Tercer lote de informes UAP 'el día de la revelación'
El tercer lote de archivos desclasificados sobre UAP llega el mismo día que el estreno de la nueva película de Spielberg. No es una coincidencia menor: mientras el cine afronta el shock ontológico de frente, Washington sigue administrando el misterio en cuentagotas.
El 12 de junio de 2026, el Departamento de Guerra de Estados Unidos publicó el tercer lote de archivos desclasificados sobre Fenómenos Anómalos No Identificados en el marco del programa PURSUE —Presidential Unsealing and Reporting System for UAP Encounters—, alojado en war.gov/UFO. El mismo día se estrenaba en salas el nuevo film de Steven Spielberg, cuyo argumento orbita precisamente alrededor del momento en que la humanidad tiene que enfrentarse, sin marcha atrás posible, a la confirmación de que no está sola en el universo. La coincidencia de fechas, casual o no, condensa mejor que cualquier análisis la paradoja en la que vivimos: la ficción tiene el coraje de mirar directamente lo que la administración apenas se atreve a insinuar.
Spielberg lleva décadas explorando ese territorio. Su película evalúa sin anestesia lo que los estudiosos llaman el shock ontológico: el instante en que una civilización descubre que sus marcos de referencia —científicos, religiosos, filosóficos— son insuficientes para contener la nueva realidad. La administración Trump, por su parte, lleva desde el 8 de mayo soltando archivos a cuentagotas, midiendo el pulso de la opinión pública con cada entrega, sin dar nunca el paso que convertiría el goteo en torrente. El contador de war.gov/UFO ya supera los 1.700 millones de visitas desde su lanzamiento. Esa cifra no mide interés: mide la magnitud de lo que la gente intuye que se está ocultando.

El whistleblower David Grusch puso nombre y apellidos al secreto hace tres años. Habló de programas de recuperación de materiales de origen no humano, de vehículos y ocupantes. El gobierno no le hizo caso entonces. Hoy, cada nuevo lote de documentos confirma que las estructuras del secreto que él describía existían, sin que nadie haya presentado todavía la prueba que lo cambia todo.
Roswell: dos relatos incompatibles
Si hay un punto de partida para entender la arquitectura del encubrimiento, ese punto es Roswell, Nuevo México, julio de 1947. Spielberg también lo sabe, y lo usa en su película como el origen del silencio sistemático. El tercer lote de archivos del programa PURSUE añade ahora una capa documental que resulta difícil de ignorar.
Los documentos de las Fuerzas Aéreas del Ejército de ese mismo año 1947, recién desclasificados, afirman públicamente que no existía ningún proyecto de investigación activo relacionado con los informes de "platillos voladores". Por eso el 509 Grupo de Bombarderos difundió la nota de la recuperación del objeto estrellado en un rancho de la localidad de Roswell en Nuevo México. Sin embargo, dada la importancia del material recuperado y transportado a Fort Worth, se hizo el desmentido aduciendo que se trataba de un simple globo meteorológico.

Sin embargo, las comunicaciones internas del Comando de Material Aéreo —que ahora son accesibles por primera vez— la valoración es radicalmente distinta: el fenómeno parecía real, de naturaleza metálica, posiblemente controlado, y no era explicable a partir de ningún proyecto conocido de Estados Unidos. ¿Perdona? La misma institución. El mismo período. Dos versiones opuestas según si el destinatario era el público o el propio aparato militar.
Ese patrón de doble discurso no se agota en 1947. La historia interna de la CIA incluida en este tercer lote contiene una confesión fechada en 1992 que resulta igual de elocuente: los vuelos de los aviones espía U-2 y más tarde OXCART fueron responsables de más de la mitad de todos los informes de OVNIs de finales de los años cincuenta y buena parte de los sesenta. Y el Proyecto Blue Book, el programa oficial de investigación de OVNIs que el gobierno presentaba al público como su compromiso con la transparencia, proporcionó deliberadamente explicaciones falsas para proteger esos programas. La CIA lo sabía desde 1992. Lo mantuvo clasificado durante tres décadas más. Lo que el gobierno vendía como búsqueda de la verdad era, en sus propias palabras, una política de desinformación activa.

Setenta y nueve años después de Roswell, los documentos no dicen quién cayó en ese desierto de Nuevo México. Pero documentan con precisión que el Estado aprendió muy pronto a decir una cosa en público y saber otra en privado.
La Luna, 1972
Entre los materiales de este tercer lote hay algo que no tiene precedentes en la historia de la desclasificación sobre este tema: más de dos horas de audio de las sesiones de debrief técnico de la misión Apolo 16, grabadas en 1972 y nunca publicadas hasta ahora. En una de esas grabaciones, un participante hace de pasada un comentario sobre algo que describe como una posible "base alienígena" en la cara oculta de la Luna, en el contexto de una discusión sobre datos experimentales.
Hay que ser precisos aquí, porque la precisión es lo que diferencia el periodismo de la especulación. Lo que se ha publicado es el audio, no una interpretación oficial de lo que significa. El comentario puede ser una broma de ingenieros en una sesión larga, puede ser una hipótesis especulativa formulada en caliente, puede ser algo más. Lo que no admite duda es que esa conversación existió, que formó parte del proceso técnico posterior a una misión lunar y que alguien decidió mantenerla fuera del alcance público durante cincuenta y cuatro años.

¿Por qué? Esa es la pregunta que cualquier periodista tiene la obligación de hacerse. No la de si hay una base alienígena en la cara oculta de la Luna, sino la de por qué una grabación de debrief técnico de la NASA necesitó más de medio siglo de clasificación. El tercer lote incluye también un fragmento de audio de una entrevista de noviembre de 1962 en la que Walter Cronkite le pregunta al astronauta Gordon Cooper su opinión sobre los OVNIs. Cooper respondió que un gran número de personas excepcionalmente cualificadas habían visto objetos sin explicación lógica y especuló sobre la posibilidad de que existieran otros planetas con atmósferas similares a la Tierra y algún tipo de vida humana. Era 1962. También estuvo décadas guardado.
Hay voces en este campo que merecen ser escuchadas precisamente porque no se dejan llevar por el entusiasmo. John Greenewald, fundador de The Black Vault y uno de los investigadores independientes con más años de trabajo sistemático sobre la desclasificación de archivos relacionados con UAP, lleva casi tres décadas presentando solicitudes de información al gobierno de Estados Unidos. Lo ha visto todo. Y lo que está viendo ahora le genera más preguntas que certezas.
"En casi treinta años haciendo esto, he pasado de un gobierno de EE.UU. que ni siquiera quería mencionar un OVNI y se negaba a reconocer interés, a ahora la Casa Blanca tuiteando vídeos de ovnis. Algo anda mal con todo esto. Es una farsa de algún tipo que no puedo descifrar. ¡Todavía!", escribió Greenewald tras la publicación del tercer lote.
In nearly 30 years of doing this, I’ve gone from the U.S. government not wanting to even mention a “UFO” and refusing to acknowledge interest, to now, the White House tweeting UFO videos.
— John Greenewald, Jr. (@theblackvault) June 12, 2026
Something is off with all this. It’s a charade of some kind that I can’t figure out. Yet! pic.twitter.com/B2DySXmrGl
Esta es la hipótesis incómoda que ningún análisis serio puede ignorar: que la revelación dosificada no es transparencia sino gestión del relato. Que la diferencia entre lo que se publica y lo que se retiene no obedece a criterios de seguridad nacional sino a una estrategia de acostumbramiento progresivo que preserva el control. Que el espectáculo de los 1.700 millones de visitas, los comunicados del Departamento de Guerra y las recreaciones digitales del FBI es, al menos en parte, precisamente eso: un espectáculo.
Greenewald no dice que el fenómeno no sea real. Dice que el modo en que el gobierno está manejando su revelación huele a operación. Son dos cosas distintas y conviene no confundirlas.
1958: un mensaje del espacio que fue destruido
Uno de los documentos más perturbadores del tercer lote es también uno de los más escuetos: un memorando de una página que recoge una conversación telefónica de 1958 entre la CIA y un científico. El contenido de esa conversación, según el documento, versó sobre un presunto "mensaje espacial" que había sido recibido en la Tierra y destruido después de su recepción.

El documento no da más detalles. No hay transcripción del mensaje, no hay identificación del científico, no hay explicación sobre quién tomó la decisión de destruirlo ni bajo qué autoridad. Lo que hay es la confirmación de que esa conversación ocurrió, que fue registrada en un memorando interno de la CIA y que alguien, en algún momento, consideró que valía la pena clasificarla.
Conviene recordar el contexto. En 1958, según la propia historia interna de la CIA ahora desclasificada, la agencia estaba en plena operación de desinformación activa sobre el fenómeno OVNI, achacando más de la mitad de los avistamientos a sus propios vuelos secretos y dando explicaciones falsas a través del Proyecto Blue Book. Si en ese mismo período existe un memorando sobre un mensaje de origen espacial que fue destruido antes de ser analizado en profundidad, la pregunta no es si eso es significativo. La pregunta es qué ocurriría si no lo fuera.
Orbes que se reproducen
El tercer lote incluye también testimonios de un tipo diferente, más recientes y más concretos. Seis agentes de fuerzas de seguridad federales, distribuidos en tres equipos de dos personas cada uno, reportaron de forma independiente la misma secuencia de eventos en dos días distintos del otoño de 2023, cerca de una instalación de seguridad nacional en el oeste de Estados Unidos. Orbes de gran tamaño de color naranja aparecían al anochecer y emitían grupos de dos a cuatro orbes rojos más pequeños antes de desaparecer. El fenómeno se repitió al menos en cinco ocasiones distintas.

Uno de los testigos describió los orbes secundarios como "uvas siendo expulsadas de un balón de baloncesto". Otro recordó que su compañero se giró y le preguntó: "¿Estás viendo esto?". No hay vídeo directo del fenómeno: el FBI elaboró recreaciones digitales en 2026 a partir de los testimonios, y el propio gobierno las presenta como recreaciones, no como registros. Esa distinción importa. También importa que el director de AARO, Jon Kosloski, firmó en junio de 2026 un informe señalando que el cuarenta por ciento de los casos reportados al programa carecen de explicación razonable y permanecen sin resolver.
Cuarenta por ciento. Sin explicación razonable. En un informe firmado por el responsable del programa oficial de análisis del fenómeno.
#ÙLTIMAHORA
— Jesús Alberto Tlaxcalteco Tecalco (@admpubmx) June 12, 2026
Otro OVNI desclasificado hoy por Gobierno de Estados Unidos 🇺🇸 ¿Vida Plasmatica Inteligente?
¿Estaremos viendo a UAPs que el Pentàgono les llama Demonios? Pero recuerden cada quien concibe la luz como la interpreta.
Cc @cienciaymist pic.twitter.com/ZW79zqaiH3
El goteo y el diluvio que no llega
Tres entregas, setenta y dos documentos más, 1.700 millones de visitas. El programa PURSUE sigue activo y el Departamento de Guerra anuncia que habrá más lotes. La cadencia es deliberada. El ritmo, calculado. Y la promesa implícita de la transparencia total sigue siendo eso: implícita.
Lo que estos archivos confirman, tomados en conjunto, es la existencia de un patrón histórico de doble discurso institucional que abarca ocho décadas. Roswell en 1947, el Proyecto Blue Book como tapadera, los vuelos U-2 y OXCART enmascarados como avistamientos inexplicados, el memorando del mensaje espacial destruido, las sesiones de debrief lunar que estuvieron cincuenta y cuatro años sin ver la luz. Todo eso está ahora documentado con fuentes primarias, no con rumores ni con testimonios anónimos.
La pregunta que Spielberg pone en pantalla y que Washington evita responder es siempre la misma: ¿cuánto saben y desde cuándo lo saben? Los archivos del programa PURSUE no responden esa pregunta. Pero ya no dejan espacio para negar que la pregunta es legítima.







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