Creencias
01/12/2005 (00:00 CET) Actualizado: 06/11/2014 (09:58 CET)

La verdadera historia de Emily Rose

Próximamente, las pantallas de cine de toda Europa estarán exhibiendo El exorcismo de Emily Rose, una película que ha arrasado en la taquilla estadounidense y parece haber recuperado a uno de los protagonistas favoritos y más temibles del cine de terror: el diablo.

01/12/2005 (00:00 CET) Actualizado: 06/11/2014 (09:58 CET)
La verdadera historia de Emily Rose
La verdadera historia de Emily Rose
La cinta relata la historia de Emily Rose, una adolescente supuestamente poseída por el Maligno que fallece tras ser sometida a un ritual de exorcismo realizado por un sacerdote católico. Éste es acusado de homicidio por negligencia, y se convierte en el protagonista de un proceso judicial que intentará dilucidar su grado de responsabilidad en los terribles sucesos. Mezclando de forma original el género judicial con el de terror, la película va desvelando los detalles del oscuro suceso. A primera vista, se trata de una película de terror más, de las muchas que en los últimos años invaden los cines de todo el mundo. Sin embargo, este filme dirigido por Scott Derrickson destaca por varios motivos. Por un lado, promete adentrarse en el terror psicológico –alejándose de artificios y espectaculares efectos especiales– pero, sobre todo, se apoya en una etiqueta en ocasiones demasiado manida: está basado en hechos reales.

La verdadera Emily Rose

Y efectivamente, la nueva historia creada por Hollywood está inspirada, como ya sucedió en su momento con el clásico El Exorcista (ver recuadro), en sucesos ocurridos en la vida real. Sin embargo, y aunque suene a tópico, en este caso –y por desgracia– la realidad supera con creces a la ficción.

Anneliese Michel, la verdadera Emily Rose, nació el 21 de septiembre de 1952 en Alemania, en el seno de una familia de profundas convicciones católicas. Su infancia fue igual a la de cualquier otra niña de su edad, a excepción de la severa educación religiosa que sus padres, Josef y Anna, le inculcaron desde pequeña. Todo era aparentemente normal hasta que, en 1968, la vida de Anneliese dio un giro inesperado.

Ese día, estando en su habitación, la joven comenzó a sufrir fuertes convulsiones y perdió el control de su cuerpo. No podía moverse, ni pedir ayuda a sus familiares. Cuando finalmente la encontraron, tendida en el suelo, la trasladaron al hospital. Tras varios exámenes, los médicos le diagnosticaron una grave epilepsia, complicada por una depresión, por lo que la joven Anneliese, de 16 años, fue ingresada en la clínica. Aquello fue sólo el comienzo de la pesadilla. Poco después del primer ataque, Anneliese comenzó a sufrir alucinaciones en las que decía ver rostros demoníacos y escuchar voces que la amenazaban, diciéndole que «ardería en el infierno». A pesar del tratamiento médico, y para desesperación de sus padres, la joven continuó empeorando. Día tras día, la muchacha recurría a la oración para combatir los ataques supuestamente sobrenaturales, aunque sin ningún resultado.

Buscando ayuda

En 1973, y angustiados por la situación de la joven, que parecía no tener fin, los padres de Anneliese pidieron ayuda a varios sacerdotes. Toda la familia estaba convencida de que el demonio la poseía. Sin embargo, y a pesar de sus súplicas, los sacerdotes rechazaron la petición, sugiriéndoles que la muchacha siguiera recibiendo atención médica. Un año después, un sacerdote llamado Ernst Alt se interesó personalmente por el caso de Anneliese y decidió solicitar permiso al obispo de Wurzburg para llevar a cabo un exorcismo. La respuesta del obispo fue tajante: se negaba a la realización del ritual de expulsión del demonio y recomendaba a la joven que llevara una vida aún más religiosa.

Tras el rechazo del obispo, la situación empeoró aún más. Anneliese empezó a mostrarse violenta con los miembros de su familia, a los que agredió en varias ocasiones. Comenzó a dormir en el suelo, sólo comía insectos –obligada por los demonios– y llegó a beberse su propia orina. La situación era insostenible y, finalmente, el obispo Josef Stangl accedió a que los sacerdotes Ernst Alt y Arnold Renz realizaran los exorcismos, que se prolongaron desde septiembre de 1975 hasta junio de 1976. Los religiosos consiguieron la confesión de los supuestos «demonios» –además del propio Lucifer– que atormentaban a la joven: Judas, Caín y los mismísimos Nerón y Hitler…
Poco a poco, los durísimos rituales –normalmente dos sesiones por semana– fueron minando la ya de por sí debilitada salud de Anneliese. La joven era obligada a realizar 600 genuflexiones, acompañada por los rezos de los sacerdotes, que la dejaban exhausta. De hecho, las sesiones eran tan brutales que en una de ellas se rompió las rodillas a causa de las flexiones. Finalmente, el 1 de julio de 1976 Anneliese fallecía tras una terrible sesión de exorcismo que tuvo lugar el día anterior. En aquel momento –según determinaría más tarde la investigación policial– la muchacha estaba desnutrida, padecía fiebre alta y estaba aquejada de una fuerte neumonía. Buena parte del proceso que la llevó a la muerte quedó registrada en cintas de audio, ya que los exorcistas pretendían obtener alguna prueba de la posesión grabando las voces de los supuestos demonios. Su últimas palabras, registradas por el magnetofón fueron: «Madre, tengo miedo».

Tras su fallecimiento, el sacerdote Ernst Alt informó a la policía, e inmediatamente comenzaron las investigaciones. Dos años después, los religiosos y los padres de la adolescente se sentaban en el banquillo de los acusados, enfrentándose a un cargo por homicidio negligente. Tras la declaración de los expertos se llegó a una conclusión evidente: Anneliese no estaba poseída. Según los psiquiatras, fueron sus padres y los sacerdotes quienes alimentaron el comportamiento psicótico de la muchacha. Aquello, unido a la epilepsia y a las alucinaciones terminaron por convencer a Anneliese de que realmente estaba poseída. A pesar de que los médicos determinaron que la chica podría haberse salvado si la hubieran obligado a comer una semana antes de su muerte, la sentencia fue mucho más leve de lo que cabría esperar: seis meses de prisión suspendida y la libertad provisional para todos los acusados.

Tiempo después de cerrado el caso, la Conferencia Episcopal alemana también reconoció que la joven Anneliese Michel nunca había estado poseída. Por desgracia, aquella resolución tan sensata llegó demasiado tarde para ella…

Un peligro que se extiende

Por extraño que pueda parecer, el dramático y triste caso de la joven alemana no es un episodio único. En junio de 2005, la prensa de todo el mundo recogía en sus páginas la terrible historia de Maricica Cornici, una monja ortodoxa rumana de 23 años. Los servicios sanitarios que acudieron hasta el monasterio de Santa Trinidad de Tanacu, alertadas por algunas religiosas, se encontraron con una escena dantesca. Maricica estaba muerta, encadenada a una gran cruz y con una toalla dentro de la boca. La policía averiguó más tarde que la muchacha –que según los médicos padecía esquizofrenia– había fallecido durante un exorcismo que duró tres días y que fue realizado por un monje, Daniel Petru Corogeanu, y por cuatro monjas. Según el religioso, Maricica «estaba enferma y poseída por el demonio. Hemos celebrado misas para salvarla. Desde el punto de vista religioso, lo que hemos hecho era correcto». La Iglesia Ortodoxa de Rumanía condenó el terrible crimen, calificándolo de «abominable», y hoy el monje y las religiosas que le ayudaron se enfrentan a una acusación por el asesinato y secuestro de la joven.

Este tipo de sucesos no siempre son realizados por religiosos. En ocasiones son personas «normales» las que, cegadas por el fanatismo religioso, la incultura y la superstición, llevan a cabo atrocidades inimaginables. Y España, por desgracia, no es una excepción. En 1990, toda la sociedad se estremeció con los terribles sucesos ocurridos en el granadino barrio del Albaicín. Encarnación Guardia Moreno falleció tras un «exorcismo» practicado por varios familiares y por Mariano Vallejo, «el Pastelero», un supuesto curandero con antecedentes penales. Según los encausados, Encarnación estaba poseída por el demonio, por lo que decidieron «liberarla» mediante brutales golpes y castigos propios de un manual de tortura medieval. Arrastrados por la histeria y la superstición, los improvisados «exorcistas» llegaron a atravesar la vagina de la presunta endemoniada con una aguja de punto calentada al fuego…
Apenas unos meses después de aquella atrocidad, en septiembre de 1990, un nuevo caso sacudió a todo el país. En esta ocasión, el lugar elegido por «el demonio» fue la localidad albaceteña de Almansa. Un grupo de personas, lideradas por una curandera local, causaron la muerte a la hija de ésta, tras varias horas de un brutal ritual para expulsar «al demonio del cuerpo de la niña». En su enfermiza obsesión, los oficiantes llegaron a arrancar las entrañas de la criatura.

El Vaticano en pie de guerra

En febrero de 2005, un centenar de sacerdotes católicos participaron en un singular curso impartido por la Academia Pontificia Regina Apostolorum, una universidad gestionada por los Legionarios de Cristo. La finalidad de aquellas clases era instruir a los clérigos en los secretos del ocultismo y los exorcismos. El curso, que ha tenido continuación en octubre, pretende ofrecer armas para luchar contra la «invasión» del satanismo y el esoterismo que se vive en todo el mundo, sobre todo entre los jóvenes. Según Gabriele Nanni, uno de los profesores, «Todo contacto con estas temáticas es extremadamente peligroso», dando a entender que tales intereses pueden desembocar en crímenes satánicos y auténticas posesiones demoníacas.

La realización de estos cursos pone de manifiesto la creciente preocupación del Vaticano por el aumento de interesados en lo oculto. La jerarquía católica parece además realmente convencida de la existencia de una mayor actividad del Maligno. De hecho, en la actualidad son más de 400 los exorcistas «oficiales» nombrados por el Vaticano.

Sin embargo, y a pesar de los temores de la Iglesia Católica ante el «éxito» del esoterismo y los escarceos de la juventud con el satanismo, lo cierto es que casos como el de Anneliese Michel, el de la joven monja rumana o los terribles «exorcismos» ocurridos en España, no hacen sino poner de manifiesto un hecho aún más preocupante: la superstición y el fanatismo religioso pueden ser mucho más peligrosos que el propio «Príncipe de las Tinieblas».
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