Cómo dos símbolos idénticos descifraron una civilización perdida
Un hito arqueológico devuelve la palabra a una civilización perdida hace 4.000 años en el actual Irán.
Imagina una sala oscura en Londres. Hay un hombre inclinado sobre unas vasijas antiquísimas cubiertas de signos que nadie ha comprendido en más de un siglo. Es François Desset, 43 años, arqueólogo de la Universidad de Lieja, y acaba de notar algo que le para el corazón: dos de los cuatro símbolos que tiene delante son idénticos.
Ese instante, pequeño y silencioso, es el momento en que una escritura iraní de 4.000 años de antigüedad —considerada imposible de descifrar— comenzó a rendir sus secretos por primera vez.
Antes de Alejandro Magno, antes del Imperio persa de Darío, antes incluso de que el alfabeto fenicio cruzara el Mediterráneo para convertirse en el ancestro de nuestras letras, existió Elam. Un Estado de la Edad de Bronce cuya capital era Susa, en lo que hoy es Irán. Y Elam tenía su propia voz escrita: el Elamita Lineal.
Esta escritura es la única verdaderamente "local" de la historia temprana del país, lo que la convierte en algo extraordinario: no es una adaptación de la cuneiforme mesopotámica ni un préstamo cultural de Egipto. Es una invención propia, nacida de una civilización que hoy apenas recordamos.

En 1903, misioneros franceses la descubrieron por primera vez en tablillas de Susa, y durante más de cien años esas tablillas permanecieron mudas. Los especialistas podían contemplar sus 77 caracteres individuales, entre patrones geométricos y diversas formas, pero el sistema permanecía hermético. Nadie sabía cómo sonaba. Nadie sabía qué decía.
Una colección de exiliados guarda el secreto
La historia da un giro digno de novela cuando Desset, que lleva dos décadas trabajando en el sur de Irán desenterrando tablillas cubiertas de este misterioso alfabeto, viaja a Londres para visitar la Colección Mahboubian, un tesoro acumulado por una familia iraní exiliada. La colección se describe como "una de las más impresionantes colecciones privadas de arte iraní antiguo" del mundo, y entre sus piezas guarda diez ejemplos del Elamita Lineal que nadie había analizado con ojos frescos.
Allí, entre las vasijas cubiertas de signos, ocurre el momento decisivo.
Desset se fija en algo: una secuencia de cuatro símbolos en la que los dos últimos son iguales. Como una rima. Como un eco. Y recuerda un nombre: Shilhaha.

Shilhaha fue un antiguo gobernante elamita del siglo XX a.C., reconocido como el fundador de la dinastía Sukkalmah. Su nombre, en cualquier sistema de escritura, termina con dos sílabas iguales: -ha-ha. Ahí estaba. La repetición en la piedra. La firma de un rey muerto hace cuarenta siglos.
Lo que siguió fue lo que los lingüistas llaman un "efecto cascada": una vez que sabes cómo suena un par de símbolos, puedes buscarlos en otras palabras, aislar nuevos sonidos, reconstruir la gramática letra a letra. Igual que hizo Jean-François Champollion en 1822 con los jeroglíficos egipcios, cuyo avance histórico fue precedido por la identificación exitosa de los símbolos asociados a los nombres de los gobernantes Ptolomeo y Cleopatra.
La lógica es la misma. Los nombres propios —reyes, dioses, ciudades— son anclas. No cambian de idioma a idioma. Son los clavos a los que colgar el resto del mapa.
"La clave para descifrar una escritura", explica el propio Desset, "está en los nombres de lugares, dioses y reyes."

Un misterio resuelto, otro que espera
El trabajo no ha terminado. Desset continúa expandiendo su conocimiento del Elamita Lineal hasta abarcar 45 inscripciones, y sus planes son más ambiciosos todavía: quiere retroceder aún más en el tiempo, hacia el Proto-elamita, uno de los sistemas de escritura más antiguos del mundo, que data de alrededor del 3200 a.C. y que tampoco ha sido descifrado.
Para los amantes del misterio, esto es una noticia agridulce. Un enigma se cierra; otro permanece abierto, esperando su Shilhaha.
Mientras tanto, en algún museo de Irán o en alguna vitrina de Londres, hay tablillas de barro que llevan cuatro milenios guardando silencio. Y ahora sabemos que ese silencio tiene gramática.









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