Las Pléyades guiaron a la humanidad desde hace cien mil años
Un equipo de astrofísicos plantea que el mito de las "Siete Hermanas", asociado a las Pléyades podría haberse originado antes de que los primeros humanos abandonaran África.
Mira al cielo una noche despejada de invierno y localiza el pequeño cúmulo de estrellas conocido como las Pléyades, dentro de la constelación de Tauro. A simple vista, la mayoría de las personas distinguen solo seis puntos de luz. Y sin embargo, de Australia a Grecia, de Norteamérica a Siberia, decenas de culturas que jamás tuvieron contacto entre sí las llaman "las Siete Hermanas" —y muchas comparten, además, una explicación casi idéntica sobre por qué una de ellas está "perdida" u "oculta".
Esa coincidencia, aparentemente menor, es el punto de partida de una de las hipótesis más fascinantes de la astronomía cultural reciente.
Dos preguntas, un mismo enigma
La teoría fue formulada por el astrofísico Ray P. Norris —investigador de la organización científica australiana CSIRO y de la Western Sydney University, especializado en astronomía cultural aborigen— junto a su hijo Barnaby R. M. Norris, astrónomo de la Universidad de Sídney. En 2021 publicaron el estudio "Why are there Seven Sisters?" ("¿Por qué hay Siete Hermanas?"), incluido en el libro Advancing Cultural Astronomy (editorial Springer).

Los Norris parten de dos preguntas que llevaban tiempo intrigando a los especialistas en mitología comparada:
- ¿Por qué el relato mitológico asociado a este cúmulo —típicamente, siete jóvenes perseguidas por un cazador vinculado a la constelación de Orión— es tan parecido en culturas tan alejadas entre sí, como las aborígenes australianas y la mitología griega?
- ¿Por qué la inmensa mayoría de esas culturas habla de siete hermanas, si a simple vista casi nadie ve más de seis estrellas?
En la mitología griega, las Pléyades eran las siete hijas del titán Atlas, condenado a sostener el cielo sobre sus hombros y, por tanto, incapaz de proteger a sus hijas del acoso del cazador Orión; Zeus terminó transformándolas en estrellas para salvarlas. En numerosas culturas aborígenes australianas, el relato —salvando las distancias culturales— sigue un patrón sorprendentemente similar: un grupo de jóvenes hermanas perseguidas por una figura masculina asociada a Orión.
¿Qué son realmente las Pléyades?
Las Pléyades, catalogadas por los astrónomos como Messier 45 (M45), son un cúmulo estelar abierto situado en la constelación de Tauro, a unos 444 años luz de la Tierra. Está formado por varios centenares de estrellas jóvenes nacidas a partir de la misma nube de gas hace aproximadamente 100 millones de años, una edad muy pequeña en términos astronómicos. Las estrellas más brillantes —entre ellas Alcyone, Atlas, Pleione, Maia, Electra, Taygeta, Mérope y Celaeno— son gigantes azuladas extremadamente calientes y luminosas. Aunque a simple vista suelen apreciarse entre seis y nueve estrellas, observaciones con telescopio revelan cientos de miembros del cúmulo. Debido a su brillo y fácil localización en el cielo, las Pléyades han servido durante milenios como referencia para la navegación, la agricultura y la medición de las estaciones en numerosas culturas del mundo.
Lo que dice el cielo de hace 100.000 años
La explicación que proponen los Norris no está en la antropología, sino en la mecánica celeste. Dos de las estrellas del cúmulo, Atlas y Pleione, se mueven lentamente entre sí. Gracias a mediciones de precisión del telescopio espacial Gaia, los investigadores reconstruyeron la posición de ambas estrellas tal y como se veían hace 100.000 años.
El resultado: en aquella época, Atlas y Pleione estaban mucho más separadas visualmente que en la actualidad. Hoy, Pleione queda prácticamente devorada por el resplandor de Atlas, resultando invisible para buena parte de la población. Hace 100 milenios, en cambio, ambas estrellas eran perfectamente distinguibles a simple vista —lo que dejaba, efectivamente, siete puntos de luz donde hoy solo vemos seis.

El poeta griego Arato de Solos, en el siglo III a.C., ya recogía esta paradoja: tras nombrar a las siete hermanas, precisaba que "solo seis son visibles a los ojos". El propio mito griego, por tanto, conservaba el recuerdo de una séptima estrella perdida.
Una historia anterior a la salida de África
Aquí es donde la hipótesis se vuelve realmente audaz. Todos los humanos actuales descendemos de poblaciones que vivían en África antes de las grandes migraciones que, a partir de hace unos 100.000 años, llevaron a nuestra especie a Europa, Asia y, finalmente, Australia. Los grupos que darían origen a las culturas aborígenes australianas y a las que más tarde poblarían Europa se separaron en ese periodo y no volvieron a tener contacto significativo hasta la llegada de los colonos británicos a Australia, en 1788.
Si el mito de las siete hermanas —con su explicación sobre la estrella oculta— ya existía antes de esa separación, los distintos grupos humanos lo habrían llevado consigo en su dispersión por el planeta, adaptándolo a sus propias tradiciones a lo largo de milenios, pero conservando el núcleo narrativo. Norris y Norris sostienen que la coincidencia entre el relato y la posición real de las estrellas hace improbable que se trate de una casualidad o de un préstamo cultural tardío: el margen temporal entre culturas tan distantes, como la aborigen australiana y la europea, simplemente no permite explicar el parecido por contacto directo.
Atlas y Pleione son claramente distinguibles a simple vista: el cúmulo muestra siete estrellas nítidas. Posible origen del relato, aún dentro de las poblaciones humanas en África.
Los grupos humanos se dispersan hacia Europa, Asia y, finalmente, Australia, llevando consigo —según la hipótesis— la tradición oral del cúmulo.
Atlas y Pleione, por el movimiento propio de las estrellas, aparecen casi fusionadas para el ojo humano. La mayoría de las culturas conserva el nombre "Siete Hermanas" y el motivo de la hermana perdida, pese a que solo se ven seis estrellas.
Una hipótesis fascinante, pendiente de más pruebas
Conviene subrayarlo con claridad: se trata de una hipótesis, no de un hecho probado. Los propios Norris son cautos al plantearla, y la comunidad de la astronomía cultural la sigue debatiendo. Establecer la antigüedad real de una tradición oral es metodológicamente muy complicado, porque los mitos evolucionan, se mezclan y se reinterpretan constantemente a lo largo de generaciones. La correlación entre el fenómeno astronómico y el relato es, desde luego, extraordinariamente sugerente —pero no constituye por sí sola una prueba definitiva de continuidad narrativa ininterrumpida durante cien milenios.
Aun así, la propuesta tiene un atractivo difícil de ignorar. Si los Norris están en lo cierto, la próxima vez que alguien mire al cielo y localice el pequeño cúmulo de las Pléyades no solo estará observando un grupo de estrellas jóvenes situado a unos 444 años luz de la Tierra: estará contemplando, quizá, el objeto de la historia más antigua jamás contada por nuestra especie —una historia que nuestros antepasados llevaban ya consigo antes de emprender el viaje que los llevaría a poblar el mundo entero.
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