Ciencia
01/04/2006 (00:00 CET)
Actualizado: 06/11/2014 (09:58 CET)
En la mente del asesino
Se trata de una figura casi mítica y con tintes cinematográficos. Pero existen. Son reales. Y gracias a ellos se han resuelto crímenes que parecían impenetrables. ¿Cómo lo logran? Analizan la situación, el lugar del crimen y se ponen en la mente del asesino. Luego, trazan un perfil del sospechoso. Tienen un nombre: profilers
En el otoño de 1888 la victoriana sociedad londinense asistió aterrorizada a las andanzas del que se ha considerado como el primer asesino en serie de la era moderna. Nadie supo su nombre verdadero, pero sí el apelativo que él se autoadjudicó: Jack el Destripador. Un apodo acertado, ya que sus cinco víctimas hay autores que consideran pudieron ser más sufrieron la amputación de algún miembro y la extracción de vísceras que fueron cuidadosamente colocadas junto a los cuerpos en un macabro ritual que sólo su autor podría comprender.
De la investigación se encargó el coroner Wynne E. Baxter, que ordenó la realización de la autopsia de las víctimas al doctor Thomas Bond. Es a él, precisamente, a quien se debe la primera perfilación criminal conocida de la historia: "El asesino, en su apariencia externa, es muy probable que sea de aspecto inofensivo. Un hombre de mediana edad, bien arreglado y de aire respetable. Puede tener el hábito de llevar capa o abrigo porque si no, la sangre de sus manos y ropas hubiera llamado la atención a los viandantes", dejó escrito en el texto que envió al jefe de la investigación tras examinar los cinco cuerpos, las escenas del crimen y la escritura que Jack utilizaba en las cartas que enviaba a la policía metropolitana.
Jamás se supo si las conclusiones de Thomas Bond fueron acertadas o no, pero sirvieron para desarrollar una nueva herramienta en la investigación criminal: la llamada "perfilación criminal" o criminal profiler. Básicamente, la técnica de la perfilación criminal consiste en elaborar un esbozo físico y psicológico, lo más aproximado posible, de la persona a la que se está buscando por un determinado delito. Robert K. Ressler, el mayor experto mundial en esta técnica y ex agente del FBI, la define como "la elaboración de un mapa de la mente del asesino". La idea es que si el investigador consigue pensar como él y sentir lo que el asesino siente, será capaz de adelantarse a su próximo movimiento y llegar a capturarle. "Si se entra en la mente de un criminal, se le puede entender y predecir su siguiente paso", asegura Ressler.
Y se habla de asesinos porque con este tipo de criminales es con quien mejor parece funcionar la técnica de la perfilación y, en mayor medida, con los asesinos en serie. Esto es así por el simple hecho de que el asesino en serie delinque repetidamente; así, gracias a esa repetición es más sencillo ir trazando una pauta, es decir, perfilar lo que en el argot policial se llama modus operandi, lo que incluso nos llevará a aprender qué "progresos" realiza el criminal.
Cómo actúa un perfilador
La iniciativa de elaborar un perfil del asesino que ayudase a su detención surgió de la mente del mencionado Robert K. Ressler y de John Douglas mientras trabajaban como agentes especiales en el FBI Oficina Federal de Investigación, la agencia que desde su creación es el referente internacional en la lucha contra el crimen.
En la sede central de Quántico Virginia, EEUU el FBI guarda la mayor y más completa base de datos sobre asesinos en serie de todo el mundo, merced, en gran medida, a la labor de estos dos hombres que además se entrevistaron con algunos de los peores criminales de la historia. El objetivo era averiguar los motivos que les impulsaron a cometer sus atrocidades y poder utilizar esos datos en casos posteriores, lo que permitió la búsqueda de posibles patrones comunes. Para este trabajo fueron entrevistados personajes como Jeffrey Dahmer, conocido como el Carnicero de Milwaukee y autor de 17 asesinatos; John Wayne Gacy, quien acabó con la vida de 33 personas mientras trabajaba de payaso para los niños del barrio, o Ted Bundy, autor de 23 homocidios. Como dato curioso, sirva señalar que entre los personajes examinados estaba Adolf Hitler, de quien se analizó su mente, su escritura y su forma de hablar para prevenir la futura aparición de un personaje similar.
Pero esas entrevistas no son suficientes. El profiler debe también analizar la escena del crimen, la víctima, los resultados de la autopsia y el resto de datos asociados al caso, como por ejemplo las características de la caligrafía de los documentos escritos por la persona a la que se pretende calibrar y que, en un primer momento, se presenta como sospechosa. Todo ello le servirá para hacerse una completa composición de lugar. Y, por increíble que parezca, el perfilador es capaz de extraer de estos elementos conclusiones muy precisas pero que, cuando se analizan, hasta nos parecen obvias por su sencillez.
Japón: el profiler acertó de nuevo
El 3 de noviembre de 1994 una bolsa de plástico blanco apareció flotando en la bahía de Yokohama (Japón). En su interior estaba el cuerpo de una mujer adulta que llevaba varios días muerta. Se trataba de la esposa de Iwao Nomoto, un médico japonés de 31 años que ese mismo día había denunciado la desaparición de su esposa y la de sus dos hijos. Aquel fue el comienzo de una investigación espectacular.
Cuatro días después del primer hallazgo, apareció otra bolsa en la misma bahía. En su interior se encontraban el cuerpo sin vida de su hija de dos años y, en idénticas circunstancias, el cadáver de su hijo de un año. Los tres habían muerto estrangulados, fueron atados con cuerdas de distintos colores y arrojados a las aguas con lastres en el interior de las bolsas. Sin embargo, los gases de la putrefacción acabaron por sacarlas a flote.
Poco acostumbrados a actos violentos de este tipo, los asesinatos dejaron a la sociedad japonesa estupefacta. Robert Ressler, entonces ya retirado del FBI, fue invitado a intervenir en un programa especial de televisión y se le propuso que trazara en directo el perfil del posible criminal a partir de los datos que se conocían: "El asesino tenía un enorme interés en sacar los cadáveres del lugar del crimen. No quería que la policía los encontrase y por eso los arrojó al agua. Los tres estaban en el mismo lugar, así que quiso deshacerse rápidamente de ellos. La manera de atarlos con cuerdas de colores siguiendo el mismo orden indica que se trata de una persona organizada. Los cuerpos no tenían heridas, así que ninguna de las víctimas se enteró de la muerte del resto, ya que hubiera habido forcejeo, y además fueron arrojados vestidos en bolsas lastradas, lo que indica que el criminal las conocía. No quería que los encontrasen desnudos, lo que denota significa cierta consideración. No es probable que quisiera matar a los niños, ya que no eran un estorbo para matar a la madre, pero le preocupaba que los pequeños crecieran sin ella y por eso pudo haberlos matado".
Un día después de la emisión de la entrevista, el Dr. Nomoto confesó ser el autor de los tres asesinatos. En su confesión, el asesino dijo haber matado a sus hijos porque no deseaba que crecieran sin una madre y con un padre en prisión.
Rober K. Ressler había acertado de lleno. No fue fruto de la casualidad, sino de largos años de experiencia y de una mente analítica capaz de sopesar el detalle más nimio.
En la mente del monstruo
Ressler es quizá el profiler más famoso del mundo, pero no el único. Todos los años, el FBI enseña a sus reclutas las técnicas de la perfilación criminal, de lo que se encargan los integrantes de la antigua Unidad de Ciencias del Comportamiento, hoy rebautizada como Unidad de Apoyo Investigativo. Esta sección nació en 1974 bajo la supervisión de los agentes especiales Howard Teten y Pat Mullany. De ahí han salido los mejores perfiladores criminales. Es tanta la pericia de estos hombres, que han sido capaces de elaborar un manual en el que se describen las diversas tipologías de asesinos, creando de esta forma una nueva ciencia. La división más importante es la que clasifica al criminal según sea un asesino organizado, desorganizado y mixto. El primero sería aquel que ha planeado un crimen y posteriormente ha buscado la forma de ocultar el cadáver o dificultar su identificación; mientras, el desorganizado actúa por impulsos, tanto en la comisión del delito como en el ocultamiento del cuerpo. Mientras, el mixto es una mezcla de ambas tipologías.
En la academia del FBI se les enseña a despertar la base de esta metodología: el lado crítico y racional. Y es que el agente debe aprender a extraer todos los datos posibles de la escena del crimen y del cadáver gracias la observación y posterior deducción. Todo se basa en el llamado Principio de Locard, según el cual, cuando una persona entra en contacto con un medio, algo de él queda en el lugar y algo del lugar queda en él. Es semejante a caminar por la playa: los granos de arena quedan en los pies y nuestras huellas impresas en la misma. Aunque, por supuesto, no todo es tan sencillo, ya que muchas veces los asesinos sobre todo si son organizados intentan borrar las huellas que puedan llegar a delatarles.
En los años setenta del pasado siglo, dos niños aparecieron asesinados en un intervalo de varias semanas en los alrededores de una base militar norteamericana. Sus cuerpos se encontraron atados. Además, uno de ellos presentaba mutilaciones en varias extremidades.
El profiler sospechó que el asesino había mordido los cuerpos en un arrebato sexual. A tal suposición llegó tras examinar las extrañas heridas que presentaban los cadáveres, ya que eran similares a las localizadas en otras víctimas de delitos de esta categoría. Sin embargo, los investigadores no pudieron extraer ninguna huella, ya que el criminal cortaba la carne donde presumiblemente debían estar sus marcas dentales.
Cuando se detuvo al autor un soldado de la base militar se supo con certeza que, efectivamente, rebanaba con un cuchillo la carne de los pobres muchachos tras morderles, sabedor de que el FBI podría dar con él si analizaban los historiales dentales.
El buen perfilador puede llegar a conocer el sexo, la edad, los antecedentes personales y familiares, las fantasías, deseos y frustraciones de la persona a la que intentan atrapar. E incluso la forma que tiene de vestir y su aspecto físico. Célebre es el caso de George Metesky, el llamado Loco de las bombas, quien aterrorizó entre 1940 y 1956 a los habitantes de Nueva York después de colocar varios artefactos explosivos caseros en diferentes lugares.
En 1956, el doctor James A. Brussel, psiquiatra consultor del sistema de salud mental de la ciudad, elaboró un perfil psicológico sobre la persona que buscaba la policía. En su informe describió al autor como un hombre "soltero, de entre 40 y 50 años, mecánico hábil, eslavo y religioso". Incluso dijo que cuando se le detuviera llevaría puesta una camisa de doble pechera abotonada. Y efectivamente, cuando mad bomber fue detenido en 1957, llevaba una camisa de doble pechera abotonada. El resto de datos aportados por el doctor también se correspondieron con la realidad. Las causa del acierto había que buscarla en el empleo de la racionalidad: las bombas caseras señalaban que el hombre que las creó era habilidoso y que tenía acceso a elementos electrónicos. Además, se dedujo que si necesita tiempo para confeccionarlas era porque disponía de un lugar exclusivo para él ajeno a miradas indiscretas.
Ejemplos como éste han provocado en muchas ocasiones la sensación de que la perfilación criminal es una ciencia exacta, un método infalible con el que cuentan los investigadores para atrapar al criminal. Sin embargo, nada más lejos de la realidad
El caso español
Hoy en día, esta técnica aún se encuentra en un período de prueba. Lógicamente, el FBI es muy exigente a la hora de seleccionar a los perfiladores, figura que de momento sólo ha gozado de fuerte implantación en países como Estados Unidos y en Gran Bretaña y, aún así, no se utiliza en todos los casos policiales. Y es que los inconvenientes residen, por ejemplo, en que un fallo del perfilador en su informe puede llevar a la policía a buscar en la dirección equivocada mientras el criminal comete un nuevo asesinato.
Para convertirse en profiler es requisito obligatorio que los agentes tengan entre 30 y 45 años, que sean personas intuitivas, analíticas, estables emocional y psicológicamente y capaces de dejar al margen sus sentimientos. Además, se valora mucho que posean conocimientos en psicología o psiquiatría, pero paradójicamente no se quiere que los profesionales de la salud mental entren a realizar perfiles criminales sin ser miembros de la policía o del FBI.
En España contamos con el antecedente de la detención de Joaquín Ferrándiz Ventura, quien entre 1995 y 1996 asesinó a cinco mujeres en la provincia de Castellón. La Guardia Civil tenía muy avanzada la investigación hasta el punto de haber seleccionado a dos sospechosos, pero era incapaz de decantarse por uno u otro. Por eso se pidió al juez, José Luis Albiñana, que se buscara a una persona con amplia experiencia en la conducta criminal para que elaborara un perfil del posible asesino. Esa persona fue el psicólogo y criminólogo Vicente Garrido Genovés, profesor de la Universidad de Valencia y autor de incontables libros sobre el mundo de la criminalidad como El psicópata, Amores que matan o Cara a cara con el psicópata.
Después de que le entregaran todos los datos, el profesor Garrido trazó su perfil criminal: "Varón joven de entre 25 y 35 años. Sus relaciones interpersonales serán muy deficientes, por lo que probablemente es soltero o divorciado. Vive en Castellón o en lugar muy próximo. Dispone de vehículo. Es probable que tenga antecedentes penales por delitos de conducción temeraria y violentos", dijo entre otros detalles. Meses después, Joaquín Ferrándiz fue detenido a partir de estos datos, pero hasta la fecha éste es el único caso reconocido oficialmente en el que se haya utilizado un perfil criminal en España.
Los defensores de este método policial afirman que debe interpretarse como una herramienta más en manos del investigador, pero no como la solución definitiva: "Un perfilador sin los conocimientos adecuados puede hacer mucho daño y llevar a la policía a no confiar más en su labor", afirma el profesor Garrido. Por ello, la posición mayoritaria fuera de los países anglosajones es momentáneamente la de recelo y expectación por ver de qué forma puede ir perfeccionándose esta técnica.
Un buen ejemplo de esta contrariedad es nuevamente el caso de Jack el Destripador. Como se ha dicho, el forense Thomas Bond llegó a la conclusión hace ciento veinte años de que este asesino podría pertenecer a una clase social alta. Pues bien: en 2002, Robert Ressler visitó los lugares en los que actuó el asesino y su conclusión fue diferente a de la de su predecesor. Para Ressler, la policía buscó en el sendero equivocado al pensar en alguien de la clase alta. Su pensamiento es que los lugares que frecuentaba "y las circunstancias que rodeaban a los crímenes dan a entender que el autor pertenecía a la misma clase social que sus víctimas. De otra forma, los vecinos hubiesen comentado su presencia en la zona. Además, se trataba de alguien tremendamente desorganizado. Es probable que tocara fondo volviéndose loco en esas fechas, así que acabaría suicidándose o internado en un manicomio, lo que explicaría el cese de los crímenes y que jamás fuese capturado".
De la investigación se encargó el coroner Wynne E. Baxter, que ordenó la realización de la autopsia de las víctimas al doctor Thomas Bond. Es a él, precisamente, a quien se debe la primera perfilación criminal conocida de la historia: "El asesino, en su apariencia externa, es muy probable que sea de aspecto inofensivo. Un hombre de mediana edad, bien arreglado y de aire respetable. Puede tener el hábito de llevar capa o abrigo porque si no, la sangre de sus manos y ropas hubiera llamado la atención a los viandantes", dejó escrito en el texto que envió al jefe de la investigación tras examinar los cinco cuerpos, las escenas del crimen y la escritura que Jack utilizaba en las cartas que enviaba a la policía metropolitana.
Jamás se supo si las conclusiones de Thomas Bond fueron acertadas o no, pero sirvieron para desarrollar una nueva herramienta en la investigación criminal: la llamada "perfilación criminal" o criminal profiler. Básicamente, la técnica de la perfilación criminal consiste en elaborar un esbozo físico y psicológico, lo más aproximado posible, de la persona a la que se está buscando por un determinado delito. Robert K. Ressler, el mayor experto mundial en esta técnica y ex agente del FBI, la define como "la elaboración de un mapa de la mente del asesino". La idea es que si el investigador consigue pensar como él y sentir lo que el asesino siente, será capaz de adelantarse a su próximo movimiento y llegar a capturarle. "Si se entra en la mente de un criminal, se le puede entender y predecir su siguiente paso", asegura Ressler.
Y se habla de asesinos porque con este tipo de criminales es con quien mejor parece funcionar la técnica de la perfilación y, en mayor medida, con los asesinos en serie. Esto es así por el simple hecho de que el asesino en serie delinque repetidamente; así, gracias a esa repetición es más sencillo ir trazando una pauta, es decir, perfilar lo que en el argot policial se llama modus operandi, lo que incluso nos llevará a aprender qué "progresos" realiza el criminal.
Cómo actúa un perfilador
La iniciativa de elaborar un perfil del asesino que ayudase a su detención surgió de la mente del mencionado Robert K. Ressler y de John Douglas mientras trabajaban como agentes especiales en el FBI Oficina Federal de Investigación, la agencia que desde su creación es el referente internacional en la lucha contra el crimen.
En la sede central de Quántico Virginia, EEUU el FBI guarda la mayor y más completa base de datos sobre asesinos en serie de todo el mundo, merced, en gran medida, a la labor de estos dos hombres que además se entrevistaron con algunos de los peores criminales de la historia. El objetivo era averiguar los motivos que les impulsaron a cometer sus atrocidades y poder utilizar esos datos en casos posteriores, lo que permitió la búsqueda de posibles patrones comunes. Para este trabajo fueron entrevistados personajes como Jeffrey Dahmer, conocido como el Carnicero de Milwaukee y autor de 17 asesinatos; John Wayne Gacy, quien acabó con la vida de 33 personas mientras trabajaba de payaso para los niños del barrio, o Ted Bundy, autor de 23 homocidios. Como dato curioso, sirva señalar que entre los personajes examinados estaba Adolf Hitler, de quien se analizó su mente, su escritura y su forma de hablar para prevenir la futura aparición de un personaje similar.
Pero esas entrevistas no son suficientes. El profiler debe también analizar la escena del crimen, la víctima, los resultados de la autopsia y el resto de datos asociados al caso, como por ejemplo las características de la caligrafía de los documentos escritos por la persona a la que se pretende calibrar y que, en un primer momento, se presenta como sospechosa. Todo ello le servirá para hacerse una completa composición de lugar. Y, por increíble que parezca, el perfilador es capaz de extraer de estos elementos conclusiones muy precisas pero que, cuando se analizan, hasta nos parecen obvias por su sencillez.
Japón: el profiler acertó de nuevo
El 3 de noviembre de 1994 una bolsa de plástico blanco apareció flotando en la bahía de Yokohama (Japón). En su interior estaba el cuerpo de una mujer adulta que llevaba varios días muerta. Se trataba de la esposa de Iwao Nomoto, un médico japonés de 31 años que ese mismo día había denunciado la desaparición de su esposa y la de sus dos hijos. Aquel fue el comienzo de una investigación espectacular.
Cuatro días después del primer hallazgo, apareció otra bolsa en la misma bahía. En su interior se encontraban el cuerpo sin vida de su hija de dos años y, en idénticas circunstancias, el cadáver de su hijo de un año. Los tres habían muerto estrangulados, fueron atados con cuerdas de distintos colores y arrojados a las aguas con lastres en el interior de las bolsas. Sin embargo, los gases de la putrefacción acabaron por sacarlas a flote.
Poco acostumbrados a actos violentos de este tipo, los asesinatos dejaron a la sociedad japonesa estupefacta. Robert Ressler, entonces ya retirado del FBI, fue invitado a intervenir en un programa especial de televisión y se le propuso que trazara en directo el perfil del posible criminal a partir de los datos que se conocían: "El asesino tenía un enorme interés en sacar los cadáveres del lugar del crimen. No quería que la policía los encontrase y por eso los arrojó al agua. Los tres estaban en el mismo lugar, así que quiso deshacerse rápidamente de ellos. La manera de atarlos con cuerdas de colores siguiendo el mismo orden indica que se trata de una persona organizada. Los cuerpos no tenían heridas, así que ninguna de las víctimas se enteró de la muerte del resto, ya que hubiera habido forcejeo, y además fueron arrojados vestidos en bolsas lastradas, lo que indica que el criminal las conocía. No quería que los encontrasen desnudos, lo que denota significa cierta consideración. No es probable que quisiera matar a los niños, ya que no eran un estorbo para matar a la madre, pero le preocupaba que los pequeños crecieran sin ella y por eso pudo haberlos matado".
Un día después de la emisión de la entrevista, el Dr. Nomoto confesó ser el autor de los tres asesinatos. En su confesión, el asesino dijo haber matado a sus hijos porque no deseaba que crecieran sin una madre y con un padre en prisión.
Rober K. Ressler había acertado de lleno. No fue fruto de la casualidad, sino de largos años de experiencia y de una mente analítica capaz de sopesar el detalle más nimio.
En la mente del monstruo
Ressler es quizá el profiler más famoso del mundo, pero no el único. Todos los años, el FBI enseña a sus reclutas las técnicas de la perfilación criminal, de lo que se encargan los integrantes de la antigua Unidad de Ciencias del Comportamiento, hoy rebautizada como Unidad de Apoyo Investigativo. Esta sección nació en 1974 bajo la supervisión de los agentes especiales Howard Teten y Pat Mullany. De ahí han salido los mejores perfiladores criminales. Es tanta la pericia de estos hombres, que han sido capaces de elaborar un manual en el que se describen las diversas tipologías de asesinos, creando de esta forma una nueva ciencia. La división más importante es la que clasifica al criminal según sea un asesino organizado, desorganizado y mixto. El primero sería aquel que ha planeado un crimen y posteriormente ha buscado la forma de ocultar el cadáver o dificultar su identificación; mientras, el desorganizado actúa por impulsos, tanto en la comisión del delito como en el ocultamiento del cuerpo. Mientras, el mixto es una mezcla de ambas tipologías.
En la academia del FBI se les enseña a despertar la base de esta metodología: el lado crítico y racional. Y es que el agente debe aprender a extraer todos los datos posibles de la escena del crimen y del cadáver gracias la observación y posterior deducción. Todo se basa en el llamado Principio de Locard, según el cual, cuando una persona entra en contacto con un medio, algo de él queda en el lugar y algo del lugar queda en él. Es semejante a caminar por la playa: los granos de arena quedan en los pies y nuestras huellas impresas en la misma. Aunque, por supuesto, no todo es tan sencillo, ya que muchas veces los asesinos sobre todo si son organizados intentan borrar las huellas que puedan llegar a delatarles.
En los años setenta del pasado siglo, dos niños aparecieron asesinados en un intervalo de varias semanas en los alrededores de una base militar norteamericana. Sus cuerpos se encontraron atados. Además, uno de ellos presentaba mutilaciones en varias extremidades.
El profiler sospechó que el asesino había mordido los cuerpos en un arrebato sexual. A tal suposición llegó tras examinar las extrañas heridas que presentaban los cadáveres, ya que eran similares a las localizadas en otras víctimas de delitos de esta categoría. Sin embargo, los investigadores no pudieron extraer ninguna huella, ya que el criminal cortaba la carne donde presumiblemente debían estar sus marcas dentales.
Cuando se detuvo al autor un soldado de la base militar se supo con certeza que, efectivamente, rebanaba con un cuchillo la carne de los pobres muchachos tras morderles, sabedor de que el FBI podría dar con él si analizaban los historiales dentales.
El buen perfilador puede llegar a conocer el sexo, la edad, los antecedentes personales y familiares, las fantasías, deseos y frustraciones de la persona a la que intentan atrapar. E incluso la forma que tiene de vestir y su aspecto físico. Célebre es el caso de George Metesky, el llamado Loco de las bombas, quien aterrorizó entre 1940 y 1956 a los habitantes de Nueva York después de colocar varios artefactos explosivos caseros en diferentes lugares.
En 1956, el doctor James A. Brussel, psiquiatra consultor del sistema de salud mental de la ciudad, elaboró un perfil psicológico sobre la persona que buscaba la policía. En su informe describió al autor como un hombre "soltero, de entre 40 y 50 años, mecánico hábil, eslavo y religioso". Incluso dijo que cuando se le detuviera llevaría puesta una camisa de doble pechera abotonada. Y efectivamente, cuando mad bomber fue detenido en 1957, llevaba una camisa de doble pechera abotonada. El resto de datos aportados por el doctor también se correspondieron con la realidad. Las causa del acierto había que buscarla en el empleo de la racionalidad: las bombas caseras señalaban que el hombre que las creó era habilidoso y que tenía acceso a elementos electrónicos. Además, se dedujo que si necesita tiempo para confeccionarlas era porque disponía de un lugar exclusivo para él ajeno a miradas indiscretas.
Ejemplos como éste han provocado en muchas ocasiones la sensación de que la perfilación criminal es una ciencia exacta, un método infalible con el que cuentan los investigadores para atrapar al criminal. Sin embargo, nada más lejos de la realidad
El caso español
Hoy en día, esta técnica aún se encuentra en un período de prueba. Lógicamente, el FBI es muy exigente a la hora de seleccionar a los perfiladores, figura que de momento sólo ha gozado de fuerte implantación en países como Estados Unidos y en Gran Bretaña y, aún así, no se utiliza en todos los casos policiales. Y es que los inconvenientes residen, por ejemplo, en que un fallo del perfilador en su informe puede llevar a la policía a buscar en la dirección equivocada mientras el criminal comete un nuevo asesinato.
Para convertirse en profiler es requisito obligatorio que los agentes tengan entre 30 y 45 años, que sean personas intuitivas, analíticas, estables emocional y psicológicamente y capaces de dejar al margen sus sentimientos. Además, se valora mucho que posean conocimientos en psicología o psiquiatría, pero paradójicamente no se quiere que los profesionales de la salud mental entren a realizar perfiles criminales sin ser miembros de la policía o del FBI.
En España contamos con el antecedente de la detención de Joaquín Ferrándiz Ventura, quien entre 1995 y 1996 asesinó a cinco mujeres en la provincia de Castellón. La Guardia Civil tenía muy avanzada la investigación hasta el punto de haber seleccionado a dos sospechosos, pero era incapaz de decantarse por uno u otro. Por eso se pidió al juez, José Luis Albiñana, que se buscara a una persona con amplia experiencia en la conducta criminal para que elaborara un perfil del posible asesino. Esa persona fue el psicólogo y criminólogo Vicente Garrido Genovés, profesor de la Universidad de Valencia y autor de incontables libros sobre el mundo de la criminalidad como El psicópata, Amores que matan o Cara a cara con el psicópata.
Después de que le entregaran todos los datos, el profesor Garrido trazó su perfil criminal: "Varón joven de entre 25 y 35 años. Sus relaciones interpersonales serán muy deficientes, por lo que probablemente es soltero o divorciado. Vive en Castellón o en lugar muy próximo. Dispone de vehículo. Es probable que tenga antecedentes penales por delitos de conducción temeraria y violentos", dijo entre otros detalles. Meses después, Joaquín Ferrándiz fue detenido a partir de estos datos, pero hasta la fecha éste es el único caso reconocido oficialmente en el que se haya utilizado un perfil criminal en España.
Los defensores de este método policial afirman que debe interpretarse como una herramienta más en manos del investigador, pero no como la solución definitiva: "Un perfilador sin los conocimientos adecuados puede hacer mucho daño y llevar a la policía a no confiar más en su labor", afirma el profesor Garrido. Por ello, la posición mayoritaria fuera de los países anglosajones es momentáneamente la de recelo y expectación por ver de qué forma puede ir perfeccionándose esta técnica.
Un buen ejemplo de esta contrariedad es nuevamente el caso de Jack el Destripador. Como se ha dicho, el forense Thomas Bond llegó a la conclusión hace ciento veinte años de que este asesino podría pertenecer a una clase social alta. Pues bien: en 2002, Robert Ressler visitó los lugares en los que actuó el asesino y su conclusión fue diferente a de la de su predecesor. Para Ressler, la policía buscó en el sendero equivocado al pensar en alguien de la clase alta. Su pensamiento es que los lugares que frecuentaba "y las circunstancias que rodeaban a los crímenes dan a entender que el autor pertenecía a la misma clase social que sus víctimas. De otra forma, los vecinos hubiesen comentado su presencia en la zona. Además, se trataba de alguien tremendamente desorganizado. Es probable que tocara fondo volviéndose loco en esas fechas, así que acabaría suicidándose o internado en un manicomio, lo que explicaría el cese de los crímenes y que jamás fuese capturado".







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