Hace frío. En el exterior la lluvia arrecia. No ha parado de caer agua desde hace días; vamos, que el invierno está empezando a hacer de las suyas. Eso se traduce en litros y más litros de agua, que aumentan el tan necesario cubicaje de nuestros pantanos, ávidos de sed. Y es que el líquido elemento ha sido a lo largo de la historia ese bálsamo fundamental que ha "limpiado los espíritus" y acabado con las penurias en tantos y tantos momentos. No conviene olvidar que las tres cuartas partes de nuestro planeta son, precisamente eso: agua. Y que el cuerpo humano está compuesto por un sesenta por ciento de la misma, y en el caso de los bebés de hasta un ochenta. Por lo tanto, decir que ésta forma parte de nuestras vidas, de nuestra propia existencia seguro que no es del todo descabellado.Pero el agua, en contadas ocasiones, ha servido para apagar las hogueras de la intolerancia, esas mismas que siglos atrás fueron encendidas para acabar con las vidas y purificar las almas de aquellos condenados o condenadas, que sin duda fueron más por mantener relaciones libidinosas con el maligno, de ejercer sexo con el diablo, de "mirar mal" a un convecino que al instante enfermaba; de brujas, brujos y concubinatos con el mismísimo Satán
De entre tanto despropósito nació un mito, temido por muchos y admirado por los menos. No en vano, si Dios había encarnado en su hijo, Jesús, precisamente hecho hombre, ¿por qué el enemigo no iba a hacer lo mismo? Teólogos, investigadores e incluso historiadores llevan dirimiendo ésta y otras cuestiones entorno a la figura de archiconocido anticristo, hijo del mal y de una humana, encarnación de todo lo demoníaco, aquel que, según cantan a los cuatro vientos fanáticos de medio mundo, ya se encuentra entre nosotros, aguardando el momento de iniciar la batalla, inmerso en el agresivo mundo de la empresa, marcando a los suyos con el distingo de la bestia
Preparando el suma el advenimiento de su padre, y por ende, del final de los tiempos. Dicho así suena muy mal; apocalíptico diría, pero si miramos alrededor da la sensación de que tanta barbarie, tanto despropósito y tanta sangre vertida aquí y allá responden a un plan meticulosamente preestablecido. ¿Por quién? Llegados a este punto es difícil contestar sin caer en ciertas tentaciones metafísicas. Empero, siendo más racional, si hubiera que ponerle un nombre al anticristo a mí, a bote pronto, se me ocurren varios
Seguro que a ustedes también. Lorenzo Fernández Bueno
Nº 415, marzo de 2026
Geopolítica del mal, cárceles secretas, enclaves malditos y lugares prohibidos. Último número ya en el quiosco.







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