Creencias
21/10/2008 (12:59 CET) Actualizado: 12/02/2026 (10:05 CET)

La magia de las máscaras

Las máscaras son casi tan antiguas como el hombre mismo. En la vida y en la muerte éstas participan de la magia, y a través de ellas el hombre ha luchado contra los espíritus y ha tomado contacto con los dioses. Muchas de ellas, aún hoy en día, siguen infundiendo terror por sus supuestos poderes sobrenaturales.

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La máscara nos permite suspender nuestra identidad
La máscara nos permite suspender nuestra identidad

Las máscaras son una representación universal y primitiva de las fuerzas arcaicas. Pueden tratarse de espíritus de la naturaleza, de dioses, de muertos, de antepasados. Suelen tener rasgos extraños, a veces repulsivos y temibles, otras, grotescos. Pero la verdad es que en cualquiera de estos pueblos consideran que esos semblantes de fantasías desbordantes o de visiones de horror tienen una procedencia real. De hecho, cuando un hombre se enfunda una máscara de espíritus en las fiestas o celebraciones de culto, bien sea en las tribus africanas, en las de Oceanía o incluso en las de culturas indígenas americanas, se mueve de forma atávica y sin coordinación. Luego empieza a saltar y a bailar de una manera furiosa y hacen su aparición las convulsiones, en medio de las cuales puede atacar a los presentes, a la vez que gime y emite incomprensibles palabras silbantes o cortantes. El ritual puede llegar a intensificar tanto su sensibilidad que al final el portador acaba por identificarse con las fuerzas espirituales, se siente apoderado y poseído por ellas y ambos, hombre y máscara, acaban fundiéndose en uno solo, adoptando los rasgos del espíritu que ha entrado en él.

Las máscaras no tienen un único origen. Han aparecido en culturas, sociedades y países distantes entre sí en el espacio y en el tiempo. Han acompañado al hombre a lo largo de su existencia, desde sus ritos iniciáticos hasta los funerarios; en su trabajo agrícola con rituales para la siembra o la cosecha, en sus juegos, en sus ceremonias preparatorias para las guerras y, por supuesto, en sus actos religiosos. Son uno de los primeros inventos del hombre que surgen de la necesidad de conseguir alimentos y de defenderse de las amenazas reales o sobrenaturales que se le presentaba.

El hombre primitivo descubrió que al disfrazarse podía confundirse con la naturaleza, hacerse parte de ésta, de manera que podía manipularla al creer que poseía las fuerzas mágicas necesarias para conjurar cualquier efecto negativo que lo perjudicara.

Una máscara ritual de una tribu indígena
Una máscara ritual de una tribu indígena

La máscara es un objeto religioso y al mismo tiempo profano; ésta pierde su función primigenia a medida que los pueblos acceden a la civilización y las convierten en objetos de espectáculo. A pesar de ello, aún existen sociedades donde la máscara sigue viva, especialmente en las danzas populares y los carnavales.

Y es aquí donde la historia da un giro fascinante. Porque el Carnaval, esa fiesta que hoy asociamos a comparsas, disfraces y desfiles televisados, es en realidad uno de los últimos refugios occidentales de la máscara como instrumento de transformación espiritual. No nació como entretenimiento. Nació como ruptura.

La máscara pierde su función inicial a medida que los pueblos acceden a la civilización y las convierten en objetos de espectáculo

En la Europa medieval, cuando el calendario cristiano ya dominaba el ritmo de la vida, la máscara encontró un espacio ambiguo justo antes de la Cuaresma. Durante esos días previos al ayuno, el orden se invertía. El siervo podía burlarse del señor. El clérigo era caricaturizado. El cuerpo, que durante el resto del año debía someterse a disciplina, se celebraba en su exceso. Pero bajo esa apariencia festiva persistía algo más antiguo: la lógica del mundo al revés, un mecanismo ritual que ya estaba presente en las Saturnales romanas y en celebraciones agrarias mucho más remotas.

Una carroza del Carnaval de Núremberg con sabios, demonios y bufones
Una carroza del Carnaval de Núremberg con sabios, demonios y bufones

La máscara permitía suspender la identidad. Y cuando se suspende la identidad, también se suspenden las jerarquías. No es casual que durante siglos las autoridades civiles y eclesiásticas miraran el Carnaval con recelo. No temían solo la embriaguez o el desenfreno moral; temían el anonimato. Porque el anonimato es poder. Bajo una máscara, cualquiera puede decir lo que calla el resto del año.

Pero hay algo más inquietante. En muchas tradiciones carnavalescas europeas aparecen figuras demoníacas, animales híbridos, esqueletos, espíritus del invierno. No son simples disfraces pintorescos. Son vestigios simbólicos de antiguas creencias donde el cambio de estación implicaba enfrentarse a fuerzas invisibles. En algunos lugares se queman muñecos que representan al invierno o al mal acumulado. ¿No estamos ante un rito de purificación disfrazado de fiesta popular?

La quema de Don Carnal marca el final del Carnaval en Cartagena
La quema de Don Carnal marca el final del Carnaval en Cartagena

Con el paso de los siglos, la máscara fue perdiendo su carácter sagrado explícito. Se volvió artesanía, arte, espectáculo. Venecia la refinó hasta convertirla en símbolo de elegancia y misterio. En América Latina se fusionó con tradiciones indígenas y africanas, dando lugar a expresiones donde lo ritual sigue latiendo bajo la percusión y el color. Pero incluso domesticada por el turismo, la máscara conserva una cualidad incómoda: transforma a quien la porta.

¿Es casual que muchas personas describan el Carnaval como una experiencia de liberación casi catártica? ¿O estamos asistiendo, sin saberlo, a la supervivencia de un antiguo mecanismo de posesión simbólica, donde por unas horas dejamos de ser individuos para convertirnos en arquetipos?

Mujer con máscara elegante mística en el carnaval de Venecia
Mujer con máscara elegante mística en el carnaval de Venecia

La historia oficial nos dirá que el Carnaval es una adaptación folclórica previa a la Cuaresma, una concesión cultural absorbida por el cristianismo. Y probablemente no falte razón. Pero la pregunta incómoda persiste: si la máscara nació como puente entre el hombre y lo invisible, si fue instrumento de invocación y protección, ¿qué estamos activando realmente cuando cada año nos cubrimos el rostro y celebramos el desorden colectivo?

¿Es solo tradición… o estamos participando en un antiguo ritual cuya verdadera naturaleza quedó diluida en la narrativa oficial?

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