de lo trascendente: los templos se yerguen en lugares milimétricamente seleccionados en medio de la mies, las fuerzas del cielo son aclamadas con nombres de santos para paliar hambres y pestes, las brujas usan para sus hechizos y potingues yerbas alucinógenas…
Naturalmente, esas condiciones de vida crueles mejoraban si uno se encontraba en un puesto notable de la pirámide social, que no era excesivamente complicada, pues no había más que un par de estamentos: privilegiados y no privilegiados. Entre los primeros estaban los nobles y el clero; entre los segundos, todos los demás. No obstante, allá por los siglos XIII y XIV una diferencia surgió entre ese grupo con la mejora de las cosechas y el incipiente comercio: nació la burguesía a la sombra de las ciudades.

Para comprender del todo aquel mundo hay que recordar que había un límite infranqueable: la noche. Ningún mortal se movía durante el imperio oscuro. Tan solo una cosa rasgaba el silencio: las graves voces de los monjes cantando Maitines y Laudes. Y es que en el mundo todo se regía en su tiempo por aquellas voces: Maitines –doce de la noche–, Laudes –tres de la madrugada–, Prima –seis de la mañana–, Tercia –nueve de la mañana–, Sexta –doce del mediodía–, Nona –tres de la tarde–, Vísperas –seis de la tarde– y Completas –nueve de la noche–.

El tremebundo poder de la Iglesia creía haber domado los cuerpos de las gentes a fuerza de anuncios de castigos infernales por pecados que ningún desgraciado iletrado campesino osaba a cuestionar. Sin embargo, en el corazón de aquellas gentes, allí donde nunca pudo llegar un dominico cruel y colérico, seguía palpitando un viejo consuelo: se podía buscar ayuda en la Tierra, más allá de las cruces de los inquisidores; se podía buscar calor en el viejo abrigo de los antiguos tiempos: mantice, maleficia, sortilegio y praestigia.

¡Magia en la Edad Media!
Es cierto que los conocimientos clásicos de los iniciados neoplatónicos, pitagóricos, gnósticos o mitraístas no eran propios del pueblo. Es verdad también que aquellas ciencias estaban bajo llave en los scriptoria de los monasterios y que difícilmente iban a poder salir de allí con vida. Es verdad también que con la mejora económica las ciudades reverdecieron y el hombre se desarraigó de la tierra y de sus viejas costumbres paganas. Todo eso es verdad, pero no quiere decir que la magia y el mágico concepto de la vida hubieran desaparecido.

Tal vez sea urgente que diferenciemos a los cultos alquimistas y cabalistas, astrólogos y estrelleros medievales de la creencia del pueblo en que lo mágico era cosa posible; que una princesa podía estar retenida contra su voluntad en una cueva custodiada por un dragón morrocotudo o que un hechizo podía dejar tieso como la mojama a cualquiera era cosa admitida sin problema.

Pero es que a todo eso hay que añadir un dato más. Esa sabiduría trasgresora a la que la Iglesia no ha podido echar mano por más que se haya esforzado en ello a lo largo de su siniestra historia seguía viva. Los herederos del dios Thot egipcio, aquellos secretos que fueron bajo el sobaco de Moisés a parar al Arca de la Alianza, los grabados de poder que tal vez descubrieron los caballeros templarios… todo eso seguía vivo y las claves para controlarlo y domeñarlo fueron ocultadas por un grupo de discretos iniciados, los maestros canteros, allí donde esa sabiduría podía pasar más desapercibida. Y es que si quieres ocultar un árbol lo mejor será que lo plantes en medio de un bosque. De modo que lo mejor para burlar las censuras del clero era grabar esos secretos en las piedras de sus iglesias y catedrales. Vayamos pues poquito a poco, y comencemos este viaje al pasado…

El Grial Medieval

El primer autor que supo ver la magnífica historia literaria del Grial fue Chrétien de Troyes –en efecto, han leído bien: la misma ciudad donde el Temple recibió su Regla. Ciudad, por supuesto, de la Champaña francesa–. Tal vez era el año 1135 cuando se lanzó a escribir una obra titulada Perceval, y que trataba de un joven desconocedor del mundo hasta el límite de no saber incluso su propio nombre.

Era el zagal hijo de una viuda –dato notable, pues así se denominarán en el futuro a sí mismos algunos iniciados masónicos– y un buen día tiene un encuentro en un bosque con un grupo de caballeros procedentes de la corte del rey Arturo. Desde ese instante, no querrá otra cosa que ser uno de ellos. Ahorraremos ahora al lector las peripecias para lograr tal cosa y le presentamos en cambio la escena decisiva de la vida de este joven, que el narrador sitúa en el castillo de un misterioso monarca al que denomina Rey Pescador.

El rey, como su reino, estaba agonizante. En el castillo suceden ciertamente acontecimientos surrealistas entre los cuales no es el menor una procesión que desfila ante los incrédulos ojos del joven tras una cena bien regada. Aparece un escudero llevando una lanza de cuya punta mana sangre; otros transportan candelabros con diez velas; una joven porta un grial; otra, una bandeja de plata… Pero Perceval no acierta a preguntar qué sentido tiene todo aquello y se queda dormido por el sopor de la cena y el vino. Al despertar descubrirá su nombre, Perceval el Galés, y se le reprochará que no hubiera hecho esas preguntas, pues de haberlas formulado el rey y el reino hubieran sanado. Ahora, en su amargura, no le quedará más remedio que localizar el escurridizo grial.

Pero, ¿qué era el grial? Según Chrétien de Troyes "el grial (…) era de fino oro puro; en el grial había piedras preciosas de diferentes clases, de las más ricas y de las más caras que haya en la mar ni en la tierra". Y nada más. Esas características podrían valer para siluetear cualquier cosa. Por tanto, ¿por qué no lo describe mejor el autor? ¿Tal vez porque estaba claro que no hacía falta más detalle?
Nunca lo sabremos, porque en el verso 9.293 Perceval concluye abruptamente y sin un fin como es debido. Pero la historia tuvo fortuna en Europa y no hubo que esperar para que otro autor añadiera datos de interés a este misterio.

En efecto, en 1200 nació Robert de Boron, un poeta borgoñés autor de José de Arimatea y de El Santo Grial. Este hombre sí explica en qué consistía el grial, pues según su versión se trataría del cáliz con el que el de Arimatea recogió la sangre de Jesús en su crucifixión, sin que nadie se pregunte en voz alta qué tipo de afición es ésa y si se la puede considerar sana. Muchas penalidades debe superar José, incluida la prisión, hasta poder huir de Palestina llevándose el cáliz. Se embarca y no toma tierra hasta llegar a Glastonbury o Ávalon, –o al sur de Francia–.

La tercera versión medieval del caso llegará a finales del siglo XII y es obra de Wolfram von Eschembach, autor de Parzifal, donde aparecen novedades que nos aproximan a España. Y es que el autor asegura haberse servido de dos fuentes básicas: un tal Kyot de Provenza y un enigmático judío llamado Flegetanis que vivía en Toledo.
¿Qué novedades encontramos? La más notable es que el Grial está en un castillo y que lo custodian caballeros templarios. Y así lo escribió Eschembach: "viven junto a una piedra, y esa piedra es pura y preciosa. ¿Nunca has escuchado su nombre? Los hombres la llaman Lapis Exilis (…). Y a esta piedra todos los hombres la llaman Grial".

Corría el siglo IV cuando la madre de Constantino tuvo una suerte tremenda; en la misma y afortunada expedición dio con lo que se afirmó que era el Santo Sepulcro de Jesús, la colina del Calvario y, para completar el memorable lote, también la Santa Cruz. Elena, que así se llamaba la madre del emperador, terminó siendo Santa Elena, como es lógico después de todo lo que hizo por el cristianismo. Y su hijo no se quedó atrás. Constantino tuvo una visión gloriosa mientras se enfrentaba a su rival Majencio, y Dios, que todo lo puede –y eso incluye el ponerse del lado de una infantería y en contra de otra– le envío una señal: In hoc signo vinces, y aliñó la frase con una cruz. Constantino ganó la batalla, y la Iglesia, que nunca empuña espadas pero mueve los brazos que las sostienen, también.

Desde ese momento, numerosos cristianos comenzaron a olfatear los terrenos por los que Jesús anduvo, pero cuando en el siglo VII los musulmanes ocuparon la zona, los palmeros –peregrinos que iban a Jerusalén– menguaron en número. Había peligros a pesar de que el califa Harum al-Raschid firmó un acuerdo con la cristiandad para permitir esas excursiones devotas. El acuerdo, no obstante, quebró en 1009, y la llegada posterior de los turcos seljúcidas hizo el resto para que no se pudiera ir a rezar a Jesús a su país.

Con esos antecedentes, los que creen que tras las cruzadas no hay sino espíritu guerrero, mencionan el día 27 de noviembre de 1095. En el Concilio de Clermont, en Avernia, Urbano II arenga a los devotos a recuperar aquellas tierras añoradas. Sorprendentemente tiene un éxito arrollador y al grito de Deus volt la gente comenzó a coserse una cruz en sus túnicas y sayos, y pasaron a ser llamados por ello cruzados.

Foucher de Chartres en su célebre Historia Hyerosolymitana menciona estas frases de la arenga papal: "¡Que vayan, pues, al combate contra los infieles (…) aquellos que hasta ahora se entregaban a guerras privadas y abusivas, con perjuicio de los fieles! (…). Aquí eran los enemigos del Señor; allí serán sus amigos". Sería el comienzo de la aventura cruzada y el caldo de cultivo para la aparición de predicadores como Pedro el Ermitaño, que arrastró a una multitud a la muerte en su delirio de recuperar los santos lugares. Sin embargo, ¿era tal el motivo de las cruzadas?

Los viajes secretos de Hugo de Champaña
Los historiadores añaden motivos económicos –control comercial del Mediterráneo– y políticos, mucho más que religiosos, para explicar el fenómeno de las cruzadas. Sin embargo, hay un dato curioso a retener. A pesar de que siempre se ha asegurado que los caballeros templarios llegaron a Tierra Santa en número de nueve y en el año 1118 –cuando era ya rey cristiano de Jerusalén Balduino II–, lo cierto es que el conde Hugo de Champaña, bajo cuya jurisdicción vivía quien pasa por ser el impulsor de esa Orden, Hugo de Payns, viajó a Tierra Santa años antes. ¿Por qué?
Louis Charpentier le sitúa por aquellos pagos "en una fecha no conocida con precisión, pero que por lo general se fija entre los años 1104 y 1105". Afirma que de allí regresa en 1108, para añadir que, a su regreso, "entró en contacto con Esteban Harding, abad de Cîteaux".
¿Qué sucedería si en realidad este conde, que se incorporó al grupo templario en 1125, hubiera marchado a Tierra Santa con un encargo concreto de la Orden del Cister? ¿Qué pudo descubrir allí? ¿Es casual que Urbano II hubiera nacido en Champaña, lo mismo que este conde y que Hugo de Payns? ¿Por qué es en terrenos de ese conde donde surge el monasterio de Claraval, desde el que Bernardo impulsó al Temple? ¿Se diseñó la cruzada con algún misterioso interés oculto? ¿Se urdió la trama para localizar algún secreto anticipado por Hugo de Champaña?

Los hombres de la capa blanca
En 1099 Jerusalén cae en poder de los cristianos. Hay fuentes que afirman que para que la cruz ondeara en la ciudad murieron 20.000 personas, y cronistas como Guillermo de Tiro expresaron así el horror: "la gente andaba en medio de la sangre hasta los tobillos"; "La ciudad presentaba como espectáculo tal carnicería de enemigos, un tal derramamiento de sangre que los propios vencedores quedaron impresionados de horror y asco".

Sobre aquella sangre se edificó el Reino Latino de Jerusalén. Godofredo de Bouillón fue nombrado primer rey, pero dicen que no quiso llevar la corona allí donde Jesús no tuvo otra que la de espinas. Tras él, Balduino I y Balduino II ocuparon el asiento real. Todos ellos tenían grados de parentesco entre sí. Y al poco de iniciarse estos gobiernos se fundaron órdenes de caballería a las que se han atribuido diferentes funciones: la del Santo Sepulcro, la del Hospital de San Juan de Jerusalén, los Caballeros Teutónicos… Pero una fue la que más fama y poder ganó: la Orden de los Pobres Caballeros del Templo de Jerusalén, a los que la historia llamó templarios.

Hemos dicho que llegaron ante Balduino II en 1118 con la pretensión, dice la historia oficial, de velar por la seguridad de los peregrinos. También se dice que su cabeza visible era Hugo de Payns, un oscuro caballero de la Champaña francesa que era vasallo del conde del lugar, el ya presentado Hugo de Champaña.

Siendo como era tan rígida la sociedad estamental del medievo, ¿hay quien se crea que un vasallo fabricaría tan magno proyecto sin el consentimiento y la orientación de su señor conde? No hay constancia de que durante nueve años los caballeros, de procedencia franca y flamenca, a los que se incorporó en 1125 el propio conde de Champaña tras abandonar familia y hacienda, participaran en refriega ninguna. Y tampoco es fácil de comprender por qué al poco de su llegada Balduino II les cede la residencia real que ocupaba y que, piedra arriba o piedra abajo, estaba enclavada en el solar donde en tiempos roñosos estuvo el Templo de Salomón y luego el que Herodes ordenó construir en su recuerdo.

A la pregunta de qué diablos pudieron hacer se ha tratado de responder de audaces maneras: ¿buscaban el Santo Grial? ¿El Arca de la Alianza? ¿El cuerpo de Jesús?

El libro de Abraham el judío

Más adelante hablaremos de Santiago apóstol y del Camino de Santiago. Pero ahora nos detenemos en Nicolás Flamel, misterioso personaje del que se ha dicho que fue un escribano francés nacido, según algunos autores, en el año 1330 en la ciudad de Pontoise. Cierta noche, en mitad de un sueño una figura se aparece a Flamel y le muestra un libro misterioso, pero al intentar cogerlo, libro y guía oníricos desaparecen. Tiempo después, en una oscura librería parisina, Flamel encuentra El Libro de Abraham el Judío. ¿Quién lo había escrito? ¿Qué contenía? De creer las conclusiones a las que llegó tras años de estudio, allí se ocultaban claves para obtener la Piedra Filosofal alquímica. Pero Flamel carecía de conocimientos para interpretarlo. "Hice un voto a Dios y a Santiago el Apóstol, y me decidí a preguntar la explicación a un rabino judío de una sinagoga española…", escribió. ¿Por qué a un judío español y no uno francés? ¿Por qué ir a Santiago de Compostela?
La leyenda asegura que tras hacer el itinerario jacobeo no halló respuesta. Al regreso, en León, un misterioso judío llamado maese Cánchez le desveló los secretos del libro y ya en París obtuvo el oro alquímico, amén, dicen algunos, de hacerse inmortal. Lejos de las anécdotas, ¿qué tenía que ver el Camino de Santiago con la Alquimia? ¿Qué razón oculta hace que en el Pórtico de la Gloria 9 de los 24 ancianos del Apocalipsis grabados por el maestro Mateo lleven en sus manos matraces alquímicos?

Los hombres buenos

La ortodoxia no siempre es ortodoxia por tener la verdad. La mayor parte de las veces lo es por ser más fuerte que quienes discrepan. Y la Iglesia es el mejor de los ejemplos, pero no por ello ha dejado de tener incómodos cristianos a su alrededor. En la Francia del siglo XII un nuevo sarampión brotó en el rostro vaticano: el catarismo.

Hubo una diferencia entre estos y otros herejes que Julio Valdeón subraya: "a diferencia de lo que había sucedido con las antiguas herejías orientales, que únicamente habían afectado a los eclesiásticos, el movimiento de los valdenses, y el catarismo, tuvieron un amplio eco popular".

¿Quiénes eran estas misteriosas gentes?
Se les ha relacionado con el movimiento bogomilo que ya desestabilizaba al clero en el siglo IX por las tierras de Bulgaria. En Francia serían llamado albigenses después de que la ciudad de Albi fuera sede de su primer obispo. Pero también les llamaron los Bons Homes u "Hombres Buenos". El pueblo, en el sureste francés, amaba su doctrina pacífica y, especialmente, que la vida de sus predicadores, al contrario que la de los católicos, fuera igual que el modelo que predicaban.

También en Champaña tuvieron muchos adeptos, pero especialmente en Languedoc su palabra germinó como hierba buena. Eran pacíficos, no consumían carne, ni huevos ni leche, aunque sí pescado. Ayunaban lunes, jueves y viernes ingiriendo sólo agua y pan. Rechazaban al violento Dios del Antiguo Testamento y pregonaban de dos en dos, como caballeros templarios, su visión de un Jesús pacífico y desestabilizador de barrigas de obispos y mitrados. Además, en sus ceremonias la mujer jugaba un papel estelar. ¿Será posible que crean que María Magdalena era sacerdotisa-consorte en tiempos de Jesús?
La Iglesia, naturalmente, tramó su fin.

Los nobles del Languedoc en gran número se habían sumado a la causa cátara y sus tierras eran una golosina a los ojos de los católicos señores del norte. El Papa, Inocencio III, alentó la cruzada albigense, eufemismo que esconde otra realidad: la Iglesia se proponía asesinar a otros cristianos. Para los cátaros, hay dos principios eternos: el Bien y el Mal. Ambos se debaten, pero el Mal es el que ha creado el mundo, la materia. Por tanto, nada material podrá ser puro, y si Jesús se encarnó, no podía ser Dios, sino un representante suyo. Además, no creían que hubiera muerto en la cruz.

Uno de los secretos mejor guardados de aquellas gentes era el sacramento del consolamentum. ¿En qué consistía? Realmente, no se sabe, aunque se ha especulado sobre una parte privada y secreta y otra pública que incluiría la imposición de manos. Para Lamy, con ese ritual se creía posible "devolver al hombre su alma divina".

La mesa de salomón

En la noche número 203 de la ristra de Las Mil y una noches se menciona "un espejo mágico, grande, redondo, formado por una aleación de metales, fabricado por Salomón". Pero, ¿qué relación tiene con los enigmas medievales? La relación se establece de este modo: tras la destrucción del Templo de Jerusalén por las tropas del emperador romano Tito, el tesoro del sacro lugar fue llevado a Roma. Se supone que en el lote se incluía el candelabro de siete brazos, la Mesa de Salomón, y quién sabe si también el Arca de la Alianza. Cuando Roma es arrasada por el godo Alarico en 410, todas esas riquezas cayeron en su saca y fueron llevadas a la capital visigoda, la actual Toulouse. Sin embargo, el empuje franco que se concretó en la batalla de Vouillé obligó a los visigodos a huir al sur y a asentarse en la Toledo hispana. Y hay versiones que proponen que también trajeron con ellos esos tesoros, incluida la Mesa, un artilugio misterioso que permitía al rey Salomón controlar la fuerza de los elementos y dominar, dicen las crónicas, "los siete climas del Universo".
¿Qué fue de la Mesa? Los cronistas aseguran que estuvo depositada en la Cueva de Hércules toledana, o en la fortaleza de Faras.

No en vano el califa de Damasco la reclamó, y en un indeterminado lugar del sur se perdió su pista. ¿Qué fue de ella? El escritor Juan Eslava sostienen que llegó a Jaén, y que contenía una compleja información cabalística que ocultaría el Shem Shemaforash o Nombre Secreto de Dios. Se ha afirmado que una sociedad secreta jienense tuvo conocimiento de la misma y que en el patio del Ayuntamiento de Arjona se puede contemplar una réplica grabada en una losa con el críptico contenido de la Mesa de Salomón.

El muerto de Compostela

Se atribuye al ermitaño Pelagio el descubrimiento –tras ser alumbrado el lugar por unas misteriosas candelas– de un sepulcro mágico en una campa que luego fue llamada Compostela. Corría el año 813 y al rey de Asturias, Alfonso II El Casto, le vino al pelo que el obispo de Iria Flavia, Teodomiro, concluyese, tras excavación arqueológica de por medio, que los huesos descubiertos eran los del apóstol Santiago.

Al rey aquello le era útil porque tenía pensado fortalecer su minúsculo reino ante la Córdoba de los Omeyas y ante la vieja Iglesia toledana. Necesitaba algo divino a lo que agarrarse, de modo que al poco dijeron haber visto a Santiago combatiendo al lado de los cristianos sobre un caballo –que a estas alturas todo el mundo sabe que era blanco–, en la batalla de Clavijo, en el año 844.

Después, llegaron las peregrinaciones. El propio rey Alfonso II dio uno de los primeros ejemplos. Se erigieron las primeras iglesias y no tardó mucho el Cluny en hacer bendiciones sobre aquel itinerario piadoso que conducía a Santiago de Compostela. Sólo era preciso organizar mejor el trasiego de almas peregrinas, y eso ocurrió en el siglo XII con el obispo Diego Gelmírez, que consiguió que los concheiros –peregrinos que iban a Santiago– alcanzaran iguales privilegios divinos que los palmeros –los que iban a Jerusalén– y los romeros –a Roma–. Es el mismo siglo en el que Aymeric Picaud publica el Codex Calixtinus, que incluye una verdadera guía para los piadosos caminantes.
¿Eran de Santiago Zebedeo los huesos, o los de Prisciliano, hereje pero adorado por las multitudes que fue decapitado tras un ilegal juicio eclesiástico en Tréveris en 385 d. de C.? ¿Significa Compostela el "Campo de las Estrellas" o quizá "Campo de Estelas funerarias"? ¿O tiene que ver con el compost, primera materia de la obra alquímica? –ver "El libro de Abraham el judío"–.

Un misterio como una catedral

fue a finales del siglo XII y en los bostezos del XIII cuando sobró grano en el campo y se decidió hacer algo con él. Fue en ese instante cuando se rasgó el rígido esquema estamental de la Edad Media y en mitad del grupo de no privilegiados nació la flor de la burguesía. Fue entonces cuando en su seno aparecieron los gremios artesanales y las cofradías comerciales. Y fue entonces cuando ocurrió algo ciertamente sobrecogedor en media Europa: aparecieron las catedrales góticas.

Entre los siglos XII y XIII, se comienzan a ordenar las piedras en las catedrales de Noyon (1140); Senlis y Laon (1153); París (1163); Poitiers (1166); Soissons (1175); Bourges (1190); Chartres (1194)… y así un largo etcétera.

¿Dónde está el misterio?
Mejor sería hablar de misterios, puesto que al menos tres preguntas de difícil respuesta se me ocurren: ¿quién tuvo la genial idea de crear un estilo como aquel, al que los historiadores del Arte definen ya no como evolución del románico, sino como estilo absolutamente diferente? ¿De dónde salieron los cálculos capaces de tales proezas y quiénes eran las cabezas que los pensaron y tan sabiamente ejecutaron? ¿De dónde salió el dinero para financiar aquella operación divina? Jean Gimpel ha calculado que entre 1150 y 1350, sólo en Francia, hubo que extraer de las canteras millones de toneladas de piedra para esos proyectos arquitectónicos. Es decir, que requería un esfuerzo a nivel egipcio. Lo más asombroso es el cálculo, la idea de poner a danzar cerca de las nubes arbotantes y ojivas, expresión numérica de lo que, en mi opinión, constituye el Secreto de todos los secretos: la vieja noción de una fórmula ancestral, la "Palabra Perdida", la nota clave de la armonía divina.

Ahora bien, ¿quién podía saber los entresijos de la rebotica de Dios? ¿Un artesano cualquiera? ¿Un vulgar picapedrero? Sin duda, no. Algo grande tramaba quien de ese modo pensaba y con esa audacia construía. ¿Quién sería? ¿Qué dice Fulcanelli, iniciado embozado tras ese seudónimo y que parece conocer los secretos alquímicos que gritan en silencio las catedrales? Según él, el propio concepto gótico nos da pistas claves, puesto que procedería la palabra de Argótic; es decir, que derivaría de Art ghot, o sea, de argot.

Los constructores de las catedrales dominaban ese lenguaje secreto que en algunas ocasiones fue definido como "Lenguaje de los Pájaros". Se trata de un vocabulario propio de iniciados y sólo por ellos empleado. Sin embargo, al representar sus conocimientos en la gigantesca montaña de piedra de la catedral lo ponían al descubierto y se descubrían a sí mismos, ¿no les parece? De modo que habrá que preguntarse cuáles eran sus intenciones y de dónde llegaron tales sabidurías.

Palabras duras como piedras
Hubo una vez en que Dios dictó al hombre el Secreto de la Creación. Dios había creado con sonidos, pronunciando palabras. Sólo cuando Dios pronunciaba un concepto, ya fuera luz o tinieblas, hombre o animal, estos cobraban vida. Y tiempo después, al menos en la cultura que mejor conocemos, volvió a dictar a un hombre algunas instrucciones y el amanuense las grabó sobre piedra. Se llamaba Moisés; el cuaderno empleado fueron las Tablas de la Ley, y el poder que allí se contenía era ciertamente escalofriante.

Las palabras de poder fueron a descansar a un recipiente inquietante llamado Arca de la Alianza, y como Dios sabe bien qué fallos tiene esa creación suya que se llama hombre, supo de inmediato que no todos los especímenes estaban en sus cabales como para usar correctamente el don disimulado entre aquellas palabras, de modo que fue cosa de unos siglos que el arca y su contenido desaparecieran. Algo parecido había ocurrido en Egipto. El dios Thot, señor de la escritura y de los números, campeón de la magia y la medida, había ocultado sus conocimientos en libros, y a éstos, a su vez, en un depósito sagrado de sabiduría que con el paso del tiempo se creyó estaba bajo la panza de la Esfinge de Gizeh. De lo que Thot sabía nacerían las pirámides y las maravillas egipcias. De lo que Moisés supo en Egipto y disimuló en las Tablas de la Ley, nacería el Templo de Salomón y, con el tiempo, las catedrales góticas.
¿Cómo es posible? He aquí una propuesta irreverente: ¿será casual que el gótico brote en Europa poco después de las primeras andanzas de los caballeros templarios en Jerusalén? ¿Qué se descubrió allí? ¿Qué tradujeron para el Temple y el Cister los rabinos franceses?
Los maestros constructores
Se conocía, pues, la expresión matemática y geométrica de un saber arcano. El Temple, además, financió la descomunal operación arquitectónica cuyo objetivo era posibilitar a todo el mundo –pagano y creyente, letrado y analfabeto– el acceso a lo trascendente, para lo cual se diseñó un templo que sirviera no sólo para el culto religioso, sino también para hacer mercados, obras de teatro, reuniones vecinales… Ese dinero, pesado en plata, llegaba de América, sostiene Louis Charpentier, para quien las naves templarias atracadas en el puerto de La Rochelle tenían por objetivo las tierras americanas y sus minas. Y ahora, en este mundo medieval controlado por el Temple, sólo faltaban manos capaces de dominar la piedra.

Desde los tiempos más roñosos hubo cofradías secretas de constructores. Los encontramos, si registramos bien, en Egipto. Pero también en el Templo de Salomón y en la figura del maestro Hiram. Son los mismos que se disimularon después, aprendido el arcano de su oficio, bajo el nombre de Jacques; los que pasarán a la clandestinidad como francmasones. Los que ante el vigor cerril de la Iglesia tuvieron que hacerse anacoretas, y luego muchos terminaron haciéndose maestros canteros.

Ellos serían los aliados del Temple: los compañeros constructores…

El enigma Fulcanelli

En 1926 se publicó un libro extraño titulado El misterio de las catedrales. Su autor, que firmaba como Fulcanelli, decidió cinco años después asombrar aún más al mundo con otra obra: las moradas filosofales.

En ambos trabajos Fulcanelli desconcertaba a la comunidad científica haciendo una interpretación tan audaz como esotérica de las catedrales. A él debemos la posibilidad actual de leer esos edificios bajo el candil de la alquimia. Pero hasta el día de hoy nadie sabe a ciencia cierta quién era el tal Fulcanelli, aunque especulaciones no han faltado.

Se cuenta que un tal Eugène Canseliet fue la persona que llevó a la imprenta esos trabajos confiados por el escurridizo Fulcanelli, de modo que se ha pensado que quizá Fulcanelli no existiera y fuera todo fábrica del propio Canseliet, pero éste jamás admitió tal cosa al tiempo que se negaba a dar explicaciones sobre la identidad de su maestro.

Otros han querido ver bajo ese seudónimo al genial Schwaller de Lubicz o al ilustrador de los libros, Julien Champagne, que parece ser era además creador de la Fraternidad de Heliópolis, a la que curiosamente Fulcanelli dedica sus libros.

Ahí tiene tarea el lector, si lo desea. Pero mientras trata de desenmascarar a Fulcanelli tal vez sea necesario recordar lo que nos aportó y que se condensa, a propósito de las catedrales, en estas ideas: esos edificios son "un libro de piedra" o "una enciclopedia de todos los saberes medievales".
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