Misterios

La Lanza del Destino

"Quien la sostenga en sus manos, sostendrá, para bien, o para mal, el destino del mundo". Leyenda anónima

24 de Julio de 2015 (10:44 CET)

La Lanza del Destino
La Lanza del Destino

A Cayo Casio Longinos le tocó una de esas difíciles papeletas por las que se pasa a formar parte de una historia, posiblemente la más grande de los últimos dos mil años. Por esas bromas que de vez en cuando gastan los dioses, Longinos acabó dentro del grupo de traidores, criminales o mala gente en general que llenan las páginas de esa misma historia. Porque es lógico que si hay buenos, también ha de haber malos.

Situémonos por tanto en un momento crucial de la vida del nazareno. El Hijo del Hombre ya ha sido crucificado y permanece retorciéndose de dolor, clavado en la cruz, a la espera de que el Padre lo libere de sus ataduras físicas y se lo lleve por fin de este infierno terrenal. El dolor es terrible, porque si bien es cierto que instantes antes los largos clavos han atravesado ambos pies, parece una nimiedad en comparación con el suplicio que han hecho pasar al condenado antes de iniciar su paso por la Vía Dolorosa camino del Calvario. Porque atado a la columna, Jesús ha llegado al límite, y lo ha traspasado con creces.

Horas antes, antes de ser prendido en el huerto de los olivos, la tensión acumulada y el conocimiento de lo que se avecinaba hicieron que el nazareno, ante los ojos aterrados de sus seguidores, comenzara a exudar sangre. No es un milagro más; es simplemente producto de un sufrimiento psicológico extremo; el estrés descomunal que hace que los capilares se rompan y las glándulas sudoríficas comiencen a expulsar el líquido sanguíneo.

Esas fueron las horas previas. Después, más le hubiera valido haber muerto cuando el verdugo, con el terrible flaggelum, el látigo de cuero al que con gran crueldad se ataban bolas de metal y trozos de hueso animal para que a cada golpe desgarrara girones completos de carne, le golpeó en casi ochenta ocasiones. 

Porque seguramente el reo, que no estaba para llevar muchas cuentas, sí tuvo que percibir que con él no se cumplía la ley judía, que advertía que como máximo eran 39 los latigazos a infringir. Y con Jesús doblaron la cifra. O más…

Por eso la iconografía jamás podrá llegar a lo que quedó de Jesús una vez le dieron el último de los latigazos. Si ocurrió, seguramente estaríamos ante un hombre deshecho, con la espina dorsal al descubierto, las venas y músculos colgando de espalda, nalgas y extremidades, con el cuerpo incapaz de sostenerse, y víctima de una conmoción hipovulémica, que anunciaba la llegada inminente de un fallo multiorgánico.

Y aún así, las sagradas escrituras aseguran que se repuso; que logró caminar. Y como el castigo parecía poco le colocaron sobre la cabeza, como rey que era, no una corona sino un casco de espinas, que se clavaron en las pocas partes en las que el látigo no había hecho bien su trabajo. Segundos después le tiraron sobre la espalda el patibulum, el madero horizontal que habrían de colocar sobre aquel que permanecía erecto en el monte del Calvario, para proceder a la crucifixión. Varios metros más adelante, insultado por el pueblo, rodeado de un griterío ensordecedor, cayó al suelo y un legionario ordenó a un hombre llamado Simón que lo ayudara a llevar la pesada carga.

Al fin llegaron a la cima, y allí, clavos de cuatro caras y 16 centímetros atravesaron ambas muñecas por el nervio mediano, provocando un dolor extremo en el ajusticiado, que a partir de esos momentos, una vez fue subido a la cruz y sus pies clavados al madero –otra brutalidad excepcional ya que generalmente los ataban con cuerdas para hacer que la agonía durara más–, Jesús, con los huesos dislocados y los nervios triturados tuvo que hacer un esfuerzo titánico para respirar, ya que en esa posición el aire no ventilaba sus pulmones. La asfixia era inminente.

Pues bien, al cabo de los minutos, si los condenados no fallecían, los legionarios romanos procedían a partirles las piernas para evitar que apoyaran las extremidades en el madero inferior, y que de esta forma pudiesen respirar. Era una forma atroz de acelerar la muerte.

Pero con Jesús no hizo falta. Tras alzar la cabeza, al menos eso cuentan las Sagradas Escrituras, y arrancar a su alma un último esfuerzo, gritó: Elih, Elih… lama sabactaní –"Padre, Padre… por qué me han abandonado"–, dirigió la mirada a su madre, y tras susurrar que ya estaba todo consumado, cerró los ojos, y murió.

Segundos después Cayo Casio Longinos se aproximó a los pies de la cruz, y atravesó el costado de Cristo con una lanza. La sorpresa fue extraordinaria, cuando empezó a brotar un líquido similar al agua, que golpeó su rostro, y a continuación sangró copiosamente. Por eso Longinos hoy es santo, y su estatua de tres metros es una de las muchas que adornan el Vaticano; porque estando casi ciego, al parecer, al recibir el sifón de líquido crístico recobró de nuevo la vista perdida, y se convirtió al cristianismo.

Que el líquido transparente fuese parte del encharcamiento pleural que sufrió a consecuencia del descomunal castigo, ahora no es lo más importante. Si lo es el hecho de que la lanza utilizada para atravesar su cuerpo y así comprobar que definitivamente estaba muerto, se convirtió a partir de aquel momento en uno de los objetos sagrados más importantes, y a la vez más perseguidos. No en vano, aquel sucio pedazo de metal estuvo en contacto con la sangre y el cuerpo del hombre más importante, repito, de los dos últimos milenios. Y hubo quien creyó que dicho contacto propició que desde ese instante se convirtiese en reliquia.

Y comenzó la búsqueda…

Mil novecientos diez años después, un joven pintor malvivía en la calles de Viena, intentando vender su obra, unas acuarelas de poca calidad a las que él tenía gran aprecio. El poco interés que despertaba su arte entre los posibles compradores, y el frío que inundaba las calles de la capital austriaca, hizo que nuestro protagonista pasara muchas horas recorriendo los impresionantes salones del palacio Hofburg. Allí se encontraba el museo que recogía las piezas más importantes de la colección de la familia Habsburgo, las conocidas como "insignias", un tesoro de incalculable valor entre cuyas piezas, una, tan sólo una, hizo que la imaginación de aquel muchacho se desbordara. Porque aquella punta de metal, con el extremo inferior cosido con fuertes ataduras, era, según anunciaba el cartel, la misma que utilizó Longinos para atravesar el costado de Jesús en la cruz. Y aquel desarrapado, que debía de tener unas ensoñaciones febriles, llegó a la conclusión de que un objeto tan preciado estaba revestido por el poder de aquel cuya carne atravesó. Y ese poder, qué duda cabía, haría de su dueño un ser igualmente poderoso.

En ese instante supo que aquella lanza, algún día, sería suya. Porque esta pieza era fundamental para llevar a cabo la misión para la que él mismo, como una suerte de nuevo avatar, había llegado al mundo.

Años después, aquel hombre aseguraría que al observar la Lanza, supo "de inmediato que era un momento importante de mi vida. Y sin embargo, no podía adivinar por qué un símbolo cristiano me causaba semejante impresión. Me quedé muy quieto durante unos minutos contemplando la Lanza y me olvidé del lugar en el que me encontraba. Parecía poseer cierto significado oculto que se me escapaba, un significado que de algún modo ya conocía, pero que no podía reconocer conscientemente".

Se me olvidaba: aquel muchacho se llamaba Adolf Hitler.

 

Este es un extracto del amplio artículo sobre el tema que puedes encontrar este mes en las páginas de la revista ENIGMAS. 

 

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