No mostréis misericordia alguna en razón a la clase social, la edad o el sexo. Cátaros o católicos, matádlos a todos. Dios sabrá distinguir a los suyos". Estas palabras siempre han puesto espanto en mi corazón. Fueron pronunciadas por el monje cisterciense Arnaud Amalric frente a los muros de la ciudad más bella del Languedoc, Bezièrs, cuando más de siete mil personas, cátaros y católicos, cristianos todos, perecieron entre las llamas que aquella noche arrasaron la vieja catedral de San Nazario.Varias son las ocasiones en las que he hecho parada y fonda en este magnífico enclave. Y como la imaginación es un bien que alguien nos regaló a fondo perdido, para que hagamos uso de ella hasta la saciedad, me planto frente a ella, reconstruida una vez finalizó la Cruzada, e intento repasar los tristes acaeceres que aquí se desarrollaron. Y el viento de la madrugada me transporta a aquel frío invierno de 1208, y me trae el llanto de los niños que perecen abrasados, de las madres desesperadas, de los bravos guerreros, que esa noche ya no lo son tanto. No en vano, cuánto miedo debe de producir el momento de mirar directamente a lo ojos de Dios.Cuesta imaginar a tan vasto ejército, una horda de salvajes sedientos de sangre hereje acosando a los asediados en el interior del templo. Más de doscientos mil soldados; veintiún mil caballeros; catapultas, trabucos, lanzas, arcos
Todo ello dispuesto para aniquilar de la faz de la Tierra a aquellos que, en palabras de Santo Domingo de Guzmán, "se presentan humildemente, con los pies descalzos, sin oro y sin plata
En cierta manera, imitan el modelo de los apóstoles".La concepción que los cátaros poseían del mundo, íntimamente ligada a la espiritualidad, chocaba con el modus vivendi de los mandatarios de la Iglesia de Roma. Su particular lectura de las Escrituras les hizo cuestionar la virginidad de María y otros grandes dogmas de fe; apostaron por un dualismo que dividía lo aparente y lo etéreo, representaciones más que evidentes del bien y del mal. Criticaron los fastos y derroches de una iglesia corrupta, y por encima de todo, siguieron los dictados de su propio credo hasta extremos insospechados; hasta su propio exterminio. Tácito dejó escrito en el año 84 d. de C. que "hicieron desolación y lo llamaron paz" Ubi solitudinem faciunt, pacem appelant. En este caso hicieron genocidio y lo llamaron Cruzada. ¿Por qué? Por su doctrina, por sus creencias y por sus miedos. Comprenderlo hoy es ser conscientes de que de no haber existido la Cruzada albiguense, Europa sería otra. Y ese espíritu puede resucitar dentro de dieciséis años. Pero eso, en su momento
Lorenzo Fernández Bueno
Nº 415, marzo de 2026
Geopolítica del mal, cárceles secretas, enclaves malditos y lugares prohibidos. Último número ya en el quiosco.







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