Historia oculta

La «rueda de fantasmas»

Es tremendamente desconocido. Sólo hay que atender a que se sabe de su existencia desde hace apenas cinco décadas, pero pocos se acercan hasta allí. De hecho, el yacimiento ha sido excavado en varias ocasiones pero, hasta la fecha, el enclave arqueológico en el que se oculta la «rueda de fantasmas» es un cúmulo de interrogantes.

20 de Enero de 2020 (12:15 CET)

rueda fantasmas
rueda fantasmas

En las últimas semanas el mundo se vuelve a remover ante la afirmación de Irán de salirse del acuerdo nuclear. La consecuencia inmediata ha sido la apertura de los silos antimisiles que Israel tiene en los Altos del Golán, la frontera con Siria y el lugar donde se encuentra este impresionante y enigmático conjunto arqueológico. Y es que ya el propio nombre da que pensar, pues Rujm al-Hiri significa, en árabe, «montículo de piedra de los gatos salvajes», lo que no explica claramente cuál fue su función en el pasado remoto, pero si añade cierto misterio. Misterio que se acrecienta con su denominación hebrea, ya que significa «rueda de fantasmas».

El sitio se halla en un lugar remoto de los Altos del Golán, a una hora de la carretera en la que nos deja el destartalado vehículo, rodeados de arena y piedras resecas, por lo que hay que andar. Así las cosas su forma y disposición sólo se aprecian bien desde el aire. ¿Y qué es lo que se ve? Se trata de una estructura de cuatro círculos concéntricos, de la que apenas se conservan los cimientos, con un diámetro de 150 metros. Los expertos creen que en su día los muros circulares de piedra basáltica habrían alcanzado los nueve metros de altura, como auténticas murallas que impedirían ver lo que ocurría en su interior.

De momento lo que los arqueólogos sí saben es quiénes fueron los constructores. Se trata de un pueblo de época calcolítica dedicado a la agricultura que ocupó la región hace unos 6.000 años. Y aún así, con estos datos encima de la mesa, poco más conocemos sobre su función y significado, más allá de que podría haber coincidido en el tiempo con otra de las grandes construcciones, en este caso megalíticas, del pasado: Stonehenge, en el Reino Unido, un lugar del que las últimas investigaciones arqueológicas han desvelado, curiosamente, que se trataría de un centro de peregrinación para curar todo tipo de enfermedades, pero también de enterramiento ritual.

El lugar fue descubierto en 1968 y desde entonces se han propuesto varias hipótesis para dar sentido a su uso: por un lado podría haber sido un santuario que sirvió para realizar observaciones astronómicas, o para indicar la llegada de fenómenos como solsticios o equinoccios, lo que a su vez marcaría el comienzo del tiempo de cosechas, de lluvias, etc… Algo que no deja de ser habitual en ese pasado.

En los dokhmas de la India se colocaban los cadáveres de los fallecidos, y allí acudían aves carroñeras que limpiaban los cuerpos en horas

Incluso el arqueólogo israelí Yonathan Mizrahi afinó tanto que para defender su uso astronómico descubrió que «alguien ubicado en el centro exacto de la estructura en el amanecer del solsticio de verano del año 3.000 a.C. habría contemplado cómo el primer rayo de Sol incidía en la parte central de la puerta sudeste del muro exterior».

Así las cosas, tras años de investigaciones, el arqueólogo de la Universidad de Nebraska Rami Arav, propuso tiempo atrás una teoría sobre fantasmas que generó cierto revuelo. El estadounidense publicó sus conclusiones en la revista Biblical Archaeology Review, y tras treinta años dedicado a estudiar el asunto planteó que, siendo conscientes de que los pueblos calcolíticos de Tierra Santa tenían la costumbre de enterrar a sus muertos en pequeños osarios, y que para llevar a cabo esta práctica antes debían «descarnar» los cadáveres, para ello requerían de tumbas provisionales en las que la carne se había de desprender antes de colocar los huesos en su ubicación definitiva. Esta tesis cogió más peso cuando Arav descubrió un objeto cilíndrico, provisto de una hendidura a modo de puerta, y decorado con relieves de pájaros, que recordaba a algunas edificaciones de Irán e India, conocidas como dokhmas, que se usaban para realizar el proceso de excarnación o «entierro celeste». Arav llegó a la conclusión de que «pudo haber sido un santuario para practicar la excarnación y permitir la conservación de los huesos en osarios». Esta idea demostraría que Rujm al-Hiri fue una suerte de siniestro santuario sagrado, dedicado al culto a los muertos, en el que, además, como «rueda de espíritus» que es, éstos se manifestaban para atormentar a quienes se acercaban hasta allí. Quién sabe, quizás por eso hoy día está siempre vacío…

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