Ovnis y vida extraterrestre
10/08/2026 (19:03 CET) Actualizado: 10/08/2026 (19:03 CET)

Cinco desclasificaciones después, el misterio sigue sin pruebas

Repasamos el quinto lote de archivos ovni desclasificados por Estados Unidos el 7 de agosto de 2026

Josep Guijarro

Periodista y escritor

10/08/2026 (19:03 CET) Actualizado: 10/08/2026 (19:03 CET)
Una de las recreaciones del quinto lote de documentos
Una de las recreaciones del quinto lote de documentos

El pasado 7 de agosto el Departamento de Guerra publicó su quinta entrega de documentos dentro del programa PURSUE, el sistema de desclasificación UAP puesto en marcha por la Administración Trump el 8 de mayo. Cuarenta y un archivos nuevos —diecinueve del propio Departamento de Guerra, diecisiete del FBI, dos de la CIA, dos del Departamento de Estado y uno de la Casa Blanca, entre ellos dieciséis vídeos— que vuelven a mezclar material de sensores militares con telegramas diplomáticos de mediados del siglo pasado y testimonios sueltos de las últimas dos décadas.

Cinco entregas después, se empieza a dibujar un patrón que parece confirmar una intuición incómoda: Según el ufólogo José Antonio Caravaca, los UAP se han instalado en un territorio perfectamente cómodo para todas las partes. Lo bastante extraños como para justificar que el Estado siga investigando, financiando comités y creando consejos asesores en la Casa Blanca; lo bastante ambiguos —y en muchos casos lo bastante convencionales— como para no obligar nunca a nadie a aceptar una explicación extraordinaria.

Un goteo que no eleva el listón

La lógica de espaciar las publicaciones en entregas mensuales, en teoría, debería traducirse en un material cada vez mejor curado. Cinco meses después, esa promesa resulta difícil de sostener. En volumen de datos, esta es la entrega más pequeña de las cinco, continuando una tendencia a la baja que ya se apreciaba en la cuarta, pese a que el número de archivos haya repuntado ligeramente respecto al lote anterior. Y en composición, buena parte del material histórico consiste en telegramas diplomáticos de los años sesenta y notas de agencia sin analizar en profundidad, junto a una recreación artística encargada por el FBI en 2026 para ilustrar un testimonio de 2023 —un dibujo hecho este mismo año, no una fotografía de la época—.

Uno de los vídeos que más circulación ha tenido en las primeras horas procede de Mando Central de Estados Unidos y muestra, en 2025, un objeto cruzando el cielo sobre una zona poblada de Oriente Medio. Al inicio de la grabación el objeto se percibe como una forma esférica; hacia la mitad de la secuencia, la silueta parece aplanarse y adoptar un perfil más discoidal. Sin los metadatos del sensor ni un informe de calibración —ausentes en la publicación—, esa transformación aparente resulta imposible de distinguir de un simple cambio de ángulo respecto a la cámara, algo que una esfera, simétrica en todos sus ejes, produciría de forma trivial en un vídeo de baja resolución. El contraste con los pocos expedientes de este lote que sí incorporan una cadena de evidencia razonable —como uno en el que un testigo detectó primero una frecuencia de radio y confirmó después con un sensor infrarrojo portátil durante varios minutos— es revelador: son la excepción, no la norma.

Bahía, 1963: lo que el propio archivo desmiente

El expediente que más titulares está generando es también el que mejor ilustra el riesgo de leer estos documentos sin el contexto completo. El 8 de noviembre de 1963, una emisora de radio de Conde, en el estado brasileño de Bahía, informó de que una gran esfera metálica había caído a tierra dejando un cráter en el centro de la localidad. Según aquel primer relato, el objeto tenía aberturas cubiertas por un cristal grueso y en su interior había un cuerpo humano vestido con ropa pesada, con inscripciones indescifrables en la tela. La noticia llegó a Washington y el Departamento de Estado, el Departamento de Defensa y la NASA tomaron nota; el 14 de noviembre la embajada estadounidense en Río de Janeiro pidió verificación a sus fuentes locales.

El propio lote incluye la respuesta a esa petición: un segundo telegrama, fechado el 20 de noviembre, que da el caso por cerrado. Según ese cable, la historia del objeto en Conde parecía "fabricada en Río", ningún reportero ni testigo sobre el terreno había visto nada semejante, y las autoridades aeronáuticas brasileñas negaron que hubiera aparecido nada extraño en la zona. El propio secretario de Seguridad Pública brasileño especuló, sin llegar a confirmarlo, con que pudiera tratarse de un globo meteorológico. El documento contiene además una inconsistencia de fecha —menciona un avistamiento cerca de Salvador fechado en noviembre de 1964, un año después de los hechos que supuestamente aclara—, probablemente un simple error administrativo de la época, pero un buen recordatorio de que estos archivos exigen la misma lectura filológica que cualquier otra fuente histórica.

Lo único que Estados Unidos confirma al desclasificar este expediente es que sus diplomáticos, en 1963, investigaron un rumor con la diligencia burocrática habitual y lo descartaron por falta de testigos y de evidencia física. Es un dato interesante sobre el funcionamiento de la maquinaria de inteligencia durante la Guerra Fría ante rumores ovni. No es, en absoluto, la prueba de un cadáver alienígena en Bahía. Desclasificación no equivale a confirmación.

El reloj que se adelantó veinticinco minutos

El tercer expediente carece de imágenes y se sostiene enteramente sobre un testimonio, recogido en un informe FD-302 del FBI, el formato estándar de la Oficina para documentar declaraciones. Dos militares en activo, de reconocimiento nocturno en un vehículo en el oeste de Estados Unidos, describieron haber visto una luz roja sobre una cresta montañosa, seguida de entre seis y diez luces adicionales que parecieron sincronizarse con la primera antes de desplazarse hacia el sureste. Uno de los testigos llevaba un reloj mecánico que, según su propio relato, había comprobado durante todo el turno sin incidencias; tras el encuentro apareció adelantado veinticinco minutos respecto a su teléfono, el reloj del vehículo y un reloj digital adicional, que permanecieron sincronizados entre sí.

Conviene señalar dos cosas. La primera es que este no es un caso inédito: la primera entrega de PURSUE, en mayo, ya incluía un expediente prácticamente calcado, con un reloj analógico adelantado veinte minutos respecto a dos relojes digitales. Estamos, en realidad, ante una variación de un mismo tipo de relato dentro de un catálogo limitado de anomalías recurrentes, no ante un fenómeno nuevo. La segunda es que la explicación que maneja el ámbito científico no apunta a ningún efecto relativista, por atractivo que resulte para un titular. Avi Loeb, el astrofísico de Harvard que dirige el nuevo consejo asesor de la Casa Blanca sobre UAP, ha sugerido que lo más plausible sería algún tipo de interferencia electromagnética que afectara al mecanismo analógico sin tocar los digitales —una hipótesis ya apuntada por analistas independientes a propósito del caso de mayo, y bastante más razonable, desde el punto de vista físico, que cualquier efecto gravitacional, que además debería haber dejado otras huellas mucho más evidentes en el entorno—. Que la explicación más plausible sea prosaica no resta interés al caso: si existiera de verdad una fuente electromagnética capaz de desincronizar un reloj mecánico a corta distancia, sería en sí mismo un dato técnico con implicaciones de seguridad que justificaría profundizar en la investigación, sin necesidad de invocar nada extraterrestre.

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Sobre el autor
Josep Guijarro

Josep Guijarro es reportero de prensa, radio y televisión, además de autor de varios libros entre los que cabe destacar El secreto de los aliens (edición ampliada y actualizada en 2024 de Aliens Ancestrales) o Casualidad, que continúa la saga de su bestseller Coincidencias Imposibles. Es documentalista de la serie Extraterrestres (DMAX) y forma parte de los programas El Colegio Invisible y La Rosa de los Vientos, ambos en Onda Cero.

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