Enigmas y anomalía

Alpinistas salvados por lo sobrenatural

Son miles de personas las que relatan la aparición de una entidad sobrenatural cuando se encuentran en una situación de alto riesgo para sus vidas. Pero lo absolutamente desconcertante es que estos «fantasmas» en ocasiones actúan para salvar a los alpinistas de una muerte segura.

Miguel Pedrero

4 de Junio de 2020 (12:15 CET)

Alpinistas salvados por lo sobrenatural
Alpinistas salvados por lo sobrenatural

Miguel Ángel Tobías es un incansable viajero que ha recorrido medio mundo, bien por el simple placer de conocer otras realidades o para rodar documentales sobre temas sociales. Dirige la productora ACCA MEDIA y es el creador de proyectos de cine y televisión tan exitosos como Españoles por el mundo. En una de esas salidas para descubrir otras tierras y ponerse a prueba en situaciones límite, estuvo a nada de perder la vida. De hecho, llegó a aceptar con resignación que su tiempo en este mundo había tocado a su fin. «Aquel 26 de agosto de 2003 me encontraba en la cordillera de los Andes junto a un guía y dos amigos del alma con los que había vivido muchas aventuras anteriormente –empieza a relatarme Tobías–. Estábamos en el campo base, en el Nevado Chachani, pero yo no me encontraba nada bien. No me había aclimatado adecuadamente a la altura y mi corazón me estaba dando avisos. Necesitaba descender lo más rápido posible para ganar oxígeno, así que a eso de las ocho de la tarde dejé atrás el campamento. Mis amigos no pudieron acompañarme porque estaban vomitando, muy afectados a causa del mal de altura». Pero su inexperiencia en la montaña hizo que se perdiera a las primeras de cambio.

A causa del estrés y el miedo, su cerebro empezó a segregar adrenalina y su corazón recuperó un ritmo normal. Pero esa sensación de bienestar no duró mucho. Estaba a 5.000 metros de altitud, a unos quince grados bajo cero y la luz ya había dejado paso a la oscuridad. Sabía que iba a ser duro, pero ni imaginaba el horror al que pronto debería enfrentarse en plena noche. «Es difícil describir lo que es el frío extremo. Los vientos gélidos te atraviesan el cuerpo y tienes la sensación de que tus músculos y huesos son de cristal, a punto de romperse en cualquier momento. Estaba tumbado sobre una roca, boca arriba, completamente tapado con toda la ropa posible y dentro de una tienducha. Solo mi boca, nariz y ojos quedaban al descubierto. Sin la ropa adecuada a esa altura y temperatura, nadie dura más de unas horas. A mí me esperaba una noche entera».

«¡DESPIERTA! ¡DESPIERTA!»

Miguel Ángel intentaba permanecer despierto, pero cada vez que miraba el reloj solo habían pasado un par de minutos. Era como si el tiempo se hubiera ralentizado. No tardó en sentir los primeros síntomas de congelación. La nariz, luego los ojos, la frente… Aquello no pintaba bien. Le dolían las extremidades y una estalactita colgaba de la lona de la tienda. Se dejó ir. El cansancio le venció y cerró los ojos acurrucándose en el regazo de Morfeo.

«Entonces sentí que me tocaba una mano. Una mano humana que presionaba desde el exterior de la lona de la tienda. Y recibí un mensaje: ‘No podemos evitar la experiencia que estás viviendo. Esto es el libre albedrío. Pero no estás solo’. En ese momento entendí que no solo había recibido consuelo, sino que esa mano me había salvado literalmente la vida, porque dormir significaba la muerte. Debía mantenerme con los ojos abiertos por encima de todo».

En esa lucha a vida o muerte, la segunda volvió a ganar la partida, y Miguel Ángel otra vez se durmió. De nuevo la mano presionó su cara y el aventurero regresó a la dura realidad. «En esa pelea por sobrevivir no puedes permitirte caer en la trampa del bienestar físico y mental. Porque cuando te abandonas, desaparecen los dolores, el frío y el malestar. Es una sensación agradable, pero también la antesala de la muerte. Resistí lo suficiente para ver los primeros destellos del nuevo día. Al menos la primera prueba estaba superada». En Renacer en los Andes (Luciérnaga, 2017), Miguel Ángel Tobías narraba, con toda la fuerza de la emoción, la experiencia que relató para AÑO/CERO. Es más, no cree que se tratara de una alucinación. Aunque si así fuera, bendita alucinación que le salvó la vida a cinco kilómetros de altura en plena cordillera.

Nuestro protagonista escribió en su obra: «Jamás perdí la razón ni el contacto con la realidad. (…) Debido a esto, no dediqué tiempo a regocijarme sobre lo que acababa de pasar, ni perdí calor por destaparme para mirar quién me había tocado. Sabía perfectamente que, si lo hacía, no iba a haber nadie sentado a mi lado, que no iba a encontrarme con un ángel en túnica blanca y con alas, ni a un señor con una gran barba blanca, ni a Jesucristo, ni a los Apus –dioses que, según la cosmología andina, habitan las montañas–, ni a mi padre, fallecido siete años antes. Tenía claro que no había nada ni nadie que yo pudiera percibir con los sentidos, a pesar de que Él/Ella/Ello/Ellos me hubieran tocado con su mano».

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