Lugares mágicos
01/01/2005 (00:00 CET)
Actualizado: 06/11/2014 (09:58 CET)
Tajín: santuario totonaca
Es un centro ceremonial único en el mundo, inmerso en la selva tropical mexicana. Sus pirámides se asocian con la tradición de los «voladores» y sus ancianos relatan extrañas leyendas sobre los orígenes de su pueblo, en una tierra destruida por los dioses.
El calor sofocante y la humedad hacen que el sudor empape el cuerpo. Nunca había sufrido tanto, ni siquiera viajando a través del desierto egipcio. Me pregunto cómo hacían los sacerdotes para celebrar sus ritos con este clima. Pero contemplar las decenas de pirámides y templos que se levantan en medio de la selva produce asombro y admiración. Son el testimonio de una cultura contemporánea de la azteca, aunque menos conocida por el gran público: la de los totonacos.
El sitio fue construido en distintas fases y está datado entre el siglo II a.C. y el XII d.C. Se encuentra en el municipio de Papantla (estado de Veracruz), en el centro de lo que este pueblo llamaba Totonacapan («el país de los totonacos»). No se conoce su nombre original, pero algunos estudiosos creen que puede tratarse de la antigua Mictlán, «la ciudad de los muertos». Sin embargo, dicha denominación no hace justicia a la celebración suprema de la vida que atesora el Tajín. Según algunos autores, este término significa «rayo» o «trueno» y se aplica a este lugar porque el mismo estaba consagrado al dios totonaco de las tempestades. Pero no todos están de acuerdo. Otros piensan que esta palabra quiere decir «tres corazones».
El Tajín ya existía cuando llegaron los españoles a Veracruz, en 1519. Pero no se conoció su existencia hasta 1785, cuando fue descubierto por casualidad por el ingeniero Diego Ruiz. A pesar de que los totonacos ayudaron a los conquistadores españoles a llegar hasta Tenochitlan, la capital azteca, para liberarse del yugo al cual les sometía este imperio, mantuvieron en secreto la localización de su principal centro sagrado. Por esta razón, el Tajín se ha conservado casi íntegro durante los últimos cinco siglos, aunque haya sufrido el avance inexorable de la selva, hoy bajo control.
La estructura más enigmática del Tajín es la famosa pirámide de los nichos. Los arqueólogos más conservadores piensan que las aberturas que cubren toda la superficie de esta construcción sólo tienen una función decorativa, típica del estilo totonaco. Es verdad que otros edificios de este sitio presentan la misma característica, pero basta observar la pirámide para ver que una explicación tan simplista no hace justicia a la realidad.
No puede ser casual que haya 365 nichos. Este número sugiere que podemos hallarnos ante uno de los observatorios astronómicos más elaborados de la América precolombina. El arqueólogo mexicano Roberto Ramírez Rodríguez, del Instituto de Antropología e Historia Mexicana (INAH), confirma mi intuición. Ramírez es persona prestigiosa en los círculos académicos, fundador del Museo Cultural de Totonacapan y administrador general del Tajín.
«Esta pirámide está muy bien organizada geométricamente me explica y sus 365 nichos obedecen a principios astronómicos. Paul Westhein ha definido la relación del número 365 con el 52. Considerando que la pirámide está construida en 7 niveles, tenemos 7 veces 52 nichos. Lo mismo se observa en las 52 cabezas serpentinas de la pirámide de Tanayuca y en las 52 tablas o mesas de la pirámide de Kukulkan, en Chichen Itzá. Esto establece una relación directa con los 52 años en que se dividía el siglo totonaco y el azteca, el Xiuhmolpilli, y también con el mandato de los soberanos totonacos que, según sus anales, reinaron 52 años cada uno. El 7 era otro número mágico. Si observa la escalinata central y cuenta los nichos verá que originariamente eran 18, aunque hoy queden 15. Estos números mantienen también una relación con los 365 días del año solar, que los totonacos dividían en 18 meses de 20 días cada uno. Estos conocimientos están codificados también en otra pirámide de este sitio, el edificio 3, o pirámide de la Luna, con 7 niveles y 18 nichos. Por lo tanto, estas pirámides son la Suma de relaciones astronómico-simbólicas de la cultura totonaca».
No me sorprende. En todas las culturas las pirámides se proyectaban para cumplir un rol multifuncional, como una síntesis del pensamiento unitario de los antiguos, para quienes ciencia y cultura estaban indisolublemente unidas. Contemplando la pirámide, me pregunto por qué recurrir a una solución tan peculiar como los nichos.
No lo sé me responde Ramírez, aunque ciertamente debió existir una motivación simbólica para emplearlos.
Me pregunto si podrían ser una representación de lo no visible, lo no manifestado, aquello de lo cual todo toma forma. Para los totonacos la pirámide debía ser la representación del orden de la Creación y, por lo tanto, el juego de luces y sombras que esos nichos crean bajo el Sol podría ser un símbolo de la dualidad: luz-oscuridad, visible-invisible, manifestado-no manifestado.
La dualidad y el equilibrio entre orden y caos tuvo que ser importante para los totonacos. Algunas de sus obras de arte expresan el mismo concepto. En el Museo del sitio hay expuesta una cabeza con una mitad humana y la otra desprovista de rasgos. Por eso mismo, el Tajín constituye un auténtico viaje a la conciencia de lo sagrado.
De hecho, tanto en la pirámide de los nichos como en todo el sitio se advierte la presencia de símbolos universales aplicados de forma decorativa a los edificios. Se observan espirales, cruces y esvásticas que sin duda tenían alguna relación con las creencias y el culto. La espiral indica un movimiento evolutivo de la energía universal. Y los sacerdotes de esta cultura dedicaban sus ceremonias al Sol, venerado en su aspecto evolutivo, al contrario de los mayas, que temían su aspecto destructivo.
La más conocida ceremonia de los totonacos es la de «los voladores», que mantiene una estrecha relación con el movimiento evolutivo de la espiral representada en los templos del Tajín. Diversos estudios han intentado desvelar el motivo del constante uso de decoraciones geométricas en estos templos. El más estéril de todos ha sido el de García Payón, que sólo vio «un simple sentimiento estético».
No obstante, está bien establecido que en todas las culturas del pasado, y especialmente en las precolombinas, la espiral estaba asociada a la concha, símbolo de fecundidad y expresión del alma. Además, la espiral se relaciona con la serpiente, animal totémico de Quetzalcóatl, «la serpiente emplumada». El simbolismo de esta divinidad solar es recurrente en el arte precolombino y no es casual que las geometrías de los templos del Tajín se inspiraran en la piel de la serpiente. Pero no se trata de una cualquiera. Quetzalcóatl se vinculaba específicamente con el crótalo Durissus Durissus, una variedad de la víbora de cascabel. Los cascabeles de esta serpiente recuerdan a la columna vertebral humana. Cuando la serpiente los sitúa en posición vertical éstos vibran generando un zumbido que, tanto para los totonacos como para los mayas, era «el sonido primordial de la Creación». Estamos ante un concepto emparentado con la energía kundalini, que se puede desplegarse por la columna vertebral humana.
En sus breves ensayos, El arte de la serpiente de cascabel y La escuela de la serpiente de cascabel, José Díaz Bolio explica la importancia de esta especie de crótalo en el simbolismo del dios Quetzalcóatl y en el culto al Sol como fuente de vida. Bolio ha observado una estricta correspondencia entre el manto de este reptil, formado por cuadrados y rombos atravesados por una cruz y los motivos que decoran los templos del Tajín, con especial presencia del motivo que denomina «Canamayte».
Este diseño parece tener especial importancia, porque se encuentra en numerosos petroglifos prehistóricos y en el Tajín, asociado a los cascabeles de la serpiente. Bolio también ha descubierto que dicho motivo de base geométrica es el que predomina no sólo en la decoración, sino también en la propia estructura de las pirámides.
La relación con el diseño del manto del crótalo está sugerido asimismo por el hecho de que un cuadrado atravesado por una cruz es un símbolo antiquísimo del mundo. La figura representa los cuatro elementos y la cruz el equilibrio, protegido por el Sol, que establece sus ritmos en base a una cruz cósmica, formada por los dos solsticios y los dos equinoccios.
Bolio hace referencia a la energía, la vibración y el sonido, elementos que concurren en la evolución de la vida y en el ascenso del espíritu humano hacia niveles superiores y divinos. En consecuencia, el Tajín pudo ser un centro en el cual se practicaban ritos orientados a esta finalidad.
Decido exponer esta idea a Ramírez Rodríguez. Esta espiral escalonada, presente como tema decorativo a ambos lados de la escalera de la pirámide de los nichos, pero también en otras construcciones del sitio, como la pirámide C de la zona llamada el Tajín Chico, me recuerda la ascensión espiritual. Por otra parte, el lugar donde ha sido proyectada expresa esta relación. La espiral es movimiento evolutivo y la escalera que la completa es un símbolo de ascenso, de camino hacia lo alto. Los totonacos debían ser un pueblo que focalizaba sus ritos y ceremonias hacia el concepto de vibración.
Es probable me responde el arqueólogo mexicano. El arte totonaco es muy fino. Su característica son los danzantes, con los brazos dirigidos hacia el cielo, rostros sonrientes y lenguas en el gesto de emitir un sonido. Otros individuos están sumidos en una profunda meditación, con la boca abierta. Quizás expresen así el valor de las palabras de poder y la vibración.
El fuego sagrado
En la plaza monumental del Tajín, bajo otra espléndida pirámide, vemos la estatua de un dios que se piensa es Tajín. Sobre un monolito pentagonal, la deidad está representada con tres plumas en la cabeza, tiene el pecho desnudo, el brazo derecho alzado y el izquierdo cruzado sobre el pecho. En la mano derecha sostiene un objeto en forma de «S». En este lugar tenía lugar una de las principales ceremonias totonacas: el rito del fuego nuevo, que también fue representado en una piedra del altar, actualmente expuesta en el Museo del sitio.
Según Ramírez, esta ceremonia se llamaba Toxiuhmolpilia («la unión de los años») y se celebraba cada 52 años, el siglo de esta cultura. En el bajorrelieve del altar se ve a un anciano sacerdote, probablemente guardián del fuego sagrado, con un cuchillo sacrificial. En ambos extremos aparecen otros sacerdotes con una bolsa de copal, la resina sagrada de los indígenas mexicanos. Están situados sobre aguas que fluyen de la boca de serpientes. El altar central se apoya sobre el dorso de una tortuga y el Sol emplumado está rodeado por dos serpientes atravesadas por flechas.
Los toltecas pensaban que cada 52 años el Universo se enfrentaba con una crisis cósmica que amenazaba la supervivencia humana. Y esta ceremonia servía para propiciar la renovación de los ciclos. En el último día del siglo, las actividades se detenían, se apagaban los fuegos de las casas y los templos, dejando arder sólo el fuego sagrado. Era un tiempo de ayuno y de abstinencia sexual.
Con la llegada de la noche todos subían a las montañas, temerosos de que los taitzimines, fantasmas de las sombras, devoraran a los hombres.
El fuego se hacía arder sobre el pecho de un prisionero de guerra. El gran sacerdote le extraía el corazón y lo quemaba en la pira sagrada como ofrenda propiciatoria a los dioses para renovar el ciclo. A la salida del Sol, aquel fuego era transportado a todos los lugares del reino como símbolo del nacimiento del siglo.
Sin embargo, en mi opinión la ceremonia parece aludir también a una especie de sacrificio simbólico del ego. Las serpientes enroscadas evocan el caduceo de Hermes y la energía kundalini, fijada con las flechas al mundo (la tortuga). La imagen me recuerda la representación gnóstica de Jesús crucificado como serpiente y también los sacerdotes que caminan sobre las aguas recuerdan otro famoso espisodio evangélico.
Tengo la impresión de que esta ceremonia era el espejo de una tradición que exaltaba el poder del conocimiento oculto en el hombre para generar un hombre sagrado: «un dios viviente». En parte, el arqueólogo mexicano confirma mi intuición al informarme que los actuales descendientes de aquellos totonacos consideran este bajorrelieve como un viaje del ser humano por el Cosmos a través de la conciencia. Y esto también resulta evidente en la tradición de «los voladores» de Papantla.
«Los voladores»
Cuatro hombres están atados del tobillo con una cuerda que los une a una estructura cuadrada, sujeta en el extremo de un palo. Lentamente descienden girando en torno al palo y dibujando una espiral que llega desde la cima hasta la tierra. Vestidos de rojo, «vuelan» como hombres-papagayo, acompañados por un quinto oficiante que, puesto de pie sobre el palo, gira mientras toca la flauta.
La ceremonia evoca la creación del mundo por obra del dios Xiuhtecutli, representado en la figura del flautista, generando la realidad con la vibración (hálito y sonido divinos).
El palo es el eje del mundo y los cuatro voladores simbolizan los elementos que descienden desde el punto en que se generan (la divinidad) hasta la tierra, uniendo los dos polos de la Creación al son de la música celeste que suena en la cima.
En el esoterismo occidental de inspiración gnóstica se recoge el mito de la Caída del ángel Azazel, que se precipita cabeza abajo en el abismo, como los voladores totonacos. Se representa así el estado del hombre caído en la materia, que mantiene su conciencia prisionera.
Según me me explica este arqueólogo mexicano, estos ritos chamánicos totonacos se usaban también para conseguir estados alterados de conciencia, que la gente del Tajín percibía como la forma de establecer un sólido lazo con los principios cósmicos a través del equilibrio de los opuestos, base de su cosmogonía. Según me dijo el arqueólogo mexicano, sus colegas dan poca importancia a las tradiciones de esta gente sencilla. Sin embargo, los mitos y leyendas que éstas evocan sobreviven en los totonacos actuales, descendientes de aquel pueblo que construyó las bellas y misteriosas pirámides del Tajín. Y también me transmite una leyenda que no puedo dejar de transcribir.
¿Memoria de la Atlántida?
«Me la contó don Pedro, un totonaco excepcional que ya no está entre nosotros asegura Ramírez Rodríguez, pero los totonacos todavía conservan la memoria histórica de esta tradición. Según don Pedro, su pueblo llegó de Oriente, donde hoy está el mar y donde antes había estado Atlanticú, el nombre de una gran tierra, donde descansa el padre del pueblo totonaco. Don Pedro afirmaba que esa tierra maravillosa había sido destruida en una sola noche por culpa de la impiedad y por la traición de los hombres a las leyes divinas».
A esta luz, empiezo a ver más claras las conexiones simbólicas y espirituales que mantiene esta tradición precolombina con la occidental. Tal vez este dato sirva para aclarar también otro enigma histórico, Bernardino de Shagún, cronista de la conquista de América (1499-1590), describió a los primeros totonacos con los que mantuvo contacto de una forma ciertamente llamativa:
«Estos totonacos tienen el rostro alargado y la cabeza achatada... Todos los hombres y mujeres son blancos, poseen rostros bellos y bien proporcionados». ¿De quiénes hablaba este cronista de la conquista? ¿Había totonacos blancos en América cuando llegaron los españoles? ¿Qué fue de ellos?
El arqueólogo mexicano me dice que para él, como para los totonacos, no se trata de un simple mito. «Quien sabe escuchar la melodiosa música del pasado añade Ramírez, también sabe que existe una historia secreta, una verdad. Es la historia del género humano y también la del origen del hombre americano. Mientras el Tajín se conserve, los totonacos conservarán esta memoria».
Así lo espero.
El sitio fue construido en distintas fases y está datado entre el siglo II a.C. y el XII d.C. Se encuentra en el municipio de Papantla (estado de Veracruz), en el centro de lo que este pueblo llamaba Totonacapan («el país de los totonacos»). No se conoce su nombre original, pero algunos estudiosos creen que puede tratarse de la antigua Mictlán, «la ciudad de los muertos». Sin embargo, dicha denominación no hace justicia a la celebración suprema de la vida que atesora el Tajín. Según algunos autores, este término significa «rayo» o «trueno» y se aplica a este lugar porque el mismo estaba consagrado al dios totonaco de las tempestades. Pero no todos están de acuerdo. Otros piensan que esta palabra quiere decir «tres corazones».
El Tajín ya existía cuando llegaron los españoles a Veracruz, en 1519. Pero no se conoció su existencia hasta 1785, cuando fue descubierto por casualidad por el ingeniero Diego Ruiz. A pesar de que los totonacos ayudaron a los conquistadores españoles a llegar hasta Tenochitlan, la capital azteca, para liberarse del yugo al cual les sometía este imperio, mantuvieron en secreto la localización de su principal centro sagrado. Por esta razón, el Tajín se ha conservado casi íntegro durante los últimos cinco siglos, aunque haya sufrido el avance inexorable de la selva, hoy bajo control.
La estructura más enigmática del Tajín es la famosa pirámide de los nichos. Los arqueólogos más conservadores piensan que las aberturas que cubren toda la superficie de esta construcción sólo tienen una función decorativa, típica del estilo totonaco. Es verdad que otros edificios de este sitio presentan la misma característica, pero basta observar la pirámide para ver que una explicación tan simplista no hace justicia a la realidad.
No puede ser casual que haya 365 nichos. Este número sugiere que podemos hallarnos ante uno de los observatorios astronómicos más elaborados de la América precolombina. El arqueólogo mexicano Roberto Ramírez Rodríguez, del Instituto de Antropología e Historia Mexicana (INAH), confirma mi intuición. Ramírez es persona prestigiosa en los círculos académicos, fundador del Museo Cultural de Totonacapan y administrador general del Tajín.
«Esta pirámide está muy bien organizada geométricamente me explica y sus 365 nichos obedecen a principios astronómicos. Paul Westhein ha definido la relación del número 365 con el 52. Considerando que la pirámide está construida en 7 niveles, tenemos 7 veces 52 nichos. Lo mismo se observa en las 52 cabezas serpentinas de la pirámide de Tanayuca y en las 52 tablas o mesas de la pirámide de Kukulkan, en Chichen Itzá. Esto establece una relación directa con los 52 años en que se dividía el siglo totonaco y el azteca, el Xiuhmolpilli, y también con el mandato de los soberanos totonacos que, según sus anales, reinaron 52 años cada uno. El 7 era otro número mágico. Si observa la escalinata central y cuenta los nichos verá que originariamente eran 18, aunque hoy queden 15. Estos números mantienen también una relación con los 365 días del año solar, que los totonacos dividían en 18 meses de 20 días cada uno. Estos conocimientos están codificados también en otra pirámide de este sitio, el edificio 3, o pirámide de la Luna, con 7 niveles y 18 nichos. Por lo tanto, estas pirámides son la Suma de relaciones astronómico-simbólicas de la cultura totonaca».
No me sorprende. En todas las culturas las pirámides se proyectaban para cumplir un rol multifuncional, como una síntesis del pensamiento unitario de los antiguos, para quienes ciencia y cultura estaban indisolublemente unidas. Contemplando la pirámide, me pregunto por qué recurrir a una solución tan peculiar como los nichos.
No lo sé me responde Ramírez, aunque ciertamente debió existir una motivación simbólica para emplearlos.
Me pregunto si podrían ser una representación de lo no visible, lo no manifestado, aquello de lo cual todo toma forma. Para los totonacos la pirámide debía ser la representación del orden de la Creación y, por lo tanto, el juego de luces y sombras que esos nichos crean bajo el Sol podría ser un símbolo de la dualidad: luz-oscuridad, visible-invisible, manifestado-no manifestado.
La dualidad y el equilibrio entre orden y caos tuvo que ser importante para los totonacos. Algunas de sus obras de arte expresan el mismo concepto. En el Museo del sitio hay expuesta una cabeza con una mitad humana y la otra desprovista de rasgos. Por eso mismo, el Tajín constituye un auténtico viaje a la conciencia de lo sagrado.
De hecho, tanto en la pirámide de los nichos como en todo el sitio se advierte la presencia de símbolos universales aplicados de forma decorativa a los edificios. Se observan espirales, cruces y esvásticas que sin duda tenían alguna relación con las creencias y el culto. La espiral indica un movimiento evolutivo de la energía universal. Y los sacerdotes de esta cultura dedicaban sus ceremonias al Sol, venerado en su aspecto evolutivo, al contrario de los mayas, que temían su aspecto destructivo.
La más conocida ceremonia de los totonacos es la de «los voladores», que mantiene una estrecha relación con el movimiento evolutivo de la espiral representada en los templos del Tajín. Diversos estudios han intentado desvelar el motivo del constante uso de decoraciones geométricas en estos templos. El más estéril de todos ha sido el de García Payón, que sólo vio «un simple sentimiento estético».
No obstante, está bien establecido que en todas las culturas del pasado, y especialmente en las precolombinas, la espiral estaba asociada a la concha, símbolo de fecundidad y expresión del alma. Además, la espiral se relaciona con la serpiente, animal totémico de Quetzalcóatl, «la serpiente emplumada». El simbolismo de esta divinidad solar es recurrente en el arte precolombino y no es casual que las geometrías de los templos del Tajín se inspiraran en la piel de la serpiente. Pero no se trata de una cualquiera. Quetzalcóatl se vinculaba específicamente con el crótalo Durissus Durissus, una variedad de la víbora de cascabel. Los cascabeles de esta serpiente recuerdan a la columna vertebral humana. Cuando la serpiente los sitúa en posición vertical éstos vibran generando un zumbido que, tanto para los totonacos como para los mayas, era «el sonido primordial de la Creación». Estamos ante un concepto emparentado con la energía kundalini, que se puede desplegarse por la columna vertebral humana.
En sus breves ensayos, El arte de la serpiente de cascabel y La escuela de la serpiente de cascabel, José Díaz Bolio explica la importancia de esta especie de crótalo en el simbolismo del dios Quetzalcóatl y en el culto al Sol como fuente de vida. Bolio ha observado una estricta correspondencia entre el manto de este reptil, formado por cuadrados y rombos atravesados por una cruz y los motivos que decoran los templos del Tajín, con especial presencia del motivo que denomina «Canamayte».
Este diseño parece tener especial importancia, porque se encuentra en numerosos petroglifos prehistóricos y en el Tajín, asociado a los cascabeles de la serpiente. Bolio también ha descubierto que dicho motivo de base geométrica es el que predomina no sólo en la decoración, sino también en la propia estructura de las pirámides.
La relación con el diseño del manto del crótalo está sugerido asimismo por el hecho de que un cuadrado atravesado por una cruz es un símbolo antiquísimo del mundo. La figura representa los cuatro elementos y la cruz el equilibrio, protegido por el Sol, que establece sus ritmos en base a una cruz cósmica, formada por los dos solsticios y los dos equinoccios.
Bolio hace referencia a la energía, la vibración y el sonido, elementos que concurren en la evolución de la vida y en el ascenso del espíritu humano hacia niveles superiores y divinos. En consecuencia, el Tajín pudo ser un centro en el cual se practicaban ritos orientados a esta finalidad.
Decido exponer esta idea a Ramírez Rodríguez. Esta espiral escalonada, presente como tema decorativo a ambos lados de la escalera de la pirámide de los nichos, pero también en otras construcciones del sitio, como la pirámide C de la zona llamada el Tajín Chico, me recuerda la ascensión espiritual. Por otra parte, el lugar donde ha sido proyectada expresa esta relación. La espiral es movimiento evolutivo y la escalera que la completa es un símbolo de ascenso, de camino hacia lo alto. Los totonacos debían ser un pueblo que focalizaba sus ritos y ceremonias hacia el concepto de vibración.
Es probable me responde el arqueólogo mexicano. El arte totonaco es muy fino. Su característica son los danzantes, con los brazos dirigidos hacia el cielo, rostros sonrientes y lenguas en el gesto de emitir un sonido. Otros individuos están sumidos en una profunda meditación, con la boca abierta. Quizás expresen así el valor de las palabras de poder y la vibración.
El fuego sagrado
En la plaza monumental del Tajín, bajo otra espléndida pirámide, vemos la estatua de un dios que se piensa es Tajín. Sobre un monolito pentagonal, la deidad está representada con tres plumas en la cabeza, tiene el pecho desnudo, el brazo derecho alzado y el izquierdo cruzado sobre el pecho. En la mano derecha sostiene un objeto en forma de «S». En este lugar tenía lugar una de las principales ceremonias totonacas: el rito del fuego nuevo, que también fue representado en una piedra del altar, actualmente expuesta en el Museo del sitio.
Según Ramírez, esta ceremonia se llamaba Toxiuhmolpilia («la unión de los años») y se celebraba cada 52 años, el siglo de esta cultura. En el bajorrelieve del altar se ve a un anciano sacerdote, probablemente guardián del fuego sagrado, con un cuchillo sacrificial. En ambos extremos aparecen otros sacerdotes con una bolsa de copal, la resina sagrada de los indígenas mexicanos. Están situados sobre aguas que fluyen de la boca de serpientes. El altar central se apoya sobre el dorso de una tortuga y el Sol emplumado está rodeado por dos serpientes atravesadas por flechas.
Los toltecas pensaban que cada 52 años el Universo se enfrentaba con una crisis cósmica que amenazaba la supervivencia humana. Y esta ceremonia servía para propiciar la renovación de los ciclos. En el último día del siglo, las actividades se detenían, se apagaban los fuegos de las casas y los templos, dejando arder sólo el fuego sagrado. Era un tiempo de ayuno y de abstinencia sexual.
Con la llegada de la noche todos subían a las montañas, temerosos de que los taitzimines, fantasmas de las sombras, devoraran a los hombres.
El fuego se hacía arder sobre el pecho de un prisionero de guerra. El gran sacerdote le extraía el corazón y lo quemaba en la pira sagrada como ofrenda propiciatoria a los dioses para renovar el ciclo. A la salida del Sol, aquel fuego era transportado a todos los lugares del reino como símbolo del nacimiento del siglo.
Sin embargo, en mi opinión la ceremonia parece aludir también a una especie de sacrificio simbólico del ego. Las serpientes enroscadas evocan el caduceo de Hermes y la energía kundalini, fijada con las flechas al mundo (la tortuga). La imagen me recuerda la representación gnóstica de Jesús crucificado como serpiente y también los sacerdotes que caminan sobre las aguas recuerdan otro famoso espisodio evangélico.
Tengo la impresión de que esta ceremonia era el espejo de una tradición que exaltaba el poder del conocimiento oculto en el hombre para generar un hombre sagrado: «un dios viviente». En parte, el arqueólogo mexicano confirma mi intuición al informarme que los actuales descendientes de aquellos totonacos consideran este bajorrelieve como un viaje del ser humano por el Cosmos a través de la conciencia. Y esto también resulta evidente en la tradición de «los voladores» de Papantla.
«Los voladores»
Cuatro hombres están atados del tobillo con una cuerda que los une a una estructura cuadrada, sujeta en el extremo de un palo. Lentamente descienden girando en torno al palo y dibujando una espiral que llega desde la cima hasta la tierra. Vestidos de rojo, «vuelan» como hombres-papagayo, acompañados por un quinto oficiante que, puesto de pie sobre el palo, gira mientras toca la flauta.
La ceremonia evoca la creación del mundo por obra del dios Xiuhtecutli, representado en la figura del flautista, generando la realidad con la vibración (hálito y sonido divinos).
El palo es el eje del mundo y los cuatro voladores simbolizan los elementos que descienden desde el punto en que se generan (la divinidad) hasta la tierra, uniendo los dos polos de la Creación al son de la música celeste que suena en la cima.
En el esoterismo occidental de inspiración gnóstica se recoge el mito de la Caída del ángel Azazel, que se precipita cabeza abajo en el abismo, como los voladores totonacos. Se representa así el estado del hombre caído en la materia, que mantiene su conciencia prisionera.
Según me me explica este arqueólogo mexicano, estos ritos chamánicos totonacos se usaban también para conseguir estados alterados de conciencia, que la gente del Tajín percibía como la forma de establecer un sólido lazo con los principios cósmicos a través del equilibrio de los opuestos, base de su cosmogonía. Según me dijo el arqueólogo mexicano, sus colegas dan poca importancia a las tradiciones de esta gente sencilla. Sin embargo, los mitos y leyendas que éstas evocan sobreviven en los totonacos actuales, descendientes de aquel pueblo que construyó las bellas y misteriosas pirámides del Tajín. Y también me transmite una leyenda que no puedo dejar de transcribir.
¿Memoria de la Atlántida?
«Me la contó don Pedro, un totonaco excepcional que ya no está entre nosotros asegura Ramírez Rodríguez, pero los totonacos todavía conservan la memoria histórica de esta tradición. Según don Pedro, su pueblo llegó de Oriente, donde hoy está el mar y donde antes había estado Atlanticú, el nombre de una gran tierra, donde descansa el padre del pueblo totonaco. Don Pedro afirmaba que esa tierra maravillosa había sido destruida en una sola noche por culpa de la impiedad y por la traición de los hombres a las leyes divinas».
A esta luz, empiezo a ver más claras las conexiones simbólicas y espirituales que mantiene esta tradición precolombina con la occidental. Tal vez este dato sirva para aclarar también otro enigma histórico, Bernardino de Shagún, cronista de la conquista de América (1499-1590), describió a los primeros totonacos con los que mantuvo contacto de una forma ciertamente llamativa:
«Estos totonacos tienen el rostro alargado y la cabeza achatada... Todos los hombres y mujeres son blancos, poseen rostros bellos y bien proporcionados». ¿De quiénes hablaba este cronista de la conquista? ¿Había totonacos blancos en América cuando llegaron los españoles? ¿Qué fue de ellos?
El arqueólogo mexicano me dice que para él, como para los totonacos, no se trata de un simple mito. «Quien sabe escuchar la melodiosa música del pasado añade Ramírez, también sabe que existe una historia secreta, una verdad. Es la historia del género humano y también la del origen del hombre americano. Mientras el Tajín se conserve, los totonacos conservarán esta memoria».
Así lo espero.







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