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Cueva de Montesinos: el rito iniciático de don Quijote

En la provincia de Albacete se encuentra la cueva donde don Quijote habría experimentado un ritual de iniciación

Divulgador

6 de mayo de 2021 (15:43 CET)

Cueva de Montesinos: el rito iniciático de don Quijote
Cueva de Montesinos: el rito iniciático de don Quijote

Perfectamente señalizada a lo largo de la carretera C-30 que atraviesa las lagunas de Ruidera, llegamos hasta la misteriosa cueva de Montesinos, en las proximidades de Ossa de Montiel, en la provincia de Albacete. En esta gruta, que se abre en la explanada de una sima clareada entre espesos matorrales, transcurre uno de los episodios más enigmáticos en las andanzas de don Quijote y que se narran a partir del capítulo XXII de la segunda parte. Emulando los antiguos rituales iniciáticos, el hidalgo desciende hasta el interior de la cueva para sumergirse en una especie de sueño que se prolongará, según su percepción, hasta tres días… aunque en realidad no hubiera transcurrido más de una hora.

El descenso de don Quijote a la cueva de Montesinos se interpretaría como una imitación de los antiguos ritos iniciáticos que exigían un período de aislamiento donde realizar un ejercicio de introspección

"A la derecha mano –describirá don Quijote cuando, amarrado a una soga, desciende a través de la gruta–, se hace una concavidad y espacio capaz de poder caber en ella un gran carro con sus mulas. Éntrale una pequeña luz por unos resquicios o agujeros, que lejos le responden, abiertos en la superficie de la tierra (…). De repente y sin procurarlo, me salteó un sueño profundísimo, y cuando menos lo pensaba, sin saber cómo ni cómo no, desperté de él y me hallé en la mitad del más bello, ameno y deleitoso prado que puede criar la naturaleza ni imaginar la más discreta imaginación humana…".

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Acceso a la Cueva de Montesinos a través de la C-30 (Foto: Toni Granada)

En contraste con la descripción que desata la fantasía de don Quijote, la de Montesinos no deja de ser una simple y modesta cavidad formada por la penetración de aguas que han disuelto su roca calcárea. Tras franquear un acceso, que se ensancha a la izquierda en una oquedad que se conoce como ‘de los Arrieros’ por servir antiguamente de cobijo, en época de lluvias, a la gente del campo y sus caballerías, transitamos por una escueta garganta, de unos cincuenta metros. Ésta termina ensanchándose en lo que se conoce como ‘Sala Grande’, a unos dieciocho metros de profundidad, donde anida una pequeña colonia de murciélagos. Sus escasas estalactitas compensan su insuficiente interés espeleológico adoptando caprichosas formas que evocan en nuestra fantasía las siluetas de algunos de los personajes cuatro siglos antes imaginados por Cervantes. Se estanca una pequeña laguna de aguas oscuras, filtrada por las lluvias, y cuyas corrientes subterráneas acaban por comunicarse con las de Ruidera. En las Relaciones Topográficas de Felipe II (1527-1598) se menciona que dentro de la cueva anegaba caudal de agua dulce que servía a los pastores "que andan en aquella ribera con ganados” para “beber y guisar la comida".

CERVANTES, ¿ESTUDIOSO DE LA KÁBALA?

Sólo a título de curiosidad debe mencionarse a Dominique Aubier (1922-2014), que pretende conectar a Cervantes (1547-1616) con la Cábala. Según la ensayista francesa, no es casualidad que el XXII –número del capítulo en el que se inicia esta aventura– pueda relacionarse con las veintidós letras del alfabeto hebreo o los arcanos del Tarot. En la Cábala judía, dos son los lugares que se relacionan siempre con la iniciación: el ascenso a la montaña y el descenso a través de una cueva. En este sentido, la experiencia de don Quijote se interpretaría como una imitación de los antiguos ritos iniciáticos que exigían un período de aislamiento donde realizar un ejercicio de introspección.

La 'iniciación' de don Quijote transcurre en el término albaceteño de Montiel, que deriva etimológicamente de “Monte de Él”, lo que relacionaría a este enclave con la divinidad

En la fantasía del hidalgo, este sueño profundo se prolongará nada menos que tres días –los mismos que duró el trance de Jesús de Nazaret tras su crucifixión–, aunque en realidad no transcurre más de una hora. Para más “inri”, esta “iniciación” de don Quijote transcurre en el término albaceteño de Montiel. En la particular interpretación de la ensayista francesa, el campo de Montiel deriva etimológicamente de “Monte de Él”, lo que relacionaría a este enclave con la divinidad. Por si no fuera suficiente, y en un caprichoso malabarismo de palabras donde todo parece converger de manera esotérica, el propio nombre de la cueva Montesinos, permite ser traducido como “Monte del Sino”, es decir, “del Destino”.

¿PUERTA A OTRA DIMENSIÓN?

Pero dejemos que sea el propio Azorín (1873-1967) en La ruta de don Quijote (1905) quien nos describa cómo encontró esta oquedad trescientos años después de que por ella descendiera el caballero de la triste figura: "Vamos bajando lentamente y encendiendo a la par hacecillos de hornija y hojarasca, un reguero de luces escalonadas se muestra en lontananza, disipando sus resplandores rojos las sombras, dejando ver la densa y blanca neblina de humo que ya llena la cueva. La atmósfera es densa, pesada; se oye de rato en rato, en el silencio, un gotear pausado, lento, de aguas que caen del techo. Y en el fondo, abajo, en los límites del anchuroso ámbito, entre unas quiebras rasgadas, aparece un agua callada, un agua negra, un agua profunda, un agua inmóvil, un agua misteriosa, un agua milenaria, un agua ciega que hace un sordo ruido indefinible –de amenaza y lamento– cuando arrojamos sobre ella unos pedruscos. Y aquí, en estas aguas que reposan eternamente, en las tinieblas, lejos de los cielos azules, lejos de las nueve amigas de los estanques, lejos de los menudos lechos de piedras blancas, lejos de los juncales, lejos de los álamos vanidosos que se miran en las corrientes; aquí, en estas aguas torvas, condenadas, está todo a la sugestión, toda la poesía inquietadora de esta cueva de Montesinos…".

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Cueva de Montesinos (Foto: Toni Granada)

En el interior de la cueva, y tras despertar de su letargo, don Quijote se halló en medio de una pradera sobre la que se alza un majestuoso palacio de cristal... Por si acaso, y ante la posibilidad de extraviarse en esos otros mundos que se desataron en la imaginación de don Quijote, recomendamos evitar en lo posible la tentación de explorar las profundidades de la Cueva de Montesinos…

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